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22 de julio de 2011

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El Equanil va por dentro*

por LasMalasJuntas
Carolina-Foto

Carolina Lozada (Venezuela) | Sitio Web: Tejados sin Gatos

Renato:

A tu edad, la muerte no es un presentimiento sino una certeza, así que no fue una sorpresa el anuncio de tu partida el día después del solsticio de verano en esos países donde los hay, porque tú bien sabes que en el nuestro no sabemos de estaciones. Aquí llueve y escampa, nomás. El 22 de junio ocurrió: te fuiste, aunque tu retiro público ya había sido emprendido hacía tiempo. Hace años te retiraste a un lugar alejado, apartado del ruido de las autopistas. Nada idílico acompañaba tu aislamiento, sólo la enfermedad, la vejez, ese pesado equipaje de los mortales. Tal vez pensaste que a la muerte es mejor esperarla en silencio y preferiblemente a solas; quién sabe qué pensaste, siempre fuiste algo excéntrico.

Quienes te visitaban debían llevar como presente una botella de licor, que tu cuidador administraba para evitar excesos y daños posteriores a la salud. ¿Pero qué es la salud cuando se está tan viejo, tan derruido? ¿Qué es la salud cuando la muerte es la gran espera? Lo de la botella me lo cuentan otros, yo nunca fui a conocerte. Cualquier cosa de ti la he sabido por terceros; alguna vez Ednodio Quintero me contó que cuando vivías en Mérida te ibas a un cibercafé y allí escribías en una computadora alquilada. Y que en una oportunidad él te vio, y que mientras escribías te reías como un loco. Tranquilo, Renato, Kafka también se reía cuando hacía los libros que después fueron tratados con tanta solemnidad.

Sólo te vi en fotografías y en ese documental donde conversabas con Carlos Noguera. En él te veías como un viejo tranquilo, aunque desmejorado. No parecías un viejo escritor, sosegado por los años y la experiencia. Renato, en realidad no parecías escritor, pero creo que eso fue lo que menos te importó nunca. En Venezuela hay muchas personas que quieren ser escritores, pero hay unas pocas que quieren escribir, dicen que decías. Tú, al contrario, escribiste sin detenerte a asumir un garbo, un postín literario, la manida trampa. No tenías dinero ni tiempo para imposturas, así que nunca desestimaste hacer un escaparate de madera mientras afinabas una novela.

Escritor, carpintero, domador de gatos y otros oficios: esa enumeración suele acompañar tu perfil. Ermitaño, enfermo, escritor: así terminaste tus días. Aunque en realidad ya no escribías, fue eso lo que le confesaste a Noguera en aquel encuentro frente a las cámaras. Pero, señor Rodríguez, debo aclararte que la escritura no se jubila, tampoco prescribe. De modo que seguirás siendo escritor, así te parezcan más nobles otros quehaceres. Serás escritor hasta después de muerto, porque escribir es como venderle el alma al diablo. Estás condenado, eres escritor aunque ya no estés: aquí se manifiesta el dilema de los verbos ser y estar. Eres escritor, estás escritor, allá, adonde quieras que vayas. Si es que vas a algún lado, si es que existe el fulano viaje, no vaya a ser que todo sea un cuento, una patraña literaria inventada por los griegos. Pero qué desabrida es la muerte si sólo es polvo.

Si acaso el viaje existe, cuando te encuentres cruzando el mar de la muerte, justo en este momento, supongo yo, en este momento donde el tiempo no sabemos si va adelante o se detiene, entretén a Caronte, cuéntale historias para que el tránsito no sea amargo, ríete, así como un loco, no importa el qué dirán, ríete del desgraciado guía de la muerte. Dile que alguna vez estuviste al sur del Equanil y que apuestas a que él nunca ha estado allí. Él no tendrá idea de dónde queda ese lugar, sólo tú lo sabrás y así podrás escaparte. Vamos, Renato, échale una vaina a Caronte. Huye, vete a eso que inventaste, al sur del Equanil, adonde te iremos a buscar siempre que queramos encontrarte.

Buen viaje, Renato, buen viaje, señor Rodríguez, nosotros nos quedamos aquí, en este mientras tanto, en este bonche, porque el Equanil va por dentro.

* Texto tomado del libro La vida de los mismos, ganador del II Premio Nacional de Literatura Stefanía Mosca de crónica, 2011.

Leer más desde Crónica, Vol. 6
  1. ago 23 2011

    Me encantó, Carolina, buena despedida para un autor -que por cierto aún no he leído- y magnífica disertación sobre la labor del escritor que trasciende tiempo y espacio.
    Un saludo.

    Responder

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