El lector como amante
Wafi Salih (Venezuela)
“Leer es un acto de servilismo”
José Antonio Ramos Sucre.
Toda lectura es una paradoja, funda en el lector un campo para la desposesión y para la posesión juego de libertades y sumisión, absurdo momento en el que ambos, textos y lector se profanan, desajustan el tiempo que le es común, además lo sacrifican en tanto inversión individual. Como amantes son uno y ninguno.
El lector (amante) reedifica a su amada, le otorga nuevas potencias, regenera sus cualidades en ella, pero inmerso en un acto de magia en el que difícilmente alguno puede salir ileso. La amada, se deja poseer porque así domina, se pierde en el imaginario del amado porque así se prolonga, astutamente se enhebra en lo que de ella, él imagina. Son un ser de amantes: otro.
“Amor mío, poco importa que yo haya nacido: Te haces visible en el lugar donde desaparezco” (Rene Char), la desposesión es principio del renunciante, se ama porque se desmantela el yo como existencia un algo arriba de lo increado, ahí se nace, en ella se nace mientras la ósea muerte sostiene en su báculo los ojos del amante, incapaces de ser lugar por si solos. Ojos que aparecen si desaparece el rostro, si se pierde la facultad de distinguir las facciones, las herencias, aun las promesas, ojos que emanan vida, cuando el cadáver de la amada es el cadáver del amado y ambos son criatura vuelta balbuceo. Leer es nacer a la imaginación, como ser amantes, es inventar un cuerpo.
Toda lectura no es una paradoja, son muchas paradojas, pues lectura fragmenta al texto, luego lo unifica, lo hace a partir del fragmento elegido, porque leer es elegir sin sufragar, sin decretar finitudes, es optar enfrentado los tantos senderos, por construir una senda, su vía de lector. Vía que es una, igual a la del amante, que convierte la unidad de su vía en una multitud, en la que se resumen todos los caminos, en los que se juntan todos los fragmentos.
El lector es un solitario, el texto una soledad, ambos delinean el amor al organizar una solidaridad basada en la complejidad criminal de acompañarse. Busquemos un cómplice con la seguridad de encontrar un amado:
Las obras de arte son de una infinita soledad y por nada tan poco abordables como por la critica. Solamente el amor puede comprenderlas y tratarlas y ser justo con ellas.
Rilke nos señala al amor como lector de esa soledad que es el arte, a descampado, sin la doctrina de la institución, pues el amor no admite cuerdas reflexiones (Rubén Darío)
El amante comprende a la amada porque viéndose en ella se mira; es justo, ya que la complicidad es una identidad sin restricciones, ahí lo justo del amor no es lo legal del mundo ni es el gusto del mundo. Es el gusto del amante lo que priva toda justicia.
No hay lectura distanciada, el lector allana toda lejura, se muda, no a las inmediaciones, sino al texto, invade, conquista, también es sitiado desde adentro. El texto entra al cuerpo, como la hebra de mercurio copa el vástago de cristal al incendiarse la temperatura, el dique cae, desborda la topografía imaginada por ella. El esta al centro del ensueño, en la ingrávida bahía, en la que en tanto lector, es una metáfora desdoblada que flota sin ganas de vigilia.
La lógica poética es la del inconsciente, la que no separa las cosas del genero engendrador. El amante, cuya mentalidad sigue esta misma lógica, percibe a la amada fundiéndose en el arquetipo del amor, no como la mera agrupación de sus atributos específicos.
El lector vive de poesía, embriagado, idéntico al cortejo se abandona a la voluntad del hechizo, por ente no puede expresar su poder de cesar el enamoramiento tomado por ella la hipnótica que le enceguece, él ha dejado de conducir el coche. Desde lo inescrutable, en tropelía, no distingue entre el antes y el ahora, desbocado, sigue el desempeño del séquito de Dionisos. Así como los amantes aman el amor, el lector ama en el texto todo el arte, igual que en los amantes, leer es el arquetipo del infinito.
El lector renuncia a los prejuicios de lo útil al vivenciar la lectura, la experiencia cultura que nutre su proceso, no es un dogma evangelizador, son fe e ingenio, ambas figuras retroalimentan un entendimiento de tiempo, en una identidad fraguada sin otra intención que no sea la búsqueda de ser iguales. Intercambio sin dominio expreso, identificación de amantes, rostro de gemelos que se diluyen en una misma alma.
Siempre que el lector desee tener una perfecta comprensión de los pensamientos de un autor, no puede adoptar mejor método que situarse él mismo en las circunstancias y posturas de la vida en que encontraba el escritor en cada pasaje importante, cuando fluía de su pluma, pues eso introducirá una paridad, una estricta correspondencia de ideas entre el lector y el autor
Entre el texto y el lector la identidad es una pulsión instintiva, aleatoria que obliga a un entendimiento de tiempos, ademán, previamente ha seducido a chispazos al ser que lee, esto nos lleva a que nos guste a la pasión: Ramos Sucre antes que Virgilio, o Rimbaud antes que Fray Luis de León, Seducción que nos hace encontrar más luz en los agujeros negros de las sombras que en las bellotas fosforescentes del alba. El amante y el lector son viciosos. Resumiendo.
Como un pobre vicioso que devora y que besa todo el pecho ulcerado de una vieja ramera, de pasado robamos un placer prohibido que experimenta igual que una seca naranja ¡Es el Tedio! Con llanto maquinal en los ojos imagina
patíbulos mientras fuma su pipa. Ya conoce, lector, a ese monstruo sensible, ¡Oh tú, Hipócrita, igual a mi mismo, mi hermano!
Toda lectura supone una paradoja: la perfección, que al igual que en el amor es un dolor cuya fecundidad rasga y hurta hasta volver a lo estéril. Acá, una lectura perfecta aniquila al lector como sujeto libre, entabla un vasallaje que dispone de la agonía como actividad natural (Luego todo lo que queda es el estertor desandando en el viento, percibiéndose como vagido.
La perfección esta en nacer y morir al golpe unísono de la cimitarra. Como el amante, el lector es realmente un Dios, en sus manos muere y resucita texto y la amada.
Pero la lectura tiene las dos caras del amor: La de Orfeo, que se sacrifica y sacrifica, la de Narciso que amándose a sí, se suicida, porque siendo él su amante, hace imposible cualquier compañía. Dos caras para buscar un mismo riesgo.
Wafi Salih (Valera, Venezuela, 1965) Poeta, ensayista y docente. Ha publicado El Dios de las Dunas (2004), Huésped del alba (2004), Caligrafía del aire (2006), Jugando con la poesía (2007), Cielos Descalzos (2009) y Vigilia de huesos (2010). |



Wafi Salih (Valera, Venezuela, 1965) Poeta, ensayista y docente. Ha publicado El Dios de las Dunas (2004), Huésped del alba (2004), Caligrafía del aire (2006), Jugando con la poesía (2007), Cielos Descalzos (2009) y Vigilia de huesos (2010).




