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24 de junio de 2011

2

Astronomía de bolsillo

por LasMalasJuntas
Franquiz-Cuento

Luis Guillermo Franquiz (Venezuela) | Sitio Web: Diario

—Las luces del malecón iluminan la orilla frente a la playa. El sonido del oleaje es rítmico, sosegado. Ellos están sentados contra una palmera caída. Las espaldas apoyadas con desgana, los rostros alzados contra el cielo palpitante de la noche, las manos alrededor de un par de cervezas tibias. El rumor del agua siempre entre ellos.
—¿Tú conocías a Andrés? –dice Jorge.
—No. Sí. De vista nada más, pero nunca había estado en su casa —dice Juancho.
—Andrés es pana.
—Parece.
—Sí, vale. Andrés es pana.
Jorge bebe un trago de cerveza mientras Juancho dice:
—No te había dado las gracias por lo de hoy.
—Tranquilo. Pensé que te ibas a fastidiar.
Juancho apoya el mentón contra el pecho y sonríe. Dice:
—¿Te confieso algo? Yo también pensé lo mismo. Pero no.
—El cielo está de pinga hoy, ¿te fijaste?
—Sí. Lo triste es que muy poca gente lo nota.
Jorge bebe otro trago de cerveza antes de hablar.
—Una noche de estas te muestro el telescopio que tengo en la casa. Cuando haya luna llena. Para que veas.
—No sabía que tenías un telescopio. Qué fino.
Es el turno de Juancho para beber. Mueve la mano con cautela para comprobar la cantidad de líquido que permanece en el fondo. No es mucho. Fija la vista en la cara de Jorge, que sigue absorto los guiños estelares. La luz desde el malecón es débil. El rostro de Jorge se perfila como una silueta contra el fondo claro de la arena. Juancho empina la lata para ingerir lo que queda de su cerveza.
—La que me gusta más es Cefeo.
—Me vas a decir inculto, pero de vaina identifico la Vía Láctea.
Jorge vuelve a tomar otro trago.
—Esta vaina ya es un caldo. ¿Quedan cervezas? Pásame otra.
Juancho inclina la mano para agarrar otra lata de cerveza tibia. Coloca los dedos en la pestaña de aluminio y la entrega abierta.
—Gracias —dice Jorge—. Todo lo que necesitas es un planisferio y una brújula. El resto es fácil, si prestas atención y tienes paciencia.
—¿Qué es un planisferio? Disculpa.
Jorge estira las piernas para acostarse mejor sobre la arena. Apoya la cabeza contra el tronco de la palmera. Alza una mano para explicar, la otra permanece sobre el pecho, aferrando la lata.
—Un planisferio es un mapa del cielo. Cuando te muestre el telescopio, recuérdame para enseñarte el planisferio que tengo en la casa. Está todo rayado, pero se entiende.
—¿Es difícil? Digo, interpretarlo…
—No, vale. Lo importante es mover el disco para ubicar la fecha de hoy, o de ese día que vayamos a ver; después vas localizando las constelaciones más fáciles y por ahí te vas.
Juancho juega con la lata que tiene entre los dedos. Aparta la mirada del cielo.
—Constelaciones… ¿Tiene que ver con la astronomía? Perdón, quiero decir si te gusta la astronomía.
Jorge bebe un trago antes de responder.
—Hay mucho que no sabemos ahí afuera. El universo es una vaina muy arrecha. Lo único que sé es que me gusta mirar las estrellas y ya.
—Entiendo. Nunca me imaginé que te gustara la astronomía. O sea, cuando nos conocimos, es algo que no hubiese asociado contigo.
—¿Cómo es eso?
—Bueno, me refiero a que tú eres tan… diferente, no sé. Uno te asocia con música, con los instrumentos, componiendo, tocando… pero no con la astronomía. No sé. Nunca lo pensé.
Jorge aparta la vista del cielo para mirar a Juancho. Hay una pequeña pausa.
—Hay mucho de mí que tú no sabes. Como hay mucho de ti que yo no sé. Uno nunca termina de conocerse, ni siquiera de conocerse uno mismo. Es como el universo. Vemos sólo lo que está a la vista, pero lo que no conocemos es mucho más grande. ¿Entiendes?
Juancho deja la lata de cerveza vacía a un lado. Mete las manos en los bolsillos de la chaqueta que lleva puesta. Aprieta los brazos. Dice:
—Tienes razón. Disculpa. No quise que sonara así.
—No pidas disculpas. No tienes por qué.
—Pero todavía quiero que me enseñes lo del telescopio, si no te importa.
—Claro. Cuando quieras.
Jorge vuelve a concentrar su atención en las estrellas. Luego dice:
—¿Te puedo hacer una pregunta?
—Sí, por supuesto.
—Es personal. Si no quieres, no me respondas. No hay rollo. No pasa nada.
—No, está bien. Dime.
Juancho aprieta más los brazos contra su cuerpo. Las manos aún en los bolsillos.
—De pana, si no quieres decirme no hay rollo.
—Deja el fastidio. ¿Qué es lo que quieres saber?
—Es que… Tenía curiosidad. ¿Tú…? ¿Tú has estado con personas de tu mismo sexo?
Juancho mira la línea de la orilla, donde se alargan las olas. Lo único que se oye es el ronquido del mar. Aprieta los dedos dentro de los bolsillos. Hace una corta y profunda inspiración. Jorge inclina la lata sobre su boca, sin apartar la vista de la figura a su lado. Luego Juancho gira el cuello, observa las luces en el malecón, barre la playa desierta con los ojos, finaliza el recorrido en la silueta que reposa a su derecha, sobre la arena.
—¿Por qué me preguntas eso?
Jorge dice algo ininteligible. Carraspea la garganta antes de seguir:
—No me pares bolas. Olvídalo.
—No es que no quiera responderte, es sólo que me dio curiosidad tu pregunta.
—No importa. Déjalo así. No pasa nada.
—No, sí importa. Somos amigos. Tienes derecho a preguntar.
Jorge bebe un sorbo de su cerveza. Deja la lata vacía a un costado. Ya no mira el cielo.
—Sí. La respuesta es sí.
Juancho alza los hombros sin sacar las manos de los bolsillos. Intenta fijar la mirada en otra cosa que no sea su interlocutor. Jorge une los dedos sobre el pecho, cerveza en medio, y cruza los tobillos con parsimonia. Espera.
—La esposa de mi tío tenía un hijo de un matrimonio anterior. A veces se quedaba a dormir en mi casa. Estábamos chamos. Dormíamos juntos. Era como mi primo. Nunca nos llevamos muy bien después de eso. Él fue el primero. Pero no hicimos nada; quiero decir, no tuvimos sexo ni nada de eso. Caricias, tocarnos, apretarnos, nada más. Después, él quiso ir más lejos pero yo no quise. No sé. No me provocaba.
—¿Cuándo fue eso? ¿Estaban muy chamos?
—No. Más o menos. Tendríamos 11 ó 12 años, por ahí. No estoy seguro. Lo que me gustaba era tocarlo, sentirlo junto a mí. Disculpa…
Jorge no se mueve. Dice:
—No, vale. Tranquilo. Si no quieres hablar de eso está bien.
La voz de Jorge es ronca, baja. Combina bien con el oleaje intermitente.
—Lo que pasa es que nunca había hablado de esto con nadie. Es la primera vez.
—¿Y él fue el único?
Esta vez Juancho saca las manos de los bolsillos. Descruza las piernas para quedar de frente a Jorge. Se acomoda mejor la chaqueta y hace otra densa inspiración. Continúa:
—No, no fue el único. Pero fue el primero. No, espera. Debería decir que el primero fue Roberto.
—¿Qué Roberto? ¿Roberto Arzola?
—No. Tú no lo conoces. Él ya no vive aquí.
—¿Qué pasó?
—Roberto sí fue el primero, en todos los sentidos. Casi se puede decir que fue mi primer amor.
—¿Dónde está?
—No lo sé. Desde diciembre no lo veo. Era muy difícil. Teníamos muchos rollos y él se cansó de mí, creo. No sé lo que pasó. Roberto era muy diferente a los demás. Desde el principio me sentí atraído por su personalidad, la forma de hablarme, lo que me decía. Era extraño. Muy especial. Y después, cuando estuvimos juntos, todo se volvió distinto. Él fue el primer hombre con el que… he estado, ¿sabes? Es muy confuso. Roberto no era como los demás. Había algo en él que lo hacía diferente. No sé.
—¿Por qué?
—No sé. Roberto… Roberto es lo mejor que me ha sucedido, y lo peor al mismo tiempo. No sé si me entiendes. Me gustaba tanto estar con él. Se mostró muy cuidadoso conmigo, sin apresurarme, sin obligarme; pero nadie se daba cuenta, sólo nosotros. Ellos, mi otro grupo, jamás se imaginaron lo que pasaba entre él y yo. Nadie se lo hubiese imaginado. Era una locura. Hasta a mí me cuesta creerlo.
Jorge descruza los dedos sobre el pecho y mete la mano derecha bajo la cintura del pantalón. Los dedos se agitan casi imperceptiblemente. Juancho se fija en el movimiento. Busca los ojos del otro en la oscuridad. No los encuentra. La cara de Jorge es una masa opaca y sin brillo. La respiración de ambos se transforma en el susurro de las olas.
—¿Y qué hacían? —dice Jorge.
—Todo lo que puedas imaginarte. Con Roberto sí fui hasta el final. Tuve miedo, pero me gustó mucho. Se sentía raro. Me gustaba todo de él: el aroma de su piel, el calor de su cuerpo, la forma de besarme… Bueno. Tú sabes.
La voz de Jorge sigue siendo ronca, incluso más profunda. Es lineal. Un murmullo:
—Dime. Cuéntame más.
—¿Más? Pues… No sé. Lo que pasa es que nunca había estado con otro hombre. Y Roberto era como el universo para mí, ¿sabes?, eso: lo conocido y lo desconocido al mismo tiempo. Todo en uno. Nunca he conocido a alguien como él. Es único. ¿No quieres otra cerveza? Me puse a hablar como loco y se me olvidó.
—No —dice Jorge—. ¿Y qué pasó?
—Nada. Se terminó. Cumplió su ciclo. Tuvimos problemas. Los muchachos ya sospechaban lo que yo sentía y Roberto prefirió alejarse. No hubo forma. Es difícil. Verga, Jorge, de pana que lamento haberte soltado todo esto. Me da pena contigo. No sé si era eso lo que querías saber. Me dejé llevar. ¿De verdad no quieres la otra cerveza?
Jorge permanece en la misma posición. Lo único que se mueve es su mano dentro del pantalón. Es un gesto delicado, lento, tan lento como la negativa que hace con la cabeza. Juancho vuelve a guardarse las manos en los bolsillos de la chaqueta. Aprieta los labios. Mira la orilla cercana. Habla por encima de la ola que revienta sobre la arena húmeda.
—Disculpa, de verdad. Nunca se lo había contado a nadie. Espero no decepcionarte.
—No, vale. No pienses eso.
—No sé. Me provocó contártelo. Bueno, tú abriste la puerta, ¿no?
—Ajá.
—¿Y? ¿Era eso lo que querías saber? ¿Queda satisfecha tu curiosidad?
—No. Pero no importa. Es tarde. Mejor nos vamos.
Jorge se incorpora con cuidado. Permanece erguido junto a Juancho. Le ofrece la mano. Juancho alarga los dedos pero no se levanta todavía.
—¿Dije algo malo?
—No, vale. Tranquilo. Esto queda entre nosotros. Imagínate que hoy hablaste con la arena y no conmigo.
—Okey… pero sigo creyendo que dije algo indebido.
Entonces sí se levanta. Queda uno frente al otro. Siluetas contra el mar oscuro. Jorge se sacude la arena de las manos contra el pantalón. Juancho se queda inmóvil.
—¿Jorge?
—No pasa nada, tranquilo. Confía en mí. Esto queda entre tú y yo.
—¿Estás molesto?
—Para nada. ¿Por qué, pues? Vamos…

Jorge abre la marcha y Juancho lo sigue en silencio. Mira la figura de su amigo contra las luces del malecón. Todo lo que se oye es el murmullo del mar cubriendo sus pisadas de regreso.

Leer más desde Cuento, Vol. 4
2 comentarios Añadir un comentario
  1. jun 24 2011

    Me costó un poco el arranque… luego fluye. Un texto abierto y sugestivo. Bien!

    Responder
  2. jun 25 2011

    ¡Excelente!
    Muy buen ritmo, excelente técnica.
    Thumbs up ;-)

    Responder

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