Del terrible oficio de contar nuestro pasado
Diego Rojas Ajmad (Venezuela) | Sitio Web: Saparapanda
¿Podríamos concebir una historia literaria que no truncara la literatura?
Paul de Man
Luego de hojear la historiografía literaria hecha en Venezuela, que no pasa de seis obras elaboradas en un período no mayor de cien años, la sensación que queda en el lector es la de estar en presencia de una obra inacabada, de un mármol a medio cincelar. Pareciera que en el ámbito de los estudios literarios la ingente tarea de crear nuestro corpus, valorarlo y reflexionar sobre sus fundamentos es una labor que apenas ha tenido amagos en nuestros investigadores. La historia, la crítica y la teoría literarias, pilares del arte de la palabra, esperan por su desarrollo en nuestro país.
Sin embargo, ese desdén hacia los estudios literarios no es gratuito y vino acompañado, ya a finales del siglo XX, por una crisis de sus fundamentos. Historia, Literatura, Nación…, conceptos clave en la conformación del saber cultural, se resquebrajaron y sus significados se vaciaron de contenido. ¿Cómo escribir una “historia de la literatura venezolana” si las tres palabras que conforman esta frase se convirtieron en cáscara por la polémica postmoderna, causando múltiples debates acerca de su precisión y utilidad? Por esta razón, pensamos, la última historia de la literatura venezolana fue publicada a inicios de la década de los setenta del siglo XX, época durante la cual la crisis de las ciencias exactas comienza a invadir los terrenos de las ciencias sociales. Luego de este conflicto, era imposible asumir la responsabilidad de crear una historia de la literatura venezolana en solitario, con la seguridad de criterio que utilizaron Mariano Picón Salas o Pedro Díaz Seijas, por nombrar a algunos.
Es imposible, según el paradigma reinante, acometer un trabajo de investigación en solitario y que pretenda abarcar el objeto a estudiar en su totalidad. El saber del mundo acumulado sobrepasa la capacidad de memoria de las comunidades y el paradigma del pensamiento complejo, visión dominante de estos tiempos, obliga a la búsqueda de relaciones múltiples.
La revisión de las perspectivas teóricas y metodológicas tiene también por resultado, al menos en potencia, una expansión sin precedentes de los campos de la historia literaria. En realidad, las grandes empresas globales son cada vez menos frecuentes como realizaciones individuales, mientras que como empresas colectivas se multiplican. Esto significa ipso facto la desaparición progresiva de las visiones monolíticas de historia literaria/historia de la literatura en beneficio de estudios más restringidos y coordinados entre sí por una orientación común que no impide, sino que hasta favorece, la apertura del sistema. (Kushner, 1993: 142).
Por estas razones, las estrategias historiográficas actuales se diferencian en demasía con las pergeñadas hace ya más de cien años. La tradición de las “historias literarias”, iniciada en Venezuela por Gonzalo Picón Febres, tradición mantenida luego por Mariano Picón Salas, José Ramón Barrios, Pedro Díaz Seijas, José Ramón Medina y Juan Liscano, es hoy día discurso irrealizable. En estos momentos, lo aconsejable es la visión multidisciplinaria y grupal, que asedie la producción literaria de un país desde sus múltiples nichos.
Una historia de la literatura venezolana, desde el paradigma de la complejidad, que sea conciente de las incidencias en los cambios sujeto-objeto y lengua-realidad, debe concebir lo literario como
un fenómeno cultural imbricado por múltiples factores, por infinidad de signos y territorios. Si para el paradigma del pensamiento complejo la totalidad es piedra de toque fundamental, entonces una historia de la literatura venezolana debe percibir, dentro del límite de los discursos estéticos y lúdicos, todo el espesor, todas las voces, todos los pliegues que hacen de la imaginación llevada a palabra (oral o escrita) una práctica social. Una historia de la literatura venezolana compleja no arguye generaciones ni movimientos ni se convierte en una farragosa lista de autores y obras. Por el contrario, la historia pensada desde la complejidad debe visibilizar la diversidad literaria, cuyas manifestaciones escritas y orales deben tener cabida en sus páginas. Ya Alberto Rodríguez Carucci había señalado esta carencia:
Se ha coordinado una práctica falsamente unificadora y homogeneizante de la literatura nacional, controlada por un reduccionismo más o menos evidente, que termina cumpliendo la función de segregar algunos componentes de la pluralidad literaria venezolana, cuyos recorridos a través de la historia son complejos y quedan expresados en las tensiones y conflictos originados por la diversidad cultural y lingüística del país. Con respecto a esto último, las treinta y cuatro lenguas indígenas que existen paralelamente al castellano, constituyen una prueba contundente del multilingüismo y de la pluralidad cultural de una Venezuela que comúnmente no registra esto como parte de su realidad cotidiana. (Rodríguez Carucci, 1988: 19).
¿Dónde están las historias literarias venezolanas que hacen las periodizaciones, que muestran los cambios y evoluciones y que ciernen géneros acerca de la producción literaria de esas treinta y cuatro lenguas indígenas? ¿Dónde las historias que registran las tradiciones populares, los chistes y las coplas del extenso llano venezolano, por nombrar sólo algunas manifestaciones literarias? Eva Kushner propondrá la alternativa a seguir: “En realidad, la renovación de la historia literaria es posible precisamente a condición de postular la apertura del sistema descriptivo” (Kushner, 1993: 139).
Una historia compleja de la literatura venezolana exhibe un criterio histórico dinámico, con el cual pueda percibirse el sentido activo de las expresiones literarias, sus matices y su espesor, relacionando la obra literaria con su contexto, sí, pero no encerrando el fenómeno literario, al decir de Bajtin, en la única época de su creación, corriendo el riesgo del reduccionismo o la taxidermia cultural:
Las obras rompen los límites de su tiempo, viven durante siglos, es decir, en un gran tiempo, y además, con mucha frecuencia (tratándose de las grandes obras, siempre), esta vida resulta más intensa y plena que en su actualidad. Una obra literaria se manifiesta ante todo en la unidad diferenciada de la cultura de su época de creación, pero no se puede encerrarla en esta época: su plenitud se manifiesta tan sólo dentro del gran tiempo. Pero tampoco la cultura de una época por más alejada que esté de nosotros en el tiempo, debe encerrarse en sí como algo prefigurado, totalmente concluido e irreversiblemente distanciado y muerto. La unidad de una cultura determinada es unidad abierta. (Bajtin, 1982: 350).
Esta falsa idea de las historias literarias de ver las obras como signos anclados a su contexto, incapaces de trascender en el tiempo y que hace invisible, por ejemplo, las lecturas e influencias de una novela como Doña Bárbara en las generaciones posteriores, son un síntoma de la perenne ausencia del lector en el desarrollo de la historiografía.
Ninguna historia de la literatura estaría completa si no tuviera en cuenta al destinatario del texto, es decir, la lectura, los lectores, los públicos, la recepción (enfoques hermenéuticos, estética de la recepción, trabajos sociológicos sobre la lectura…). (Kushner, 1993: 143).
Una historia compleja de la literatura venezolana se sabe presa de las concepciones de la periodización, pues es imposible una historia sin la mediación de marcos cronológicos sistematizables; la cronología es conditio sine qua non para la existencia de la historia. Sin embargo, la periodización de una historia literaria compleja debe partir, aunque suene a verdad de Perogrullo, de los signos ofrecidos por el hecho literario mismo. Una propuesta de periodización debe ir al ritmo que brinden las obras, no que las obras sean las que deban adaptarse, cual cama de Procusto, a la medida de los periodos previamente establecidos:
El historiador gana si procede inductivamente, es decir, si deja que la observación y la descripción de los fenómenos preceda a la determinación de los contornos de conjunto de un fenómeno en el tiempo y en el espacio y no que la siga. (Kushner, 1993: 133).
Adicionalmente, una historia compleja de la literatura venezolana debe problematizar acerca de la incesante relación que casa los periodos literarios con los periodos políticos y sociales.
Por ello, cuando se habla dela LiteraturaColonialo dela Colonia, dela Literaturadela Independencia, dela Literaturadela PrimeraRepública, dela Literaturadela Federación, dela Literaturadel Gomecismo o del PostGomecismo; se aplican categorías históricas nacionales seguramente válidas, pero inexpresivas en el sentido literario, y en ninguna forma referidas a verdaderos períodos en el desarrollo de la literatura venezolana. (Carrera, 1984: 31).
Un intento reciente de historia de la literatura venezolana, que no se propuso serlo, y que pone el énfasis en los requerimientos que hace la complejidad hacia las ciencias, es el trabajo realizado por Carlos Pacheco, Luis Barrera Linares y Beatriz González Stephan y que lleva por título Nación y literatura: itinerarios de la palabra escrita en la cultura venezolana. Publicado en el 2006, esta monumental obra de 966 páginas abarca más de 500 años de práctica literaria en nuestro país. Desde el enfoque de la diversidad, esta obra agrupa a 56 investigadores quienes desde múltiples metodologías y enfoques teóricos asumieron la tarea de ofrecer una lectura de la literatura venezolana.
Los tiempos obligan, y quizás pronto seamos testigos de la publicación de una historia de la literatura venezolana desde un enfoque de la teoría de los polisistemas o de la historia cultural. Aproximaciones desde el ámbito de la literatura hispanoamericana ya han señalado el camino, como el trabajo propuesto por Paul Alexandru Georgescu, quien en 1989 publicó su Nueva visión sistémica de la narrativa hispanoamericana o el ya mencionado Nación y literatura: itinerarios de la palabra escrita en la cultura venezolana, del 2006.
Como vimos en estas páginas, pensar las historias literarias radica en problematizar las nociones de literatura y el tipo de periodización a implementar, para lograr explicar así el “cómo” y el “por qué” de los cambios literarios. La tarea por venir está en:
Habilitar otro concepto de ‘literatura nacional’, que permita restablecer el carácter múltiple de las tradiciones y sistemas literarios en una literatura. Una historia literaria nacional que gane para sí la categoría de la pluralidad, es la condición básica para superar la imagen de falsa unidad homogénea de las historias literarias. (González Stephan, 1985: 73).
La suerte está echada…
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Referencias Bibliográficas
Bajtin, Mijail (1982) Estética de la creación verbal. México: Siglo XXI.
Barrios Mora, José (1950) Compendio histórico de la literatura venezolana. (2da. Ed.). Buenos Aires: Padilla y Roig.
Carrera, Gustavo Luis (1984) Imagen virtual. Signos literarios y aproximaciones críticas. Mérida: ULA.
Díaz Seijas, Pedro (1962) Historia y antología de la literatura venezolana. (4ta ed.). Madrid: Jaime Villegas.
Georgescu, Paul Alexandru (1989) Nueva visión sistémica de la narrativa hispanoamericana. Caracas: Monte Ávila.
González Stephan, Beatriz (1985) Contribución al estudio de la historiografía literaria en Hispanoamérica. Caracas: Academia Nacional dela Historia.
Kushner, Eva (1993) “Articulación histórica de la literatura”. En: Marc Angenot, Jean Bessière, Douwe Fokkema y Eva Kushner. Teoría literaria. México: Siglo XXI.
Liscano, Juan (1995) Panorama de la literatura venezolana actual. Caracas: Alfadil.
Medina, José Ramón (1969) Cincuenta años de literatura venezolana (1918-1968). Caracas: Monte Ávila.
Pacheco, Carlos; Barrera Linares, Luis y González Stephan, Beatriz (2006) Nación y literatura: itinerarios de la palabra escrita en la cultura venezolana. Caracas: Equinoccio.
Picón Febres, Gonzalo (1947) La literatura venezolana en el siglo diez y nueve (Ensayo de historia crítica). 2da. Ed. Buenos Aires: Ayacucho.
Picón Salas, Mariano (1984) Formación y proceso de la literatura venezolana. Caracas: Monte Ávila.
Rodríguez Carucci, Alberto (1988) Literaturas prehispánicas e historia literaria en Hispanoamérica (y otros estudios sobre literaturas marginadas). Mérida: Universidad de Los Andes.







