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Los pobladores

Carolina Lozada (Venezuela)

El último en irse fue el señor Kobe, el herrero. Desde la ventana lo vimos tomar el camino empedrado que conduce al puente. En sus manos llevaba las pesadas herramientas, en el morral sobre su espalda cabían las mínimas pertenencias personales.

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Carreno-II-Portada

Cuaderno de Manhattan, Capítulo 4: The Nuyorican Poets Café

Víctor Carreño (Venezuela)

Sólo unos pocos terminamos haciendo aquel viaje al East Village. En el sitio no faltaban las banderas de Puerto Rico y fotos de la isla. Pero parecía más que un café sólo para boricuas. Había cervezas baratas y noches cuando la gente hacía cola para recitar sus versos, mientras alguien tocaba música ligera (una guitarra, un conjunto de música boricua o un cuarteto de jazz).

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Portada-Montejo

Antiguas Postales del fin del Mundo (5 textos)

P.E. Rodríguez (Venezuela)

1.

En los años noventa,

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Artículos Recientes

8
ago
Urena-Foto

Minutos después del accidente: tres poemas

Esteban Ureña (Costa Rica)

estado de vigilia

I

No veo a los físicos corriendo a estremecer los árboles de manzana, los físicos orbitando cabizbajos el Anfiteatro Flavio, esperando que la anomalía de Mercurio les reponga su secreto
a cambio de una humildad de cuero de sandalia, no los veo enfocando sus lentes simples ni sus telescopios compuestos sobre el iris (espejo del alma) de Santo Tomás para disolver la decadencia de una escuela a la que le robaron el hueso de la suerte, con el que hicieron esa honda para lanzar esa piedra para atacar, pero no al Goliath que en ocasiones llevó en su espalda de Cristóbal a un David medieval como nosotros (escribano glosador comentarista etc.), sino para lanzarla lejos, a un lugar de la Tierra donde ya nadie alcanza a verla, donde existe probablemente. Hemos oído esta moderna lección de física, de hecho, de toda la Ciencia: Dios sí tira los dados donde no los ve; ese es el real objeto de la ciencia —no el golpe de dados, claro está—: su ceguera.

 

II

Estas historias se me presentan por la noche por mi curiosidad de saber dónde están los físicos. Duele esto de preguntarse por ellos: lo mejor sería no pensar, no sufrir. Orbitan la Tierra como bolsa de gatos en lugar de Luna. Viven lógicamente por fuera de su alma. ¿Quién se interesa por esto? Aman, odian. ¿Por qué lo hacen? No tengo idea, son arrastrados a eso y son la fuerza de arrastre: la inercia vuelta loca. Me abrumo. Leer Más »

25
jul
Gabriel

Los payasos

Gabriel Payares (Venezuela)

Este cuerpo no volverá a empezar
Cesare Pavese

Los payasos llegaron un sábado, cuando ya habíamos salido de la ducha y recién comenzaba el horario de visita. Era un fin de semana fresco, a lo mejor de abril o de mayo, quién sabe, porque aquí empiezan todos días de la misma idéntica manera: yendo al baño uno por uno en una fila larga y lenta, cogidos de la mano de las cuidadoras que a esa hora tienen peor humor que de costumbre. Ocurre que están obligadas a madrugar para dejarnos limpios y perfumados antes del cambio de turno, y ésa no es precisamente una tarea sencilla. A algunos hay que arrastrarlos hasta la ducha y bañarlos a juro, como a los animales; mientras que a otros basta con seguirles la corriente y empujarlos con cariño hacia el baño, aunque el problema viene a la hora de querer desnudarlos, ponerles el champú o sacarlos una vez terminada la ducha. Y se imaginarán la delicadeza con que nos tratan estas hijas de puta. A mí no, debo aclarar, yo aún me baño por cuenta propia y a un ritmo decente, sin tardar mucho, sin tratar de escapar, sin que tengan siquiera que ayudar a desvestirme. Por eso no me joden tanto como a los demás, sobre todo a los que ya ni caminan ni se levantan pero se cagan encima y de paso luchan cuando tratan de cambiarles la ropa: gritan, gruñen, llegan incluso a embarrarlas de mierda. “Casos difíciles”, los llaman, que terminan con un jeringazo y a dormir otra vez hasta bien entrado el mediodía. Leer Más »

25
jul
Octavio-Itinerario-4

Non sequitur

Octavio Armand (Cuba)

1 ¿Estoy aquí?, ¿estoy aquí? Quizá seas de los que han preguntado eso desde siempre, náufrago ya en el útero. Vives la historia propia en la ajena y el paisaje propio en horizontes que no te cuadran, que te descentran, círculos cuyos radios no tienen la misma longitud, traspasando algunos la circunferencia como flechas, mientras otros, como el veloz Aquiles, se encogen antes de rozar su carapacho.

Nada raro que conozcas en carne viva las incongruencias del tiempo y el espacio. Eres un mapa que no coincide con el territorio y un reloj que nunca da la hora exacta, pues el minutero avanza pero el horario se queda fijo o retrocede. Eres domingo, miércoles, tal vez jueves, la ciudad.

2 Unos tienen que matar para saber lo que es la muerte. A otros, los más, nos basta con morir un poco. La enfermedad, el dolor, el sufrimiento, hasta la caída de la tarde imponen con su abecedario abrumador la melancolía como aprendizaje. En el ocaso de la vida, ¿quién no es capaz de callar como los pájaros y desvaírse, borrarse, como los colores? La lápida es un énfasis. El epitafio, una lengua pesada. Tardía.

3 Mi vida: mi viuda.

4 Palabra carnívora.
Palabra caníbal.
Palabra jíbara, reductora de cabezas. Leer Más »

25
jul
Armado-Luigi

034 y 042

Armando Luigi Castañeda (Venezuela)

034

Te cuento de mi viaje.  Ayer me tocó hacer el tonto, víctima de los mecanismos que se crean espontáneamente para desplumar a los turistas. Resulta que el viaje de Bangkok hasta Angkor es un clásico. Son menos de 400 kilómetros pero, en la práctica, tienes la impresión de que has recorrido dos mil. Por un lado, los horarios de los trenes están diseñados para que no puedas llegar al destino antes de la media noche, si es que encuentras asiento, en un tren que tarda varias horas para llevarte a la frontera y sale una sola vez cada día. Siendo una ruta habitual me llamó la atención que hubiera tan pocos trenes, luego entendí por qué. Al no haber la posibilidad práctica de ir por tus propios medios, sólo te queda la opción de las compañías de transporte “especializadas”, que te ofrecen, o más bien te imponen, los servicios de obtención de visado y cruce de frontera (por supuesto, a un precio muy superior al oficial). Te recogen en el hotel hacia las siete de la mañana y te prometen dejarte en Angkor hacia las tres de la tarde, pero a las dos todavía estaba parado en la cola para cruzar la frontera, a mitad de camino. Durante todo el trayecto, en la camioneta hasta la frontera, el acompañante del chofer insiste en que lo mejor es pagar “un poco más” (el doble) y contratar a un taxi para llegar desde la frontera hasta Angkor, porque de otra forma hay que usar un autobús y estos vienen muy de vez en cuando; según el tipo, te pueden acabar soltando en Angkor a medianoche, pero como había reservado el hotel por Internet esto no me preocupaba demasiado. En la frontera, quienes han aceptado pagar el taxi son separados del resto y pasan sin hacer fila. Los demás tuvimos que entregar los pasaportes y ponernos en manos de un gestor, que pidió un extra por “variaciones en el tipo de cambio”. Dos chicas francesas se negaron y después de una discusión fuerte acabaron pagando (en ningún momento de la discusión les devolvieron los pasaportes, no sé qué puede haber pasado con ellos si se niegan a pagar). Leer Más »

25
jul
DiDonato-Foto

Negrita

Dinapiera Di Donato (Venezuela)

Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.

FEDERICO GARCÍA LORCA.
De La Casada Infiel:
“dedicado a Lydia Cabrera y su negrita”

—¿Es verdad que hubo incesto entre Djuna Barnes y su abuela Zadel? Hipocampo lanzó la pregunta coreada por dos o tres forzados ¡guácala! seguido del quinteto de risitas que no podía faltar al fondo de la clase y  Macuarisma se movió a la ventana como pidiendo ayuda para las hormonas, el aire le faltaba un poco y una paloma se asomaba a mirarlos con ese ojo de monóculo. Hipocampo había dicho si en clase pregunto datos biográficos será la señal de que le tengo buenas noticias. Macuarisma no disimuló la contrariedad, le tenía prohibido meterse en sus asuntos, no quiero noticias, ni buenas ni malas, no quiero nada, porque sus asuntos no eran para hacer relatos pero Hipocampo, de quince, se empeñaba en convertirlos en culebrones.

O lo que es peor, en biografías noveladas y cómo era posible que una vieja como ella, precoz en su menopausia cuarentona, siguiera sin poder zafarse de Hipocampo que apareció en su vida al final de una larga cadena de chismes y búsquedas de empleo. No era particularmente sensible a las bellezas menores. En aquella parte del país la belleza empezaba a los nueve y a los veinte se extinguía, recordaba vagamente un artículo pseudo ─científico que alertaba acerca de la alimentación sobre─ hormonada, cuidado con las reglas a los 9 y los embarazos o el cáncer de cuello uterino a los 12 y la homosexualidad creciente, todo por culpa del alimento para pollos importado de laboratorios que experimentaban con poblaciones marginadas pero ricas y sobre todo crédulas. Entonces el artículo se transformó en propaganda anti-imperialista y los lectores se debatieron entre el sentimiento de fervor revolucionario también financiado con el milagroso presupuesto nacional, y una creciente erección porque mientras se leía el artículo, la mayoría, que era la población infantil hiper-sexual, reclamaba atención con su invasora belleza. Leer Más »