El teleférico del país en que naciste
Gustavo Valle (Venezuela / Argentina)
Recibir la invitación a participar en calidad de orador, cronista u observador anfibio de la celebración del Día dela Madre (en Venezuela es el segundo domingo de mayo pero en Argentina es el tercer domingo de octubre) fue demoledor.
Durante varios días me encerré en mi estudio a cocinar severas y hondas reflexiones que arrojaron, entre otros resultados, esta primera y reveladora conclusión: soy un venezolano que no vive en Venezuela.
Algunos juzgarán esto como algo demasiado obvio, incuestionable. Pero se equivocan. En asuntos de geografía y educación sentimental las cosas no son tan sencillas. Intentaré explicarme.
Me considero un extranjero que habla y piensa como venezolano y todo parece indicar, hasta que se demuestre lo contrario, que seguiré siendo aquello que nadie sabe exactamente qué diablos es y que se denomina venezolano. Leer más 
Paja cósmica
Carolina Lozada (Venezuela)
Sólo cuando Víctor comenzó a masturbarse pudo saber a qué olían las manos del sacerdote que de niño le ponía la hostia consagrada en la punta de la lengua, en ese ritual litúrgico al que su abuela lo obligaba a asistir domingo a domingo con el compromiso de que luego lo llevaría a una función de cine. El aroma dulzón y algo repugnante de la mano derecha del cura se le quedaría aferrado al olfato y al recuerdo como la magdalena proustiana. Pero fue desde que descubrió, por experiencia propia, cuál era el origen de ese olor particular que el muchacho comenzó a manifestar conductas neuróticas de una asepsia oscura y enfermiza. Víctor, flaco y de piel pálida, un larguirucho apuesto, aunque bastante esquivo y de cabello graso, quería evitar a toda costa que sus manos olieran a esperma. Le causaba horrores pensar que la gente al olfatearlo descubriera su gozo solitario. Lo peor era que mientras más temía ser descubierto por las narices ajenas, mayores eran sus impulsos onanistas. Leer más 
Vendrá la muerte
Luis Moreno Villamediana (Venezuela)
El muerto. Qué sé yo el nombre, y qué importa. Me habían descrito su rostro de pastor (manso, engañoso), las mangas de la camisa (llenas de manchas de grasa que lucían deliberadas), y su manera de hablar (de matón de piñata). Cualquier añadido habría sido una desproporción barroca. De todas formas sería bueno agregar que tenía las uñas más bien largas y de filo irregular, como alguien que comienza a mordérselas y luego se arrepiente. Eso lo hacía un extranjero, alguien que puede borrarse con poco más que pistas constatables. El dueño de la panadería donde lo mataron juró que cuando le dio el primer mordisco a un saunche de queso cerró los ojos; una cosa anormal. Al recibir los balazos, cuentan, cayó como una tela que de antemano perdiera el estampado, el sucio, el viento aguantado en sus dobleces, el peso de los hilos. Esa levedad lo retrasó: un buen fotógrafo habría captado en el aire las distintas inclinaciones del bulto que se derrumbaba, sin tener que acudir a una cámara de alta velocidad de obturación. Todo pasó en una burbuja de tiempo paralelo, concluyen. Leer más 
Sanbun Kyoden y la infamia del Hentai Netorare
Víctor Azuaje (USA-Venezuela)
la prueba de que la pornografía no tiene valor literario es que, si uno intenta leerla de otra manera que no sea como estímulo sexual,… uno se aburre hasta llorar.
W. H. Auden.
En casi todas las literaturas, las hazañas épicas preceden a las eróticas: la Ilíada a El asno de oro, el Mahabharata al Kamasutra. En otros géneros artísticos, en los considerados menores como el cómic, alguna vez el orden es inverso. Una razón es el carácter relativamente tardío del arte erótico, su pertenencia a la época en que una sociedad goza los frutos del saqueo y padece los ataques a sus valores: la cólera y los caprichos de Aquiles tuvieron consecuencias no menos nefastas que la lujuria y las depravaciones de Juliette, pero el primero confirma mientras que la segunda menoscaba los ideales de su comunidad. Tal ver por ello la representación gráfica de las hazañas épicas tienda a la apoteosis y la de las eróticas se incline a la degradación. La distinción es moral, pero reposa literalmente sobre una línea bien dibujada: un mínimo desvío o adición en el trazo de la entrepierna de Aquiles o Helena y se pisa el terreno del cómic erótico. Leer más 
Cachetes preciosos bajo la luz cenital
Pablo Giordano (Argentina)
Ana Laura menea su enorme culo hacia la heladera, trae otro sándwich y lo mastica sonriendo. No lleva las pestañas de siempre ni el maquillaje, tiene unos cachetes preciosos bajo la luz cenital. Es todo. Su cuerpo es grande, deforme. Miro la casa, me aburro. La televisión ni siquiera está enchufada; se oye el vaivén del ventilador en la pieza de su madre, el arrastre de las pantuflas cuando se levanta al baño. Lo demás es silencio. No entiendo cómo hay gente que se mueve en estos ambientes de aire quieto, sin música. Es una noche excelente para escuchar “Brighton past”, de Luca Prodan; Dancing girl with your cheap Fur on / you know I will forget you, / But for now dance on.
¿Cómo llegué hasta acá? No sé. ¿Qué desea Ana Laura? Tampoco. La excusa: mostrarme fotos. Las fotos sí me divierten. Cada tanto visito ancianas y dejo que me las muestren y hablen de ellas. Las escucho hasta que me corren sus hijos o la Policía. Leer más 
Todas las batallas perdidas
Miguel Hidalgo Prince (Venezuela)
Mi mujer decía que las cosas iban a mejorar. Y podía adivinarse en sus palabras y en la expresión con que las decía, algo de esperanza. Pura y neta. Ah, mi mujer. Por mi parte, lo veía difícil, por no decir imposible. El apartamento estaba guindando con la tercera hipoteca y el negocio iba en picada. Por aquella época era difícil vender seguros. Mireya decía que el truco estaba precisamente en transmitir seguridad. Mi problema radicaba ahí. Bastaba con verme la cara. De lo único que estaba seguro era que las cosas iban realmente mal.
Mireya era la novia de mi mujer. Para hacer el cuento corto, se había instalado con nosotros desde que Julio, el consentido de la casa, había pasado por su cuarta rehabilitación. Mi mujer la conoció años atrás en un seminario de feminismo marxista, incluso antes de haberme conocido a mí, pero nunca había sentido la verdadera necesidad de explorar a fondo su sexualidad. Tuvo que esperar a estar casada conmigo y a que las cosas estuvieran como estaban. Se reencontraron un día en la calle y fueron a una tasca por Los Palos Grandes. Mi mujer le contó todo a Mireya, y cuando digo todo, me refiero a su situación conmigo y el problemita de Julio. Leer más 







