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15 de diciembre de 2011

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Libertad Queen

por LasMalasJuntas
Carolina-Foto

Carolina Lozada (Venezuela)

Nació errada; ella no: su cuerpo. Lo suyo había sido equivocaciones desde el principio, allá en la isla; la patria de la que sería más tarde una proscrita. Su padre la presentó en una pequeña prefectura, cuya ventana daba al muelle donde se divisaba un gran grupo de ciudadanos indeseables que salían del país por orden militar. El progenitor nunca pensó que su pequeño correría la misma suerte. No tenía porqué salir del país, él y su familia trabajaban con el esmero y la tranquilidad de quien no se interesa en asuntos políticos. Esa mañana en la prefectura, el padre parado frente al escritorio tuvo que llamar la atención de la secretaria, que espiaba desde la ventana de metal, marrón y carcomido, el desarrollo de los hechos. La secretaria atendió el llamado como quien deja de ver un partido de fútbol en semifinales, a escasos cinco minutos de terminar el juego. Ella le ofreció una sonrisa por disculpa y le comentó que estaban echando a las maricas. A las maricas, a las putas, a los delincuentes, a los locos, a los sinvergüenzas y a todos los bichos de uña —extendió la lista el hombre que esperaba ser atendido—; están limpiando la isla —remató—.

Al niño le puso su mismo nombre, al igual que lo había hecho su padre, siguiendo el ejemplo del abuelo, que a su vez se llamaba igual que su progenitor; el primer Félix Hernández que inauguró la cadena nominal masculina de la familia. Si el Félix Hernández de ese presente hubiera estado más atento a la ortografía de la secretaria que a su escote de oficinista rural, tal vez hubiera detenido a tiempo el error cometido contra su hijo: Feliz Hernández. Pero apenas se dio cuenta de la equivocación ortográfica cuando llegó a casa, y su esposa furibunda leía el documento y despotricaba contra un sistema que ni siquiera sabe nombrar a sus ciudadanos. Los trámites burocráticos para emendar el entuerto fueron infructuosos, lo único que el hombre logró fue terminar enredado entre las piernas de la secretaria, en la calurosa oficina de la prefectura, con la foto del líder patrio colgada en una pared resquebrajada y descolorida, observando rígido y patriota el cruce de fluidos, jadeos y sudores un día lunes, en horario de oficina. La infidelidad y el desencanto empujaron a la esposa, traicionada y pesimista ante el futuro, a emprender la huida de un país incierto, llevando consigo a un hijo con un nombre optimista.

Feliz Hernández heredó el acento materno, a pesar de haber crecido en el extranjero. En la escuela, su particular nombre, su acento con swing golpeado y sus amaneramientos eran motivo de burla. Sin embargo, Feliz, fiel a su nombre, nunca se dejó amilanar e intentó hacer de su vida la poética de un ser libre y particular. “Soy diferente, soy única, soy Feliz”, se decía al mirarse al espejo. Gracias a una madre tolerante, el niño de voz aguda pudo inscribirse en clases de ballet, para empezar a recorrer los primeros pasos de lo que se creía sería su carrera profesional en el futuro. Pero la vida a veces no baila el tumbao que queremos, y años después, en plena adolescencia, Feliz Hernández fue rechazada para integrar el cuerpo del ballet nacional como bailarina. Únicamente podría continuar con ellos si aceptaba asumir el rol masculino de bailarín. Propuesta que ella no aceptó; no lo hizo porque no se considera un varón, y siempre ha creído que deben respetarla como mujer encerrada en un cuerpo ajeno. Así que sin amargura, pero bastante dolida, Feliz abandonó la academia, despidiéndose con un gracioso movimiento de ballet, metida dentro de un tutú rosado.

Pronto se dio a conocer en los clubes nocturnos estilo Drag Queen, su número Reina Madonna la convirtió en la popular Madonna habanera, el número musical más esperado de la noche. Así fue como vestida de cuero, con un corsé dorado y puntiagudo, un sombrero de copa, un látigo y unos pantalones con las nalgas al aire, conoció a Lisandro Marín, un acaudalado banquero, amigo de empresarios y altos funcionarios del gobierno nacional. A Lisandro siempre le han atraído los clubes de travestis, también le gusta vestirse de mujer. Sin que su esposa e hijos sospecharan nada acerca de algunos extraños movimientos en la vida del banquero, él mantenía un apartamento independiente para llevar una vida paralela con encajes, plumas, lentejuelas, maquillaje, amigas y amantes travestis, completamente distinto al apartamento familiar, decorado con los iconos patrios que se habían puesto de moda entre la emergente clase social de los nuevos ricos, a la que pertenecía Lisandro. A su apartamento de soltero, decorado con paredes rojas, pieles sintéticas de cebras y jaguares, y fotografías de glamorosas celebridades, llevó a Feliz la noche que se conocieron, al finalizar el espectáculo donde la Madonna habanera golpeaba con látigos a sus bailarines, mientras cantaba el clásico himno gay Vogue, con la cabeza metida dentro de una peluca rubia que contrastaba con la tonalidad bronceada de su piel.

El buen sexo, el sadomasoquismo, la ropa de cuero, el gusto afeminado, los tacones negros y brillantes pisando el rostro del hombre y unas tetas bien hechas lograron que Feliz tuviera a Lisandro a sus pies. En ese momento de su vida sólo le faltaba una cosa para empinarse en el paroxismo de su nombre: hacerse la operación, cambiarse de sexo. Y con la mirada puesta en este fin llevaba tiempo reuniendo dinero y practicando el inglés para operarse en Estados Unidos, el país de las maravillas. Había decidido hacerlo allá porque no quería cometer errores, no deseaba que le ocurriera lo de Paloma, una de sus amigas, que por aprovechar una oferta en una clínica nacional se quedó con un sexo amorfo, inclasificable. Pero, por otro lado, Leni, su colega y mejor amiga, le insistía para que se operara en su isla natal, donde son buenos en medicina y las operaciones de cambio de sexo ahora las hacen gratis, después de haber estado prohibidas durante mucho tiempo, cuando en la isla se condenaban la homosexualidad y sus variaciones. Pero ahora la isla es libre y más abierta, según Leni, ahora la isla es la reina máxima de las igualdades. Además, allá la operación es certificada con el cambio de nombre. Sin embargo, Feliz Hernández no deseaba cambiar de nombre, no hay cosa más ambigua que la felicidad y eso le gusta, así que prefiere seguir llamándose como se llama.

Leni milita en la izquierda política, desde muy joven es activista por los derechos gays, ferviente creyente y defensora de sistemas políticos que incluyan (al menos en teoría) a los desposeídos. Pero por sobre todas las cosas, Leni es una anti-sistema. Ella creó la Unión Radical del Sexo Social (URSS, según sus siglas), un sindicato que lucha por los derechos de las minorías homosexuales, que también promueve la prostitución con otro enfoque, como una labor social, y que entre sus logros destaca el alcanzar un día libre para todo trabajador sexual, según lo garantiza la Constitución. Los números de Leni en el Waraira Star, el club nocturno donde trabaja junto a Feliz, no suelen ser muy exitosos, ella generalmente representa a guerrilleras, esclavas libertas y heroínas patrias; casi todas sus puestas en escena están cargadas de mensajes de reflexión y compromiso. Esto aburre enormemente a los clientes privilegiados del Waraira, así que ella ha quedado para gustos más populares, en horarios matiné.  Obreros, estudiantes y el largo etcétera de los menos beneficiados son sus clientes favoritos. En más de una ocasión Leni se ha enamorado de alguno de ellos, y es habitual que hasta les fíe o les ofrezca sexo pagado en cuotas; este método lo aplica sobre todo con los estudiantes, su clientela más pobre.

Feliz siempre discrepa de las orientaciones ideológicas de su amiga, sobre todo cuando se trata de negocios. La Madonna habanera no va a hacer que le sude el trasero ni a hacer ejercicios y dieta como una esclava para que venga un chulo a pedirle rebajas. Si quieren diversión, que paguen; ésa es su política. Eso contrasta con la posición de Leni, que pretende que su profesión no sea la exhibición y venta del cuerpo, sino la manifestación del bien comunal. A pesar de todo, sus diferencias ideológicas no suelen pasar de insultos cariñosos como “gusana” y “bolchevique”, ninguno capaz de romper el afecto entre las dos amigas y colegas.

A Feliz Hernández la política nunca le preocupó, su madre se encargó de no arruinarle la infancia hablándole de los excesos del autoritarismo en su isla natal. Sin embargo, las cosas en el país que las acogió se estaban poniendo oscuras, aun cuando Leni insistía en que todos los cambios políticos, económicos y sociales que estaban ocurriendo eran para el bien colectivo. Pero esto no lo entendía ni tampoco lo asimilaba su compañera, mucho menos cuando le prohibieron comprar y guardar divisas para su futura operación. En vez de esto, los funcionarios de las oficinas cambiarias le sugirieron que se chequeara en las instituciones sanitarias del Estado, para que la sometieran a un tratamiento psiquiátrico con miras a extirparle su mal sexual. “Hazlo, es tu deber y es gratis”, le instó el funcionario uniformado que la atendió detrás de una taquilla enrejada. A pesar de la molestia que esta recomendación le provocó, ella no lo insultó; para Feliz fue suficiente venganza el poner al hombre nervioso mientras observaba su escote protegido por la rejilla. “No, cariño, yo no tengo males sexuales. Es sólo que la tengo más grande que tú y me la quiero operar, eso es todo, querido”, le dijo en tono burlón al funcionario antes de despedirse y abandonar la oficina forrada de citas ilustres y héroes patrios.

Ese día cuando nombró el control cambiario en casa, su madre se santiguó y encendió velas a todas sus deidades africanas para espantar las oleadas del pasado que provenían de la isla. “Este país se está yendo a la mierda, hija, te va a tocar salir”, le dijo con tono preocupado a una hija descreída que, mientras se hacía manicure, respondía con una endeble seguridad: “ay, mamá, deja el drama. Los noticieros te están volviendo loca. Leni dice que ese cuento del hundimiento del país son manipulaciones mediáticas hechas en un laboratorio ideológico. Tranquila, no va a pasar nada”.

A pesar de la aparente confianza de Feliz Hernández, del optimismo de Leni y de la fe ciega del portero del Waraira Star en el sistema político reinante, los cambios comenzaron a repercutir negativamente en sus vidas. No obstante, Leni y el portero se mantenían aferrados a las estrofas de la Internacional Socialista, a los discursos graffiteros de las paredes, mientras que las preocupaciones de Feliz eran dispersadas por la seguridad que le brindaba su amante oficial. El hombre que le prometía que pronto la llevaría al país de las maravillas, a hacerse la operación.  Pero la promesa no se cumplió y las cosas se empezaron a poner verdaderamente feas. Lisandro Marín desapareció súbitamente, mientras los noticieros anunciaban el vertiginoso crash banquero de la nación. Grandes y multimillonarias malversaciones cometidas desde las altas jerarquías de los sistemas monetarios quebraron los bancos del Estado. Los implicados se llevaron todo, hasta el tapete que decía Bienvenidos. Nadie daba la cara, los responsables se habían fugado del país. Había mal humor y frustración en las calles; una furia recóndita en los rostros descontentos de todos enrarecía el ambiente. En medio de esa tensión colectiva, que ya se venía acumulando por la infelicidad e insatisfacción social, Feliz Hernández llevaba días sin tener noticia alguna de Lisandro, a pesar de su insistencia en buscarlo. La ansiosa espera por noticias de su amante culminó cuando vio su imagen en el noticiero, señalado como uno de los banqueros fugitivos. “Maldito, hijo de puta”, exclamó al tiempo que dejaba de ponerse las pestañas postizas en su ojo derecho, mientras que Leni, que la acompañaba en los preparativos de sus funciones nocturnas, miraba boquiabierta las imágenes del destape financiero que afectaba la credibilidad en la banca estatal. Una Leni entre suspicaz y asombrada prorrumpió: “esto tiene que ser propaganda del imperio”. Feliz dejó de mirar la televisión, se dirigió a su compañera, la enfrentó entre nerviosa y molesta, y la abofeteó para que despertara de su tozuda alienación. “Mi marica bolchevique, nos están jodiendo y tú sigues tan ciega”. Leni continuaba medio incrédula y con la cara desencajada. En un acto desesperado, Feliz Hernández arrastró a su amiga a la calle.

La imagen era un esplendor de carnaval: dos travestis corriendo por las calles, una vestida de Madonna, con un corsé dorado, con dos grandes pechos en forma de torpedos, unas medias negras de malla, botas sintéticas hasta las rodillas y una larga cola de caballo. La otra, metida dentro de un traje de guerrillera, con un gran escote delantero y un Fal sobre la espalda. Las fuerzas de seguridad no repararon en ellas porque estaban muy ocupadas tratando de contener a los ahorristas estafados, que se apostaron en las instalaciones financieras exigiendo que les devolvieran su dinero.

Dinero fue lo que salió a buscar Feliz. Lisandro Marín no lo sabía, pero Feliz había sacado copia de la llave del apartamento, aprovechado una de esas borracheras en la tina que lo dejaban inconsciente, mientras nadaba en el licor caro que nunca había podido probar en su vida anterior, esa vida en la que bebía agua sin filtrar y que ahora le había cambiado tanto que ni siquiera se permitía tomar agua que no fuera de manantial, importada de Europa. Dentro del apartamento paralelo había sólo un vestigio de la vida oficial del banquero: una escultura de dimensiones medianas, arrinconada en una de las habitaciones, hecha en bronce, con la imagen de un guerrillero heroico guiando al pueblo, que lo seguía como una masa confusa de cabezas y puños alzados. El guerrillero estaba en la cima; abajo, la montonera; en la punta, una estrella. Feliz Hernández lo sabía, a los pies del héroe estaban las joyas, parte de la fortuna del banquero, resguardada en la seguridad de la masa, de los ideales de Leni, del portero y de los hombres anónimos que entonaban el canto del legendario combatiente. En realidad, el mamotreto de bronce no era una escultura, sino una caja fuerte camuflada; sólo se necesitaba mover adecuadamente la estrella para que se abriera el líder por dentro y se viera en toda su oscura ostentación: podrido en joyas. Feliz Hernández sabía que tenía poco tiempo, en cualquier momento las autoridades podrían irrumpir en el apartamento, fingiendo un operativo de persecución contra los estafadores del país. Pero Feliz estaba segura de la farsa y la complicidad. Ahora entendía a la madre, al repentino y necesario exilio. Dentro de ese lugar de rojos y pieles plásticas, de falsas identidades, le llegó el olor salado de la ola del pasado. “Bolchevique, la casa se nos está llenando de agua”, dijo sin fijarse en las reacciones de Leni, sin darse cuenta de que ésta seguía ensimismada, muda, como padeciendo un estremecimiento interno. Con apuro, ambas recorrieron el apartamento y encontraron dinero y más joyas escondidas en lugares estratégicos. Sacaron lo que pudieron y escaparon del lugar con el botín metido en gigantescas carteras de piel de serpiente y de mono japonés.

Como en una carrera por la vida se dirigieron a la casa de Feliz para guardar el tesoro. La madre las recibió con la radio y el televisor encendidos. “Te lo dije, hija. Llegó la debacle, mi amor”. La hija la abrazó con los brazos sudados, la miró y trató de calmarla sin confesarle nada: “tranquila, mamá, ya tengo todo resuelto”. “¿Sí?, ¿te vas?”. “Contigo, mamá”. “No, conmigo no. Ya no resisto otra huida, te vas contigo”. Leni las miraba un poco atontada por los hechos. No era fácil, de pronto sus ideales y la realidad habían caído en un hoyo negro, vertiginoso. Le costaba procesar la farsa y el desastre y, además, estaba preocupada por sus depósitos bancarios y los del sindicato; por consejo de su amiga había metido sus ahorros en el banco de Lisandro, al igual que lo habían hecho el portero y buena parte del plantel de travestis del Waraira Star. Un susto se le atragantó en el pecho, por primera vez sintió que las cosas sí estaban marchando mal. Feliz también estaba muy asustada y preocupada por las dos y por las acciones que podrían emprender sus otras compañeras en su contra, ante la estafa de su novio. “Vamos al banco”, dijo con determinación, con arrechera y con lágrimas que le regaban el rímel, y volvió a arrastrar a su amiga en una veloz carrera, con el corazón acelerado de premoniciones.

En la calle había mucho ruido, pero menor que la impotencia y frustración de la gente al sentirse robada. Muchos de los bancos estaban pintados con graffitis que descargaban el odio de los estafados, algunos vidrios lucían rotos, más de uno baleado. La gente también rompía teléfonos y alumbrados públicos, en los edificios se escuchaban insultos y cacerolas. Como respuesta, los discursos oficiales argumentaban que se estaba produciendo una escalada desestabilizadora y terrorista proveniente del extranjero, pero ya ni Leni creía en esos argumentos. En las entradas de los bancos se cuadraron militares con armamento de guerra para custodiar los recintos y contener la rabia desbocada. Entre la confusa multitud aparecieron las estrambóticas travestis, que al acercarse fueron apuntadas por la seguridad militar, a la vez que fueron obligadas a tirarse al piso. “Suelta el arma” “¿Cuál arma?”, preguntó Leni, muy asustada, con la cabeza contra el pavimento y las manos sobre la nuca. “No te hagas la cómica, marica, la que tienes en la espalda”. “Ah, es arma de utilería, es de plástico, soy bailarina, hago shows”, la mujer le trataba de explicar al hombre mientras intentaba sacarse el arma de la espalda, pero el soldado le apuntó con su rifle verdadero a la sien. Mucho más asustada, Leni se echó a llorar, situación ante la que una Feliz envalentonada reaccionó sacándole el arma de la discordia, que le mostró al soldado: “es de plástico, ¿no ves, comemierda?”. Risas generalizadas distendieron el ambiente al verse en el aire un Fal con la punta de un pene.

Las risas las despejaron los sonidos de unos disparos, la multitud se lanzó al piso, las balas dieron sobre el lema del banco (Su confianza es nuestro mayor valor), y los militares redoblaron la vigilancia tras la caza del pistolero.  No fue fácil dar con él, estaba disfrazado y disparaba desde detrás de una valla publicitaria del Estado, en la que se leía: “Mi alma está inflada de pueblo”. Una vez descubierto el escondite del anónimo armado, los militares dispararon con saña y certeza. El pistolero estaba metido dentro de un disfraz de mujer, el primero que encontró en su trabajo como portero del Waraira Star. Era uno de los disfraces de Leni: su traje de esclava liberta coronada de plumas tricolor de pavo real. Al portero no le duró mucho el acto de arremetida contra la burla bancaria, muy pronto lo desplumaron a balazos, ni siquiera le dio tiempo de entonar una estrofa de la Internacional Socialista. Las balas lo atravesaron igual que al texto de la valla; de éste sólo se sostuvo en pie una parte de la oración: “inflada de pueblo”. La escena era dramática y risible: una masa expectante, dos travestis llorando sobre el rostro muerto del portero, quien lucía el vestido de heroína roto y manchado de sangre, y las plumas reales regadas sobre el pavimento. Era esto lo que quedaba de ese torpe vengador de estafados.

Después del tiroteo se produjo una arremetida represiva por parte de los uniformados. Las imágenes de la televisión, que luego fueron censuradas, mostraban la lucha entre civiles y hombres armados; era la vieja guerra de David contra Goliat, de piedras, balines e insultos. El repetido escenario de la rabia popular y del abuso del poder. Dentro de la secuencia de imágenes, ampliamente proyectadas antes de ser obligadas a salir del aire, se podía observar, entre el pandemónium, a dos travestis golpeadas con encono por miembros de la milicia. El importuno pito censor de las malas palabras impedía escuchar los insultos de ambas partes. Ni siquiera se pudo oír la ingenua pregunta de una Leni desesperada al capitán militar antes de que éste diera la orden de reprimir la manifestación: “¿entonces aquello de que el pueblo es el soberano es pura paja?”. Si al vídeo le hubiesen dejado el audio, se habría escuchado la contundente respuesta del militar antes de golpear el trasero de la mujer con la punta de la bota: “eso es pura paja”.

Contar lo que ocurrió durante la estadía de las travestis en la cárcel es morbo gratuito, es entrar en detalles pornográficos que no me interesa mostrar; a la imaginación queda. Explicar de qué manera otro escándalo político opacó y desvió la atención pública sobre la estafa bancaria nacional es ahondar en estrategias y propagandas de manipulación ideológica. Contar cómo las olas de la isla comenzaron a inundar las orillas extranjeras es un ejercicio que dejo a analistas, historiadores y periodistas. Dar con el paradero de Lisandro Marín y del resto de banqueros prófugos es trabajo que le corresponde a la inteligencia policial. Narrar las razones por las que Leni prefirió quedarse en el país, a pesar de la ayuda ofrecida por su amiga para irse, significaría hacer un compendio de las luchas de las minorías sexuales por sus derechos encajonados en sistemas opresivos. Nomás podría adelantar que Leni fundó Libertad Queen, un grupo que pretendía luchar contra las arbitrariedades de la milicia. La iniciativa no sirvió de mucho, porque al poco tiempo Leni se enamoró de un capitán, célebre por sus abusos de autoridad. Relatar cómo hizo Feliz Hernández para salir del país exigiría un estudio topográfico de los caminos verdes y un adentrarse en las sinuosidades y en el imaginario surrealista del mercado negro. Nada de esto me interesa, no me gustan las historias completamente referenciales, para eso están la prensa y las crónicas. Prefiero venderles la historia de unas piernas caminando por una acera de San Francisco. En las mañanas esas piernas llevan pantalones deportivos, y por las noches van desnudas o con botas de cuero. Más arriba de esas piernas habita un sexo plano, sin abultamientos, completamente operado y perfecto. La cabeza que gobierna esas piernas sabe dos lenguas, por eso cuando la detiene una patrulla policial para saber si todo está en regla, ella no titubea en decir: “My name is Feliz Hernández and I’m a legal alien”. Los policías sonríen cuando la mujer les explica: “my name in English is something like Happy, cariño”.

Trejo-fotoBiografía de Carolina Lozada: Nació cerca de su casa. Sitio web: Tejado sin Gatos.
Ilustración: Man Reflected, Joel-Peter Witkin.
Leer más desde Cuento, Vol 16
  1. excelente texto, me encanta el diálago muchas veces ignorado entre la transexualidad y la política real de la calle. impactante la imagen de ‘dos travestis corriendo por las calles.’ gracias carolina por compartir el cuento.

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