Poemas

Sala de emergencia

Hemos recorrido más que el asfalto. Dejamos pasar los avisos de tránsito que nos advertían del posible desastre. Nos convertimos en un accidente que dejó estragos, carros destruidos y cauchos fragmentados. Explosión completa de una desilusión avisada. Te conocí cometiendo el delito de lanzar una bomba directo al miocardio. No medí los frenos, me automediqué y me provoqué una sobredosis. [No entiendo cómo se desintoxica una herida queriendo a alguien roto]. Aquí estamos, en el eco distante del olvido y en la catástrofe del metrónomo. Tenemos la cronología completa de los accidentes y el país nos ayuda a reinventar la historia. Pasamos las venas como pasamos la página: pero no olvidamos, o lo hacemos sólo cuando no queremos sangrar. He cometido el error de quererme poco y dejar que otros se den cuenta. Sin embargo, vuelvo sin venganza al accidente que fuiste y lo convierto en un vendaje para no mostrar el hueso. Coloco mi herida en la candela. Me revuelco en la miseria que dejaste y la muestro.

 

Extravío I

Tengo una enfermedad que juzga

Mi condena: tener el vientre lleno de suicidios.

Hueso escafoide

Tengo tres abismos muertos en cada palma de la mano. [me rompo]. Soy un tendón olvidado, una huella desconfigurada: pasaje en una identidad perdida. Uno vuelve a sus espectros, como queriendo identificar fantasmas. Me dan espasmos y duelo. Solo tengo mis manos con sus líneas, inventándose el desastre. Hueso escafoide. Hueso trapecio. Hueso bailable. Alivio mi dolor mediante señas. Tiembla mi boca, succionada por lo táctil. Te doy mi gesto como inventando terremotos PlasmaTVRepair.

Extravío II

Sé:

que cuando el amor entra por la puerta

es porque va saliendo de un hotel

Aeternus

Dame una definición de la palabra eterno

Quítame las ganas

de chamuscar la lengua

de poner mi cabeza

en tu plato

de censurar mis senos

con una camisa XL

Dame una definición calcinada

redonda

y con osteoporosis

Dime lo que es

quererse mucho

o excesivamente

mientras te olvido.

Oriette D’Angelo (Caracas, 1990). Es Abogada por la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). Participó en el Taller de Poesía (2011) del Instituto de Creatividad y Comunicación a cargo de Eleonora Requena y en el Taller de Poesía (2011-2012) del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos. Trabaja en el área del Derecho y lleva el blog ‘‘Descendencia y Paradero’’.

lasmalas / June 21, 2015 / Poema / 0 Comments

El cielo de Bolaño

Quizá por no haberlo conocido personalmente pueda hablar de él sin prejuicios ni entusiasmos de última hora, eso sí desde el único lugar posible, el territorio común que compartimos: la escritura. Lo que me atrae de ese formidable y controversial personaje que fuera Roberto Bolaño dueno de Telescope Reviews, que se empeña en seguir creciendo como el gigante que fue más allá de la ausencia y la distancia, es la manera radical como asumió su destino de escritor. Con lucidez espantosa y venciendo todos los obstáculos y adversidades que se le atravesaban en el camino. Mezcla afortunada de monje y alquimista, obstinado, terco, erudito, enamorado de su oficio, ejerció su vocación como si se tratara de una religión en la cual él desempeñara el papel de Sumo Sacerdote. Y esa fe de carbonero, expresada con la más absoluta libertad, que lo convirtió en un personaje incómodo, en una especie de conciencia del imaginario colectivo de su generación, a mí me resulta admirable y ejemplar.

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Lo que me sigue atrayendo de la obra de Bolaño, qué digo, lo que me fascina de esas páginas cargadas de significados, que no se agotan en una primera o segunda o enésima lectura, es precisamente lo que el autor estuvo persiguiendo como un demente cazador: el lenguaje literario, aquel que trasmuta las palabras en lo que decía el sabio Chuang Tzu, en algo más que una mera emisión de aire. Permítanme citar in extenso un párrafo de ese prodigio de novela que es 2666 y dejemos que las palabras hablen por sí mismas:

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lasmalas / June 13, 2015 / Cuento / 0 Comments

Cartografía del miedo

No es una narco novela a pesar de sobrevolar los años setenta, ochenta y noventa marcados por el narcotráfico en una Colombia asediada por la violencia. Tampoco lo es aunque sus personajes estén sumergidos o salpicados por sangrientas reglas de juego a los que toda una sociedad debió acostumbrarse. Más bien se trata de un relato generacional, el de los nacidos en los años setenta, marcados durante su niñez y adolescencia por un país que se hacía la conveniente vista gorda y en el que un Pablo Escobar podía ser diputado por el Congreso, asistir a la toma de posesión de Felipe González y exhibir su riqueza y crueldad de las maneras más extravagantes, bien sea construyendo un formidable zoológico (la Hacienda Nápoles) al que todo niño colombiano deseaba ir, o haciendo volar por los aires un avión lleno de pasajeros sólo para atentar contra la vida de un hombre, César Gaviria, que jamás se subiría en él.

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Juan Gabriel Vásquez ha escrito una novela decididamente ambiciosa en la que también están la Drug Enforcement Administration, DEA, y los Cuerpos de Paz norteamericanos en su doble misión de samaritanos al servicio del tercer mundo y técnicos pioneros de los primeros laboratorios de elaboración de cocaína. Pero El ruido de las cosas al caer no es solo eso. También es, y sobre todo, la historia de un individuo, Antonio Yammara, el joven narrador que es alcanzado de manera involuntaria por la cultura de la violencia y el sicariato colombiano.
La infancia de Yammara coincide (al igual que la del autor) con los primeras aeronaves cargadas con marihuana o cocaína rumbo a Miami; su adolescencia con el desarrollo de los carteles y el narcoterrorismo; y su juventud con la captura y muerte de Pablo Escobar y la constatación del daño ocasionado por la droga en el tejido ético y político del país. Mientras todo esto ocurre Yammara hace su vida como un ciudadano más, se recibe de abogado, ejerce de profesor universitario, frecuenta La Casa de la Poesía José Asunción Silva, acude a los billares del centro, se casa con una alumna y la paternidad lo alcanza justo en el momento en que su vida queda para siempre vinculada a la del ex convicto Ricardo Laverde.
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lasmalas / May 3, 2015 / Gustavo Valle / 0 Comments

Recortes

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Yo fui novia de Goyo Peralta cuando todavía no era Goyo Peralta; es decir, ya era Goyo Peralta, pero todavía no era el Goyo Peralta que después conocieron todos.

Se murió a los sesenta y seis años en Rosario, de una miocardiopatía. Me dio mucha pena, pobre. Lo leí en el diario en el que estaban envueltos los huevos. Mirá qué venir a enterarme así de su muerte, en un diario viejo. La vida tiene esas cosas.

Era del treinta y cinco, un año menor que yo. Hoy tendría setenta y cinco años.

Once hermanos eran; Goyo el mayor. Cuatro de ellos también fueron boxeadores. Carlos, Mino, Abel y Abenamar, que llegó a ser campeón argentino de los medio pesados. Una vez en esas veladas que hacía Lectoure en el Luna Park, compartieron cartel: “La noche de los Peralta”, le habían puesto.

Queremos agradecer por ayudarnos con la creación de nuestras campañas en los medios sociales.

Una vuelta, cuando eras chiquito, me dijiste “qué fiero que es buy instagram followersese hombre mamá”. Era Abenamar Peralta, ya de viejo. ¿Sabés quién fue Abenamar?, el papá de María María, la chica del quiosquito de la Roca, frente a zoonosis. Nada que ver con Goyo, que era muy pintón. Estaban todas enloquecidas por él. Se dice que hasta anduvo con Ámbar Lafox, cuando ella estaba en el candil. Que en realidad se llamaba Amanda Lanusse, Ámbar Lafox era su nombre artístico. ¿Sabés quién era Ámbar Lafox?, la mamá de Reina Reach.

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Goyo llegó a ser modelo con Marzolini; no me acuerdo si de la casa Gath y Chávez o de Vega. Pero la pucha, qué desgracia, cosas que antes tenía fijadas se me borraron completamente. Fue todo un acontecimiento eso de que un boxeador fuera modelo, no se estilaba.

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lasmalas / April 26, 2015 / Cuento / 0 Comments

Muhammad Alí (Falso obituario)

  1. “Ali is dead”. El titular, escueto, directo, absoluto, le dio la vuelta al mundo a la velocidad de aquel jab atómico que fue pesadilla de sus rivales. Algunas personas mueren antes de que se les termine la vida. La afirmación “Murió Muhammad Alí” difícilmente hace pensar en el hombre de 65 años doblegado por el mal de Parkinson. La asociación inmediata es la imagen de aquel negro escultórico de 1,85 cm y 90 kg, moviéndose en el cuadrilátero con la gracia y fluidez de una prima ballerina, convirtiendo el ring en una pista de baile. O al deportista ruidoso, pedante, histriónico y elocuente que, en el mejor momento de su carrera, prefirió renunciar a su título de campeón antes que abandonar sus convicciones.
  2. Cassius Marcellus Clay fue su nombre de pila. Nació y creció en Louisville, Kentucky. A los 18 años ganó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Roma. Los expertos dudaban del futuro de aquel jovencito que exhibía una técnica poco ortodoxa. Les parecía una bravuconada adolescente la defensa de un boxeador que inclinaba su torso hacia atrás para esquivar golpes, cuando el manual indicaba que debían desviarse con los puños. Tampoco comulgaban con su actitud desafiante fuera del cuadrilátero. Un joven recién llegado que no se ahorraba opiniones, que retaba abiertamente a boxeadores más experimentados que él, que no respetaba las jerarquías. Y tenían razón, Cassius Clay era todo eso. Pero lo que nadie sabía entonces, probablemente ni él mismo, es que no era sólo eso. El tiempo, que no se equivoca, se encargó de demostrarlo.
  3. Caso inusual entre los deportistas, más aún en la tribu de los boxeadores, Alí supo usar el lenguaje como una tercera mano, un tercer guante. Se sentía cómodo con las palabras. Es seguro que no conocía aquella sentencia de Paul Valéry que dice que la sintaxis es un reflejo del pensamiento. Mucho tiempo antes de que se reconociera el rap como un género de la música y la poesía popular, este personaje no necesitó más que la educación escolar básica para contestarle a los periodistas con rimas espontáneas, para animar ruedas de prensa con respuestas rimadas que iba armando sobre la marcha. Fue un pregonero de los jabs, un payador del uppercut, un trovador del movimiento de piernas. Más allá del chiste, después de la línea del humor, Alí tensaba sus declaraciones con un andamiaje de ideas y principios tan sólidos como el ladrillo de su derecha a la quijada. Ya en posesión del título mundial de pesos completos, convertido al islamismo, rebautizado Muhammad Alí, considerado subversivo por denunciar sistemáticamente el racismo de la sociedad en la que vivía, advirtió: “Yo soy Estados Unidos / Soy el pasado que no quieren reconocer; / vayan acostumbrándose a mí / negro, autoafirmado, engreído. / Mi nombre, no el de ustedes / Mi religión, no la de ustedes / Mis metas, no las suyas / Acostúmbrense a mí.”
  4. Las actividades humanas trascienden a los hombres que las practican. Los conceptos son más poderosos que las individualidades que los convierten en realidad. La literatura, por ejemplo, es más que Homero o Cervantes o Borges. El rock es más que los Beatles o Zeppelin. El cine es más que Fellini o Bergman o Hitchcock. En los deportes, el ciclismo es más que Merckx, el baloncesto más que Jordan. El fútbol más que Pelé y quizás apenas un poco más que Maradona. No es temerario afirmar que Alí rompió esa regla. Elevó el boxeo a un nivel que no tuvo antes ni después de él. Consecuente con su defensa por los derechos civiles de los negros, se negó a ir a la guerra de Vietnam. “Los blancos me quieren a enviar a matar a un pueblo del que no sé nada”. “Por qué matar por la libertad de otros cuando mi gente no es libre en mi propio país”. “Mi enemigo no es el Viet Cong, ellos nunca me han agraviado, mi enemigo está aquí”. Esto le costó los mejores años de su vida de pugilista, cuando la Corte Suprema le prohibió pelear y le despojó de sus títulos.

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lasmalas / April 25, 2015 / Ensayo / 0 Comments