Carne
Eduardo Febres (Venezuela)
Para los “duts”, en memoria a los días oscuros de El Paraíso
Cuando llegamos a su casa, el Jueves Santo, en lo primero que se fijó el Enano fue en la figurita. Yo me quedé detallándola con él, y miré por primera vez de cerca la cara de Kali, que miraba sin iris, con la lengua sangrante colgándole hasta debajo de la barbilla. Esa figurita horrorosa de plástico dorado y no comer carne era lo poco que le quedaba a Joni de su fiebre hare krishna. Y ya incluso eso tenía los días contados.
El Enano, que no había sido hare krishna ni había creído serlo, pero que algo había conocido por su hermano mayor en los 90 (cuando ser hare krishna estaba de moda en el mundo del rock), le preguntó a Joni si esa eraLa Negra, y que si no era algo así como diablo de los hindúes.
Joni respondió casi ofendido. Que cuál diablo, que en la visión del mundo de los indios no existía esa cosmogonía maniquea y dogmática de los judeocristianos. Que Kali oLa Negrano era buena ni mala, sino como un principio que ordenaba la materia.
En dos palabras, pana: lo real, le dijo.
El Enano le dijo que sería lo real de él, y se rió, con esa carcajada exagerada y grave del Enano, que acababa con cualquier discusión.
Joni no le respondió nada y se sentó en la batería, con actitud de pocas ganas. Dijo que solamente íbamos a tocar con las escobillas y con la guitarra acústica, porque esta vez sí era verdad que no podíamos hacer tanto ruido. Pero cuando amaneció la guitarra eléctrica pasaba por tres efectos de pedal, Joni le daba a las baquetas con todo lo que hacía falta para hacer sonar duro unos cueros chimbos y yo tocaba el bajo a máximo volumen en el amplificador chino de cuarenta watts.
El viernes el teléfono comenzó a sonar como a las nueve de la mañana. Apenas lo oí, vi desde el sofá donde dormía una sábana blanca que salía del pasillo y llegaba casi arrastrándose hasta los alaridos del aparato. Atendió y habló con una voz entrecortada. Una mano huesuda y aceitunada salía de entre la tela, y dejaba ver la cabeza de Joni.
Esto lo pude retener porque la acción se repitió no menos de siete veces. Hasta las tres de la tarde, cuando renuncié a seguir buscando el sueño, y sacándome las lagañas le pregunté:
¿Por qué no desconectas esa mierda, chamo?
No se puede, dijo. E hizo ese gesto que mostraba una tristeza que parecía de años pero que con la misma franqueza decía no te metas. Después entró en la ducha, y se quedó ahí más de una hora.
Mientras Joni se bañaba, el Enano y yo hicimos el primer porro del día. Apenas lo prendimos, entró Ramos a la casa. Traía una bolsa blanca, llena de morcilla, chorizo, solomo y yuca. Las sobras de la parrilla que hacía su papá todos los jueves santos.
Al rato Joni salió de la ducha con la nariz tapada, y tratando de no mirar la comida se acercó a pedir el porro.
Come yuquita, chamo, dijo el Enano acercándole el tubérculo salpicado de grasa y sangre de res.
Joni no le contestó. Tampoco fumó. Se dio media vuelta y se fue. Según Ramos, a buscar a Carmita en su casa para llevarla a la peluquería.
Cuando regresó, sonreía. Aunque no se cogía a Carmita, era evidente que nada más olerla y pensar que tarde o temprano se la iba a coger lo ponía de buen humor. Tanto, que apenas abrió la puerta del departamento nos lanzó a cada uno una lata de bebida energizante con taurina. Las tres, de regalo.
Agarren ahí, cuerda de drogadictos, dijo apretando los labios. Acto seguido, se sentó en la batería, prendió un porro, y mientras bebía de la lata comenzó una secuencia en el bombo que remataba con un golpecito descuidado en el hi-hat al terminar cada vuelta.
Sin terminar el partido (estábamos a punto de ganar la copa del mundo jugando con Turkía en el playstation) el Enano se levantó a tocar y e hizo un riff suave de pocos acordes con la guitarra.
Plun. A la mitad del porro ya estábamos otra vez con media mirada en el párpado y la luz apagada. Yo repetía una frase de tres tonos que se iba acelerando. El Enano estaba doblado sobre el mástil de la guitarra, y hacía un solo como de David Gilmour en rivotril, con tierra y feedback. Joni perseguía su propia sombra en los cueros de la batería con las baquetas y Ramos hacía un acorde con voces de animales domésticos en el teclado Casio.
De golpe las baquetas saltaron y cayeron. Joni pidió silencio a gritos y escuchamos los últimos repiques del teléfono deslizarse sobre las vibraciones residuales de los instrumentos. Joni levantó el auricular, escuchó el tono de marcado y lo tiró contra la base. No había nadie del otro lado. No sé si habrá sido el porro, o el susto, pero al lado del teléfono, la figurita de Kali parecía respirar.
De la mañana del sábado me acuerdo poco. La confundo con la del viernes: Joni enredado entre sábanas responde el teléfono, y se pasa la mano por la cara cada vez que comprueba que detrás del teléfono no está Carmita. Esto, hasta que llama alguien que resulta ser Carmita, Joni se da una ducha de al menos una hora y sale a buscarla.
¿Y quién llamaba tanto? Según Joni, nadie. O nadie importante. Personas que pedían algo que él no podía o no quería darles. Apuntes de clases, instrumentos, azúcar, ganja. Y lo más común era gente que pedía consejos. Porque tú Joni, que eres tan sabio, tan buenagente, tan comprensivo.
Esa mañana no. Esa mañana la secuencia se interrumpió a eso de las once, cuando, tras la cuarta llamada, yo desconecté el cable. Se reanudó como a la una, cuando Joni se levantó, y lo vio desconectado. Inmediatamente lo enchufó lo más rápido que pudo. Y apenas lo hizo salió, como de una tubería recién destapada, un gemido imperante: llamada de Carmita. Obstinada, porque según le dijo llevaba media hora llamando. Y Joni, un mantra: está bien, tienes razón, disculpa, voy para allá.
No lo oímos entrar al departamento cuando regresó de traer o llevar a Carmita. Se deslizó como un gato, y se escondió detrás del sofá. Escuchamos su voz, deformada, como venida del viento:
Van a reencarnar en gallina, enfermos.
Los tres dimos el brinquito de susto, al que le siguió un ataque de risa, con pedazos de carne, pan y mostaza que saltaban, y Ramos tosiendo, todo ahogado. Nos había sorprendido concentrados, sentados en el piso, rodeados de papeles parafinados, con rastros de sangre y de grasa. Nos comíamos los últimos restos de cinco sándwich de chorizo y pernil con siete salsas, tocineta y huevos fritos, que después de un esfuerzo importante habíamos ido a comprar en el carrito de la esquina.
Joni no podía estar más exultante. Su cara parecía que brillaba. Había quedado con Carmita, después de meses de intentarlo, para ver una película en el departamento, el domingo en la noche. El Enano y yo teníamos que recoger todo e irnos antes del mediodía.
Ramos, además de ser íntimo amigo de Carmita, vivía en el edificio, y entraba y salía de la casa de Joni como perro por su casa. El Enano y yo, felices de irnos, si era para que Joni, por fin, se cogiera a Carmita.
Ese domingo fue el día más feo de los que pasamos ahí. A las tres de la tarde, me despertó Ramos con un jamaqueo, todo agitado. Que qué pasaba. Que tenía dos horas llamando y nadie contestaba. Que se había pasado la hora. Que cómo era posible que Joni se hubiera quedado dormido.
El Enano entró en la sala, con cara de zombi. Se sacaba las lagañas y se rascaba el culo. Con voz de bostezo dijo que Joni no estaba ningún dormido. Que llevaba por lo menos dos horas debajo de la ducha, y no contestaba los golpes la puerta. Que si Ramos por favor le prestaba su baño, porque se estaba haciendo pupú.
Por algo Ramos y yo miramos el teléfono al mismo tiempo. Y ahí estaba: el cable, ya no desconectado sino arrancado de la pared, estaba enroscado alrededor del auricular. A la figurita de Kali le habían arrancado la cabeza, aparentemente con los dientes, y estaba enrollada en el cable que iba del teléfono al auricular.
Nadie podía explicarse esa violencia contra la nada. Nos mirábamos como preguntándonos con los ojos si alguno de nosotros lo había hecho. Pero era evidente que había sido Joni.
El desconcierto nos dejó tensos unos segundos, hasta que El Enano inventó: Joni se despierta en medio de una pesadilla, en la que Carmita (a quien por fin se va a coger) se convierte en Kali, que le pasa su lengua babosa por el cráneo amputado. Entonces se despierta con la cara empapada de sudor y va a arrancar de un tirón el cable, decapitar la figurita, e instalarse bajo la ducha hasta desvanecerse.
Al final remató con su carcajada de villano de comiquitas y prendimos un porro. Ramos agarró la guitarra, tocó y se puso a cantar. La versión más degenerada que yo haya escuchado de “Shine On, You Crazy Diamond” era su plan para sacar a Joni de la ducha. Yo me puse en la batería, y El Enano le dio al teclado Casio, como si tuviera down. Todos hacíamos el máximo esfuerzo para que lo único que tuviera en común lo que hacíamos con la pieza original fueran algunos acordes y la lírica, deformada hasta la obscenidad por la voz de Ramos.
Fue un éxito. En menos de dos minutos Joni salió de la ducha. Yo hice un esfuerzo para no reírme en su cara cuando lo vi con la toalla amarrada, exigiéndonos con un énfasis que por lo menos yo no había visto en él, que nos calláramos ya por favor. El Enano ya había agarrado aire para soltar lo suyo, pero se lo tuvo que tragar, cuando Joni dijo que Carmita había llamado para suspender el encuentro, y que porque tenía que cuidar a su abuela.
Música, voces, todo se paró. Joni, con los ojos vidriosos y la piel de gallina pegada de los huesos, nunca se había parecido tanto a un devoto en las riveras del Ganges en su cuarto día de ayuna. La sola idea de reírse o hacer cualquier comentario resultaba insoportablemente cruel.
Joni miraba al piso. Nosotros nos mirábamos. Nadie quería mirar el teléfono y la figurita decapitada. El rato se hizo interminable y solo acabó cuando Joni habló: yo me voy al Sambil a comprar taurina. Si vienen conmigo me voy es ya.
En el trayecto, dijo solamente dos palabras: deja eso. Le hablaba a Ramos, que en el copiloto jugaba con el botón del freno de mano. De resto, estuvo mirando la vía en silencio.
También permaneció sin decir una palabra, en el estacionamiento del Sambil, y en los primeros pasos, en nuestro camino hacia la farmacia y la taurina. Eso, aunque desde que entramos, por todos los pasillos de luz blanca por donde pasamos, la gente le silbó, le gritó y un niño le tiró de la falda y salió corriendo.
Estaba vestido como siempre: una falda india (de hombre indio, aclaraba cuando podía), sandalias de cuero, un pañuelo estampado anudado en la cabeza y una montura de anteojos sin vidrios. En un espejo nos vi: Joni imperturbable, con ese atuendo, adelante, y nosotros tres atrás, en actitud de funeral. Parecíamos el club de fans de una película bollywoodense sobre Semana Santa.
Cuando llegamos al ala del Sambil donde estaba la farmacia, Joni se empezó a distender. Llegó incluso a complacer la curiosidad de un grupo de adolescentes que le silbaron dando una vueltica, y les hizo con la mano un gesto de gata o de trasvesti.
Fue cuando nos estábamos riendo de eso que Joni dio un giro completo con la mano cerrada, y estampó dos nudillos en el piercing nasal de un rubio corpulento, con cresta hecha a base de gelatina y anteojos negros. Nadie sino Joni y él lo había notado, pero el rubio le había agarrado el culo.
Una gota de sangre salió instantáneamente de la nariz del rubio, pero más rápida aún fue su reacción. Con una mano cogió por la solapa a Joni sin el más mínimo esfuerzo, y lo levantó unos cuatro centímetros por encima del piso. Yo me le fui encima, y con la misma facilidad me levantó a mí con la otra mano, mientras la gota de sangre que bajaba de la nariz ya casi le alcanzaba la boca.
Yo todavía estaba aturdido, tratando de entender cómo habíamos llegado a eso, cuando reconocí a la morena de pelo crespo y top imposible de ignorar que estaba con el rubio neonazi. Era Carmita.
¡Déjalo, Tini! ¡Por Dios, déjalo! ¡Es Joni! ¡Déjalo! ¡Déjalo!, gritaba.
Entre los lentes oscuros, el rubio miraba a Joni con el puño cerrado, me miraba a mí, miraba a Carmita, y volvía a mirar a Joni, como deliberando a cuál soltar y a cuál partirle la cara primero. En eso apareció el Enano a sus espaldas y lo inmovilizó con una llave doble Nelson. El rubio nos soltó a los dos para forcejear con El Enano, y a unos treinta metros dos empleados de seguridad se acercaban trotando hacia nosotros.
Yo me sacudí y busqué el teléfono, para avisarle a alguien lo que estaba pasando, no fuera a ser que los empleados de seguridad nos llevaran a la policía. Pero cuando subí la mirada, El Enano se acomodaba la ropa, tranquilo. Parecían haberse puesto de acuerdo al ver a los de seguridad.
Carmita agarraba al rubio de las mejillas con cara de perro, El Enano y Ramos caminaban hacia los de seguridad para dialogar, y Joni no estaba por ningún lado. Miré hacia los diferentes pasillos, y lo encontré subiendo a grandes zancadas por unas escaleras mecánicas hacia el último piso, donde había una feria de comida. Antes de que llegaran los de seguridad, corrí tras él. La tarde estaba como para que Joni hiciera una locura o una estupidez.
Cuando llegué al último piso, ya no quedaba rastro de Joni. Así que como pude me sumergí entre la gente, que caminaba de un lado a otro, hipnotizada.
Pensaba que no iba a ser tan difícil encontrarlo: un tipo de un metro sesenta y cuarenta y cuatro quilos y medio, vestido como estaba vestido, y caminado a toda velocidad, tenía que hacerse visible rápido. Pero todo era confuso. Yo caminaba entre las mesas, y tropezaba con la gente que llevaba bandejas con comida rotulada, y oía las voces, que circulaban uniformes, lavadas, como con eco, y sonaban también teléfonos, maquinitas de juego, una musiquita frívola y casi imperceptible, y el ruido de la calle que entraba por las ventanas.
Ahí iba a encontrar a Joni, precisamente, en una ventana, a punto de lanzarse. O lo iba a ver desde la ventana, ya aplastado contra el asfalto en la avenida, y un amontonamiento de gente y de carros, cornetas, y alguna ambulancia tratando de pasar entre el caos. Pero no. Lo reconocí de lejos y con alguna dificultad, sentado en una de esas mesas de colores chillones, frente a una bandeja, con un vaso que sin duda era de alguna franquicia.
Me acerqué a tropezones, inquieto, acelerado. Y cuando estuve frente a él me quedé mirándolo en silencio oyendo mi taquicardia. No había nada qué decir. Era Joni, con la boca llena, y un poco de la salsa rosácea de un Big Mac chorreándole por la barbilla.
De inmediato me acordé de la figurita de Kali, cuatro días antes, cuando todavía brillaba dorada y horrorosa al lado del teléfono. Quise decir algo que no sabía que era, pero antes de encontrar yo las palabras, fue él quien sacó la lengua (donde todavía quedaban algunas boronitas de pan y hamburguesa), y tras relamerse, asintió y masculló, con una sonrisita aliviada que algo tenía de perversa: renuncio.
Haribol, le dije yo, también aliviado, antes de sentarme y robarle unas papas fritas.
Eduardo Febres (Caracas). Editor y vendedor ambulante de “La Barbarie Buhonera”. Autor del libro de cuentos Rosa la piñata (2008), ganador del Premio de Autores Inéditos de Monte Ávila Editores. Escribe la bloguela La 26. Primera bloguela espiritista. |



Eduardo Febres (Caracas). Editor y vendedor ambulante de “La Barbarie Buhonera”. Autor del libro de cuentos Rosa la piñata (2008), ganador del Premio de Autores Inéditos de Monte Ávila Editores. Escribe la bloguela 




