Cuatro poemas
Juan Carlos Olivas (Costa Rica) | Sitio Web: Lo Sucio de los Ángeles
Malos hábitos
Hoy doy cuenta de mis actos
en lugar de vivir,
de alucinar en el cuadrilátero
el paso de los días,
alzar las manos,
esquivar el golpe
y dejar el poema
una vez más sobre la lona.
El aplauso me causaría tristeza,
una ráfaga de luz
me llevaría de nuevo hacía las cuerdas,
los camerinos olerían
a un tiempo que no llega,
a palabras soberbias,
a nombres de mujeres
que persiguen sombras
por amor a mi nombre,
a falsos amigos
que sin dudar me salvarían.
Cuando la campana dejó de sonar
ya mi alma se caía por los poros,
y supe que para otros
siempre fueron las medallas recibidas.
Pero hoy, me detengo ante mis ojos
y me pido perdón,
miro los raídos guantes del pasado
colgar de la pared
como una profecía
─mis fingidos vestigios de gloria─
y me decido a terminar
este combate de doce pesadillas
que dieron en mi rostro,
sabiendo de antemano
que mi cuerpo será
esa metáfora extendida sobre el ring.
La muerte dirá en los altavoces
que mi tiempo ha pasado,
cesará el bullicio,
y entonces la poesía, victoriosa,
aplaudirá con soberbia
desde la última butaca vacía.

El ángel de la casa
Una mesa de noche jamás será un altar,
pero a esta hora,
la fotografía de Virginia Woolf
arde como un presagio que se cumple,
sus ojos disparan su ponzoña
en contra del ángel de la casa,
pero este olvida sucumbir.
Yo también lo odio y lo acompaño,
sufro sus aversiones cotidianas,
su forma de ser madre,
la absurda amiga
de lo incierto y lo trivial
cuando así lo deseo,
amo de sus reconvenciones.
Mi condena es saber que no puedo matarlo,
que a esta hora,
la fotografía de Virginia Woolf es devorada
en una esquina de mi casa
y empiezo a descreer de lo divino.

Holden Caufield y el lago congelado (J.D. Salinger)
Yo tampoco lo sé, Holden,
los he buscado en vano
por entre los arbustos,
he hurgado la memoria de sus nidos
con el hambre de un ciego
y el ayer hoy me sabe a lecho vacío.
He preguntado a los taxistas
y a los parroquianos de los bares
sin encontrar respuesta;
a nadie le interesa
a dónde van los patos
cuando el lago se congela, Holden,
y eso me amedrenta.
Llevo sangre en las rodillas,
hace frío e imagino a mi madre
el día de mi muerte,
qué diría mi hermana
al ver el honor de mi padre
esparcido en mi rostro
¿Quién quemaría mis juguetes,
la gorra y la chaqueta,
para que emprenda el viaje
a una vida vacía?
Yo tampoco lo sé, Holden,
mis huesos van creciendo
en la fuente de este odio,
el invierno sodomiza sus banderas
en mis manos
y los patos no vuelven.
Un niño canta con atroz algarabía:
“el guardián ha de morir entre el centeno”.
Me quedan ya unos pocos centavos,
la noche es la ramera aproximándose,
la nieve cae y hace daño,
y sé aunque me duela,
que mi casa queda
más allá del lago congelado
y debo retirarme.

Homeless poem
Sentir que aún no has llegado a casa
es el precio que debo pagar
por haberlo amado todo,
incluso tu hogar,
las frías sendas
de aquel hijo perdido entre los cardos.
Tocarás un día un cuerpo
y anhelarás más puertas en su carne,
acercarás tu oído a la desgracia
y la escucharás latir, dulcemente,
poderosa,
y confundirás los relojes
que se agitan en el humo,
y saldrás con amigos a lugares absurdos,
te visitarán las tías y sus dudas,
aprenderás a ver televisión
después de todo;
tu vianda será comida congelada,
y tu vino el barato, el doloroso.
En una esquina, arrugadas,
quedarán las camisas de domingo,
esperarás una llamada
y la recordarás en vano
en todos los andenes
─malditos Pavese, Bachelard─.
Y ante todo tendrás miedo
de escuchar tu respiración,
así, tan lentamente,
que tu otro yo te recuerde
la amargura
de no llegar a casa todavía.
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