El bote
Juan Marcos Almada (Argentina)
Recostado en el bote, una mano ensangrentada y la otra pegoteada con guasca. A simple vista la sangre parece no ser suya, la guasca probablemente sí, tiene la bragueta abierta, la chota afuera y le duelen lo huevos. Se empuja con los codos y apoya la espalda contra uno de los costados internos del bote. Se le parte la cabeza. No sabe si lo golpearon o si se cayó. Hace fuerza, pero no se acuerda de nada. Se tantea los bolsillos y saca el paquete de cigarrillos. Le quedan dos. Saca uno. Vuelve a tantear los bolsillos pero no tiene encendedor. Se estira para buscar en el cajón de los aparejos una caja de fósforos, pero un dolor a la altura del vaso lo inmoviliza. Tiene la presunción de que alguien lo golpeó, pero sigue sin acordarse, y más que presunción es una certeza, por la forma en la que le duele el cuerpo. Se concentra, trata de recordar la noche anterior: entró al bar, se sentó a una mesa y empezó a tomar ese vino rancio y arenoso que vende el viejo Ledesma. Estaba la gorda puta, dos o tres paisanos. Carcajadas y una pelea. No se acuerda más.
El sol le astilla la frente; siente sed. Recién en ese momento, haciendo visera tapar mira para los costados y se da cuenta de que está aguas adentro, en el medio de la laguna. La orilla se ve a quilómetro, quilómetro y medio. Se arrastra hasta el cajón, levanta la tapa y revuelve. Encuentra una caja Patito. Uno, dos, tres fósforos, pero ninguno prende porque están húmedos. Putea y tira la caja al agua. Se muere por fumar. En el cajón, encuentra también la botella de Cocacola con dos dedos de agua. Toma un trago largo. El gusto a pescado le da arcadas, pero es tanta la sed que no le importa y pega otro sin respirar. Tira la botella vacía a un costado y empieza a pensar qué hacer. Primero lo primero: volver a la costa, ir para la casilla, lavarse, tomar agua fresca y echarse un rato, hasta que amaine el dolor. Busca los remos; el sol le pica el lomo, le arde, deben de ser las doce o la una. La altura del sol y el vacío en las tripas son señales inconfundibles. Se acomoda, coloca los remos y empieza. El bote le pesa como nunca antes. El agua no está revuelta ni parece haber correntada; viento tampoco hay, y el ancla está adentro del bote. Algo anda mal. A las cuatro brazadas tiene que parar. El bote apenas si se movió. A ese paso va a tardar una eternidad. Tiene la garganta reseca y no puede más de calor. Además, le sube y le baja un reflujo ácido. Se pone de pie, intenta divisar alguna lancha que lo lleve de tiro hasta la orilla. Hace equilibrio, mira en derredor pero no ve nada, sólo agua, y la orilla, y atrás la otra, la más lejana, la de las lomas, en dónde están las carpas del camping. El bote corcovea y lo desestabiliza. Cae contra un costado. Carajea y se sienta para acomodar la alpargata que se le salió. Contra un costado ve los tientos de un tramayo atado a las sogas. ¿Traerá carga de pescados? Imposible. Salvo que haya tirado de noche, a la madrugada. Se arrodilla, mete la mano en el agua y trata de mover el tramayo. No puede. Pesa una tonelada, incluso más que cuando viene con carga. Debe estar enredado en el fondo, con lo cual debería cortar la soga, dejar un bidón de boya y volver más tarde en la lancha de Alvarado con uno de sus muchachos que saben bucear la laguna. O está enredada o trae otra cosa. Manotea el palo bichero, lo mete al agua y tantea. Algo duro, cualquier cosa menos pescado. Piensa otra vez en cortar la red, pero la intriga ya se le metió como una espina abajo de la uña. Lo piensa un rato y se decide. Va a remar hasta la orilla. No quiere pedirle ayuda a nadie. Tiene un presentimiento: la sangre que no es de él, los huevos vacíos y la bragueta abierta con la chota al aire. Ráfagas de imágenes dispersas, vertiginosas, empañadas por el vino. En el tramayo no puede haber otra cosa que la gorda puta. Por eso pesa tanto. Por más que hace fuerza no logra acordarse cómo pasó todo, la causa y el orden de los acontecimientos. Qué importa, tiene que pensar rápido, no hay tiempo que perder. Seguramente salió del bar de Ledesma con la gorda puta a la rastra a ojos de todo el mundo. La tiene que haber matado en la casilla, la envolvió en el tramayo y la arrastró por las piedras hasta el bote; después remó, no se explica cómo. Debe de haber querido ir hasta la hondonada sur, cerca del basural, para enterrarla. El cansancio y el vino lo rindieron, y cayó exhausto. La tiró por la borda, con la esperanza de que se hundiera, pero la gorda puta quedó borboteando contra la panza del bote. Así que no tuvo más que atar el cabo del tramayo al bote mientras pensaba qué hacer.
O también pudo pasar que se metiera a la laguna con la gorda puta, que la sacara a pasear en bote y que ahí mismo hubiera ocurrido todo: una pelea de borrachines. Capaz que no se quiso dejar por el culo, y eso desató la pelea. Hasta es posible que la gorda puta se hubiera puesto cargosa con algo, y él, borracho y sin paciencia, le diera con el remo en la cabeza.
O que se cayera al agua, se enredara en el tramayo; que el viera, divertido, cómo la gorda puta se retorcía en el agua hasta ahogarse.
Todo podía haber pasado, cualquier cosa. La inestabilidad del bote, la cabeza contra el borde y muerte accidental; difícil de explicar a la policía que lo tiene entre ceja y ceja por borracho y pendenciero.
La imaginó muerta, hinchada; la piel de un azul verdoso; la ropa rota, ensangrentada; moretones en la cara; las piernas enredadas; las tetas afuera, como frutas machucadas.
Gorda de mierda. En una de esas, lo que tenía que hacer era simplemente dejar el tramayo atado a un bidón, ir hasta la orilla, buscar una gran piedra o un pedazo de cemento, cargarlo en el bote, volver a la boya lo más rápido posible, envolver el peso en una de las redes viejas, unirla con el tramayo, cortar los cabos y dejar que todo se fuera al fondo. Era un plan aceptable. La macana era la posibilidad de que lo vieran maniobrar de ese modo. Todos movimientos extraños: la boya a esa hora, las piedras cargadas al bote. Era difícil ir y volver sin que nadie lo viera en el trajín. Pero no tenía otra que arriesgarse. Sí o sí tenía que deshacerse del cuerpo.
Agarró dos bidones y los ató a un extremo suelto de la soga del tramayo. Trató de desatar el cabo del bote, pero era una galleta, y encima con el peso que hacía hacia abajo, no podía manipular bien con los dedos. Al final, agarró el cuchillito para limpiar los pescados y cortó el cabo. Tenía miedo de que la gorda puta flotara y que algún pescador la viera. Pero con el sol que hacía era difícil que alguien se aventurara aguas adentro, y además, a esa altura, la gorda ya tendría la panza llena de agua.
Empezó a remar. El bote se le hizo más liviano y no tardó en ganar la orilla. Bajó con el agua hasta los huevos y arrastró el bote hasta que la quilla se enterró en las piedras. Le quemaba la garganta. Lo primero que haría sería tomar un litro de agua helada. Después, cargaría unos cuantos adoquines que tenía amontonados detrás de la casilla. Se los había afanado la vez de la reforma de la plaza. Los de la cuadrilla de la municipalidad levantaron una calle entera de adoquines y cuando quisieron acordar apenas si quedaban unos pocos. En su momento pensó en salir a venderlos, pero quedaron ahí, amontonados atrás de la casilla, tapados por una lona, como casi todo lo que levantaba de la calle.
Tenía que hacer las cosas rápido, antes de que apareciera el Alfonso a matear y a contar las mismas pelotudeces de siempre. No tenía mucho tiempo. Si llegaba a caer le iba a tener que macanear, y el Alfonso enseguida sospecharía algo raro. Tenía buen olfato para ese tipo de entuertos.
Entró a la casilla, que a esa hora era un horno. Apoyado en la puerta de la Siam, tomó de un solo trago todo el contenido de la botella. El agua estaba tan fría que le hizo doler los dientes y las sienes. Dejó la botella arriba de la mesa y salió afuera. El calor de la intemperie era diferente al de la casilla. Un calor menos sofocante, pero más hiriente. En la casilla había un tufo manso, espeso, que en las siestas se soportaba. Afuera, con el sol que rajaba la tierra, la cosa cambiaba. Tenía que meterle, aprovechar la hora desolada, para que nadie lo viera y tejiera suposiciones. Cuando cayeran en la cuenta de que la gorda puta había desaparecido, así, de un día para el otro, como si se la hubiera tragado la tierra, se vendrían los comentarios, y bastaría que alguno, cualquiera, contara que él se había ido con ella la noche anterior, para que el chisme creciera y las sospechas lo inculparan. Sin cuerpo, no había delito, eso lo sabía tanto él como la cana.
Fue hacía la parte de atrás, y empezó a cargar adoquines en la carretilla. Cuando la llenó y encaró para el bote. Estaba molido, pero no había tiempo para mariconear. Si hacía todo rápido, podría echarse a descansar después, y en el caso de que apareciera el Alfonso, tranquilamente lo podría mandar al carajo, sin necesidad de explicarle nada, la excusa de una borrachera sobraba como justificación.
De un tirón pasó todos los adoquines al bote. Tuvo que hacer mucha fuerza para arrastrar el bote y se subió cuando el agua le llegaba al pecho. El remojón alivió un poco el intenso calor que sentía en todo el cuerpo.
Remó unos cuantos minutos. El apuro hizo que no sintiera el esfuerzo que seguramente después tendría que pagar con dolores lumbares, cuando el cuerpo se enfriara.
Llegó a la boya. Echó el ancla para que el bote no zozobrara y se dispuso a meter las piedras en una bolsa de cebollas en las que estaban las botas de goma. Cuando terminó de meter los adoquines, ató otro de los tientos sueltos del tramayo, y trató de pasar la bolsa por encima de la borda. Pesaba una enormidad. Tiró de arriba y de abajo, pero no hubo caso. Ya estaba viejo para ese tipo de cosas. Pensar que unos años atrás hubiese hecho todo sin sentir el menor esfuerzo. Los años no pasaban al cuete. El constante contacto con la humedad le había calado los huesos. Se sentó a descansar y a fumar un pucho. Antes de salir tuvo el buen tino de agarrar un atado nuevo y el encendedor de prender la garrafa. Entre pitada y pitada miraba con bronca los adoquines envueltos por el encordado naranja y puteaba entre dientes. Hasta que se le ocurrió algo. Revitalizado por el empeño, sacudió el pucho al agua y se levantó. Empezó a sacar los adoquines de la bolsa y a meterlos en el bote. Tiró la bolsa al agua y metió otra vez, adoquín por adoquín. Emocionado por la acción casi concluida, en el apurón, queriendo agarrar un último adoquín que había ido a parar contra un rincón del bote, resbaló y cayó al agua. Le dio terror, y más que terror, un tremendo asco compartir el agua con la gorda puta muerta, putrefacta. Se raspó toda la panza para subir nuevamente al bote. Metió el adoquín que le faltaba y sintió como el peso tiraba para abajo los bidones; cortó también el cabo del ancla, que casi se le va a pique sin poder atarla y la unió a uno de los tientos del tramayo. Cortó la amarra que unía al tramayo con los bidones y vio como todo desaparecía en una onda burbujeante. Eso sería algo que tendría que explicarle al Alfonso: ¿qué mierda había hecho con el tramayo? Podía inventar que lo había unido con una boza al bote y que al querer desatar el nudo, se le había ido todo a pique. Algo más o menos cercano a lo que había pasado realmente. Lo del ancla era más fácil de explicar: el cabo viejo, gastado, que se corta. Una explicación más que obvia y bastante creíble, si se lo decía al pasar, con naturalidad.
Con el Alfonso se conocían hacía una ponchada de años. Pescaban juntos y el Alfonso se encargaba de vender el pescado. Si bien la laguna estaba protegida, había un arreglo con Medina, el milico que tenía jurisdicción en la zona. Los fines de semana llegaba gente de otros lados, instalaban sus carpas en el monte del camping, le alquilaban una lanchita a Alvarado y se embarcaban. En la semana no había nadie, sólo unos pocos botes, que hacían pesca clandestina. Algo estaba claro, los peces chicos volvían al agua. Pan para hoy, hambre para mañana. Salían de madrugada, cuando el sol todavía no asomaba. Tiraban cuatro o cinco tramayos, y los recogían a la tardecita, cuando ya empezaba a oscurecer. Era eso o cagarse de hambre.
Acomodó los remos y empezó a bracear. El resplandor plateado del agua lo encandilaba. Tuvo que remar casi todo el trayecto con los ojos cerrados. Estaba liquidado, no veía la hora de tirarse en el camastro y dormir hasta el otro día. Llegó extenuado y se bajó con el agua hasta el cogote. Arrastró el bote y lo dejó sobre las piedras. Llegó a la casilla casi a la rastra. Antes de entrar le pareció ver en lontananza la silueta fofa del Alfonso, deformada por el calor. Entró y cerró la puerta con tranca. Si golpeaba no le abriría. Necesitaba dormir, reponer fuerzas, tensar los nervios, no fuera cosa que alguien le preguntara algo y él no supiera qué responder. Tenía que descansar y después armar una coartada, por si las moscas.
Se levantó al otro día, a eso de las once de la mañana. Las tripas le crujían. En la casilla apenas si había un poco de yerba. Se calzó las alpargatas y fue hasta la despensa de los Balmaceda. Volvió con tres chuletas, unos tomates y un kilo de galleta. Se sentó abajo de la acacia con la garrafita entre las piernas, encendió el fuego y puso las chuletas en la plancha. Vuelta y vuelta y al buche. La carne le gustaba casi cruda, chorreando sangre. Decía que era por su descendencia árabe. Por su cara olivácea, sus cejas duras y su pelo crespo se lo conocía como el Turco. Pero había nacido en Guaminí, tal como su padre y su abuelo. Tragó sin masticar y se mandó el litro y medio de vino caliente que quedaba en la damajuana. Se volvió a echar. Sueño no tenía pero estaba medio chupado.
Se despertó tipo nueve de la noche, boleado todavía. Fue hasta la bomba y se lavó el cogote, los sobacos, las bolas y la cara. Tenía hambre y más que hambre sed, y más que sed, ganas de emborracharse. A dónde si no a lo de Ledesma. Otro lugar no había, salvo que quisiera comprar algo en lo de Balmaceda y chupar solo en la casilla. Era momento de enfrentar el asunto de la gorda puta y ver si alguno lo acusaba de algo. No aparecerse por el boliche sería muy sospechoso en él. Le extrañó que no hubiera caído el Alfonso. En una de esas estaba ofendido si es que era él el que había visto acercarse antes de meterse a la casilla y poner el pasador. Y si estaba ofendido, que se fuera a cagar, que tanto ni tanto.
Entró al boliche, apenas una mesa ocupada con los viejos de siempre jugando al chinchón; dos acodados al mostrador y Ledesma atrás, siempre con el trapo de rejilla en la mano y el pucho humeante en la boca.
Se acercó al mostrador y pidió una Hesperidina con cubitos. Los que estaban acodados eran Zacarías y Ponce, los del taller del gordo Chanfreau. Tomaban vino. Hablaban de pesca, de qué otra cosa iban a hablar. Le preguntaron cómo iba a estar la laguna el fin de semana, querían ir a tirar las cañas. Según les dijo, tranquila, tal y como venía la luna, no era para esperar que se picara. Le preguntaron por el Alfonso. Les dijo que hacía dos días que no lo veía. Le dijeron que no era para menos, todavía andaría embroncado con la paliza que le había dado en la calle, las otras noches. Ahí estaba la mención de la trifulca, que él apenas si recordaba. Se quedó callado, como masticando las dudas y los recuerdos opacos de esa fatídica noche en que había matado a la gorda puta. Y a la que ahora se sumaba otra cuestión más: la pelea con el Alfonso. ¿Se habrían peleado por la gorda? Dificulto, el Alfonso no era de andar con putas, tenía mujer, que a duras penas si lo dejaba ir a chuparse un vino de vez en cuando. ¿Qué habría pasado entre ellos para que se fueran a las manos?
Mientras prendía un pucho, vio que al fondo, en la puerta que daba a las piezas, se corrían las cortinas y aparecía la gorda puta, muy oronda, con un pucho en la boca y un vestido apretado que la hacía parecer un matambre. Ahí estaba la respuesta a todo el enigma. Empinó el vaso, tiró unos pesos arriba del mostrador y salió afuera, ciego, sordo, mudo, con el viento vertiginoso de la confusión. El aire calcinante de la noche le pegó un chicotazo en plena jeta. Caminó ligero, decidido, con una sola idea clavada en la frente: levantar los bártulos y salir rajando, a donde fuera, a empezar de cero, antes de que a los milicos se les ocurriera dragar la laguna.
Juan Marcos Almada (Azul, Argentina, 1976). Narrador y agitador cultural. Ha publicado el libro de cuentos Deforme, (Milena Caserola, 2011). Organiza ciclos de literatura y conduce el programa de radio Acá no es por FM La tribu. Es antologador, junto con Mariana Kozodij, de 12 rounds, cuentos de box (Editorial Lea), de pronta aparición. |



Juan Marcos Almada (Azul, Argentina, 1976). Narrador y agitador cultural. Ha publicado el libro de cuentos Deforme, (Milena Caserola, 2011). Organiza ciclos de literatura y conduce el programa de radio Acá no es por FM La tribu. Es antologador, junto con Mariana Kozodij, de 12 rounds, cuentos de box (Editorial Lea), de pronta aparición.




