La expedición de los muñecos
Israel Centeno (Venezuela) | Sitio Web: Israel Centeno – Macchiato Citicenmurder
La gente vive para encontrar un tesoro. Ahora estoy más allá de la pretensión de hacerlo. Hoy me hundo en una poltrona y no dejo que ningún sobresalto me haga creer en las oportunidades. Enfermo y despojado de referentes, he tomado con calma el dictamen, no hay asideros, me resumo a esperar y fumar, beber y salir por las noches a pervertirme, estas son las divisas que poseo.
En la casa de mis abuelos todo era diferente, yo tenía quince años y andaba descarriado. El desorden era el estado natural de las cosas. Siempre he pensado que la anarquía se expresaba sin envés en aquel lugar. Cada cual era lo que deseaba ser, por lo menos así lo creíamos, había una especie de consenso, no éramos iguales a las demás familias. Desde que mi abuelo nos prohibió asistir a las clases de religión, comenzamos a sentirnos diferentes. Venían las monjas y nos eximíamos de sus horas llenas de patrañas y mandamientos. Siempre quise ir a clase de religión y estuve a punto de comulgar en secreto, pero si algo estaba claro en aquella época era que si bien no teníamos normas, dictaba sobre nosotros un anatema, nos tiranizaba el anticlericalismo de mi abuelo.
No éramos ateos, como se nos acusaba en clase. Para nada, en mi casa se creía en el espíritu. Nos pasábamos la vida pensando en los espíritus, venían hermanos y se reunían a hablar de sus vidas anteriores y de veintinueve misioneros que habrían de transformar al mundo. Eran comunes para nosotros las sesiones en las cuales se manifestaban grandes personajes a través de un médium. Mi abuelo siempre recalcaba que no eran un espiritista de embelecos, su espiritismo, a pesar de las contradicciones que acarrea tal afirmación, era racional, científico y las sesiones se realizaban dentro de las más estrictas consideraciones y reglamentos para evitar la impostura y el folklore. Nada de imágenes ni de ron, ni de mutaciones tras las cuales aparece la fisonomía de un indio. Sólo la rueda de hermanos sentados en torno a la médium, como si la estuvieran velando, mientras ella declamaba con solemnidad, manejaba austeramente su posesión, parecía recitar sentencias trascendentes e invitaba a seguir caminos de encomio. Siempre creímos que la médium no decía nada en concreto, parecía que se había leído páginas de autores positivistas y que en oportunidades tomaba un verso de Darío y una frase de Víctor Hugo y las lanzaba al ruedo para convocar a los hermanos a luchar por una verdad y una luz imposibles de constatar, pero bastaba sólo que dijera luz y verdad para que aquellas almas transidas suspiraran ruidosamente como si acogieran un llamado superior. Cada cual interpretaba su luz o su verdad. Siempre el tono fue apocalíptico, eso nos llevó a sumarnos a la creencia de un inminente cataclismo que habría de partir al Ávila en dos, ese día sería de justicia, sería terrible, entraría el mar y barrería a los hombres, el cataclismo universal se concretaba en Caracas, que luego de haber sido destruida junto con la iglesia, se vería impuesta de reivindicaciones merecidas.
Sí, éramos comunistas. La casa de mis abuelos estaba sumergida permanentemente en un estado de agitación. Se imprimían periódicos contra el clero y a su vez una célula del partido escondía armas o maquillaba reuniones. De esta manera se juntaron mis tías con una fauna de revolucionarios que les llenaron el vientre de hombres nuevos; y de mujeres, por qué no. Tuvimos más de siete allanamientos y presenciamos varias persecuciones por los techos de la casa. No es congruente ver sobre una mesa un libro de Joaquín Trincado al lado de las propuestas filosóficas del camarada Mao, ni pensar que el materialismo dialéctico tuviese relación con la vida eterna y continuada. Supimos de las prisiones y de los asesinatos, siempre decían que habían asesinado a éste o a aquél. A mi primo mayor le partieron la boca como castigo ejemplar cuando preguntó si éste o aquél no habían asesinado a nadie. Las personas de la cuadra nos señalaban como comunistas, todos conocimos los calabozos de la policía política, era natural pensar que nuestro teléfono estuviese intervenido y que
siguieran viniendo al mundo hombres y mujeres nuevos. Así llegamos a ser una familia numerosa, por el regusto de los camaradas en los cuerpos de nuestras tías, al final todos tuvimos un padre común, un padre tan abstracto como la luz y la verdad.
Por esa época conocí a Adela, era una hermana espiritista extraña, venía de Coro y siempre sus brazos estaban llenos de alhajas y se arreglaba sobre su cabeza un moño alto. Ella vivió muchos años, nunca su cara cambió de expresión, sus ojos brincaban un poco, sonreía de buena gana, tenía una risa entera y dura como su rostro. Ella nunca se iba de la casa, nos acompaño hasta que se hizo muy vieja, su mundo era realmente ajeno, en ocasiones les silbaba a entidades invisibles y decía que tenía comunicación directa con los hermanos superiores de otros mundos. Ella no era comunista, eso implicaba otro anatema. Le tenía pavor al comunismo, decía que aquello no era sino una promiscua relación de igualdad. ¿Por qué se quedó? Por qué le traía caramelos a la perra de mi abuela? ¿Por qué hablaba con mis tías sobre la imperiosa necesidad de no andar llenando de hombres nuevos al mundo? Su marido construyó la parte alta de la casa, la hizo más grande para extender los límites de la comuna.
No solamente venían comunistas y espiritistas. Los amigos de mi tío, que andaba en otra onda, ya instalaban sus bártulos en los pisos superiores. Era un grupo de muchachos que exploraba el mundo de la psicodelia y el ocio, pasaban los días jugando pelota de goma en la calle, golpeando tacos en el billar de Blanco, reunían dinero para comprar una bombona de anís, llevaban el pelo largo y no escuchaban guarachas ni salsa. Usaban pantalones comprados en Carnaby’s y fumaban marihuana a discreción. Ellos me iniciaron sexualmente en el lavandero. Recuerdo que le quitaron la camisa a la mujer de servicio y dejaron sus tetas al aire, jugaban con sus pezones, los lamían, le sembraron las manos debajo de las faldas y fue cuando me llamaron, me decían que oliera, que tocara la corona negra, que sintiera su tibieza, todos se reían. La mujer no dejaba de restregar la ropa en la batea mientras la mojaban con sus lenguas. Aun cuando amo a una mujer siento que su genitalidad se expresa entre los olores del jabón de lavar y el ácido humor de las latas de sardinas. Éramos todos los que estábamos, caricaturas de hippies, revolucionarios que querían a nuestras tías, uno que otro loco que se había incorporado al baile y los embriones del futuro; nos mirábamos con recelo y hasta con desprecio, pero en definitiva convivíamos, unos intercambiábamos patadas por el culo, otro amagos y amenazas, los demás tratábamos de hacer la vista gorda a escenas de abandono y asomos de abusos sexuales.
Pero en la parte de debajo de la casa continuaron sesionando los hermanos espiritistas. Adela persistía y no se fue. Se quedó incluso cuando nos vimos obligados a mudarnos a un apartamento.
En el apartamento se comprimió la convivencia, muchos embriones se fueron con las tías que estabilizaban sus vidas, otros nos quedamos. En ese momento llegó Juan. Había estado en la montaña, había subido a uno de los tantos frentes guerrilleros y había marchado hacia alguna parte, su marcha fue siempre en círculo y con miedo. No sentía temor a las balas de los soldados, ni a los enfrentamientos con los adversarios, sólo le temía a sus camaradas.
Juan estudiaba ingeniería en la universidad. Su bachillerato, a pesar de que el país pasaba por una turbulencia política, fue afortunado; se graduó con buenas notas y se abstuvo de militar en ninguna organización política. Así salió con honores. Contaba que su primer error consistió en mudarse a las residencias universitarias. Ha debido continuar con sus padres porque nadie escapaba en aquella época a ser captado por una célula del partido comunista.
Le tocó compartir su habitación con dos compañeros que militaban en el partido, compartía la habitación con personas cuya tarea consistía en mantener en estado de agitación los pasillos de la universidad. Juan no se dio cuenta de ello, pero lo vigilaban y le hablaban mucho de la necesidad de mantener la boca cerrada, pues al delator no se le trata con consideraciones. Ya compartía secretos; fue dejando a un lado la carrera y asistió a los círculos de estudio. Se daba por entendido que El Capital era un asunto que se aprendía con la práctica. Dos o tres conceptos elementales sobre lucha de clases eran suficientes. No había tiempo para demasiada teoría y sí mucho trabajo.
En un principio empapelaban una y otra vez la universidad, las consignas cambiaban de un día a otro, había que tapar la propaganda del enemigo y empapelar con insidia, eso formaba la voluntad, era necesario formar la voluntad, por eso le aconsejaron que abandonara a Margarita. Juan quería a Margarita, era una muchacha que estudiaba odontología. Iban con frecuencia al cine, tomaban helados en Castellino y se acostaban, cuando en el cuarto de la residencia no estaba montada una reunión. El disfrutaba con Margarita, ella tenía el cuello largo y la sonrisa blanca, el pelo corto y las orejas pequeñas, era flaca. Les contaba a los amigos que no sabía si ella sería la mujer de su vida, si terminarían casándose, si tendrían hijos o viajarían a Europa. A Margarita le gustaba París. En aquel momento ¿a quién no le gustaba París? A ella no le atraía la dinámica del movimiento estudiantil, eso era algo circunstancial, le dijo una tarde a Juan mientras tomaban unas cervezas. Las ciudades van más allá de las circunstancias o del momento histórico, acotó. Por ejemplo, una tarde en Montmartre, una misa en Notre Dame o en Sacré Coeur, un otoño en el Louvre. Eso bastó para que se definieran todas las expectativas de Juan. La tomó de la mano y la condujo al baño de mujeres, allí interpuso su cuerpo entre la puerta y el lavabo, forcejearon un rato y terminó sacándole las pantaletas, con resentimiento y violencia la fusiló y la dejó a un lado.
Era lo correcto, le aplaudieron, le pedían detalles. Juan sólo se limitaba a fumar y tomar ron. No se puede tener una novia con pretensiones tan desentonadas. Esa noche celebraron y tocaron la puerta a unas compañeras, pusieron música y llenaron la habitación de humo, convirtieron a la noche en una bulla insurgente, en un delirio, así llegaría el día y continuarían las jornadas, tenían responsabilidades y ya no se daban abasto en la ciudad, pues los otros subían a la montaña.
Juan se creía capaz de encontrar el tesoro. Una tarde de ocio, nos pusimos a hablar con la hermana Adela. Había envejecido y hacía muñecos con hojas de maíz. Esos muñecos, según ella, tenían vida propia, les preguntaba sobre sus asuntos y aseguraba obtener respuesta de Zebulón, Astrulio, Manases o Cistilia. Al principio nuestra relación con la hermana Adela fue un juego, andábamos ociosos, en ocasiones cargábamos un rifle de balines y le disparábamos a las nalgas de las muchachas que jugaban en la cancha de voleibol frente al balcón del departamento, estábamos dispuestos a prestarle atención a los nimios y diversos asuntos de la vida. Entonces le seguíamos el juego a la hermana con lo de las existencias en otros mundos, hablábamos como si los maestros espirituales nos hubiesen poseído y creábamos batallas cósmicas en mi cuarto. La hermana sentía estar al frente de una legión de luchadores que implantaría el reino del espiritismo en el universo.
Todo transcurría dentro de los parámetros que hasta entonces resultaban normales en la casa, pero una tarde las cosas cambiaron mientras veíamos el futuro en el espejo. Habíamos preparado el espejo con mucho cuidado, lo guardamos de la luz solar cubriéndolo con un trapo negro y lo enterramos por tres días. Al traerlo al dormitorio, encendimos una vela blanca y lo descubrimos. Como era de esperar, ni Juan ni yo vimos nada, se reflejaban las caras de los tres, todos llevábamos pañoletas amarradas a la cabeza, había sido una exigencia de la médium. ¿Y entonces? Le inquirimos. Sus ojos comenzaron a dar brinquitos, a aclararse, los tenía amarillos y verdes y brincaban, arrugaba su ceño y se concentraba. En esos momentos su cara era inescrutable. ¿No lo ven? Gritó de pronto. ¿No lo ven? ¡Allí está! Nosotros le preguntamos qué estaba allí, continuábamos viendo nuestras cabezas cubiertas por pañoletas. ¡Allí están los tres hombres del general Falcón! Miren: bajan los baúles, el negro Benito va con ellos, van en arreo de mulas. Ella dijo que habían salido de La vela de Coro. El general Falcón, antes de marchar sobre Caracas en el siglo pasado, mandó enterrar un tesoro en Paraguaná. Es cierto, de todas maneras me lo contó mi abuela, dijo la hermana. Antes de que cañonearan La Vela y el general se preparara para retomarla, decidió enterrar el tesoro de la Federación en un lugar seguro. Mandó a su segundo, el negro Benito, a esconderlo en el Barbasco, pero una vez elegido el lugar en el Barbasco, y luego de haber cavado un sótano que frisaron y cubrieron con calicanto, uno de los tres hombres, tras darle la espalda al negro Benito, se volteó y lo degolló. El negro cayó al fondo, sin tiempo ni siquiera de soltar el resuello, los otros llevaron sus manos a la cintura y empuñaron sus sables, pero recibieron cada uno la descarga de un pistoletazo que les marcó la frente. Ortiz, así se llamaba, lo sé, no es un recuerdo, lo sé, dijo la hermana Adela. Ortiz se llamaba el hombre que le robó el tesoro al general Falcón. Nadie sabe cómo terminó, anduvo huyendo por el desierto entre las tunas, comió con los indios, no fue visto nunca más entre criollos hasta el día en que lo encontraron al pie de un cardón, con seis puñaladas en el pecho.
De inmediato, Juan y yo descubrimos nuestras cabezas. Ya empezábamos a creer que no se trataba de una jugarreta más. No existían indicios para que no lo fuera, pero la hermana Adela era de Paraguaná y podía estar manejando recuerdos. ¿Hasta qué punto no será una tomadura de pelo? Pregunté. Ya que le hemos tomado tanto el pelo a ella, ahora ella nos lo toma a nosotros. Se supone que esa era la dinámica. Decidimos otra sesión, con lectura del vaso de agua. Buscamos velas y esperamos la noche.
Luego de leer sobre la mediumnidad y sus leyes, de recitar un Padrenuestro espiritista, de encomendarnos a los guías y protectores, casi le gritamos a la hermana para que comenzara. En nuestra sesión nadie declamaba ni hablaba de cataclismos. Tampoco se habló de caminos, de luz o de verdad. Nos pusimos las pañoletas y miramos todos al vaso de agua, un vaso de agua cristalina en la cual se reflejaba el óvalo luminoso del fuego, un fuego no abatido, aureolado de azul. El agua era un elemento claro, quieto, casi muerto, el agua era un elemento contenido, sin ondas, sólo mínimas partículas se suspendían frente a nosotros.
¡Allí están! Nos asustó la hermana. ¿Quiénes? Preguntamos. ¡Los hombres! ¿Los del general Falcón? Volvimos a preguntar. ¡No! ¡Son los hombres del pirata Morgan!
Juan y yo nos miramos, pensamos que la vieja nos tomaba por idiotas. Miren, susurraba, están en Punta Macolla, la nave está anclada fuera de la bahía, pero allá viene el capitán Morgan.
El capitán Morgan hacía bogar a sus hombres hacia la playa, venía de Maracaibo, acababa de saquear a la ciudad. Desembarcaron y fueron conducidos por un baquiano hasta el monte del Barbasco, en donde se hallaba construida una gruta de calicanto en la cual esconderían los tesoros, o mejor dicho, reposarían los enterradores y se guardaría el tesoro. Morgan salió del agua, un hombre de su confianza, al llegar a punta Macolla tomó el bote, Morgan le dijo que él guardaría su secreto y que bien sabía que guardar silencio era guardar la vida, así se adentró al mar mientras un marino rezagado de la tribulación le abría el vientre en canal al baquiano. Allí está el tesoro en el Barbasco, dijo la hermana y nos lo señalaba, nosotros continuábamos mirando el agua contenida, muerta.
Juan y yo discutimos. No sé en qué momento nos tomamos el asunto en serio, no sé por qué creímos que en un punto entre Jadacaquiba, el Cabo de San Román y el Barbasco se encontraba enterrado el tesoro. Yo, porque había crecido en un ambiente en el que es fácil cultivar el escepticismo, Juan porque venía de una formación marxista. Le dimos varias vueltas al asunto y llegamos a pensar que el tesoro existía y la hermana sólo transmitía algo que había escuchado cuando niña; en los vasos y en los espejos quedan atrapados los recuerdos. La hermana continuaba hablando con sus muñecos o con Piopipar, un maestro superior encarnado en pájaro. Insistía en que todo era cierto, y lo que nos llamó la atención fue su empeño en que deberíamos viajar a desenterrar el tesoro cuanto antes.
El Barbasco es un monte difícil, la gente se pierde y da vueltas sobre sus huellas y si encuentra el lugar que busca, de alguna manera lo vuelve a perder, es como la vida. Empezamos a estudiar mapas, visitamos la zona, vimos al Barbasco, una maraña de vegetación hiriente y espinosa en la cual uno puede perder la orientación. Preguntamos a los campesinos y ellos nos reafirmaron la leyenda de un tesoro oculto en el monte. No había que inventar más, debíamos equiparnos e ir tras él.
Yo tenía mis dudas, nunca había estado en el monte, la hermana se empeñaba en acompañarnos. Es imposible, le dijimos. Sólo Piopipar conoce de vuelos, nos advirtió la hermana Adela. El más seguro era Juan, a quien podía catalogar de veterano. Mientras preparábamos el viaje, me contó sobre su experiencia en las montañas de El Bachiller. Ya se había acabado la acción en la universidad y Juan había participado en dos asaltos a bancos, pusieron bombas cerca de la embajada norteamericana y se involucró en la planificación de su secuestro. Sólo le quedaba un camino, la policía lo perseguía y era hora de subir al monte. Además se avecinaba una ofensiva. Duró cuatro días, junto a otros compañeros, en dar con el campamento, era montaña tupida y llovía permanentemente. En el campamento no reinaba el mejor de los ánimos, habían llegado unos camaradas internacionalistas que conducían las operaciones, trataban de imponer disciplina a la guerrilla y evitar su desmembramiento. Juan ya conocía cuentos sobre la disciplina, supo lo del suicidio de una comandante en Lara, luego de haber procurado el fusilamiento de otra compañera que se había acostado con el jefe político del destacamento. Juan tenía miedo, llovía persistentemente y el grupo se movía de noche. Armaron una emboscada, venían los soldados del ejército, un pequeño convoy, los internacionalistas miraron a los comandantes venezolanos del frente guerrillero y éstos los retaron, les iban a demostrar el valor del hombre nuevo y salieron al camino, dieron el pecho, todos, internacionalistas y nacionales salieron al camino y comenzó el tableteo de los fales, las explosiones de las granadas, un muerto, otro muerto, un jeep quemado, la copa de un árbol en llamas. Los comandantes y los internacionalistas fallaron la emboscada. Es muy difícil fallar una emboscada cuando no la han delatado. ¿Por qué habían fallado? ¿Por qué habían matado o detenido a la mitad del grupo? Juan siempre estuvo seguro de que fue una cuestión de orgullo. Los comandantes querían demostrarles a los internacionalistas que las bolas del hombre nuevo estaban entre sus piernas no en las de ellos y convirtieron lo que debía ser una emboscada en un enfrentamiento. Según los clásicos que se han escrito sobre guerra de guerrillas, ésta debe evitar por todos los medios el enfrentamiento. Al reagruparte continuaban hablando de una emboscada fallida, de falta de disciplina, ya en la ciudad el partido estaba dividido, en el monte también, en el comando hubo quien trató de echarle la culpa del fracaso a problemas ideológicos, a la baja moral, entonces, en El Bachiller comenzaron los fusilamientos. Cuenta Juan que dormía con el fusil montado y en el pecho, no se iba a dejar matar; porque si de fusilar se trataba él los ejecutaría primero. Ya no había nada que hacer, no tenía alternativas, gritaba en medio de las tempestades y se tapaba los oídos cuando se llevaban al de la guardia anterior acusado de dormirse o de robarse un pote de leche condensada.
Una noche decidió desertar. Eso pasa en los mejores ejércitos, me dijo, por qué no iba a pasar con nosotros, si no hubiese desertado me matan, no estaba con los suyos, allí las purgas eran continuas, Saltó de la hamaca, se internó en la noche y se fue desasiendo de su indumentaria, la poca que le quedaba. Lo único que mantuvo hasta el final fue el fusil, pasó días comiendo raíces y hierbas, eso era un laberinto, cómo le voy a tener miedo al Barbasco. Las quebradas estaban crecidas, las culebras brincaban de las ramas como mosquitos, y los campesinos que lo veían, de inmediato tomaban sus machetes y daban gritos. Nunca pensó que iba a salir de ésa, estaba flaco, la fiebre lo paralizaba en su huida. Era sensato huir, irse de la vida, sumirse en la fiebre. Entonces una certeza, un sueño, la caricia del ala de un ángel le hizo sentir que de alguna manera encontraría la forma de poder contar sus aventuras, pero cuál aventura, el ala o la certeza lo cobijaban, pasó un río en el que perdió su fusil y de allí en adelante anduvo guiado por una sola sensación, la de su fiebre, pensó que así debieron sentir quienes estuvieron picados por la fiebre del oro, ahora él estaba arrastrado por la fiebre del oro, querer vivir puede ser fiebre o puede ser oro. Llegó a una carretera pavimentada y se le atravesó a un camión. El conductor, en vez de entregarlo, le dio de comer y de beber, le compró ropa, le alcanzó un dinero para que tomara un autobús y llegara hasta donde tenía que llegar.
Entonces, me dijo, ¿qué me salvó? La fiebre del oro. Hasta ahora me he mantenido vivo para cobrar mi oro, la vida le tiene guardado un tesoro a cada uno de los hombres.
Preparamos detalladamente la expedición, según nuestros planes, no debería ser muy complicado el asunto, se trataba sencillamente de buscar una tumba de calicanto en el Barbasco.
Paraguaná es árida, solitaria y confusa, es una península casi redonda. Por ella transitamos y dormimos por el viento bajo las noches más completas, esféricas y estrelladas que pueda concebirse. Eran parecidas a las noches de un cómic. Bajamos de cabo San Román y montamos campamento a las orillas de una acequia de invierno. Por los datos de la hermana y de los campesinos, la tumba de calicanto estaba al sur de Punta Macolla. Entonces, nuestro radio de búsqueda se comprimía lo suficiente como para explorarlo en poco tiempo y dar con ella. En principio no nos separaríamos, llevábamos brújulas, cada tarde nos reuniríamos en la acequia de invierno y volveríamos al campamento, no debíamos dormir fuera.
El primer día estuvo lleno de entusiasmo y hallazgos. Conseguimos dos o tres construcciones de calicanto en forma de cúmulos, luego dimos con un lugar donde había tres fogatas indias, más adelante nos tropezamos con una caverna en el horadado suelo. Decidimos regresar para evaluar la excursión, al día siguiente tratamos de dar con los túmulos de calicanto, teníamos la ropa sucia, la piel pegajosa, perdimos todo el día buscando los túmulos. En su lugar encontramos sólo una fogata india, no nos explicamos dónde habían ido a parar los túmulos habiendo tomado las previsiones para encontrarlos de nuevo. Volvimos al campamento, ahorrábamos agua y comíamos dos veces al día, apenas tomábamos café y nos sumíamos en un sueño absoluto. Salimos de nuevo y no dimos ni con los túmulos de calicanto ni con las fogatas indias, ni con las otras señales. Ya la tierra había formado una capa de arcilla sobre nuestras caras, las manos estaban inflamadas por el calor y teníamos las pestañas y cejas grises. No tomábamos demasiada agua, entonces volvimos al campamento con los labios hechos jirones. Así anduvimos sin sacar nada en limpio durante una semana. Estábamos perdidos en medio de un mar de tunas, los cabritos nos hacían compañía, no eran referencia, todos eran negros o blancos y gritaban como demonios. Mi ánimo estaba por el piso, se lo dije a Juan, quien ya no tenía rostro, era una pieza de arcilla, roja y cuarteada. Me respondió que no podíamos dejar este asunto así, que él ya había desertado una vez, que estaba seguro, que había señales que lo probaban, por ejemplo, los túmulos de calicanto y las fogatas indias, las grutas en la tierra, esas cosas que aparecen y desaparecen a pesar de haberlas dejado señaladas, no eran gratuitas. Me afirmó que tenía una teoría, que podía parecer alocada, pero que si no había lógica en la búsqueda, no debíamos andar buscando nuestro asunto con lógica. La hermana Adela tenía razón, esto es cosa de muertos, hay dos tesoros, el de los piratas y el del general Falcón. Los ayudantes no eran enterrados únicamente para que guardaran un secreto, él había soñado con Ortiz y vio cómo de su pecho agujereado salía un hermoso pájaro, no me supo decir qué clase de pájaro, era un pájaro enorme y volaba y volaba sobre el Barbasco, él había sentido los aleteos. Ortiz le había dicho que siguiéramos al pájaro, el pájaro nos indicaría dónde estaban las dos tumbas de calicanto con nuestros tesoros enterrados.
—¡No entiendes, carajo, cada hombre tiene un tesoro en esta tierra!
Así salimos antes de que terminara de levantarse el sol. Yo me sentía inútil, repetía una historia bíblica, daba pasos en círculo en el desierto y fue entonces cuando me di cuenta de que la tierra prometida me estaba negada. Ya éramos hombres de arcilla, sobre nuestra ropa y nuestra piel se había formado una gruesa y quebradiza capa roja, éramos aridez y yermo en el paisaje y en el paisaje como los túmulos de calicanto y las fogatas nos movíamos. Éramos paisaje. Vagábamos y vivíamos entre iguanas y chivos, las culebras dejaban sonar sus cascabeles sobre nuestras manos, las espinas se cuidaban de nuestro paso.
Ya no hay nubes en el cielo, pero Juan sigue un aleteo, un fuerte y absoluto aleteo que lo hace desbocar sobre las espinas. Yo le doy la espalda sin ningún dilema, no corro mientras lo abandono, mi paso es tranquilo, sólo escucho en la inmensidad la voz de Juan:
—¡Piopipar! ¡Piopipar! ¿Estás por ahí?







