El evangelio según Jesucristo, de José Saramago
German Hernández (Costa Rica) | Sitio Web: El Signo Roto
Nada más escabroso en literatura que abordar el tema de Jesús, especialmente en un medio donde las ciencias sociales y la literatura se sienten a priori inmunizadas de esa parcela que consideran convenientemente exclusiva de la teología.
Le resulta más fácil a la crítica literaria, a la antropología y al psicoanálisis referirse a los mitos griegos, ya pétreos y domados por la imparcialidad de los siglos que referirse a los relatos neotestamentarios; curiosamente, estos últimos tienen una vitalidad y una manera tan sutil de expresarse en la vida cotidiana tanto o más que los Edipos, las Ifigenias y las Pandoras.
Al fin y al cabo, los textos bíblicos no son otra cosa que literatura. Pero todo texto literario es algo más que puro acontecimiento y ficción. Ante esta ambigüedad, volvemos al tema que nos interesa: Jesús como personaje literario. Si nos atenemos a su relevancia actual, no es lo mismo que hablar de Alejandro Magno como personaje literario; aquí la discusión sobre la historicidad es inútil, ambos son personajes históricos, pero la literatura los ha convertido en personajes míticos, al primero lo transformó en mesías, en el cristo, en Jesucristo (atengámonos a que Jesús y Jesucristo son personajes distintos, aunque pueden apelar a una misma persona), al segundo lo convirtió en dios; pero ciertamente, los adoratorios a Alejandro resultarían más bien excéntricos y anacrónicos en nuestros días, a diferencia de Jesucristo, que ha trascendido el tiempo, y en su nombre las diversas expresiones cultuales lo preservan fresco como una lechuga.
Quizá por eso se teme a veces a la vitalidad del mito, hablar de Jesucristo fuera de la teología puede generar desconfianza, falta de rigor, es como caminar por arenas movedizas. Y es verdad, porque se puede caer en un puro racionalismo que a la larga es incapaz de de exponerlo en toda su riqueza simbólica.
Nikos Kazantzakis, con La última tentación de Cristo, y en esta ocasión José Saramago con El evangelio según Jesucristo, abordan, desde un punto de vista existencial y con auténtica honestidad los dilemas de lo divino y lo profano, sin ceder al aplastamiento de la existencia y la finitud.
Particularmente Saramago, quien rompe definitivamente con la teología y la filosofía, y asume con total claridad el riesgo de recorrer literariamente lo sagrado y al mismo tiempo desplazarse por lo más doloroso y lo más simple. Si se piensa que El evangelio según Jesucristo es una tesis para desbaratar todo el pensamiento judeocristiano, entonces no hay por qué seguir con estas líneas y todo el asunto no es más que una rabieta adolescente, y un ejercicio intelectual irrelevante, un texto herético e iracundo.
Pero nada de eso. Es evidente la rigurosa investigación sobre el mundo mediterráneo del siglo primero en la obra de Saramago, y su exquisita habilidad para disimularlo a lo largo de la novela sin caer en una insípida pedagogía. Igualmente es notable su puntualidad epistemológica, no dribla ni se distancia de la situación puntual de su protagonista: su evangelio igual que los otros evangelios apócrifos, busca las respuestas, o formula las preguntas a los vacíos que hoy siguen mortificando la conciencia.
Imaginemos que efectivamente El evangelio según Jesucristo es un evangelio apócrifo. ¿Qué quiere decir esto? Apócrifo quiere decir oculto, pero no se trata del texto en sí. En el caso de Jesús
se trata de lo que los evangelios sinópticos y el evangelio de Juan no atienden; aquí, lo oculto se refiere al contexto y los antecedentes de ese Jesús, sus antepasados, su infancia, su juventud, y especialmente, esa alegórica estancia en el desierto ayunando cuarenta días y cuarenta noches. Tales vacíos fueron llenados por las primeras comunidades cristianas de los siglos II, III e inclusive IV. Eran relatos que trataban de llenar y explicar esos vacios, que surgían paralelos a los dogmas y a los cultos, y a la larga no eran otra cosa que un intento por acercar lo inasible a lo concebible.
¿De qué manera lo aborda Saramago? De la forma más mortificante y más arriesgada. Su narrador es un cristiano del siglo XX, un tipo ingenuo, asombrosamente privilegiado pues todo lo ve, pero no lo sabe todo, pero lo admite todo, es por momento tan ingenuo y exacto en su relato que no discrimina y todo lo dice y no descarta nada y justamente por ahí es que comienza el conflicto, no solamente el que va experimentar Jesús de Nazaret, si no cada ser humano, cada uno de nosotros en algún momento (admitirnos vulnerables no tiene por qué ser tan bochornoso). Jesús desconcertado desde su infancia busca un sentido a la vida, pero se encuentra ante Dios, quien le revela su destino, o más bien, lo condena a este.
La predestinación será el centro de toda la narración. Saramago lo expone desde el punto de vista teológico: Dios interviene en la historia de la humanidad; lo expone desde un punto de vista filosófico: la predestinación implica la inutilidad de la voluntad y la responsabilidad del ser humano sometido a la tiranía de un dios; y lo lleva más lejos, a un plano existencial: ese ser humano sometido a la tiranía de Dios tiene conciencia y se le revela, pero su intento es finalmente inútil.
El evangelio según Jesucristo es a la larga el clamor del hombre que es aplastado por la realidad, y que se mueve entre dos extremos: o el silencio de Dios o su intervención. El dilema es: ¿Dios interviene en la historia y en la vida de los seres humanos o está completamente ausente? Ambos extremos son desoladores y terribles.
Literariamente, el evangelio de Saramago restaura la humanidad de Jesús, su ingenuidad ante Pastor, ante Dios y su trascendencia en los brazos de María de Magdala, en su apasionado amor por los amigos, en su frustrante divinidad, pues a pesar de querer y poder resucitar a su amado amigo Lázaro, sabe que no hay peor condena que la de vivir dos veces, y en ello Jesús es más humilde que los que nos prometen la felicidad que siempre soñamos en las secularizadas promesas de la televisión.
Lo difícil de este evangelio es su lacustre geografía que no admite escapatorias a su Dios tirano, igualmente la existencia y el día a día de nuestras vidas recorre los límites de un presente que ya no alcanza lo pasado y no advierte el futuro. En medio de esta soledad es donde el sujeto se afirma. Ni el extremo de un Dios titiritero ni en su absoluta ausencia, más bien, como portadores de lo divino.







