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Payares-Portada-Nueva

Los payasos

Gabriel Payares (Venezuela)

Este cuerpo no volverá a empezar
Cesare Pavese

Los payasos llegaron un sábado, cuando ya habíamos salido de la ducha y recién comenzaba el horario de visita.

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Urena-Portada

Minutos después del accidente: tres poemas

Esteban Ureña (Costa Rica)

estado de vigilia

I

No veo a los físicos corriendo a estremecer los árboles de manzana, los físicos orbitando cabizbajos el Anfiteatro Flavio, esperando que la anomalía de Mercurio les reponga su secreto

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Armando-Portada

Non sequitur

Octavio Armand (Cuba)

1 ¿Estoy aquí?, ¿estoy aquí? Quizá seas de los que han preguntado eso desde siempre, náufrago ya en el útero. Vives la historia propia en la ajena y el paisaje propio en horizontes que no te cuadran, que te descentran, círculos cuyos radios no tienen la misma longitud

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Artículos Recientes

25
jul
Armado-Luigi

034 y 042

Armando Luigi Castañeda (Venezuela)

034

Te cuento de mi viaje.  Ayer me tocó hacer el tonto, víctima de los mecanismos que se crean espontáneamente para desplumar a los turistas. Resulta que el viaje de Bangkok hasta Angkor es un clásico. Son menos de 400 kilómetros pero, en la práctica, tienes la impresión de que has recorrido dos mil. Por un lado, los horarios de los trenes están diseñados para que no puedas llegar al destino antes de la media noche, si es que encuentras asiento, en un tren que tarda varias horas para llevarte a la frontera y sale una sola vez cada día. Siendo una ruta habitual me llamó la atención que hubiera tan pocos trenes, luego entendí por qué. Al no haber la posibilidad práctica de ir por tus propios medios, sólo te queda la opción de las compañías de transporte “especializadas”, que te ofrecen, o más bien te imponen, los servicios de obtención de visado y cruce de frontera (por supuesto, a un precio muy superior al oficial). Te recogen en el hotel hacia las siete de la mañana y te prometen dejarte en Angkor hacia las tres de la tarde, pero a las dos todavía estaba parado en la cola para cruzar la frontera, a mitad de camino. Durante todo el trayecto, en la camioneta hasta la frontera, el acompañante del chofer insiste en que lo mejor es pagar “un poco más” (el doble) y contratar a un taxi para llegar desde la frontera hasta Angkor, porque de otra forma hay que usar un autobús y estos vienen muy de vez en cuando; según el tipo, te pueden acabar soltando en Angkor a medianoche, pero como había reservado el hotel por Internet esto no me preocupaba demasiado. En la frontera, quienes han aceptado pagar el taxi son separados del resto y pasan sin hacer fila. Los demás tuvimos que entregar los pasaportes y ponernos en manos de un gestor, que pidió un extra por “variaciones en el tipo de cambio”. Dos chicas francesas se negaron y después de una discusión fuerte acabaron pagando (en ningún momento de la discusión les devolvieron los pasaportes, no sé qué puede haber pasado con ellos si se niegan a pagar). Leer Más »

25
jul
DiDonato-Foto

Negrita

Dinapiera Di Donato (Venezuela)

Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.

FEDERICO GARCÍA LORCA.
De La Casada Infiel:
“dedicado a Lydia Cabrera y su negrita”

—¿Es verdad que hubo incesto entre Djuna Barnes y su abuela Zadel? Hipocampo lanzó la pregunta coreada por dos o tres forzados ¡guácala! seguido del quinteto de risitas que no podía faltar al fondo de la clase y  Macuarisma se movió a la ventana como pidiendo ayuda para las hormonas, el aire le faltaba un poco y una paloma se asomaba a mirarlos con ese ojo de monóculo. Hipocampo había dicho si en clase pregunto datos biográficos será la señal de que le tengo buenas noticias. Macuarisma no disimuló la contrariedad, le tenía prohibido meterse en sus asuntos, no quiero noticias, ni buenas ni malas, no quiero nada, porque sus asuntos no eran para hacer relatos pero Hipocampo, de quince, se empeñaba en convertirlos en culebrones.

O lo que es peor, en biografías noveladas y cómo era posible que una vieja como ella, precoz en su menopausia cuarentona, siguiera sin poder zafarse de Hipocampo que apareció en su vida al final de una larga cadena de chismes y búsquedas de empleo. No era particularmente sensible a las bellezas menores. En aquella parte del país la belleza empezaba a los nueve y a los veinte se extinguía, recordaba vagamente un artículo pseudo ─científico que alertaba acerca de la alimentación sobre─ hormonada, cuidado con las reglas a los 9 y los embarazos o el cáncer de cuello uterino a los 12 y la homosexualidad creciente, todo por culpa del alimento para pollos importado de laboratorios que experimentaban con poblaciones marginadas pero ricas y sobre todo crédulas. Entonces el artículo se transformó en propaganda anti-imperialista y los lectores se debatieron entre el sentimiento de fervor revolucionario también financiado con el milagroso presupuesto nacional, y una creciente erección porque mientras se leía el artículo, la mayoría, que era la población infantil hiper-sexual, reclamaba atención con su invasora belleza. Leer Más »

25
jul
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Poemas

Luis Manuel Pimentel (Venezuela)

El planeta de los poetas

 

                                      Al Conde Blu

 

En el planeta de los poetas vivimos todos
a veces cable a tierra
a veces más arriba de la nube 370.
Cerca de una casa anaranjada, donde los ciclos matinales duran 17 horas
las curvas son rectas entre el pastizal amargo y las noches azules.

 

En el plantea de los poetas navegamos sobre las mesas
luego de un olor a fiesta vamos soñando
con las calles y montañas recibiendo pasos sigilosos y en el firmamento
hay un color cobre que va arreando los rebaños,
detrás del avestruz está la flora que brota
mientras los dedos van esculpiendo las carnes.

 

En el planeta de los poetas las oraciones son materia
y los vasos regados por las casas,
también hay rinocerontes atrapados por la luz
y una mata de guayaba orinada. Leer Más »

16
feb
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Bajo la sombra de Azazel: Sacrificio, alegoría y conflicto social en Ramos Sucre

Víctor Azuaje (Venezuela)

En medio de la amenaza constante, quise expiar mis culpas ignoradas y despistar los satélites de un poder asombradizo. Re­cordé la ceremonia de los israelitas con el cabrío emisario y la usé con un ave nocturna”(1) —escribió José Antonio Ramos Sucre al final de “El disidente”. El poeta incluyó el texto en el libro El cielo de esmalte y así fue publicado en 1929. “El disidente” apareció entonces a sólo un año de la implacable represión que la dictadura del general Juan Vicente Gómez realizó contra el movimiento estudiantil de 1928, pero su título políticamente inquietante no le atrajo sospechas como panfleto o denuncia. Venturosamente para el poeta, la sección final no fue examinada con rigor o recelo por los censores y la policía gomecista. Digo por ventura, porque no creo que el políglota y traductor Ramos Sucre hubiera podido demostrar que era casual el vocablo satélite, derivado del latín satelles, que tiene entre otras acepciones la de “guardián de un príncipe”, y cuyo análogo francés, satellite, lo define el Littré en inequívocos términos políticos: “Tout homme armé qui est aux gages et à la suite d’un autre, pour exécuter ses violences, pour servir son despotisme”. (“Todo hombre armado que está al servicio y a las órdenes de alguien, para ejecutar sus actos de violencia, para servir su despotismo.”) Tampoco creo que el una vez injustamente encarcelado escritor hubiera podido demostrar que había dejado ingenuamente o por inadvertencia, en el contexto de persecución medieval, esa indicación de desorientar o confundir con un ritual a los guardianes ejecutores de las violencias de un poder despótico. Leer Más »

16
feb
Valle-Cuadro

Happening (fragmento)

Gustavo Valle (Venezuela)

Los tiros le pasaban silbando encima del güiro, fuiz, fuiz —dijo Morocho como si él fuera el protagonista, convencido de tener frente él a todo un auditorio—. ¿Han escuchado el silbido del plomo cuando te roza la azotea?, y el tipo encaletado en la cueva vietnamita respirando con unos pitillitos que se fachaban con los bambúes de los Changurriales. Les cortaban las puntas y parecían esnórqueles de buzo, pero arriba no había agua sino un coñazo de tierra, con el cuerpo en posición horizontal, con el bambú pegado a la boca y esa cuerda de milicos, toda esa banda de coñoemadres haciendo sonar sus botas. Y corrían —continuó Morocho como poseído— de un lado a otro, él escuchaba las voces, las mentadas de madre, los gritos, los tiros, las explosiones. Metido en esa cueva, que en realidad era un zanjón, escuchaba todo como a más volumen, bum bum bum, como si en vez de pasos fueran desgracias y todos ellos sin mover un dedo, con esa coñamentazón de tierra en los ojos en los oídos en las narices, solamente pegados a esa milagrosa varita de mierda. Y rezó, Hernán rezó mucho, él que nunca rezaba, que no creía sino en la rebelión popular y el hombre nuevo, pero allí estaba, con el bambú bien cosido a la boca con la mente en un padrenuestro, en un credo mal recordado de esos que la vieja nos enseñó de chiquitos, cualquier porquería para pasar el tiempo, porque el tiempo era una cosa jodida, ahí sepultados como colgados del infinito, eso decía, recuerdo, infinito, había que pasar ese infinito, había que esperar hasta abrir los ojos y decir, ya está, ya pasó, ya pasaron, vámonos de esta mierda, a correr por la meseta, sin mirar atrás, porque el tiempo era como gelatina que se te pegaba a los huesos, y en medio de todo eso, no sé por qué, le daba por recordar cantidad de cosas. Leer Más »