“Cine en los sótanos”: tres poemas
Alfredo Trejos (Costa Rica)
El buscavidas
a Paul Newman y Piper Laurie.
Sobre las mesas de pool
ha caído, una y otra vez,
una gota de agua
que se hace verde como el dinero.
Las bolas han chocado tanto
que ya tienen moretones,
que ya son planetas abollados
sin el favor de Dios,
sin otra cosa que la perfumada
astronomía del diablo.
Eddie juega pool limpio
con taco propio
de esos que se guardan en un estuche
como un arpón
como un rifle magnicida.
Su mujer escribe y se emborracha
y antes de matarse
en el Derby de Kentucky
escoge como lápida
un espejo empañado.
Eddie juega pool limpio
o lo jugaba
con las cortinas bajas
apostando fuerte
preguntándose si es verdad
que así terminan
ese tipo de mujeres,
si no habría sido mejor
que ella jamás le hubiera besado
los pulgares rotos
como lo hizo.
Por todo el infierno
Eddie persigue al único hombre
que pudo con él,
el único hombre que por un día
y una noche
le puso la cara contra el paño.
Sólo le pide un último juego
para perder y volver a Oakland
sin un centavo de culpa.

El veredicto
a Charlotte Rampling… otra vez a Paul
Un hombre que no permite
que los ángeles olfateen sus tragos
que se cuelga de las colas de los ataúdes
—por una justa comisión—
y que sostiene la mano de los difuntos
para que reciban su último salario
y una última y provechosa mentada de madre
porque de algo hay que beber
porque el testamento de alguien más
es el polvo en el que de antemano
nos convertimos.
Un hombre que por la mañana
derrama espuma de cerveza sobre un pin-ball
para más tarde babear sobre la calva del arzobispo
que empolla el huevo de oro de los fieles.
Un hombre como un San Luis espantapájaros
en el mullido altar de un auto viejo
concediéndose a sí mismo
un milagro de la verdad.
Un hombre
que escucha el timbre del teléfono
como un réquiem,
que sabe que es una mujer quien llama
la que olvidó apagar las luces al dejarlo.
La que mejor conoce
lo duro que es vivir con esos descuidos.

Aclaraciones
Te aclaro mi amor
que yo no soy lo que se llama
un hombre digno.
La verdad
sólo quiero meter mis dedos
en tu copa.
Muchas veces me verás
con un gorrito de fiesta
y no querrás saber por qué.
Jamás ayuno
rezo poco
falto a mi palabra.
Fijate bien y verás
que todo yo brillo en negras intenciones
que estoy por tomarte la cintura
por decirte callejera.
Te darás cuenta
de que ya no escribo
casi nada interesante
que así como jamás he puesto un pie
en la nieve de St. Moritz
jamás he pellizcado el mentón de una mujer
y eso no te conviene.
Nada conmigo te conviene.
Las que estuvieron antes
las que todos los días hacen la señal de la cruz
sobre el tacón de sus zapatos
poniendo toda su fe
en no volver a verme,
aún están ahí.
Tengo sus números
sus nuevas direcciones
(de vez en cuanto las llamo
fingiendo ser Jack Palance ebrio).
Es seguro amor
que conmigo un día
aprenderás a usar la lluvia
como un arma
y a jamás dormir sin ella.
Pero hoy toca cantar algo de Yves Montand
la buena vida en lugares de mala muerte.
Toca llevarnos a la casa
—si es que hay casa—.
Toca correr la voz
de que nos hemos vuelto buenos.
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Poemas tomados del libro Cine en los sótanos (San José: Editorial Germinal, 2011), presentado en Costa Rica el jueves 27 de octubre. Fotografía del autor de Esteban Chinchilla.
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Interesantes, muy sinceros.