Francis Bacon o el orden del universo
Gustavo Solórzano-Alfaro
La grandeza de un Estado, en volumen y territorio, tiene que tener medida; y la grandeza de las finanzas y rentas debe ser administrada. La población debe conocerse por censos, y el número y tamaño de ciudades y poblaciones, por planos y mapas; no obstante, nada hay entre los asuntos públicos más sujeto a error que la verdadera y justa evaluación del poderío y fuerzas de un Estado.(1)
Francis Bacon
La obra del filósofo inglés(2) Francis Bacon es amplia y compleja. A partir de sus propuestas para el Nuevo órgano es evidente el zeitgeist: la posibilidad de repensar las ciencias, el proyecto de una organización social, cultural y científica completamente diferente y nueva, capaz de dar cuenta de la naturaleza(3). Tales cuestiones podrían ser abordadas desde muchos puntos de vista, claro está, pero nos interesa particularmente esa nueva “obsesión” por darle forma y orden al universo. Para discutir sobre ello, nos concentraremos en una serie de preguntas que pasamos a plantear.
Sabemos que la cultura es el reino de la diferencia: ahí donde se instaura el signo se instaura la ley, y así, a través del tiempo, podemos afirmar que toda cultura ha tenido sus maneras particulares de organización. Sin embargo, ninguna época, ningún momento histórico había visto tal despliegue de formas de organización como las que se dieron en los últimos cuatrocientos años(4). Entonces, brotan una serie de inquietudes sobre las que intentaremos esbozar un acercamiento en los párrafos siguientes: ¿De dónde surge el afán por ordenar el universo? ¿De dónde esa necesidad de marcar, ubicar, trazar, medir, acomodar y clasificar? ¿Por qué ese acercamiento taxonómico hacia el mundo? ¿Qué sucedió en el paso de la edad media y el renacimiento para que la modernidad(5) ansiara tan denodadamente “una medida de las cosas”(6), un “concierto” de la naturaleza? ¿Qué cambio se operó en el interior de una cultura para que la necesidad de normar y reglamentar tomara tanta fuerza?
Roland Barthes (1997), en Sade, Fourier y Loyola, equipara dichos nombres y los ubica en una categoría que define como logotetas, es decir, fundadores de discursividad. Los tres tenían un afán por ordenar y categorizar aquellos asuntos que les interesaban: Sade el cuerpo, Fourier la sociedad y Loyola el alma. El primero describe monasterios donde las mujeres son ubicadas por edades, funciones y colores, y las orgías se desarrollan con base en ordenamientos geométricos que potencian el placer; el segundo construye falansterios donde el trabajo se desarrolla según principios de cooperativismo y todos actúan bajo las mismas normas; y el tercero, plantea comunidades donde todo es un intento por el diálogo con Dios dentro de las más rígidas formas de vida(7).
De los tres, Sade y Fourier formarían parte de la tradición moderna, mientras que Loyola, dependiendo del punto de vista, sería un hombre del renacimiento; sin embargo, vemos que sus modos de proceder son similares, si hacemos caso a Barthes. Entonces, la modernidad se nos presenta como una visión de mundo que pretende dar cuenta de la naturaleza y de la cultura, a partir de la crítica de la filosofía y de la ciencia tradicionales.
Francis Bacon podría ingresar en esta misma categoría, al lado de Fourier, por ejemplo (aunque quizá no tenga el carácter de logoteta(8)), pues dos de sus obras, al menos, se presentaban como modelos por seguir en esa nueva manera de entender la naturaleza. Tales obras son el Nuevo Órgano y La nueva Atlántida.
En la primera, que es la que nos interesa ahora, Bacon proponía superar las nociones que hasta ese momento habían regido las ciencias. De esta manera se oponía a la escolástica y a la lógica aristotélica. Asimismo, realizaba una crítica de la tradición y de su tiempo, a partir de las figuras de los ídolos (de la caverna, de la tribu, del mercado y del teatro), que son las tendencias humanas que llevan a los prejuicios y errores, y por ende ocultan el verdadero conocimiento(9).
Así las cosas, la tarea que se imponía Bacon era tan grande como lo era en sí el espíritu de la modernidad. Un proyecto que fuera capaz de abarcar todas las áreas del conocimiento humano, y que respondiera entonces a todas sus inquietudes y preguntas(10). Ese es precisamente el mito que hemos heredado de la modernidad: la posibilidad de que la ciencia nos lleve al progreso, y que este represente la liberación y superación de todos los males, incluida la muerte.
El proyecto enciclopédico de Diderot y D`Alambert no era otra cosa que ese interés en reunir todo el conocimiento humano en un solo espacio. El Nuevo Órgano, de Bacon, se planteaba también como ese proyecto capaz de dar cuenta de todos los problemas humanos.
No en vano, hoy sabemos que como tales ninguno de esos proyectos o similares puede considerarse completo. Sin embargo, sería justamente esa característica uno de los elementos que llevaría a Habermas (1989) a afirmar que la modernidad es un proyecto inconcluso; y sería ciertamente un argumento en contra de la noción de posmodernidad, puesto que aún nos encontramos imbuidos (aunque en menor medida) en ese espíritu que cree a ciegas en la ciencia como respuesta a nuestros padecimientos.
Como es sabido, Bacon no terminó de redactar el Nuevo Órgano, el cual estaría constituido por dos partes, pero de entrada llama la atención precisamente la ambición del proyecto, no solo por sus alcances y objetivos, sino sobre todo por el riesgo y la valentía de presentarse como una nueva manera de entender el mundo, opuesta a los cánones que habían regido el pensamiento occidental(11).
Ahí donde en la edad media el mundo no era “ni ancho ni ajeno”, y donde aún en el renacimiento existía un dios rector en el cielo y un rey en la Tierra, un nuevo modelo económico (el capitalismo) y el ascenso de una nueva clase social (la burguesía) quedaban de entrada “desprotegidos”, pues no se presentaban de suyo como leyes superiores, ulteriores; por tanto, todas las instituciones sociales y los organismos se verían abocados a construir las normas que habrían de regir esa nueva sociedad, un sociedad disciplinaria donde los cuerpos serían vigilados y distribuidos, con el fin de potenciar sus capacidades de producción, donde esos cuerpos serían auto contenidos y censurados mediante la interiorización del castigo y de la culpa.
Nunca una cultura tuvo tal necesidad de generar ese cúmulo de reglamentaciones, pero igualmente, jamás cultura alguna se había enfrentado a un sistema de tales proporciones. Cambios en la concepción del mundo producto de una serie de factores: la Tierra se expandía, las colonias y territorios en proceso de conquista planteaban nuevos retos, los enfrentamientos entre ciencia y religión florecían aún más.
Ante tal panorama, no es gratuito que los esfuerzos buscaran cómo ordenar ese mapa de relaciones complejas que se había empezado a tejer. No es casual, tampoco, que Bacon fuera el único que se atreviera a mencionar a Maquiavelo, porque al igual que el pensador italiano, el filósofo inglés se interesaba por las formas de gobernar: sabía que era necesaria una nueva ciencia, pero también sabía que lo más importante era convencer al pueblo de que esto era así, y para ello debía valerse de todas las herramientas del poder.
Cuando en La gran restauración explica la “Distribución de la obra”, Bacon señala: “Una vez que hemos fortalecido el entendimiento con ayudas y protecciones segurísimas y preparado con una severísima selección el justo ejercicio de obras divinas, nada parece restarnos sino proceder a la filosofía misma” (s. f.: 75). Nótese el uso de los adjetivos superlativos: “segurísimas”, “severísima”. Asimismo, sustantivos como “ayudas”, “protecciones” o “selección”. Todo ello apunta a una cuidadosa operación de estudio, organización, normalización y reglamentación sumamente rigurosas.
Luego, en el aforismo III, postula lo siguiente: “La ciencia y el poder humanos vienen a ser lo mismo porque el ignorar la causa nos priva del efecto. […] no es posible vencer la naturaleza más que obedeciéndola y lo que en la contemplación tiene el valor de causa viene a traer en la operación el valor de la regla.” (s. f.: 88).
Finalmente, observamos cómo el afán taxonómico, normativo y de reestructuración total del pensamiento, de las ciencias y de la filosofía que visualizaba Bacon respondía en gran medida a un deseo por dotar al poder de las herramientas necesarias para seguir ejerciendo su dominio sobre la naturaleza, pero especialmente sobre las poblaciones. La equivalencia entre poder y conocimiento, de hecho, llega hasta nuestros días, e incluso podría servir para contradecir la noción de que las sociedades posmodernas son sociedades del conocimiento o de la información (en oposición a las sociedades modernas, donde regía el capital). Más bien al contrario, ¿no serían nuestras sociedades aún herederas del sueño moderno del progreso?, ¿no nos regimos por binomios de oposición entre una postura que apoya todo lo tecnológico frente a otras que siguen considerándose “rurales”, torpes” o “retrasadas”? Más todavía, ¿no partimos de la fe, efectiva, de que cuanto mayor sea el conocimiento mayor poder tenemos?
La modernidad es de una complejidad asombrosa. Las relaciones que se establecen en su interior siguen en nuestros días arrojando cuestiones importantes, pero sobre todo, la visión de un mundo perfectamente organizado y dominado sigue latente en la mayoría de propuestas de todo tipo, sean políticas, sociales o económicas. La necesidad de darle forma al universo, como pretendió Bacon, entre otros, es aún el eje de nuestra existencia como culturas inmersas en constante procesos de transformación. Y claro, esto debe llevarnos a profunda reflexión, porque en el fondo de estas ideas lo que subyace es la imperiosa necesidad de dominio: “…está en el poder de los príncipes o de los Estados agregar amplitud y grandeza a su reino; pues introduciendo ordenanzas, constituciones y costumbres tales como las aludidas, pueden sembrar la grandeza para la posteridad y sus sucesores;” (Bacon, 1980: 133).
El mundo es cada vez más amplio, si se quiere, y más sutiles los mecanismos de control, de reglamentación y de ordenamiento; mecanismos que no somos capaces de ver porque vivimos aún los efectos del sueño tecnológico del progreso, encarnado una vez más en la sociedad de consumo, en la cultura del capitalismo tardío que hoy, igual que ayer, busca encontrar la forma ideal del universo, con el fin de poder ejercer el control y el dominio sobre él.
§
(1) El texto está formado apenas por unas notas rápidas y no por una “historia de los censos” ni nada parecido, y por ello no se mencionan los censos del Imperio romano ni sus sistemas de recaudación de impuestos. En el momento de su escritura, la intención y el “tema” de fondo eran otros.
(2) Harold Bloom (1989) se pregunta si es correcto definir a Bacon como filósofo. Incluso, con calidad metafórica dice que es un “dramaturgo de las ideas”.
(3) Aquí quedan por fuera, o al menos no serán regidas por el nuevo orden, las cuestiones políticas, morales o religiosas. Es decir, lo primero que interesa a Bacon es la phisys, no tanto el nomos. Las leyes se mantendrán tal cual, pues no concibe el mundo de otra manera. Tal idea se entronca con lo dicho en la nota 1, pues por un lado Bacon se muestra crítico de la tradición y dispuesto al cambio, pero por otro lado desea mantener el orden monárquico y religioso, y lo hace mediante sutiles actos de disimulo, para seguir con Bloom.
(4) Hacemos este corte con meros fines metodológicos.
(5) Por razones prácticas, no entraremos a problematizar las divisiones históricas ni sus características y matices.
(6) En La gran restauración, Bacon critica la máxima de Protágoras que regía el pensamiento renacentista: “El hombre es la medida de todas las cosas”, pero es claro que busca “una nueva medida”, por decirlo de algún modo.
(7) Respectivamente, el lenguaje del placer, el lenguaje de la sociedad y el lenguaje del alma.
(8) Algunos de sus críticos insisten en que no inventó nada, y que más bien se apoyó o repitió teorías que ya podíamos encontrar en Copérnico o Galileo.
(9) En un primer momento creí hallar en Bacon un eco de Platón, pero luego caí en cuenta de que se trata, por el contrario, de una crítica del platonismo. Nada más opuesto al idealismo que el empirismo baconiano.
(10) Aquí se impondría una reflexión de tipo teológico, que viene a ser contrapunto y si se quiere paradoja en el pensamiento de Bacon.
(11) Ya habíamos indicado que no entraríamos en los matices de eso denominado modernidad, por lo que especificar incluso resulta ocioso, máxime si tomamos en cuenta que el propio Bacon jamás habría hecho tal distinción.
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Referencias
Bacon, F. (1980). “De la verdadera grandeza de los Reinos y de los Estados”. En Ensayos (4.ª ed.). Buenos Aires: Aguilar Ediciones: 122-133.
______ (s. f.). La gran restauración. Material fotocopiado, s. d.
Barthes, R. (1997). Sade, Fourier y Loyola. Madrid: Ediciones Cátedra.
Bloom, H (2006). ¿Dónde se encuentra la sabiduría? Madrid: Punto de Lectura.
Habermas, J. (1989). “Modernidad: un proyecto incompleto” (versión en pdf). En El debate modernidad-posmodernidad (N. Casullo, ed.). Buenos Aires: Editorial Punto Sur: 131-144. Aquí, revisado el 22 de agosto de 2009.








Buen articulo claro e interesante. Siempre me he sentido ajena a la postmodernidad. No sabria como renunciar a la belleza de la geometria.
Esto me hizo recordar a Andres, el donjuan de mi novela El Expediente, con su afan de introducir un orden en su mundo amoroso.
Gracias.
Linda: afortunadamente, podemos decir que la posmodenridad ya no es pos y más bien es pretérita, y en el plano de las artes, al menos eso quisiera, creo que estamos volviendo los ojos un poco a esa “belleza de la geometría”.
Y claro, el orden como necesidad de sentido.
Saludos y gracias por leer
Curioso que la modernidad haya empezado como un gran proyecto de ordenamiento y haya acabado en un “puñado de imágenes rotas” (Eliot). Ese afán de construir y mapear, ¿nos vendrá de la certeza de que algo se nos ha desmoronado o perdido para siempre?
GACH: Eliot y su visión mítica del universo, muy acertado, porque eso es el arte y eso es lo que hacemos al intentar construir algo: dar sentido, buscar el paraíso perdido, a pesar de la certeza del fracaso.
Respecto al fin de la modernidad, algunos consideran que eso que se llamó posmodernidad en realidad era una especie de modernidad con sobrepeso, y muchas veces croe que llevan razón.
Saludos y gracias por la visita