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29 marzo, 2012

Wallau: seis poemas

por LasMalasJuntas
GA-Chaves-Foto

G.A. Chaves (Costa Rica)

En una ciudad hecha de mármol cliché
desperté en una cama que no era la mía.
Regresé a casa, tomé una ducha.
Doné a la caridad mi ropa de invierno.
Hice café por la tarde y me vestí con ropas nuevas.
Me fui a despedir de una vieja amiga
en cuya cama sólo estuve por fatiga.
Hablamos de la inmigración, recuerdo.
Me preguntó si volveríamos a vernos.
Yo le dije que sí, que de seguro. Es más,
brindemos por eso. De nuevo nos ganó la fatiga.
Cada uno volvió a su respectiva tristeza.
Casi llegando a casa, en un tren por la noche,
mi hermana me llamó para decírmelo.
“Ya Wallau murió”, me dijo.
Caminé tranquilo hasta la casa. Juraría
que los trenes se detuvieron por respeto.
Volví a mirar y me di cuenta de que seguían andado,
era sábado y mucha gente seguía viva.
En casa me puse a buscar un trago
y me encontré con Dylan Thomas.
Do not go gentle…
Wallau, Padre: Do not go gentle…

(Washington DC, 22 de mayo, 2010)

La piel que te envolvía es ahora un manto leve,
ahora que ya no tiene tiempo. La casa
es una estación donde quedan varados
extraños que llegaron en un mismo tren, que fuiste vos.

Hay sábanas verdes y niños ajenos al luto, que
de tanto ruido que hacen asustan a la muerte.

Las candelas empiezan a sahumar. El humo
se enrolla alrededor de tus restos.

Y esto es la ausencia de espíritu: una boca quieta.

Es noviembre, Wallau, y las calles están verdes de luz esperando diciembre. Hace
semanas no veía tan claro el cielo.

Mujeres incontables pasan todo el día por la calle en sus talladas mallas negras, sus botas
altas y sus gafas oscuras que les cubren media cara.

El aire que respiro es grato, San José por la mañana casi siempre tiene la cara limpia y se le
va ensuciando conforme pasa el día y es como la mía cuando me crece la barba.

La tía Alicia amaneció enferma y creemos que es algo viral y por eso la llevaron al Seguro.

Mamá llamó y me dijo que mi ropa ya está seca que pase por ella cuando pueda es que
ahora vivo en un apartamento sin patio y ha llovido mucho y la ropa ahí no se me seca.

Ya no vivo solo ni mal acompañado ahora vivo con Andrea y nos queremos bastante y
estamos de acuerdo en que el Amor es algo ridículo y ni hablar del Matrimonio, el sexo es entretenido, pero somos pobres y no sabemos muy bien qué hacemos.

Podría compartir el resto de mi vida con ella, Wallau, excepto que a veces siento que no me
queda vida que compartir y que mi corazón ya no tiene miedo pero tampoco alegría.

Hace rato no me escribe Peter Beicken que fue el que me dio a leer La séptima cruz de
Anna Seghers cuando vos te morías y me dijo que yo debía leerla y pensar en vos como mi Wallau —como el amigo que me echó a andar libre por el mundo otra vez y fue el primero en caer al escapar del campo de prisioneros de Westhofen, que aquí yo uso como una metáfora del Mundo— Wallau, que permanece en la mente de sus amigos y esa memoria les basta para seguir adelante aunque uno a uno van cayendo hasta que sólo queda el que se llama George Heisler, que es el que cuenta la historia y que ahora en este libro soy yo porque yo desde que leí mi primer libro siempre quise ser el héroe.

A mí al principio no me gustó la novela pero Beicken me dijo que debía ser paciente.
Tranquilo —me dijo—, recordá lo que está en juego, y el hecho de que lleve tu nombre por unos días no es más que un accidente—con lo cual creo yo que Beicken me estaba hablando de la Vida.

Réquiem

Sentado en la Place de France un diciembre por la tarde.

Las campanas de Santa Teresita suenan como perros que ladran a través de un tubo
metálico.

El viento hace imposible adivinar de dónde viene el ruido.

Pero uno lo sabe, acostumbrado ya a venir por las tardes a esta torpe imitación de París que
es Barrio Escalante.

La plazoleta es pobre pero limpia, y el teatro de cristal al final de la calle la hace ver
elegante.

La cúpula de la iglesia preside sobre las casas, grandes casas sin estilo definido alrededor
de todo y a orillas de la vía férrea.

Un poste con tres farolas se alza solo contra la noche.

No lo inquietan ni los perros de los vecinos que a esta hora vienen a dar un paseo con sus
dueños.

El viento sacude las farolas y es como si hicieran una reverencia.

Ah, viento de diciembre. De cuántos otros años te recuerdo.

Ahora vivo en la ciudad vacía, en estos barrios sin ruido, y me siento frente a la fuente seca
de la Place de France

donde se da el alma a bocanadas y puedo conjurar a mis muertos:

Wallau, muerto por causas naturales a los ochenta y un años; Juan Manuel, suicida a los
veintiuno; mis perras Jackie y Camila, una muerta por paro cardíaco y otra por cáncer; don Julio, el primo de Tabarcia, muerto tras una larga enfermedad; el abuelo Fabio, muerto tras una cirugía; Jesús Murillo, muerto en Navidad de un paro cardíaco mientras bailaba con su hija.

Hay quien muere feliz, hay que muere para serlo. Nadie es una isla. Todos somos imperios,
y lloramos cuando una pequeña franja se nos independiza.

Ah, viento de diciembre. En cuántos nombres te recuerdo.

Los perros corren lejos de sus amos, y al rato se cansan. Se hace de noche; los perros se
quedan tranquilos. Es de noche en la Place de France: la ciudad imita al cielo.

Mr. Hitchens

Keine Sandkunst mehr, kein Sandbuch, keine Meister.
Perdone mi mala pronunciación. Nunca practiqué mucho.
En fin, esto está bien aquí. Es un verso de Celan.

Asumí por su nombre que era alemán
y ese verso me gusta, me parece apropiado:
No más arte de arena, ni libro de arena, ni maestro alguno.

Se respira bien (o, más bien, respirar no hace falta)
en este lugar sin mitos. Ah, si tan sólo nos sirvieran
sendos Johnny Walker negros…

Hábleme de las cartas de sus sueños.
Ayúdeme a recordar la tierra.
Tratemos de adivinar quién sigue.

Canción de los muertos

Existimos. Tenemos nombres.
Ocupamos un espacio en la tierra.
Otros son cenizas en el agua.
Alguno es una mancha de aceite bajo la lluvia.

No podemos ver a los vivos,
ni hablar con, o interceder por ellos.
Somos perfectos. No nos equivocamos.
Finalmente comprendemos en silencio.

Ya no nos da hambre ni sueño.
Somos el salomónico trigo,
y los despreocupados pájaros que pasan.

Nada nos perturba. Somos incontables.
En la película diaria de los vivos
somos los créditos finales, y la música al inicio.

*Poemas del libro Wallau (inédito)

G.A. Chaves (Costa Rica, 1979). Ha publicado el libro de relatos Cuentos etcétera (2004) y el poemario Vida ajena (2010). Ha traducido la antología Fin del continente del poeta californiano Robinson Jeffers y el poemario Bailando en Odesa del ruso-estadounidense Iliá Kamínsky. También ha editado En esta rara noche: Poesía selecta (1970-2008) de Carlos de la Ossa. Sitio web: Café Verlaine.
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