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8 de julio de 2011

Marés

por LasMalasJuntas
Mares-Malas

Laura Flores (Costa Rica) | Sitio Web: El Sur de Cualquier parte

El gato no para de maullar, enroscado en el fondo de la caja de cartón que le sirve de jaula. Yo me hago la loca. Me imagino el cuerpo de Marés, encogido y seco, encima de la cama, y me dan ganas de tirar a su gato por la ventana, justo ahora que vamos pasando frente al cauce oscuro del Mapocho. Hay ríos tristes, pero ninguno como esta cosa gris que nunca terminará de cicatrizarle a Santiago.

Pasaron dos días antes de que se dieran cuenta. Roberto no paraba de maullar, dicen, igual que ahora. Maulló tanto que la señora del frente fue a tocar la puerta y al ver que la vieja loca no abría, llamó al conserje y éste a Carabineros. Llegaron cuatro horas después. Si Marés hubiera tenido unas cuantas erres en el apellido; pero era Cayecul Gonzáles, y su departamento resistía, a duras penas, en un barrio diminuto y olvidado. Ya no recuerdo por qué nos enojamos la última vez; creo que fue por un escenógrafo. Lo demás es historia. El susodicho, lógicamente, no le dio bola a ninguna, y apenas pudo se fue con su mate, su termo y la flaca de utilería, una rubia escuálida con grandes tetas y cerebro en riesgo de extinción. Yo me fui sola, el13, arefundirme en un pueblito al borde del mar. Marés no quiso venir. No me gusta el mar, dijo, me da miedo; además esto se acaba pronto. El conchesumadre no aguanta. Pero el conchesumadre aguantó, y el mismo 13, se la llevaron a Grimaldi. Luego le perdí el rastro por completo.

Sin embargo Marés, necia y acostumbrada a sobrevivir, regresó un buen día, para consuelo de Roberto, el gato-estatua que la esperó pacientemente, inquebrantable en sus maullidos y enloqueciendo de hambre y soledad al lado de un plato vacío. El pobre, desde entonces, se convirtió en un puño de huesos, igual que Marés. Ella se dedicó tiempo completo al cigarro, y él, a perseguir las bolitas de humo que mi amiga le dejaba en diferentes partes de la casa.

Vamos saliendo poco a poco de una mole gris que se sacude lentamente del invierno. El autobús va tomando velocidad y empieza a dolerme el golpe seco del ataúd en las sienes. Me da asco recordar la cara enrojecida del padre, ese rostro que terminó aplastado por la sombra de una araucaria muy vieja, a las tres en punto de la tarde. Roberto ha perdido la compostura y sus maullidos van en franco aumento. El odio de mi compañero de asiento es proporcional a los alaridos del animal, pero da lo mismo: Marés odia el mar y yo nunca lloro en los entierros. Paladas de tierra negra cayendo sobre la caja. A estas alturas no sé si odio más los gatos o las cajas. Me gustaría tirar a Roberto por la ventana, pero es tarde, está hecho un nudo de agradecimiento en mis regazos, mientras el Mapocho va quedando atrás, abierto y sangrando lo poco que quedaba de este invierno. La vida de Marés comprimida en dos cajas, setenta años bamboleándose en cada curva, mientras el gato aruña las paredes de su jaula improvisada. Me alivia ver a Santiago hecho nada a lo lejos. Me consuela ver que la cordillera ha empezado a quedarse sin nieve. Mi vecino de asiento afila la punta de su lápiz y trata de completar el 10 horizontal de su crucigrama: planta originaria del norte de África, sustantivo, femenino. Marés que odiaba el mar y yo que odio los gatos. Las dos queriendo ser mate y bombilla, o flaca con tetas; pero el escenógrafo fue y será lo mismo, y nosotras seguiremos planas como Atacama. La caja negra va hundiéndose en el suelo, con los salmos de un padre hinchado por su devoción al vino y las empanadas. Ni se inmuta con los golpes de la pala. El musgo creciendo, y yo con la vida metida en alguna parte de este vestido negro que, históricamente, solo ha servido para asfixiarme en los entierros. Roberto esperando, estatua de sal, al lado de su plato vacío. Todo estaba listo para empezar a llorar, pero nada, solo polvo en los ojos y la primavera naciéndole flores al cementerio. La ventana se hace pequeña; no puedo quitarme de encima la cara idiota del padre, su voz rugosa de borracho a oscuras, las náuseas, el botón de mi vestido negro rodando hacia la fosa abierta. Ella inerte en su caja, igual que Roberto ahora. Marés petrificada en su vestido rojo: feliz de morirse con la cajetilla de cigarros recién comprada y un libro a medio leer. No sé por qué, pero Roberto ha parado de maullar y mi vecino de asiento ha reconsiderado seriamente sus intenciones iniciales de clavarme el lápiz en la yugular; ahora se dedica, resignadamente, a pensar en el norte de África, en el sustantivo femenino que le va a saltar desde algún lugar de la punta de su lengua. Roberto duerme, por fin, encogido y con los huesos saltándole por todas partes. Me lo imagino acurrucado en el fondo de este cartón que hace de jaula y me da pena por él. Odio los gatos; me gustaría poder quererlo. Voy a darle leche cuando lleguemos. Supongo que el amor, con los gatos, empieza en algún punto cercano a la leche. Espero que olvide a Marés y encuentre una gata vieja como él, que se revuelquen en los techos de mis vecinos, como la flaca y el escenógrafo, pero sin termo y sin mate. Qué voy a hacer con las dos cajas. No vamos a caber las tres en mi casa, es muy pequeña. Marés con los ojos demasiado abiertos y su vestido rojo, muriéndose al lado de un gato escuálido y su plato vacío. La tarde empieza a caer, la carretera se hace interminable con este gato-estatua en mis regazos. Mi vecino dejó el crucigrama y se puso a dormir. Roberto lleva más de media hora sin moverse, sin chistar. Cosa rara. No entiendo a los gatos, nunca los voy a entender. Su forma pegajosa de ronronear y resbalarse entre las piernas de la gente. Sus ojos me parecen vacíos y horizontales. Mi compañero de asiento ronca y no deja de moverse, parece que finalmente encontró la palabra que le faltaba, en sueños. Despierta, se frota los ojos y toma su lápiz. Busca el crucigrama en su maletín, revuelve papeles, bolsas de supermercado, botellas vacías, cajetillas de cigarro; pero nada, el crucigrama ya no está. El crucigrama ya no está. Desapareció. La pobre planta del norte de África se quedará ahí, eternamente muerta en la punta de su lengua. Qué habrá en las cajas, Roberto, dejá de ser estatua, ya no hay peligro en la yugular, ni lápiz tampoco: se marchitó la planta en el norte de África. Solo estamos vos y yo, y Marés llegando al fondo, mientras la primavera hace huequitos de sol en las paredes del cementerio. Nos vamos quedando solos en un bus que duerme, a pesar de las dos cajas que se bambolean allá abajo, donde la vida de Marés aguarda hecha pedazos, donde toda ella se revuelca del miedo, porque la costa se acerca, Grimaldi se aleja, y el mar la espera, pacientemente,  frente a la puerta de mi casa.

Leer más desde Cuento, Vol. 5

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