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10 de noviembre de 2011

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Un caso siniestro

por LasMalasJuntas
Ana-Julia-Foto

Ana García Julio (Venezuela) | Sitio Web: Derrelictos

En casa de los Anselmo ha estado sucediendo algo sumamente curioso: un ladrón entra con regularidad sin ser visto y en cada incursión se lleva una pertenencia de alguno de los miembros de la familia. Lo curioso es que no tiene el guáramo suficiente para llevárselas completas, y eso que casi siempre se trata de objetos fáciles de trasportar. Digamos que se le antojan los zarcillos o los correctores para juanetes de la señora Anselmo: se lleva uno, no los dos. Roba una media de Eugenio Jr., el hijo mayor y deja la otra (no habría problema si fuera una sola; pero, caramba, ya se ha llevado media docena). Sustrae una yunta del señor Anselmo, pero no la compañera. Birla un guante o una muñequera de Bárbara, la hija sándwich, en vez de apropiarse del par. Y así.

Haciendo gala de una osadía y de una habilidad insólita para desarmar cosas, ha desaparecido la mitad de las teclas del órgano que les legó la abuela Ernestina Anselmo (específicamente, las que van a la derecha del instrumento). El más afectado es Isidro, el niño de la casa: con especial saña, el hampón le ha descompletado casi todos los pares de zapatos, le ha cortado casi todas las franelas y suéteres, y hasta la camisa con que hizo la primera comunión el mes pasado. Cargó incluso con uno de los pedales y uno de los manubrios de su bicicleta, con una de sus coderas y una de sus rodilleras.

Para los Anselmo, el pan de cada día es hallar pantalones picados por la mitad (esto es, de una sola pernera), sostenes mutilados (“¿Ay, Carmela, será que el ladrón es una amazona?”, le pregunta el señor Anselmo a la señora Anselmo tomándose el asunto a broma, pero a la señora Anselmo no le hace la menor gracia ver mutilada su finísima lencería), lentes a los que les falta un cristal, audífonos impares, candelabros viudos, etc.

Es como si al ladrón le fastidiara la simetría del cuerpo humano.

Perturbados por lo absurdo –y lo oneroso para el presupuesto familiar– de la situación, los Anselmo dan parte a la policía. Tras escuchar pacientemente sus quejas, les prometen que enviarán unos especialistas para resolver el caso. Esa misma tarde se presentan dos detectives para investigar: uno alto y lampiño, de apellido Galindo, y uno bajo y bigotudo, de apellido Barreto. Sospechosamente parecidos a Gilbert & George (aquella pareja de artistas conceptuales que hacían de esculturas vivientes en la década de los sesenta), Galindo y Barreto dan un vistazo a la casa, interrogan a los miembros de la familia, a Lancaster –el fox terrier de los Anselmo– y, por no dejar, a los vecinos; beben el café terrible que les ofrece la señora Anselmo y examinan los objetos cercenados.

Barreto se percata de un detalle interesante: casi todas las mitades robadas son intercambiables, pueden utilizarse indistintamente de uno u otro lado del cuerpo. No obstante, es en la ropa donde trasluce con mayor claridad la perversión del delincuente: siempre, sin excepción, aparece cortada la sección de la derecha.

—Parece que quiere obligarlos a darle prioridad a su otro lado —especula el detective Galindo.

—¿Nuestro lado amable? —pregunta el señor Anselmo.

—Su lado izquierdo —dice el detective Galindo—. El que la mayoría de los seres humanos deja embrutecido.

—Y ahora me van a decir que el ladrón es un mocho —infiere Bárbara.

—Para ser mocho, es muy bueno con las tijeras y los destornilladores —dice Eugenio Jr.—. O no se pela un número de Mecánica Popular, o es sastre.

—¿Quién podría ser tan siniestro para hacernos algo así? —dice la señora Anselmo.

—Usted lo ha dicho, señora —asiente el detective Barreto—. Un ser siniestro.

Galindo y Barreto opinan que si el ladrón ha entrado con tanta facilidad a la casa en varias ocasiones, no necesariamente habría que pensar que ha salido. Es muy probable que permanezca allí, agazapado donde los Anselmo menos se lo imaginan.

—¿Quiere decir que el ladrón es de la familia? —pregunta el señor Anselmo, apartándose de su prole y lanzándole una mirada de extrañeza, casi de horror.

—¡Pero Eugenio! ¿Cómo se te ocurre? —exclama la señora Anselmo, ofendida de que la más mínima sospecha recaiga sobre sus hijos, sobre ella o sobre el fantasma de la abuela Ernestina.

—Pronto lo sabremos —dice el detective Galindo—. Vengan.

Por orden de tamaño, la familia sigue a los detectives al baño, quienes en su inspección previa detectaron la conveniente —aunque no de muy buen gusto que digamos— presencia de una pared recubierta de espejos. Los detectives hacen que los Anselmo se formen ante al espejo como si los fueran a fusilar. En vez de desenfundar sus armas de reglamento, les ordenan que alcen una mano. El procedimiento causa tal estupor que Barreto se ve obligado a gritarles:

—¡Ajá, vamos! ¡Sin pensarlo mucho!

Respetuosos de la ley (aunque de momento les parezca un tanto ridícula), los Anselmo obedecen enseguida. Cinco manos derechas se elevan al unísono. En silencio, intercambian miradas risueñas, miradas perplejas a través del espejo, mientras Galindo y Barreto los escrutan desde los extremos.

—Vaya, vaya —dice el detective Galindo, sonriendo con malicia.

—Lo que suponíamos —dice el detective Barreto, moviendo los bigotes con orgullo mientras su mirada salta entre la realidad y su reflejo azogado.

A Barreto no se le escapa cierto nerviosismo en el señor y la señora Anselmo.

—¿Se puede saber a qué jugamos? —pregunta la señora Anselmo.

—Esto es lo que llamamos diagrama de espejo —dice el detective Galindo—. Es como si le dibujáramos las intenciones a cada uno en un pizarrón… Bueno, como si se la dibujaran ustedes mismos. Lo maravilloso de este método es que los culpables, si los hay, se delatan solos… No hay que darles empujones, ni preguntarles nada.

—A veces, cuando la gente no canta, los espejos lo hacen como pájaros —dice el detective Barreto—. Muy afinados.

—Qué bonito —dice Bárbara, sarcástica.

—Yo no oigo nada —dice Eugenio Jr.

—Concentración, jóvenes —dice el detective Barreto—. Fíjense en el diagrama: todos los reflejos deberían ser zurdos, porque todos levantaron la mano derecha. Pero el de su hermano menor…

El reflejo diestro de Isidro desdice de su pálida mano derecha, izada en el aire. A los Anselmo les toma algo de tiempo comprender la discrepancia. Achican y agrandan los ojos alternadamente, inclinan la cabeza hacia un lado u otro, analizando su reflejo. Galindo y Barreto se exasperan. ¿Esta gente es tonta o se hace?

—¡Un zurdo contrariado! —exclama el detective Barreto finalmente, reventando la adivinanza—. ¡Eso es lo que tenemos aquí!

Durante algunos segundos reina un tenso silencio en el baño, apenas desafiado por la tímida gotera del grifo del lavamanos.

—¿Tú te habías fijado en que el muchacho era zurdo, Carmela? —pregunta el señor Anselmo, manteniendo su derecha en vilo.

—Yo no, ¿y tú? —replica la señora Anselmo haciéndose la desentendida.

—¿Yo? —dice el señor Anselmo—. ¿Qué me voy a estar dando cuenta de esas cosas? Si tú, que eres la madre y pasas más tiempo con ellos…

—Señores, los espejos no mienten —dice el detective Barreto—. No tiene caso que lo nieguen: ustedes han torturado a un menor de edad. Tendrán que acompañarnos a la comisaría y dar algunas explicaciones.

—¿Torturado? ¿A quién? ¿Cuándo? ¡Carmela, diles…! —chilla el señor Anselmo.

—¡Isidro! ¡Isidro, diles…! —chilla a su vez la señora Anselmo.

—¡Torturado! —ratifica Isidro, empuñando la mano en el aire—. Y los del colegio son sus cómplices: ¡me obligan a sentarme en un pupitre que está hecho al revés!

Pareciera que los bigotes de Barreto no pueden con tanta satisfacción. Se mueven convulsivamente sobre la boca fruncida del detective, como si tuvieran vida propia.

—De camino a la Central vamos a pasar por ese colegio y usted misma va a pedir una audiencia con la directora —le indica el detective Galindo a la señora Anselmo.

Luego se dirige a Isidro:

—Ya puedes enderezarte, hijo.

Como si llevara años esperando esta liberación, Isidro normaliza su situación deponiendo la mano derecha y levantando la izquierda. Su reflejo no cambia: tan solo se reconcilia con la lógica, con su acallada naturaleza.

—¡Conque tú eras el ladrón! —exclama Bárbara, envidiosa de que su hermano menor se haya robado el show. Y ni hablar de las muñequeras y los guantes.

—Oye, loco, ¿en dónde metiste la otra mitad de las cosas que…? —dice Eugenio Jr.

—Ejem… Se les agradece no hostigar a la víctima —interviene el detective Barreto.

Orondos por haber resuelto otro caso en tiempo récord, Galindo y Barreto se disponen a salir del baño escoltando a los Anselmo. A modo de despedida, hacen un gesto con la mano, un ademán simple pero sincronizado, que Eugenio Jr. y Bárbara atisban en el espejo con estupor, y el pequeño Isidro, con regocijo: el aleteo de su diestra detectivesca debería arrojar un reflejo zurdo, pero… Bah, eso es parte de otra historia.

Trejo-fotoAna García Julio (Caracas, 1981). Narradora espaciosa, comunicadora social y melómana. Autora de Cancelado por lluvia (2005). También hay textos suyos en Quince que cuentan, II Semana de la Narrativa Urbana (2008) y Joven narrativa venezolana (2011). A García Julio le han otorgado el Premio de Narrativa para Escritores Inéditos de Monte Ávila Editores (2005), el tercer lugar en el IV Premio de Cuentos Policlínica Metropolitana (2010) y el Premio de Microrrelatos “Por favor, sea Breve” (Madrid, 2010). Actualmente cursa la maestría en Literatura Venezolana (Universidad Central de Venezuela). Canta en el ascensor, duda a menudo y es un poco más feliz cuando llueve.
Leer más desde Cuento, Vol. 14
2 comentarios Añadir un comentario
  1. Agustin Cadena
    nov 16 2011

    Excelente historia. Felicitaciones para la autora, que es muy joven y ya tiene tanto oficio. Agustín Cadena.

    Responder
  2. dic 6 2011

    Lo he visto…

    Responder

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