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10 mayo, 2012

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Paja cósmica

por LasMalasJuntas
Carolina-Foto-Quintero

Carolina Lozada (Venezuela)

Sólo cuando Víctor comenzó a masturbarse pudo saber a qué olían las manos del sacerdote que de niño le ponía la hostia consagrada en la punta de la lengua, en ese ritual litúrgico al que su abuela lo obligaba a asistir domingo a domingo con el compromiso de que luego lo llevaría a una función de cine. El aroma dulzón y algo repugnante de la mano derecha del cura se le quedaría aferrado al olfato y al recuerdo como la magdalena proustiana. Pero fue desde que descubrió, por experiencia propia, cuál era el origen de ese olor particular que el muchacho comenzó a manifestar conductas neuróticas de una asepsia oscura y enfermiza. Víctor, flaco y de piel pálida, un larguirucho apuesto, aunque bastante esquivo y de cabello graso, quería evitar a toda costa que sus manos olieran a esperma. Le causaba horrores pensar que la gente al olfatearlo descubriera su gozo solitario. Lo peor era que mientras más temía ser descubierto por las narices ajenas, mayores eran sus impulsos onanistas.

Antes de llegar a su decisión criminal, probó de todo para evitar andar por la vida oliendo a paja recién hecha. La primera medida que adoptó fue la de no saludar con la mano; así quedase como un grosero, no le importaba, prefería esto a que su olor se impregnara en la mano del otro y quedaran al descubierto sus placeres privados. Para Víctor no era un consuelo que la mayoría de los seres humanos se masturbaran, sobre todo en la adolescencia, para él era una desgracia que le abrasaba la nariz. El muchacho había desarrollado una fuerte paranoia que lo llevó a extremos muy ridículos antes de caer como víctima de sí mismo. Es fácil pensar en las fórmulas básicas que usó para mantener las manos pulcras y los olores restringidos: jabón antiséptico, antibacterial, líquido y en pastillas; también un poco de alcohol, preferiblemente al cien por ciento. Una vez bien lavadas, piedra pómez y esponjas de alambre para restregárselas. Al principio, Víctor agregó cremas suavizantes, con agradables aromas, pero poco después las desestimó al convencerse de que su aroma dulce se combinaba con el olor de sus fluidos, y esto empeoraba las cosas. Alguna vez se le ocurrió masturbarse con guantes quirúrgicos y con un preservativo en el pene, pero el placer no era el mismo, así que desechó tales implementos. Ni un día soportó la determinación de no tocarse, la angustia le causo fiebre y un delirio que acabó con un reventón de leche sobre unas de las páginas del libro de autoayuda con el que trataba de controlar su adicción.

De haber tenido la confianza suficiente para contarle a alguien su problema, le hubiera pedido a esa persona que en las noches le amarrara las manos a la cabecera de la cama, pero se le caía la cara de sólo imaginarse contándole a su padre, por ejemplo, estas cosas tan suyas. Una acción desesperada fue aprender a meneársela con la mano izquierda, pero la falta de pericia y la torpeza del reguero lo convencieron de desechar rápidamente la idea. La búsqueda de ayuda en Internet no arrojó más que frustración. Se sintió muy humillado cuando, para evitar tocarse, se pilló a sí mismo masturbando a un consolador, color natural, que había comprado en la red, y cuyo despacho en casa lo avergonzó, porque a todas luces el mensajero sabía el contenido de esa caja marrón, cuyo papel protector había sido rasgado por algún accidente en la manipulación del envío, y en cuyo dorso se podía leer: “Consolador realístico, 23 cm. Copa succión. Compatible Arnés”. “Es para mi novia –se excusó un poco avergonzado–, a ella le gustan estos juegos”. “¡Qué casualidad, a mí también!”, le respondió el mensajero antes de que le tirara la puerta en la cara y notara que en  los labios se le formaba una lasciva sonrisa.

En el liceo se burlaban de él por esa costumbre suya de estar oliéndose los dedos de la mano derecha. Al verlo tan bonito, retraído y concentrado, más de una chica suspiraba imaginando cómo sería si algún día Víctor la oliera a ella. Lo peor para estas chicas era que él no se fijaba en ninguna, por eso muchos lo creían gay; pero el punto era que él tampoco se fijaba en los varones. Era raro el Víctor. El último día de clases, la más atrevida de sus compañeras lo encerró en un salón, le cogió la mano y se la metió dentro de la pantaleta recién estrenada. Víctor no supo cómo manejar la situación, era la primera vez que algo así le ocurría. Huyó ruborizado. A pesar de haber estado metida unos minutos dentro del pubis de una lujuriosa adolescente, su mano seguía oliendo a mano de cura.

Ya en la universidad, Víctor se inventó una dolencia infecciosa para justificar el uso de guantes, y aunque chicas y chicos intentaban seducirlo, él prefería estar solo. Su locura se intensificaría durante los primeros semestres, razón por la que debió abandonar sus estudios. Por poco los padres lo internan en un asilo mental, pero se les escapó y se fue a vivir solo cuando ya no solamente sus manos le olían a esperma, sino que el olor embadurnaba a todos sus semejantes, también el medio ambiente; hasta Dios le olía a leche. Había que matar el olor.

Lo peor era la lluvia, cuando llovía era como estar condenado en uno de esos submundos del imaginario religioso védico, donde todo es fluido lácteo. Víctor veía caer la lluvia desde la ventana, más que blanca: amarillenta, viscosa y rancia. Era como si los habitantes del firmamento estuvieran descargando toda su simiente, largamente retenida por su condición divina. Sintiéndose muy desgraciado, pensó que si perdiera el olfato quizás la vida sería distinta. Con un cuchillo filoso podría arrancarse de un tajo la punta de la nariz, pero ¿y la parte interna? ¿Qué hacer con ese lugar del cerebro que envía las señales olfativas, ese rincón de los olores?  ¿Cómo extirparlo? ¿Y el recuerdo? ¿Cómo deshacerse de la imagen de una mano blanca, dedos largos, pulcros, muy lampiños, uñas bien cortadas y pulidas llevándole el cuerpo de Cristo a la boca? El cuerpo de Cristo con olor a leche pasteurizada y vencida.

El cese de una de esas tormentas le trajo la respuesta. No le costó mucho dar con el paradero del viejo sacristán. El escándalo de pederastia en el que estuvo metido lo expuso públicamente al dedo acusador, pero no a la condena carcelaria. El amparo de las faldas pontificias lo llevó a pernoctar por distintas parroquias hasta que sus actos impúdicos los fue desdibujando la modorra irresponsable del olvido. El destino o el colmo del cinismo lo pusieron de nuevo en la parroquia del crimen. Y es que nadie pensaría que ese viejito casi sordo y de voz apagada sería capaz de cometer algún daño; si hasta se dormía en misa y los monaguillos tenían que despertarlo entre las risas enternecidas de los fieles asistentes.

Ahora Víctor escucharía la misa sin su abuela a un lado, sin una de las defensoras del sacerdote cuando se destapó el escándalo. El padre sería incapaz, válgame Dios. Víctor y sus manos cochinas de esperma esperarían la hostia consagrada de aquella otra mano ahora cubierta de manchas de vejez, tan temblorosa que la manito del monaguillo se movía sosteniendo la bandeja debajo como si se tratase de una paleta de ping-pong. Tal vez el tiempo las arrugó, las hizo menos ágiles, pero el olor seguía siendo el mismo, como Víctor lo sospechaba. Corpus Christi. Amén.

No le costó mucho quedarse a solas con él, mientras todos se retiraban bajo la bendición de Cristo, Víctor se refugió en uno de los confesionarios. Aprovechó el momento para hablar a solas con Dios, le confesó el crimen antes de cometerlo.

Le costó cortarlas, sobre todo por lo temblorosas, pero no hubo un ápice de temor o arrepentimiento. Al cercenarlas, sentía que se estaba liberando. Las miró, era una lástima que manos tan perfectas, como las recordaba, se hubieran convertido en esos escombros arrugados. Al costado de la sacristía lo esperaba el Salvador, amarrado a esa gran cruz de madera. El muchacho colgó las manos que había atado con el propio cordón del franciscano muerto. Se echó aliviado a los pies de su Salvador. Ahora ya no olía nada, su olfato se había quedado ciego.

Trejo-foto Carolina Lozada: Nació cerca de su casa. Sigue viviendo en el país del diente roto. Sitio web: Tejado sin Gatos. Ilustración: Jake & Dinos Chapman.
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5 comentarios Escribe un comentario
  1. Anónimo
    may 11 2012

    calidá pura.

    ccg

    Responder
  2. Aarón Alberto
    may 12 2012

    Soberbio divertimento.

    Responder
  3. Delia
    may 20 2012

    Já, releyendo cosas sucias.

    Responder
  4. LMP
    may 21 2012

    Es cuento le puede servir de base a Tarantino, para una de sus alucinadas secuencias.

    Responder
  5. Daniel Guerrero
    mar 28 2014

    Es mi deber escribir un halago, cuando una lectura logra envolver al sujeto con el ansia de disfrutar y no terminar pronto, simplemente disfrutar, hay algo de fascinaciòn en un enganche perfecto.

    Responder

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