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15 diciembre, 2011

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Sobre dúos dinámicos

por Víctor Azuaje
Bat-Ro

Víctor Azuaje (Venezuela-USA)

Recientemente he caído en cuenta de que varios de mis filósofos favoritos escribieron libros a dúo: Adorno con Horkheimer, la Dialéctica de la ilustración; Deleuze con Guattari, El Anti Edipo; y menos famosamente Jean-Luc Nancy con Philippe Lacoue-Labarthe, El título de la letra. La lista no es exhaustiva ni mi interés es crítico: no pretendo aclarar si dichos trabajos fueron escritos a dos o cuatro manos ni el grado de participación de mi autor favorito en la doble autoría o autoría siamesa. Me limito a constatar una preferencia quizá involuntaria y a señalar sus caprichos y peculiaridades.

No puedo justificar, por ejemplo, que mi inclinación por la obra de Adorno, Deleuze o Nancy sea acompañada por mi indiferencia o escaso interés por la de Horkheimer, Guattari o Lacoue-Labarthe —aunque esto no sea completamente cierto en el último caso. La preferencia es caprichosa cuando advierto que los primeros siempre elogiaron el intelecto e incluso la benéfica influencia de los segundos y lo es más aún si indico que mis favoritos percibieron superiores cualidades intelectuales en sus siameses literarios o filosóficos. Me digo entonces que cierto residuo de afinidad debería conducirme de los unos a los otros. Pero no. Con la excepción de Lacoue-Labarthe, no encuentro en mí el gusto o la predisposición a leer los textos disociados de quienes alguna vez o varias escribieron y reflexionaron sin distinción premeditada con mis autores preferidos. Para mí es el equivalente de ir a un freak show a ver un siamés separado o como si Batman me pidiera besar a Robin: no es asunto de prejuicio sino de predilección. Paso.

A los otros, por consiguiente, sólo puedo leerlos a dúo. Admito que eso es un decir. Decir “leerlos a dúo” es asumir que se podría separar al autor siamés. Tal cosa no ha sido intentada ni parece posible y luce hasta sacrílega. Deleuze-Guattari escribió al inicio de Mil mesetas: “Como cada uno de nosotros era varios, en total ya éramos muchos”. Todo hombre es dos o más hombres; esa consideración en la mayoría de los casos es mero cortejo retórico de nuestras veleidades, pero en el de Deleuze-Guattari —y en el de los otros— es rigurosamente literal y por ello con justicia confesaron pluralmente: “Ya no somos nosotros mismos”. Un embrollo de concordancias y desencuentros negociados escribe, borra, desecha y reescribe: sólo el hábito y las convenciones nos hacen destilar de unos cientos de páginas ese ente homogéneo que llamamos “el autor” o “los autores”. Alfonso Reyes dijo que publicaba para no pasar la vida corrigiendo borradores; el autor siamés publica por desfallecimiento del diálogo, para no proseguir con los convenimientos y las argucias de la interviú.

Conviene que atenúe mis parcialidades, ya que tienen excepciones. He leído casi toda la obra de Jean-Luc Nancy y Philippe Lacoue-Labarthe, la dual y la otra, y el ensayo del primero sobre la lógica sacrificial lo juzgo incompleto sin las reflexiones sobre la mímesis del último. ¿Puede acaso elaborarse una crítica rigurosa a la teoría sacrificial y mimética de René Girard prescindiendo de esos textos? Bertrand Russell y Alfred Whitehead escribieron Principia Mathematica, cuyo prólogo usa sin ninguna arrogancia el plural mayestático y con mucha cortesía la frase “en colaboración”. Las notas de Russell a las modificaciones de la segunda edición sugieren una autoría desigual, pero ese no es mi tema y tampoco soy competente para examinarlo. Mi intención más bien es señalar que los ensayos sobre matemáticas del uno son tan esclarecedores y fascinantes como los del otro. Asimismo, el estilo y la profundidad de Russell no superan ni desvirtúan los de Whitehead: recomiendo como prueba que se lea la History of Western Philosophy de Russell a manera de comentario del Modes of Thought de Whitehead y viceversa.

Quiero despejar, finalmente, dos malentendidos a los que pueden conducir las anteriores observaciones. Uno es la idea de simpatías y diferencias con un autor. No hay para mí tal cosa. Si acaso, hay afinidad con una obra o varias escritas o firmadas bajo un nombre. Para citar a Guattari —sin Deleuze—: no basta invocar la noción kantiana de desinterés y la de libertad sin clarificar cómo se insertan activamente en la psique; analógamente, la preferencia por un libro o autor corresponde a cierto desinterés y a la promoción de “un deseo mutante” que tanto o más actúan por su cuenta, riesgo y azar que por armonía con nuestro espíritu.(1) ¿Acaso nos gusta o indispone siempre todo Cervantes y todo Borges? No toda la obra y no todo el tiempo y a veces distintas obras en distintos tiempos. Valgan igualmente esos altibajos para Deleuze-Guattari, Adorno-Horkheimer y demás autores siameses.

El otro malentendido consiste en sospechar que promuevo la ya publicitada muerte del autor. Confieso que mi propósito es menos redundante: quiero apuntar a su carácter comunal, heterogéneo e irreductible. No por casualidad los autores duales resisten las aproximaciones biográficas o sicológicas. Si me conminaran a sugerir alguna estrategia, propondría como más útil e interesante una dialéctica que, al estilo de la de Adorno, resista la identidad, y una noción de comunidad que, semejante a la de Nancy, sea inoperante, monstruosa e irreconocible. Bosquejo no un método sino una manera de elucidar cierta imposibilidad, de inspeccionar cierta anarquía, ya que no creo que estemos aquí más cerca de resolver el problema de la autoría de lo que estuvieron los teólogos de resolver el de la Trinidad. Ni lamento ni condeno tales flaquezas: aficionarse a un autor sobre otro en la dualidad es casi lo mismo que preferir al Padre en lugar del Hijo o al Espíritu en lugar de ambos. Mea máxima culpa.

(1) La cita es del ensayo “Sobre la producción de la subjetividad”.

Trejo-fotoVíctor Azuaje (Venezuela-USA). Ha publicado La crítica de la obra ausente. Ganó la Bienal de Ensayo “Enrique Bernardo Núñez”.
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3 comentarios Añadir un comentario
  1. Víctor Carreño
    dic 17 2011

    Creo que la idea de autoría colectiva o coral en la escritura va mostrando sus frutos cada vez más, aunque en Venezuela no la veo mucho, soy ciego o por qué no la veo? Conozco poco de Jean Luc-Nancy. Su idea de La comunidad inoperante me parece liberadora. Menos clara me parece la idea de “comunismo literario”, incluida en e libro citado. Juan Duchesne Winter la usa para titular su libro Comunismo literario y teorías deseantes. Empieza renegando del estalinismo, pero más adelante elogia la Revolución cubana. es libre de hacer esto, pero para mí es contradictorio. A no ser que la idea de comunismo literario reconduzca por otra vía a la de literatura comprometida. Me gustaría saber qué piensas de esto, saludos.

    Responder
    • Víctor Azuaje
      dic 18 2011

      Víctor:
      Trataré de responder cortando hilos más que enlazándolos. No puedo decir mucho acerca de alguna experiencia de escritura colectiva o coral, que debe distinguirse de comunitaria según Nancy, en la actual etapa de descomposición o evolución de la Provincia de Venezuela. Lo que sé del asunto es que no estás ciego y que confío en que has buscado con diligencia. En cuanto a Duchesne Winter, no he leído el libro. Pero si hay un supuesto vínculo teórico con “La comunidad inoperante” y un elogio de la Revolución cubana tienes toda la razón en cuanto a contradicciones: la reflexión de Nancy va a contracorriente de los comunismos, totalitarismos y fascismos que nos acompañaron en el siglo XX, y en general de toda noción de comunidad asociada con un líder, abierta o simuladamente máximo.

      Ya que Nancy cuestiona el personalismo de Sartre, o su incapacidad para pensar la comunidad, no creo que la noción de comunismo literario reconduzca a la de literatura comprometida —a menos que se repiense ésta última, pero ya estamos lejos de Sartre y afines.

      Por último, la idea de “comunismo literario” es confesamente poco clara: Nancy habla de “lo que por lo menos trato de indicar con esa torpe expresión”. No soy el indicado para elucidarla. Sólo brindo mis desconciertos. Primero, Nancy reflexiona la comunidad a partir de su reelaboración del “estar-en-común” de Heidegger. Algo del problema desde esa perspectiva está en cómo pensar una relación sin relación para hablar de comunidad. Si eso suena esotérico, te dejo el ejemplo de la comunidad de lectores solitarios. (No es una paradoja russelliana, pero estoy seguro de que Sir Bertrand Russell apreciaría las implicaciones.) Nancy dice que con esa torpe expresión quiere hablar del “reparto de la comunidad en y por su escritura, su literatura”. No hay que ser ingenuos: Nancy escribió con Lacoue-Labarthe sobre el Romanticismo de Jena y está bastante claro sobre las connotaciones románticas, el carácter mítico de la idea de comunidad y de los experimentos del grupo al respecto. Vale aclarar: “no tiene nada que ver ni con el mito de la comunión por la literatura, ni con aquel de la creación literaria por la comunidad”. (De ahí mi distinción inicial de lo colectivo y lo comunitario.) Sugiero que pensar a Nancy y el comunismo literario pasa por leer ese libro.
      Doy término al corte de hilos. Gracias por la visita.

      Responder
  2. Víctor Carreño
    dic 20 2011

    Gracias por tu clara exposición. Estuve unos días inoperante y no de comunidaddes literarias, sino de salud. Creo que también mi uso de los adjetivos colectivo o coral tampoco ayudó mucho, no pensaba precisamente en escritura comunitaria. Ciertamente hablé de Nancy desde mi ignorancia, pero gracias por ilustrarme. El vínculo que me revelas con el Romanticismo de Jena tamibén suena revelador, pues hay algo de aura romántica, aunque si acepto la noción de comunidad de lectores. Por lo demás, si comunismo literario le parecía una expresión torpe a Nancy, creo que menos la usaría para darle título a un libro. Bien termino con una imagen que espero nos ea disonante. Existe en la cltura wayuu la posibildiad de que dos soñadores se encuentren en un sueño y cada uno interprete el sueño del otro. Sin pretender tampoco resolver los enigmas de la autoría, celebro que sean material para la ficción también.

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