Biografía temporal
Miguel Ángel Campos (Venezuela)
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Sabino, me dicen, vuelve a ser feliz y respira hondo en su conuco. Sobrevivió a una matanza y está de vuelta de un juicio donde se empantanó la República; esta debió tragarse sus protocolos y decidieron que era mejor para los intereses actuales de sus bodegueros no seguir adelante con la simulación. A finales de 1967 hubo otro juicio, seguramente con testigos de comisaría y los dos aterrorizados sobrevivientes de la masacre, una partida de guajibos fue atraída a una hacienda con la promesa de una abundante comida―uno de los planificadores obsequia días antes a una de las mujeres con un vestido a fin de disolver recelos; ella, prostituida por este sujeto, envejecida y enferma, había sido acogida nuevamente por el grupo.
Cuando estuvieron en el corredor y aún sin haberse sentado, alelados por el olor de la yuca y el picillo (carne desmechada de chigüire), los peones se les echan encima. Armados de machetes y revólveres asesinaron a hombres, mujeres y seis niños. Del grupo de 15 sobrevivieron los dos rezagados que se habían quedado en el bajío del río asegurando las curiaras. Espantados, dan marcha atrás y a los tres días recalan en un poblado del lado colombiano y hacia la margen occidental del Apure. Los detalles de esta monstruosidad sin parangón se pueden consultar en el libro Lugar común la muerte (1979), de Tomas Eloy Martínez. ¿Cuál es la memoria que el venezolano de hoy tiene de ese suceso? Y si la tiene, ¿de qué naturaleza es: política, psíquica, policiaca? En los interrogatorios, los peones no entendían tanto alboroto y no se explicaban por qué los detenían: los indios constituían una plaga y estas faenas eran frecuentes, encargadas por los dueños de hatos y fincas. Uno de ellos, a la pregunta de qué hicieron inmediatamente después, dice que todos se sentaron a comer, pues la comida se iba a enfriar, y eso en medio de los estertores de algunos todavía vivos. Con las fuerzas respuestas abrieron entonces un enorme hueco en el arenal, echaron los cadáveres y les rociaron gasolina; al final de la tarde taparon el hoyo de la chamusquina.
De alguna manera, y propiamente, Sabino es un sobreviviente de aquel lejano episodio. Quienes dispararon en Perijá en octubre de 2009 representan el mismo brazo ejecutor del año 1967. Finqueros, colonos, ganaderos, invasores instigando y agudizando las diferencias entre parcialidades acosadas por la pérdida de territorio y armándose contra ellos mismos. La crónica del asentamiento de estos “agentes económicos” en la zona zuliana durante el siglo XIX está más o menos documentada. Se establecieron allí sin mayor protocolo y mediante forja de títulos y permisos sobre tierras de posesión ancestral, “tumbando monte”, como se decía hasta hace poco en el deep quisireño, sembrando pasto y arriando ganado, y espantando a algún indio curioso hasta acorralarlo en una cueva. Cuando no sabían qué hacer, le cortaban la cabeza y la emplazaban en lo alto de algún corral para comentario y chiste del visitante. De allí seguramente habrá llegado a las manos del doctor Adolf Ernest, más interesado en el amuleto que llevaba el mozalbete, pero quien consigna de lejos, y para sus lectores de El Zulia ilustrado, que aquello era un práctica similar a cualquier otra cacería. Hacia la mitad del siglo XX un indio completo llega al museo de los taxidermistas, la segunda expedición lasallista regresa a Caracas con una momia del Tokuko, sacada a hurtadillas. Tras la visita etnológica, los indios sospecharon el robo y los misioneros debieron huir a toda prisa. Así obtuvimos la primera identidad de estos hermanitos: sus medidas antropométricas.
Muertos o medios muertos, aquéllos eran, y son, unos indios sucios y malolientes, condenados por el mestizaje, el hambre y la pérdida de su medio, habitat o territorio, de acuerdo a la conveniencia de sus redentores. Desvitalizados y decadentes, son manchones errantes en la geografía del país extraviado, sean baris o yanomanis; sea el astuto afincado en el barrio de Maracaibo o la jovencita jivi prostituida y de regreso a la comunidad, hecha pedazos; sean los yucpas mendicantes en los semáforos de cualquier ciudad de Venezuela;
sean la viejecita ofreciendo una cestica primorosamente tejida o la mujer-niña con el bultito adormecido, desmadejado entre hombro y vientre, estragado por la debilidad y la sarna. Son los lactantes de la iniquidad, niños cósmicos de una galaxia de crimen y la confirmación final de la necesidad de esos grupos amorfos de extinguirse. No están acaso en la cartilla de los muchachones funcionarios del Ministerio de Poder Popular haciendo labor social el Día del Niño en Maracaibo: gravemente les dicen a los conductores “no les dé dinero a los niños, pues los acostumbrará a ser mendigos”. Extínganse, pues, perritos sarnosos, olorosos a chivo y platos mal lavados. Prosperan los wayuus en tanto se alejan de su origen y sus sabanas serenitas arropadas de viento y sal, renuevan con sangre autóctona el malandraje de la Tierra del sol amada y hacen próspera la industria de la construcción de los magnates estafadores; si por éstos fuera, les pagarían con fichas los viernes en la tarde. Pero busque usted a alguno para un trabajito menor: el ufano albañil sólo rompe su mutismo cuando informa de la cantidad fabulosa que pide para pegar dos bloques, para él usted es un alijuna rico y todo le sobra. Me pregunto por qué esta gente tan peripuesta no ha armado un sindicato para defenderse de los constructores-estafadores y cobrarles con sangre los martillazos en el dedo del encofrado.
Hasta hace poco los antropólogos no sabían que los añuus eran una etnia distinta de la misma familia arawaca de los wayuus, pero la documentación escasa informa cómo unos fueron oprimidos por otros. Al parecer los taciturnos guajiros históricamente acosaron y despojaron a los “cocinas”—así se les conocía. Tímidos e indolentes, asustadizos, acaso estos adjetivos sean fruto de un condicionamiento, el estigma y la opresión de sus vecinos. La lengua Añúu se extinguió seguramente antes de las más recientes elecciones sin que ningún blanco indolente, profesor o contrabandista la aprendiera. Aquí cabe muy bien aquella frase: Ana cariná rote aunicón paporòro itóto nantó (sólo nosotros somos gente, los otros son nuestros esclavos), de alguna parcialidad caribe; pero a fin de cuentas puede hacerla suya el chicho maracucho que no distingue entre guajiros, yucpas y baris, para él todos son animalitos derrengados arrastrando sus trapitos por la ciudad.
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Pero los exitosos guajiros colonizan el santuario de Perijá, imponen su experiencia tribal de largo registro en la sobrevivencia urbana y el tráfago de frontera, comercio de toda índole, contrabando sustentable y las variantes modernas del intercambio en la tierra de nadie: vacuna, sicariato, trasvase de combustible, “supervisado” por la Guardia Nacional Bolivariana y la Policía Regional del Estado Zulia (el combustible es almacenado previamente en algunos barrios de Maracaibo, una patrulla de lobatos boys scouts daría con esos patios sin mucha complicación.) En la alta montaña ellos son the boss, distinguidos por su estilo de consumo y el conocimiento de los hábitos de watias y alijunas, léase chicherío. Aunque en la escala deben estar por debajo de paramilitares y guerrilleros en la servidumbre que imponen a yucpas, baris y japrerias, expresan su superioridad de distintos modos, llevan la ventaja en los negocios, adelantan el chantaje de quien ha visto más allá del mar; los otros aceptan este dudoso prestigio. Y en estos privilegios entra como granjería menor tener acceso a sus mujeres, cogérselas, pues, sin mayor protocolo ni resistencia, como quien se lleva un gatico de semanas recogido en la calle. Ni rapto ni violación: éstos son conceptos ajenos en relaciones desiguales y de sometimiento. Indagar cómo ha obrado la entrada a saco de narcoguerrilleros y paramilitares en la destrucción de aquella gente desprevenida sería un ejercicio para el cual todavía no hay encuestadores ni sociólogos; tan sólo contamos con la noticia de la depredación del lobo nocturno en el redil, o de la zarigüeya en el gallinero.
Entre los yucpas también hay novedad y una pulsión ha evolucionado: cuando uno de ellos se medio emborracha, el otro le saca la mujer y yace con ella; ése es un acto ya no de picardía sino de ventajismo aprendido en el exilio, y ante la disolución de los vínculos dispuestos desde el acuerdo primordial. Aturdidos entre la llamarada de lo que dejaron de ser y lo que todavía no son, forman una nueva categoría humana, una procesión de muertos-vivos: los parias. De ellos sólo me emocionan sus arquetipos, sus mitos y visiones de un mundo fundado y en constante regeneración, herencia onírica de indios tristes y resabiados. Me duelen y me avergüenzo de mi timidez, de creer saber cómo son, de Si para un venezolano cualquier diligencia ante el Estado de Derecho es casi imposible—pues las leyes son nada más la figuración de sociedad en boca de un gobernante vanidoso—, me pregunto por dónde debería empezar un indio..juzgarlos desde mi sabiduría presuntuosa y no avanzar a su encuentro. El miedo detiene mi mano, tal vez sea mi horror por lo gregario o el desamparo absoluto de mi alma. Vivo entre ellos y soy parte de su ruina, la culpa me arrastra y sólo puedo verlos alejarse alentados por su dolor. Me pregunto por qué no fui un insecto en la umbría, una roca al sol, un árbol perdonado por los leñadores; eso me habría permitido estar junto a ellos, sus vidas informes pesan en mí, en mi vida de amargura y sitiada por lo ominoso. Se morirán pronto, como yo, ya he visto bastante y me largaré de este mundo atormentado por su rastro maloliente, perseguido por sus niños que parecen muertos. Que otros atesoren su alta cultura de símbolos y significación trascendente; que escriban sus libros vanidosos donde no aparece su mirada extraviada ni sus piojos; ojalá algún dios piadoso restituya el alma a sus cuerpos. Todavía me quedan días para preguntarle a mi india, que me ha robado el corazón, por el dulzor de sus piñas de páramo, en una pausa del relato escalofriante de la serpiente erguida entre el pastizal, retadora. Ella me odiará por todo cuanto ahora muestro, esta confesión sin intimidad, mi cercanía tortuosa a esos andrajosos desterrados del tiempo; detestará al advenedizo. Nada tengo para remediar lo irremediable, sólo contemplar el horizonte devastado salpicándome y golpeando en mi inútil corazón. Para ella son como niños engañados; ella los ama desde su rabia ante la injusticia, o acaso desde más allá. De ella sólo quiero su ternura, cautelosa y escondida como un escándalo ya imposible de contener. Le muestro la fotografía del conjunto de yucpas posando con el ejemplar de Águila Harpía y calculamos la envergadura de sus alas; le indico el rifle en manos del eufórico cazador, pero todo es una excusa para no decirle que desfallezco fuera de las alas de sus brazos. Mi mirada no está con ellos, salta desde aquí deseosa pero trunca; desde acá el chico maracucho que come pastelitos quiere sumarme a su demografía pero nada tengo que ver con él. Mi india rumia sus emociones y aún no conoce toda la verdad, cuando ella me diga quien soy la tendré para siempre.
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Sin que supieran de la existencia de una tal República, en 1885 el civilizado Guzmán Blanco extinguió los antiguos estatutos coloniales de los indios y los hizo sujetos de derecho al otorgarles la propiedad jurídica e individual de la tierra. Los oportunistas de caserío y sus mismos generales se apresuraron a comprarles los títulos: es el origen de la pérdida de sus territorios de hoy. El crimen renace en estos días de revolución bolivariana, se los incluye con articulado en una constitución de papel (todo te parecería tan familiar, mi querido LVL.) Si para un venezolano cualquier diligencia ante el Estado de Derecho es casi imposible—pues las leyes son nada más la figuración de sociedad en boca de un gobernante vanidoso—, me pregunto por dónde debería empezar un indio. Sin carro, sin gasolina, sin amigos en la Fiscalía, sin fotocopiadora, sin pasajes, sin RIF, sin celular, sin partida de nacimiento. El acto vandálico de desmontar los restos de autonomía pasa por la creación de un Ministro indio para la indiada, la redención se hace carne en un pobre indio (o india) encandilado, destituido de cualquier capacidad de enmienda, pero la oficina de puro registro enaltece los poderes públicos y el hombrecillo en el poder dice desde su megalomanía: ahí tienen, los hemos elevado a la santidad.
Me pregunto cuántos venezolanos saben cuál es el valor actual de una tonelada de carbón en el mercado internacional. Los periodistas ignorantes se ufanan de poner todos los días en su periódico el precio del petróleo y hasta la variación del Dow Jones; supongo que todo venezolano debería estar al día con aquel dato, pues de allí depende su rancho, su raquítico sueldo y las cervezas del viernes. ¿Pero en cuántos periódicos del estado Zulia, al menos, aparece el precio del carbón? En ninguno: de este producto de exportación que esconde un drama humano de proporciones la gente sabe poco o nada. Sin embargo, las consecuencias de su explotación están comprometiendo, ya en una fase avanzada, el entorno general de la región: suministro de agua, reserva forestal, de fauna, diversidad biológica. Enfermedades hechas endémicas y ya crónicas han aparecido en las zonas aledañas, el transporte mismo es un riesgo tanto en tierra como en agua (lanchones hundidos en el lago: haga la lista de todos los componentes tóxicos que van a la cadena trófica). Si le preguntamos a cualquier desprevenido farfullo qué es la mina a cielo abierto del Guasare y de dónde y cómo sale el carbón, el pobre diablo desde su extrovertido ciudadanaje respondería: qué, qué, qué… No sólo lo desconoce todo, tampoco le importa; aquello no forma parte de sus intereses, de su programa de sobrevivencia. Instalado en la pura noción espacial de la ciudad, hasta la geografía le resulta ajena; no alcanza a ser siquiera un habitante, es tan sólo un paseante.
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El contraste entre las fotografías satelitales de las zonas de El Socuy y el Guasare hechas a comienzo de los años ochenta, antes del inicio de la explotación, y las actuales dan la medida puramente visual del horror, del Apocalipsis. Alrededor de veinticinco caños y riachuelos, efluentes de los ríos principales, ya no existen. En el Departamento de Biología de la Facultad Experimentalde Ciencias de la Universidad del Zulia reposa, como en el archivo de una funeraria o nosocomio, la serie impecable de investigaciones de la fauna y flora de aquel lugar destruido, devorado y contaminado para siempre. El drift de José Elí Rincón, los basiliscos de Harold Molero, los bichitos bentónicos de Orlando Ferrer…. Recuerdo como hoy las noticias semanales de la evolución de esas tesis de grado. Tras cada salida de campo de sus afanados autores, nunca imaginé que aquellas descripciones no fueran la biografía de la naturaleza, sino puras máscaras mortuorias (tell me anything about Carichuano)… Explotar y vender carbón a siete dólares la tonelada en un país con reservas altas de petróleo liviano parece una mala manera de invertir el tiempo. Pero si el precio de ese petróleo se eleva a ritmo acompasado y de manera constante e histórica, entonces estamos en presencia de una perturbación de sus clases dirigentes, de una dosis de tercermundismo altamente puro, desarrollismo caudillesco, odio inveterado a la naturaleza y/o a las generaciones futuras. Usted elija.
La retención de la biomasa de toda la zona arrasada (la reforestación es un lindo cuento), la sustentación del paisaje en sus valores de recreación, oxigenación y naturalismo eran más rentables tanto en términos económicos como societarios. El organismo responsable de la explotación actual de ese carbón ya existía antes y se dedicaba estimular y respaldar el desarrollo local a pequeña escala, con asignación de un presupuesto central; incluso si hoy se dedicara a cualquier diligencia burocrática, con el grado de ineficiencia y corrupción que fuera, le haría muchísimo menos daño al país que administrando unos recursos salidos de semejante destrucción.
Diversidad biológica y resguardo de las fuentes subterráneas de aguas (contaminadas por los residuos de escoria, por la liberación de compuestos por fricción y erosión y el uso a gran escala de sustancias industriales en el bosque virgen) son expectativas del concepto de bienestar desde hace más de cincuenta años ,valoradas como de primera prioridad no sólo en países industrializados. Pero en toda esta aberración hay un crimen de lesa gens imputable a la gerencia de estado y a través de sus ejecutores directos, funcionarado y fuerzas rectoras: se trata de la confiscación, uso y consumo con fines inmediatistas de la heredad de otras generaciones. Éstas se conseguirán con un hogar disminuido, haberes arruinados y el cataclismo ambiental, y con un país donde la educación hoy es sólo un fraude de registro y titulación, y donde la utilidad de la ciencia llega tan sólo a la certificación positivoide-tecnócrata del jefe de Estado cuando suele enfatizar el carácter “científico” de las tareas de sus funcionarios.
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Acorralados por el hambre, diezmados por todas las parasitosis, enfermos de cuerpo y alma, los indios deambulan como los dementes en las habitaciones de un manicomio. Sólo los guajiros se pasean competentes por ahí, ladinos unas veces, salameros otras, hieráticos cuando dudan. Estos muchachos son el orgullo de Darwin: alcaravanes, zamuros, serpientes y tuqueques ya no son los totems junto a los cuales deben andar sin lastimarlos, ahora ellos mismos son la suma de tales bestias variopintas, pues adquirieron—como en un crisol de redención del rapaz y del dormilón—la resistencia del batracio, la fastidiada paciencia del burro. Descuellan en la escuela de sorna y disimulo del chicherío maracucho; hábiles para todo, han traspasado los estandartes donde la genética juzga a los más avezados. Así, un recientísimo estudio dela Facultad de Medicina dela Universidad del Zulia muestra cómo los alelos de su sangre han aumentado de manera drástica en la composición del ADN de la comunidad gaitera, que nada quiere saber de negros, cuyos pigmentos han retrocedido.
Pero Sabino explaya sus ambiciones y ahora sueña con las estrellas y las dos lunas de su abuela. De regreso a su tierra, contempla el conuco estrujado, los aguaceros constantes de estos días lo reciben dándole ánimo. El hombre camina hasta lo más profundo, cerca del rumor invisible del río; el picure husmea, viene a saludar y no sale del majagual. Sabino se echa desnudo en un promontorio y se queda dormido arrullado por las heliconias.
¿Por qué no los dejan en paz? Borren con tijera los incisos del articulado de la Constitución, no les hablen de créditos comunales ni de censo de vivienda; tampoco les regalen vacas ni chivos, ellos no son ganaderos ni guajiros. No les gusta la leche, jamás aprenderán a ordeñar, los espaguetis sólo los llenan por un rato, pero incitan a la pereza y les reblandece el carácter. Regrésense al infierno con sus vacunas y baldes de plástico. Bastante tienen con la narcoguerrilla y sus botellas de whisky atiborrando las pipas de las vaqueras. Los otros, paracos instalados en el solaz de Maracaibo, les roban a medias la cosecha y toman prestadas sus mujeres. “La tierra descuidada se recupera con rapidez—dice mi india, que me ha robado el corazón—; la sola presencia del cuidador excita los barbechos y los dispone para la fertilidad”. Los topochales rotos ondean sus greñas saludando al reciénvenido; pronto, con dos rociadas de lluvia nocturna y unas tardes de roza, la cosecha estará en camino, todo coopera para el desagravio del que viene de la guerra y la prisión. Una buena noticia llega del desierto y el rostro de Sabino resplandece de felicidad entre su pelo negrísimo. Los indiferentes irrumpen y afirman una promesa de camaradas acomodados: esta cosecha se salvará y traerá algunas noches tranquillas para la comunidad de Chaktapa. El inusitado samaritano interpone sus ascendencias y cumple frente a las asechanzas de los indispuestos contra la indiada. Informantes del presidente que nada sabe y todo lo sabe lo ilustran sobre indios y bachacos; este muchacho, pues, resulta un buen yerno para la gente de la Sierra. Hará que Mercal se comprometa a adquirir a puerta de conuco toda la producción de la comunidad, desde un sartal de piñas opulentas y un racimo de guineo quinientos mordisqueado de rosquilla paradisiaca hasta la hectárea completa de topochos y cuatro baldes de naranjas de Peraya—el zumo más ácido que yo haya probado jamás, sustancia de farmacéutico. Las matas de café deberán esperan: al tratarse de una variedad de tierra fría, y también debido a su ciclo casi lentísimo, destilan más azúcares; pero, como toda joya, tiene codiciosos. Antes de la cosecha, baris y yucpas deberán deshacerse del gestor, un indio embaucador y alevoso al que confiaron la venta en el pasado, y que resultó un malandrín de siete suelas; están obligados a execrarlo de su comunidad.
En agosto de 2005, el pequeño Ángel y yo visitamos la última comunidad japreria que queda asentada, penetramos hasta la margen del río Laja por una ruta difícil y en un racer temerario. Dejamos atrás la ranchería, adonde la compañía de electricidad había llevado un cable en un acto de inaudito marketing: cada ranchón tenía instalado un reluciente medidor. Al regreso nos trajimos a varias personas, entre ellas a una india moribunda: había abortado tres días antes como resultado de una golpiza de su marido, la septicemia la arrasaba; más que por su vida, nos agradeció por haber embarcado tres sacos de yuca, todo cuanto ellos tenían para sobrevivir en las semanas siguientes. Dejamos a la mujer en el hospital de Machiques y a sus familiares en los alrededores del mercado. Doy esta noticia sólo para mostrar cuánto significa para estos hombrecitos poder sacar los frutos de su tierra regada con sangre.
Por lo pronto es mejor no olvidar la gratitud: les recomiendo hacer media oración por el yerno—muchacho de aspecto funerario—, aunque éste defenestró a mi hermano, el pequeño Ángel. Esta astuta hazaña me reconcilia con él, de modo que estoy dispuesto a completar la otra mitad de la plegaria una de estas noches junto a mi madre en el Rosario de las 8pm. El muchacho me recuerda a Pedrarias de Almesto, aquel miembro de la expedición de Lope de Aguirre: en medio de la escalada de muerte, éste lo perdona y lo consiente una y otra vez, cuando otros eran ejecutados sin miramientos. Todo se aclaró finalmente en la llanura de Barquisimeto: Lope de Aguirre creía que Pedrarias y su hija Elvirita se entendían y que, por lo tanto, éste resguardaría a la muchacha en el holocausto.
Tras denunciar el fuero impuesto por la revolución bolivariana, la comunidad se dispone a restablecer la unidad y sanar la integridad lacerada. La justicia se ordena desde el ritual, la verdad del hecho sangriento permanece intacta y aflorará, el juicio sin fiscales no será una puja para persuadir. Resarcir será la diferencia entre la confesión y la sentencia, no entre veredicto y retaliación, las sanciones pesan sobre la comunidad y ella deberá sobrevivir al delirio de los borrachos y trasmutar las culpas.
Sabino se pierde por dos días y nadie sabe de él. Antes de abrir el primer surco decidió adentrarse en la montaña hasta una ligera hondonada cubierta de vegetación cerrada y uniforme; allí, en septiembre de 1995 cayó un meteorito, visto por algunos desvelados de Maracaibo desde las ventanas de sus apartamentos. El suceso es para él la más reciente afirmación de algo ya olvidado o debilitado en el alma hastiada de los indios: el recordatorio de la Sierra como santuario cósmico del planeta.







