En el cielo sin diamantes
Marianne Díaz Hernández (Venezuela)
Como cada mañana, deslizó la mirada, morosa y autocomplaciente, por la repisa en la cual descansaba su corona de miss. Brillante y llamativa, como sólo una réplica podía serlo, la diadema era, de manera evidente, la pieza principal en aquella exhibición dedicada a su ego. Desde la pared, seis esbeltas y jóvenes versiones de sí misma la miraban sonrientes, ataviadas con los más disímiles trajes (de baño, de gala, casuales, típicos), como un museo permanente de sus momentos de triunfo. La corona del reinado nacional era aquella cuya gemela se exhibía en su galería personal. La de semifinalista internacional, no quería ni recordarla: llegar de tercera, se repetía siempre, no es un triunfo a medias, sino una derrota sin adjetivos.
Sintió un leve coletazo de nostalgia: aunque nadie más podía saberlo, la corona que ahora observaba era, a su vez, la réplica de una réplica. La ‘réplica original’, por extraño que sonara, reposaba en una casa de empeño desde hacía un par de días, y su valor neto se hallaba en su mano derecha, transmutado en una cacha de nácar y un cuerpo de hierro.
Se había casado ‘bien’, apenas dos años después de su coronación, con un economista ocho años mayor que ella y poseedor de un promisorio futuro en el dudoso campo de la política. La verdad sea dicha, esos dos años demostraron que su total carencia de talento alguno para la actuación o para el canto, le deparaban el futuro incierto de ser animadora de sorteos de lotería, estudiar una carrera —la librara Dios— o casarse ‘bien’. De modo que la llegada de Jorge Luis a su vida había de considerarse, hasta prueba en contrario, providencial.
El problema —al menos visto desde afuera, que es la ubicación preferida de todos para juzgar y condenar— era que, con el pasar de los años, la hermosa sonrisa Trident se había ido convirtiendo en un rictus de amargura bilabial, cada vez más candidato al bótox, del cual, quince años y un par de bisturís después, no había salido exactamente indemne. Visto con objetividad, era necesario considerar que su cirujano de cabecera era un experto, y que jamás se había visto víctima de consecuencias negativas o complicaciones innecesarias. Pero, como es sabido, la objetividad no es virtud común en las mujeres hermosas, y, al mirarse al espejo, la ex-miss sólo era capaz de ver a una mujer que, por más esfuerzos y colágeno invertidos en tal empeño, ya no podía pasar por una chica de veintidós. Ahora —y esta certeza la hería en lo más profundo— se había convertido en una de esas mujeres de las cuales se dice «debió ser muy bella… cuando era joven».
La habilidad de fingir, por otra parte, es una de las mejores destrezas de una miss, y en esto ella superaba en maestría a cualquiera. Ex reina de belleza y digna esposa de un distinguido político, su apariencia en eventos protocolares y sociales era obra minuciosa de horas de ingeniería, con efectos tan sorprendentes como artificiales.
Con el pasar de los años, Jorge Luis se había convertido en un prominente asesor gubernamental y en un esposo ausente. Carecía de horarios o rutinas en base a los cuales construir una imitación de felicidad doméstica, y en consecuencia, ella ocupaba sus horas vacías con visitas sociales, citas con el dermatólogo, el nutricionista, la esteticista o el entrenador, o de compras en los centros comerciales. Bien era cierto que podía haber tratado de llenar esas horas con otras tareas, desde visitar a su familia hasta estudiar una carrera, pero de haber emprendido tales hazañas por voluntad propia, de qué habría servido esa larga huida que era su matrimonio.
Habría mentido si dijera que su ahora enraizada duda sobre su propio atractivo comenzó aquel día que desembocaría en su visita a la casa de empeño. Habría mentido, claro, pero ese peligro no existía, porque jamás nadie la escucharía expresar en voz audible la menor vacilación respecto a su egregia belleza de reina. Sin embargo, sus insistentes y reiteradas visitas a los más diversos expertos en las áreas de la estética corporal, fueron proliferando con el mismo ritmo y rapidez con que se multiplicaban los compromisos de negocios en la agenda de Jorge Luis. Una reunión que se prolongaba hasta la noche, una hora más en el gimnasio al día siguiente. Un almuerzo cancelado por “causas fuera de su control”, una sesión de masajes reductivos. Un viaje de negocios el fin de semana, un par de inyecciones de bótox en el área de los ojos.
Siguiendo esa misma tabla de cálculo que aplicaba a la vida en pareja, la situación actual quizás ameritaba una cirugía de párpados y cuello y un poco de colágeno en los labios. Y sin embargo, la fórmula se le había salido de los márgenes de cómputo: no aplicaba; la situación parecía ameritar medidas más drásticas.
Según su manera particular de entender el mundo, una mujer podía soportarle al marido, dadas las circunstancias y considerando el pent-house, la visa dorada, el carro último modelo y las tres “señoras de servicio”, que llegara tarde, se le olvidara el aniversario y no la hubiera tocado en siglos. Llegados al llegadero, podía soportarle —incluso- los cuernos mastodónticos con que Jorge Luis había tenido a bien adornar su dorada y bien peinada cabellera. Pero una ex miss, no una señora cualquiera, sino una ex miss, no podía tolerar una situación como ésa y dejarla pasar así no más. No porque le doliera, porque bien podía dolerle como a la que más, y ella tenía una excelente tolerancia al dolor inclusive en la silla del dentista, sino porque, sencilla y claramente, los medios podían enterarse en cualquier momento, y ella podía ser cualquier cosa menos comidilla de los entrometidos de Caracas y todo el territorio patrio.
¿Qué dirían en la columna de chismes de la prensa nacional? Que la otrora incomparable reina de belleza, envejecida ya, ida su frescura, no había sido capaz de retener a su lado a Jorge Luis Piñango, alto funcionario del gobierno, intelectual y político de incomparable trayectoria, que se había aburrido de jugar con su muñeca y se había dado cuenta de que estaba hueca por dentro, pero lo peor de todo, que la muñeca había perdido la belleza que la hiciera famosa, que la juventud y la gracia de otros tiempos la habían abandonado. La compararían con la otra; quizás publicarían fotos de ambas, las pondrían a doble columna en el periódico y quizás, quizás —pero eso nunca lo diría en voz alta- ella saldría perdiendo.
No, eso sí que no podía permitirlo, se dijo, y se respaldó a sí misma en la decisión de haber empeñado la corona días atrás. Que le dijeran a ella que no era astuta, o mejor, que no le dijeran nada, porque esto nadie tenía por qué saberlo.
El sonido de la llave en la cerradura la sacó de su abstracción. El viaje de negocios, o lo que fuera, había llegado a su fin. La voz de Jorge Luis la saludó desde el recibidor, y luego se fue acercando, a buen paso, contándole mentiras sobre su ajetreado fin de semana con los socios de Australia. Tan conversador que llegaba Jorge Luis siempre que tenía que mentir, justificarse, inventarse explicaciones que nadie le estaba pidiendo todavía. Cuatro pasos más y estaba en el comedor, cinco pasos más y estaba en la sala de estar. No le dio tiempo de acercarse a ella y saludarla con un beso falso, de compromiso. Apenas traspasar el marco de la puerta, le dio de lleno en el pecho con el primer disparo, con una puntería que demostraba un talento desperdiciado en el arte de la guerra. Dos, tres disparos, y Jorge Luis no era más que un cuerpo que yacía sobre la alfombra, en un charco de sangre. Se le quedó mirando apenas un par de segundos, los justos para saber que sí, que estaba muerto, y luego se dijo que era hora de continuar con el plan. No bastaba con matarlo, claro, había que hacerlo lucir todo como obra del vandalismo, de la delincuencia común que azotaba el país en todas las esquinas, una casa con tantos objetos tan costosos y ella, una mujer tan sola, constantemente sola, justo le había dado el día libre al servicio, los ladrones no habrían contado con el regreso del marido y perdieron el control de la situación, etcétera. Hora de aplicar sus dotes, también desperdiciadas, para el manejo del detalle y el arte de la actuación. Desaparecer el arma y algunos otros objetos de valor, entrar en pánico y llorar como desquiciada. Era cosa de unos minutos más. Luego, llamar a la policía.
Pasó por encima del cuerpo de Jorge Luis, que había caído, tan desconsiderado como siempre, en mitad de la puerta. Debía pasar al baño, lavarse la pólvora. Trató de recordar cómo era el asunto de la prueba de la parafina, siempre lo veía en las series de televisión. Seguramente la policía nacional no sería tan sofisticada, pensó, si nunca agarraban a nadie, por qué a ella. Al pasar por el comedor notó que había un periódico del día sobre la mesa; de seguro Jorge Luis lo habría comprado en la esquina, antes de subir. La fuerza de la costumbre, casi un reflejo, le hizo darle vuelta y buscar las páginas de espectáculos. Ahí, a doble columna, estaba su fotografía, junto a la de otra mujer que, a todas luces —nunca lo diría-, la hacía salir perdiendo.
Un castillo de naipes se derrumbó dentro de ella. Nada tenía sentido, todo había sido un vasto desperdicio de recursos. Se dirigió a la habitación, y más allá, a su cuarto de baño privado. Comenzaba a llorar, pero se obligó a dejar de hacerlo, pues llorar hincha los párpados y da muy mal aspecto. Luego de una larga ducha, buscó su vestido preferido: el traje de gala de aquella noche, casi veinte años atrás. A punta de gimnasios, esteticistas y masajes, aún le quedaba como si se lo hubiera mandado a hacer ese día. Se maquilló con detalle, con morosidad, casi con amor, y poniéndose la corona —la réplica de la réplica de la corona verdadera- se acostó en la cama cuidando cada arruga y cada pliegue, y plácidamente —por el efecto de las píldoras— se fue quedando dormida poco a poco. Ni siquiera los reporteros de crímenes más sórdidos serían capaces de obviar, cuando la noticia llegara a la prensa, que la miss dormida se veía tan bella, casi tan bella, como el día de su triunfo.
• del libro inédito Historias de mujeres perversas
Marianne Díaz Hernández (Venezuela). Ganó en 2007 el Concurso para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores con su libro Cuentos en el espejo, aparecido en 2008. Ha publicado también el libro de relatos Aviones de papel (2011). En 2011 obtuvo el Premio de Narrativa de la I Bienal de Literatura Gustavo Pereira. Debe ser llorona: desde su nacimiento el 4 de junio de 1985 en Altagracia de Orituco, todos los años llueve en esa fecha.
Sitio Web: http://blog.mariannediaz.com/
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Marianne Díaz Hernández (Venezuela). Ganó en 2007 el Concurso para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores con su libro Cuentos en el espejo, aparecido en 2008. Ha publicado también el libro de relatos Aviones de papel (2011). En 2011 obtuvo el Premio de Narrativa de la I Bienal de Literatura Gustavo Pereira. Debe ser llorona: desde su nacimiento el 4 de junio de 1985 en Altagracia de Orituco, todos los años llueve en esa fecha.






¡Este cuento es muy, pero muy malo, válgame Dios!
Me gustó que el cuento se enfocara en ese momento dramático del personaje. Lo lei sin pausas y me pareció un buen texto que no se anda por las ramas y critica la superficialidad.
Un cuento de Bachillerato. Muy gris, plano, previsible.
Cada cabeza es un mundo, como dice. Algunas personas juzgan por sus propios intereses muy personales, como si fueran leyes intocables. En lo personal, considero que el cuento de Mariane Díaz está bien logrado desde un punto narrativo, con actantes creíbles. Es mi modesta opinión, nada más. Laura Sosa
Un extraordinario relato. La perfecta calidad narrativa hace que valga la pena leerlo.
Ciertamente el relato es muy deficiente, tanto en su estructura narrativa como en la construcción de personajes, ésto último deja mucho que desear, por cierto. Clichés como “Un castillo de naipes se derrumbó dentro de ella”;”Apenas traspasar el marco de la puerta, le dio de lleno en el pecho con el primer disparo, con una puntería que demostraba un talento desperdiciado en el arte de la guerra”; o “Con el pasar de los años, Jorge Luis se había convertido en un prominente asesor gubernamental y en un esposo ausente”, hablan de una escritura poco diestra, naif y carente de cualquier malicia narrativa. Por el tema me recordó un estupendo relato de S. Fleján, claro, sin la maestría de éste.
La maestria de Flejan! Solo faltaba que alguien saliera con chistes! Como dijo alguien mas cada cabeza es un mundo, a mi el texto me parecio redondo en su sencillez. Sigue asi, Marianne! (Disculpen la falta de acentos, mi telefono es un caos hoy)
Cuento aburrido y plagado de lugares comunes. Nada que aportar a la narrativa contemporánea venezolana. Pero bueno, el trabajo sigue. Felicitaciones a la página.
Supongo que esta chica está empezando, el cuento no está bien logrado pero tampoco es para crucificarla. Hay que darle su chance para que madure su escritura. Buena página
El cuento es, sin duda, prescindible. No veo ningún aporte, ni brillo, ni riesgo. Me llama la atención el comentario de Arturo: quisiera este texto parecerse en algo a la crónica más despeinada de Flejan. Cada cosa en su lugar, porfa.