El galimatías sangriento de Edward Gorey (II)
Luis Moreno Villamediana
La apatía tiene en ocasiones la facha de la resignación o la conformidad.
Seguí repasando Amphigorey Also, quizá delante de una taza de café—el recuerdo tiende a crear utopías retrospectivas. En las páginas de The Epiplectic Bicycle predomina el blanco, como una forma de crear un escenario neutral que puede imaginarse a voluntad o seguir descartándose. Es una señal de escamoteo que hace sobresalir las figuras de Embley y Yewbert, la niña y el niño de nombres salidos de la literatura burlesca victoriana, vestidos con intemporales mamelucos de una sola pieza. El prólogo de la obra tiene solamente una frase: “Era el día después del martes y el día antes del miércoles”; sobre ella, en el recuadro enorme del dibujo, apenas se ve la incipiente floración de unas bayas en el centro del borde inferior. La conjunción desde el inicio establece el aire fantástico del texto, al introducir un quiebre en la normalidad de esa semana y, con él, una improbable jornada paralela. Lo que vaya a ocurrirle a esa pareja de hermanos se inscribe en una dimensión autónoma, no necesariamente incomprensible, pero sí insospechada. Esa cualidad se reitera en el orden de los capítulos: pasamos del primero al segundo, al cuarto, al séptimo, al undécimo, al duodécimo, al décimo quinto, al décimo noveno, y luego al último, el vigésimo segundo.
No sé qué tanto podamos perdernos con la omisión de varias secciones. A lo mejor a Edward Gorey ese cálculo ni siquiera le importaba. Redundantemente, únicamente cuenta lo que hay, el resto existe como evidencia de una sintaxis narrativa que se fracturó o se redefinió, según leyes distintas. En el principio, Embley y Yewbert se golpeaban con palos de croquet. A diferencia de la pareja aborrecible, sus rostros muestran rasgos de enojo, aunque sus interjecciones nos den la impresión de ambigüedad: “Oaf”, dice ella; él le responde “Ninny”. Suenan como fórmulas de expresión sacadas de Edward Lear, uno de los autores favoritos de Gorey; suenan como galimatías, como un breve ejemplar del nonsense que en adelante determina las acciones del libro, por más que sean traducibles como sonso, tonto o zoquete. Detrás de una pared—más bien una insubstancial pila de piedras—, los hermanos escuchan un ruido, que resulta ser la cantilena de una bicicleta que los llama. La dichosa bicicleta puede ser epiléptica o apopléjica: en inglés, Gorey recurre a la inexistente palabra epiplectic, que contiene ambas, como las invenciones verbales de Carroll y de Joyce. El universo ideado por Gorey tal vez incluya la motivación del signo lingüístico, lo que ayudaría a explicar el funcionamiento del transporte—entre convulsivo y extenuado.
La bicicleta actúa siguiendo sus propios, recónditos designios, como un aparato que genera árboles incontenibles, pájaros que hablan, vastas siembras de nabos que en esa época no tienen nabos, tormentas y establos, débiles lagartos que sonríen y mueren cuando se les golpea en la nariz, arbustos… Cada circunstancia parece un atributo de aquella bicicleta, porque ni Embley ni Yewbert la manejan—la niña va siempre sentada o de pie sobre el manubrio, sin ocuparse de guiarlo.
En el trayecto, Embley perdió sus catorce pares de zapatos amarillos, que jamás habíamos visto, y Yewbert su abrigo de piel moteada, igualmente virtual. Creo que a Gorey le conviene esa realidad nominal, pues con ella juega a lo posible como sencilla presencia del lenguaje, que él puede, de inmediato, desvirtuar a su antojo. Gorey podría subscribir lo que escribiera Giorgio Colli: “Imaginemos un mundo desprovisto de la necesidad, un no mundo, donde reine la mania”(1). Los sucesos de The Epiplectic Bicycle se ciñen a la lógica de lo fortuito o de lo extravagante, que de esa manera se impone como paradójico destino. Embley y Yewbert simplemente se dejan arrastrar, sumidos en la resignación de los exploradores de un mundo peculiar, incapaz de mostrar alguna estampa previsible. Su comportamiento es una versión de la apatía: la bicicleta es comola Gran Electora que, sin nuestro testimonio directo, selecciona los modos de experiencia.
Al final del viaje, los hermanos regresan a casa y encuentran nada más un obelisco. En el extremo izquierdo del recuadro se levanta ese monumento a algo que aún no conocemos; en el extremo derecho, los niños están de pie sobre la bicicleta, mirando al lado contrario de aquella columna desgastada. El espacio vacío entre ellos, justo en el centro, reivindica la condición algo marginal y arbitraria del universo que sirvió de ecosistema a Embley y Yewbert. Hay algo desolado en él, como al inicio, subrayado por la presencia de la mancha blanca. En la siguiente viñeta, descubrimos con estupefacción que el obelisco fue levantado a la memoria de ellos ciento setenta y tres años antes. Es difícil saber si los dos personajes verdaderamente llegan a saberlo: “¡Qué extraño!”, dice Yewbert cuando ya está cerca y lo examina, y Embley pregunta: “¿Qué puede significar?”. Tengo la impresión de que ninguno se da cuenta del carácter fantasmal que cobran cuando se nos revela a los lectores el propósito de ese bloque de piedra. Su itinerario, podemos concluir, tuvo lugar en un territorio anómalo de vida simulada, un purgatorio perdurable, apócrifo, algo ominoso, como creado para la inconsciencia ilimitada de las responsabilidades. Eso nos obliga a inquirir qué clase de heroísmo se honra con aquel obelisco, cuáles fueron los actos sobresalientes de esos niños; sin embargo, estamos seguros de que cualquier respuesta es imposible. A las exclamaciones anteriores de Yewbert y Embley, la bicicleta indica: “¡Sin duda!”. Por supuesto, esa réplica es también inescrutable, pues no podemos ligarla transitivamente a la interjección del niño ni a la pregunta de la niña.
Cuando pronuncia esas dos palabras, la bicicleta se hace pedazos. Con ella acaba todo impulso exegético y sólo nos queda aceptar la derrota del sentido. Los trozos se esparcen por el suelo—o mejor, por la zona blanca, inmaculada, sin sombras, que hace indistinguibles la tierra del frente, el fondo y el cielo. ¿Adónde se han ido Embley y Yewbert? No hay forma de saberlo. En la última página, una especie de remate gráfico, vemos el pájaro parlante del cuarto capítulo vistiendo el chaleco perdido de Yewbert y posado sobre el obelisco, que a su vez calza dos pares de zapatos y va seguido de otros doce: son los zapatos amarillos de Embley—en blanco y negro, claro. La imagen nos habla en clave de lo traspapelado, como dando a entender que los niños podrían estar presentes en un pliegue inmaterial de aquello que notamos, en el mismo sitio donde se ubica el día que sigue al martes y precede al miércoles. Se trata de la dimensión del sinsentido, un discurso que descerraja la órbita de la significación convencional y funda una multiplicidad de contingencias. Para ella sólo son aceptables las alternativas, lo que se ofrece como verdad parcial e inestable, sin aspiración al rigor mortis de lo definitivo.
Me gusta pensar que el signo espectral de The Epiplectic Bicycle, con esos personajes que flotan como entidades entre la vida y la muerte, es un poco el de toda la obra de Edward Gorey. Quien se ha entrenado en sus libros podría asomar, con alguna certeza, que Embley y Yewbert fueron asesinados, como la pequeña Eepie Carpetrod, o fallecieron en un cruel accidente o por suicidio, como prácticamente todos los niños de Gorey. En este caso, los personajes ni intuyen que dejaron de vivir; es una forma brutal de la distracción que los hace más patéticos que otros. Su fortuna se basa en la ignorancia y en el azar más bien engañoso de la representación o inverosímil o imprevista. Debe decirse que el título mismo del compendio, Amphigorey Also, lleva inscrita la naturaleza de los libros de Gorey: allí se unen amphigory—galimatías, jitanjáfora, escritura carente de sentido—, el apellido del autor y el sustantivo gore, que es sangre, como lo entienden los seguidores de cualquier gore film—ese subgénero de las películas de horror que hacen profesión de la violencia explícita(2). Aunque esa fusión parezca definir una práctica de lectura, el lenguaje y las ilustraciones más bien resaltan la debilidad de toda expectativa: lo que uno pueda sugerir—que Embley y Yewbert tuvieron un fin trágico, digamos—a duras penas delimita un área de experiencia; el resto queda abierto, librado a las opciones de una lógica subversiva y periférica. Lo prueba The Awdrey-Gore Legacy, otro de los títulos incluidos en el volumen: una novela policial en forma de paquete que contiene el elenco de posibles victimarios; el pertinente detective con todos sus disfraces, aun la pata de palo y los parches del ojo; las potenciales escenas del crimen—grutas, prados, jardines laberínticos, lagos en calma—; las pistas, sea como objetos o como notas manuscritas; la posición en que se halló el cadáver; postales aclarativas. Con ese dispositivo se celebra la variedad de lo sangriento; al fin y al cabo se lidia con una transgresión más del amplio repertorio de Edward Gorey.
Después de repasar completo Amphigorey Also, busqué Amphigorey (1972) y Amphigorey Too (1975); más adelante leí las entrevistas de Gorey, su guión para una película muda, The Black Doll, y rastreé las tiradas de narraciones y ensayos que en la carátula llevaban ilustraciones suyas, publicadas por Doubleday en los años cincuenta. Hoy no lo tengo todo, por idiota, pero conservo una deuda impagable que pasa por sus imágenes, sus frases y sus gustos—a Gorey le debo, por ejemplo, las películas del gran Louis Feuillade y las novelas de Ronald Firbank y de Henry Green. Ni sé cómo mostrar ese legado: nada de lo que hago se acerca a su lenguaje; si dibujo, son palotes ridículos que malamente representan abstracciones de objetos; no me rodeo de gatos, no asisto al ballet, no me cubro de pieles, no cargo anillos en los dedos. Sencillamente puedo escribir, como si fuera un vaticinio, que Edward Gorey es también parte de un invierno futuro, como de aquel invierno antiguo que me lo reveló.
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(1) Después de Nietzsche. Barcelona: Anagrama, 1978, p. 88.
(2) Existe igualmente el subgénero gore de las animaciones japonesas y el manga.







