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27 enero, 2012

¿Los glamorosos años 60?

por LasMalasJuntas
carrion

Jordi Carrión (España)

Antes del verano, la revista Refinery29.com destacó a Janie Bryant, la estilista de Mad Men, como una de las personas más influyentes en la moda actual. En 2008, tras la primera temporada de la serie, Michael Kors fue el primero en admitir la influencia; enseguida se unieron Prada, Louis Vuitton y Marc Jacobs. Ya tendencia general, se puede observar el rastro de su versión de la ropa y peinados de los años 60 en las últimas propuestas de Mango o Zara. Su recorrido ha sido el del boomerang: de la ficción a lo real y de regreso a la ficción. Porque no hay duda de que sobre películas como X-Men: First Class o series como The Playboy Club y Pan Am también planea el fantasma de la obra creada por Matthew Weiner. Parece ser que durante la segunda década del siglo XXI no va a ser posible imaginar los años 60 sin el modelo iconográfico de Mad Men. Es lógico, si se tiene en cuenta que cambiar lo real es justamente la razón de ser de la publicidad y que ésta no es sólo el tema de la serie, sino también su fondo y su trasfondo: el conflicto entre Richard Whitman y Don Draper, entre el desertor y el publicista, entre el hombre y el producto.

Matthew Vaughn, el director de la precuela de X-Men, declaró que su intención era fusionar el argumento y la estética de las entregas de James Bond de los sesenta (las de Sean Connery) con el relato del origen de los mutantes. El espionaje glamuroso y el freak show que lucha por sus derechos civiles. La caracterización de Emma Frost en el cuerpo de Betty Draper (January Jones), con ese voluminoso peinado y esos trajes mínimos y ajustadísimos y la transformación de su piel en diamante, sintetiza la voluntad híbrida de Vaughn. Para escapar del corsé de Mad Men, la fantasía es mejor estrategia que el realismo. Porque The Playboy Club parece nacer directamente del capítulo de la cuarta temporada de la serie de Weiner en que los personajes visitan el célebre local; y Pan Am recrea la sofisticada vida de unos hombres y mujeres que podrían frecuentan los mismos bares y hoteles que Joan Holloway o Roger Sterling. Pero al contrario que en Mad Men, donde la intriga se sostiene exclusivamente en las tensiones eróticas, familiares, profesionales e históricas, en sus dos hijas bastardas encontramos también la mafia y el servicio secreto, respectivamente, es decir, el género negro y el espionaje, para asegurar el encadenamiento de conflictos.

No es casual que en ambas series se les conceda, desde el principio, una gran importancia a las grandes revistas de la época. La protagonista de The Playboy Club es portada de Playboy y la de Pan Am, de Life. En ambos casos se trata de proporcionar nuevos modelos a una población femenina que vive anclada en la vida doméstica. El dinero y los viajes, la seducción y el turismo como alternativas a una trayectoria vital únicamente justificada por el matrimonio. En la época de la comercialización de la píldora anticonceptiva, de la minifalda y del nacimiento del amor libre, las siluetas hipersexualizadas de las azafatas y de las conejitas, que comparten la obligación de trabajar uniformadas y el biocontrol obsesivo por parte de sus superiores (ejemplarmente mostrado en la balanza en que las azafatas de la aerolínea son periódicamente pesadas antes de entrar en servicio), paradójicamente devienen alternativas a roles más machistas, como son la solterona beata, la mujer abandonada sin derecho al divorcio o la ama de casa ajena a la vida laboral.

Si en Mad Men la historia contemporánea es abordada indirectamente, mediante sutiles elipsis y pequeños televisores en blanco y negro, en X-Men: First Class, The Playboy Club y Pan Am, en cambio, aparecen en representación directa la crisis de los misiles cubanos, la invasión de la Bahía de Cochinos o una actuación de Tina Turner. El giro manierista de una obra respecto a sus precedentes siempre se da en la tensión entre la filiación y la independencia. El nuevo producto debe despertar en el cerebro de su lector el aire de familia del gusto conocido y el margen de novedad de la propuesta inédita. Y lo que pervive en esos títulos es una misma perspectiva sobre los años 60, que están siendo sometidos a una revisión a todas luces ideológica. Se puede decir que los efectos de Mad Men en el imaginario colectivo están siendo devastadores: pese a la gran cantidad de obras conspirativas (el mito Kennedy) y sobre iconos de género (Bond, Barbarella, Doctor No, Norman Bates), yo diría que  hasta el año pasado predominaba una visión más o menos contracultural, vinculada con un sinfín de otros mitos, como el Che, Jim Morrison, Los Hippies, Vietnam, Woodstock o Mayo del 68. En Mad Men, The Playboy Club y Pan Am ese imaginario es relegado, sólo se muestra el sector más acomodado de la cultura oficial y mayoritaria. Supone la recuperación de la herencia de El apartamento y, sobre todo, de La dolce vita y Desayuno con diamantes, películas estrenadas en 1960 y 1961, precisamente.

Jane Bryant fue también la responsable del vestuario de Dead Wood, una serie que se caracterizaba por la suciedad: los Estados Unidos como un lodazal en conflicto. Estábamos a mediados de la década pasada y la misma mugre recubría a los personajes de Carnivàle. Ahora, en cambio, Boardwalk Empire ha estilizado esa misma época, como si la intención fuera revisar el siglo XX para limpiarlo, para que la violencia política, económica y sexual ya no sea una cuestión de revólveres, polvo y magulladuras, sino de sobres cerrados, aventuras extramatrimoniales y guantes blancos –como los de los ladrones o las azafatas.

Trejo-fotoJordi Carrión (España). Es escritor, crítico y profesor universitario. Entre sus obras destacan Los muertos (2010), Ene (2001), La brújula (2006), GR-83(2007), Australia. Un viaje (2008), La piel de La Boca (2008), Crónica de viajes (2009), Norte es Sur. Crónicas americanas (2009), y el ensayo Viaje contra Espacio. Juan Goytisolo y W.G. Sebald (2009).
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