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10 de junio de 2011

El último sueño de Jack London

por LasMalasJuntas
Obando-Bestiario

Alexánder Obando (Costa Rica) | Sitio Web: El Más Violento Paraíso

Jack está acostado en su cama desde el jueves. Si bien él ha ayudado a establecer la prohibición del alcohol en el estado de California, muchos creen que está muriendo de alcoholismo.

Pero es improbable: desde hace mucho tiempo Jack London es abstemio.

La ironía más grande es ser el escritor estadounidense que más ha viajado a regiones inhóspitas (Alaska, El Yukón, los mares del sur) y ahora estar postrado en una cama desde donde escribe y escribe artículos, cuentos y novelas. Más de cincuenta libros habrán de salir de su pluma antes de que expire.

Los lobos están aullando esta noche.

Jack remoja su pluma en el tintero y sigue escribiendo el relato acerca de un anciano atrapado en su cabaña. Está en el altillo con su nieto adolescente. Ambos se calientan las manos en una estufilla mientras oyen aullar los lobos afuera. Algunos ya se han trepado al techo, labor que se les ha facilitado por la acumulación de nieves fuera de la cabaña. Han llegado hasta la misma chimenea, la parte más débil del techo, y han empezado a escarbar con garras y colmillos. El anciano se calienta las manos y luego mira hacia el techo. Se calienta de nuevo las manos y mira a su nieto que está muy asustado. El anciano también, pero pone cara de indiferente para no asustar tanto al muchacho. Este le pregunta al viejo si los lobos podrán entrar. El anciano le miente diciéndole que eso es poco probable. El chico se calienta las manos y vuelve a ver hacia el techo. Se vuelve a calentar las manos y mira la cara impávida de su abuelo.

Jack vuelve a remojar la pluma en el tintero y mira por la ventana. Frente a su casa hay una gasolinera. Un carro se ha estacionado junto a una de las bombas y una mujer delgada y de ropajes largos, una monja, se apresta a sacar combustible para su vieja vagoneta. Otras dos hermanas esperan dentro del carro.

London ve aproximarse un lobo a unos treinta metros de la vagoneta. Quiere avisarle a las monjas pero algo lo interrumpe: los lobos en el techo ya han escarbado un pequeño hueco. Uno de ellos mete por el hueco el hocico y les gruñe ferozmente al anciano y a su nieto. El chico se pone de pie, coge el palo de una escoba y le da fuerte al hocico del lobo. El animal gime de dolor y saca el hocico. Por el momento se han deshecho de él. Sin embargo, el hueco en el techo ya es un poco más grande. En cualquier momento otro animal asomará el hocico y quizás hasta la cabeza entera.

Un hombre se ha dado cuenta del lobo que se asoma a la vagoneta de las monjas. Coge su escopeta y sale de la oficina de la estación gasolinera. La monja lo ve venir con la escopeta alzada y se asusta. Cree que la está amenazando a ella. La monja le explica que ya le iba a pagar pero el hombre pone una cara de agresividad que asusta más a la religiosa. El vaho del aliento de otro lobo se asoma por el hueco. Esta vez el abuelo ha tomado un azadón de hierro y está dispuesto a deformar al próximo lobo que asome el hocico. El muchacho respira con ansiedad. El hueco se agranda.

London sigue aterrado viendo como el lobo se aproxima a la vagoneta de las monjas.

De pronto, un disparo y un estallido. La escopeta le ha disparado a un hermoso ejemplar de lobo plateado; pero el disparo no dio en el blanco. Ha pegado en el concreto y echado chispas. Estas, a su vez han encendido un charco de gasolina en el suelo. El fuego se esparce rápidamente.

El lobo plateado ahora asoma el hocico por la abertura del techo. Jack queda impávido al ver que las llamas han agarrado el hábito de la monja en la gasolinera. La mujer sale corriendo encendida como una antorcha humana y los lobos a su paso, también asustados, salen corriendo.

Otro lobo se acerca a la gasolinera.

El hombre apunta de nuevo.

Dispara.

La habitación de Jack tiembla ante el gran estallido en la gasolinera. La ventana se hace añicos y el escritor debe cubrirse la cara con los brazos para no ensartarse un vidrio en un ojo. La pluma se le cae de la mano y le mancha el camisón de dormir. El lobo plateado logra ensanchar el hueco lo suficiente y entra a la cabaña como un rayo de plata. Cae sobre el cuello del muchacho antes de que el abuelo pueda reaccionar. Cuando este levanta el azadón para matar al lobo plateado entra uno gris por el hueco y cae sobre el anciano. Hay una aspersión de sangre. Los lobos, el plateado y los grises quedan manchados de rojo, especialmente el hocico que han usado para hurgar en los cuellos de sus víctimas.

Ahora empieza el verdadero festín.

Jack se quita los vidrios de encima apenas a tiempo para ver que la vagoneta de las monjas también ha prendido fuego. La segunda explosión que oye el escritor es el tanque de gasolina de la vieja furgoneta. Jack se fija por la ventana y ve a las dos monjas dentro del carro derritiéndose como muñecas de cera.

Vuelve su mirada hacia adentro y se encuentra con el lobo, el hocico rojo de sangre fresca, acechando en el borde de la cama.

Jack pega un grito pero no es suficiente. El lobo cae ferozmente y en unos cuantos mordiscos de hierro, le arranca el brazo que le protegía la cara.

Ve los ojos amarillos de la fiera y de repente le parece reconocer algo suyo.

Esa misma noche, Jack London muere apaciblemente en su rancho de Oakland, California.

San Juan del Murciélago,
21 de septiembre de 2005

Leer más desde Cuento, Vol. 3

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