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23 de febrero de 2012

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Hola, me llamo Amy

por LasMalasJuntas
Carolina-Foto

Carolina Lozada (Venezuela)

El problema es que te quedas callada; en realidad no callas, pero siempre dices lo mismo, eres como una máquina repetidora de frases. Y soy yo el que reclama, el que grita, el que te confiesa “Amy, te amo”, el que queda como un loco, en la intimidad y frente a la gente. Bien sabes que la locura es poca para adjetivar mi amor por ti. Lo supiste desde esa primera vez que nos vimos a través de una pantalla y te dije: “eres mi amor, mi elegida”. Lo supiste desde el principio, tenerte conmigo no fue fácil, traerte implicó un largo viaje que te dejó exhausta y sin habla al pasar por la aduana. Al verte tan extraña, ciertamente exótica, los funcionarios trataron de intimidarte y tú no comprendías su lengua y te quedaste muda, un poco inerte. Sé que aprovecharon tu desamparo, y hasta trataron de propasarte contigo, pero yo hacía lo que podía, querida, los funcionarios públicos tienen oscuros poderes. Tal vez pensaron que llevabas drogas en tu organismo y quisieron ponerte nerviosa, suele pasar.

Y tuve que hacerme responsable de tu estadía en el país, llenando tantos papeles, firmando aquí y allá, ¿por qué es tan sospechoso alguien que trae a una mujer extranjera a vivir consigo? Los maldije en silencio, mientras tú me mirabas con tus ojos brillantes, con tu boca callada. “¿Dónde se conocieron? ¿Cuánto tiempo la tendrá consigo?” Nos conocimos por internet y pienso tenerla conmigo siempre o hasta que el desgaste nos separe. Nos casaremos y seremos felices, les dije sin mirarlos, sin importarme que hicieran un reporte acusándome de altanería. Sin detenerme a escuchar los susurros y las risas burlonas que provocó mi manifiesto amoroso. Firme aquí y llévese  su amor, y ya sabe: no cause problemas. Malditos, ¿acaso el amor es un problema?

Ya nada más me importaba, suficiente con llevarte a mi lado en el auto y hablarte de mis planes durante todo el trayecto. Ni siquiera me importó cuando un oficial de tránsito nos detuvo y nos pidió nuestros documentos. Bueno, de cierto modo la culpa fue tuya, no llevabas puesto el cinturón de seguridad y aquí son severos con esas cosas. Pero el oficial no se hizo el mala sangre y hasta nos deseó suerte cuando le dije que nos casaríamos.

A pesar de los percances, el recorrido fue maravilloso y pude besarte por primera vez, aprovechando una luz roja. Siempre sonríes, te dije, y me acerqué a tus labios y después del beso seguiste sonriendo. Ay, mi vida, qué lindo recuerdo, qué beso tan especial. Hasta ese momento nuestros besos habían sido sólo a través de la pantalla, y la sensación era extraña, completamente plana, un poco rara. Ahora tenía tus labios, te tenía a ti. Y me dijiste: “te amo”; aunque ya se lo habías dicho al oficial, cuando te rozó en el asiento mientras sacaba su libreta de amonestaciones. Gracias a esa frase tan mágica, su corazón se ablandó: “hace años que no me decían que me amaban”, comentó mientras sonreía y guardaba su libreta. “Pueden continuar su camino y que sean felices”. Con tu “te amo” nos salvaste de la multa y le alegraste la vida a ese pobre diablo, pero sé que tu primer “te amo” real fue para mí.

Soy un tonto romántico, por eso te sostuve en brazos cuando llegamos a nuestro hogar. ¿Recuerdas cómo te sorprendiste al ver tantas fotografías tuyas en las habitaciones? No lo podías creer, “te amo, te amo”, repetías entre besos y sonrisas. Todas las fotos que tenía de ti, las que me enviaste antes de nuestro encuentro, las colgué como un homenaje a tu belleza. Deseaba que toda la casa estuviera llena de tu presencia. Y después de ese recorrido por tu nuevo hogar, por fin había llegado el tan esperado momento de intimidad. Ahora era yo el que no lo podía creer, porque no es lo mismo tener sexo frente a una cámara que con alguien real. Sonreíste, claro que sonreíste cuando te susurré al oído para que nos fuéramos a la habitación, y sentí tus brazos y tus piernas también, eran tal como se veían en la computadora. Mi linda, qué firmes tus pechos, listos para la batalla. Pero siempre hay algo que se entromete, y esa vez fue la bruja de la vecina, que nos había visto llegar y le ocurrió tocar el timbre para preguntar como una imbécil: “¿todo bien?” Y yo le dije que sí, que todo bien, que hasta luego, pero ella se puso impertinente y te sonreía desde la puerta. “¿Novia nueva, eh? ¿No me la presentas?” Y yo lo que quería era echarla a patadas, pero no quise mostrarme mal educado contigo; así que las presenté: “Ella es Amy. Amy, ella es mi vecina Moncada”. Apenas te dio tiempo de decirle: “Hola, me llamo Amy”. Ahí mismo la fui sacando, a pesar de que ella insistía en ser simpática. “Es linda tu novia”, me dijo, al tiempo que me hacía un guiño con el ojo. Le cerré la puerta en la cara.

Y con tus “te amo”, “me gustas”, “cógeme”, “métemelo en la boca” y “me gusta que me den por detrás”, lo hicimos muchas veces. Oh, Amy, qué inolvidables momentos. Desde entonces siempre lo hacemos y eres tan especial, nunca te niegas, jamás te quejas de jaquecas, nunca una excusa, los períodos menstruales no existen, todo el tiempo estás ahí, dispuesta. Siempre amaneces fresca y deseable una vez más. Eres tan perfecta que a veces temo no tener la suficiente virilidad para complacerte. Y es ahí cuando se me lleva la cabeza de cuartos oscuros y me asaltan los celos y la idea de que me puedas abandonar por otro. Y te busco para que hablemos, para que me digas cómo te sientes conmigo y no recibo respuestas concretas, sólo evasivas frases hechas. Y si bien en principio me gustaba que me dijeras “cógeme”, “métemelo en la boca” o “me gusta que me den por detrás”, ahora no me gusta tanto porque es demasiado impersonal. A cualquiera se le puede decir “me gusta que me den por detrás”, hasta a una amiga, a un gato, al psicoanalista, qué sé yo. Pero te encaprichas y te niegas a decirme: “me gustas que me des por detrás, Alan”; así con el respectivo nombre del dueño del pene, sin el comunitario “que me den”. No joda, Amy, me estás volviendo loco. ¿Qué tanto te cuesta decirme “Alan, me gusta que me cojas”? Ya sé que para ti son unas simples frases, que no es nada personal, que lejos de ti está la idea de herirme. Lejos de ti toda idea de mal, querida, lo tuyo es puro placer. Estás hecha para el goce ajeno, para la entrega. Pero para mí es importante saber que no piensas en otro, que no deseas a nadie más, que no te gusta solamente que te den por detrás, sino que el que te dé sea yo, Alan.

Hasta a mi madre le caíste bien, a su manera, pero bien. Sentada en la silla de ruedas, te tocó el rostro y también las manos y con su clásica sequedad dijo: “al menos ésta no te será infiel”. Pero yo en vez de alegrarme por la sentencia materna (que dicho sea de paso, es la primera vez que no llamaba zorra a una de mis amigas) sentí un gran estremecimiento. ¿Cómo estaba mi madre tan segura de que no me serías infiel? Ese día la pasé mal, a pesar de que mi madre estaba animada contigo, contándote las cansonas historias que me ha tocado escuchar desde que era un niño y ella una mujer alcohólica, abandonada por el marido. Le generaste confianza, por primera vez alguien la escuchaba durante tanto tiempo y sin interrupción, toda una proeza. Llegaste a ser la más dulce y comprensiva de todas las nueras; tanto que mamá se encaprichó e intentó venirse con nosotros. Echó a andar su silla de ruedas hasta nuestro automóvil y se aferró obstinadamente a la manija. Tuve que colaborar con los enfermeros para lograr amarrarla y encerrarla en la habitación, donde gritaba: “Voy a quemar este asilo, con todos y sus ratas dentro”. Así es mi vieja, tan histriónica, qué vergüenza contigo, mi amor, pero tú no te inmutaste; ni siquiera cuando ella cogió su dentadura postiza y te la puso en las manos para que te la quedaras, porque juró no llevarse un bocado de comida más a la boca hasta que no la sacaran de ese lugar. No te dio asco su dentadura llena de saliva, la cogiste en tus manos, serenamente. Tuve que quitártela y tirarla por la ventanilla.

No te hablé en todo el regreso, iba pensando en tu tan cacareada fidelidad,  hasta mi madre se había puesto de parte de tu virtud. Ella, para quien todas las mujeres son unas grandísimas putas. Discúlpame, pero no resistí, por eso al llegar a casa y antes de bajarme del auto te grité: “si  me vas a engañar, hazlo de una vez. No me mantengas en esta zozobra, no aguanto más” y tiré la puerta sin consideración alguna. Como protesta te quedaste encerrada en el auto, hasta que yo, un  poco más calmado, salí a buscarte, tuve que rogarte para que entraras a la casa. Me disculpaste con tus piernas abiertas, a mí que soy un miserable que no te merece.

Con el paso de los días, mis celos fueron empeorando, te imaginaba gozando con otros hombres y me daban ataques de ira, por eso dejé de ir al trabajo, para mantenerte vigilada. No quería que lo hicieras con otro mientras yo trabajaba. No te vas a burlar así de mí. El peor ataque ocurrió ese día que te golpeé tan fuerte que te quedaste tirada en el piso, casi muerta. Fue ese día que te pillé viendo un programa de televisión, en el que pasaban el Top Ten de los cuerpos más deseados de Hollywood.

Hace tiempo que no me estoy sintiendo bien con esta situación, tengo que confesártelo, me molesta y me hace daño tu pasividad a la hora de declarar el amor, a pesar de que soy feliz contigo, esto nunca podría negarlo, mi querida extranjera, tenemos buen sexo, es verdad, eres la mujer perfecta, cómo no, pero últimamente no me siento parte de tu vida. Me siento como uno más, alguien del montón de seriales de penes del mundo. A veces eres tan fría, Amy, ya ni siquiera tus “te amo” me conmueven. Me parece que te salen fácilmente de la boca, como cuando dices “quítame la ropa”.

Hoy me has descubierto viendo a otras, me siento culpable, lo admito, yo el hombre que pensaba serte fiel hasta que algún desperfecto se interpusiera entre nosotros. Me siento como un miserable, tú que has sido tan buena conmigo, pero no podía seguir con esta situación. Estoy viendo a otras, es cierto, ahora las hacen más personalizadas, los chinos son los dueños del mundo, ellos saben cómo complacer nuestras necesidades, bendita sea Asia. Ya la encargué, Amy, lo siento. Me comuniqué directamente con los ingenieros que las programan, les pedí una casi idéntica a ti, pero con el cabello rubio y el trasero un poco más grande. Les pedí que dijera, que me dijera: “Alan, me gusta que me cojas; Alan, me gusta que me des por detrás; Alan, te amo”.

Sé que es difícil, Amy, pero no te pongas celosa, tú siempre estarás en mi corazón. Además, podemos hacer tríos, ¿te imaginas? Mi fantasía hecha realidad. Espero que no te pongas celosa, creo que eres lo suficientemente abierta para complacerme estos gustos, ¿verdad, Amy?  ¿Qué te pasa? No me mires con esos ojos, Amy, cálmate, si quieres hablamos, cálmate. Suelta ese cuchillo, Amy. No, Amy, no.

Trejo-foto Carolina Lozada: Nació cerca de su casa. Sigue viviendo en el país del diente roto. Sitio web: Tejado sin Gatos.
Ilustración: Nuditas, Dino Valls.
Leer más desde Cuento, Vol. 19
3 comentarios Añadir un comentario
  1. elorganillo
    feb 25 2012

    Excelente.

    Responder
  2. cuatrocuentos
    feb 29 2012

    Muy bueno, Carolina. Me gustó mucho. Pía

    Responder
  3. Anónimo
    abr 13 2012

    Me gustó bastante!

    Responder

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