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10 mayo, 2012

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Sanbun Kyoden y la infamia del Hentai Netorare

por LasMalasJuntas
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Víctor Azuaje (USA-Venezuela)

la prueba de que la pornografía no tiene valor literario es que, si uno intenta leerla de otra manera que no sea como estímulo sexual,… uno se aburre hasta llorar.

W. H. Auden.

En casi todas las literaturas, las hazañas épicas preceden a las eróticas: la Ilíada a El asno de oro, el Mahabharata al Kamasutra. En otros géneros artísticos, en los considerados menores como el cómic, alguna vez el orden es inverso. Una razón es el carácter relativamente tardío del arte erótico, su pertenencia a la época en que una sociedad goza los frutos del saqueo y padece los ataques a sus valores: la cólera y los caprichos de Aquiles tuvieron consecuencias no menos nefastas que la lujuria y las depravaciones de Juliette, pero el primero confirma mientras que la segunda menoscaba los ideales de su comunidad. Tal vez por ello la representación gráfica de las hazañas épicas tienda a la apoteosis y la de las eróticas se incline a la degradación. La distinción es moral, pero reposa literalmente sobre una línea bien dibujada: un mínimo desvío o adición en el trazo de la entrepierna de Aquiles o Helena y se pisa el terreno del cómic erótico. Ahora bien, una vez cruzada esa línea, importa menos el perfecto trazado que la transformación sicológica de los personajes, y a veces esa transformación sólo en apariencia es degradante, ya que la tarea no es tanto cuestionar los valores como revelar sus complicidades con las inclinaciones secretas de una comunidad o persona. Tal es el caso de Sanbun Kyoden, seudónimo de un artista o grupo de artistas del Netorare,(1) un oscuro género de un género gráfico menor llamado Hentai, nombre que designa en Occidente las historietas y videojuegos japoneses eróticos —aunque para muchos sea más preciso etiquetarlos de pornográficos.

El tema del Netorare es el del hombre despojado de su esposa, novia o amante. Las variantes del despojo son numerosas: el chantaje, la violación, el secuestro, los afrodisíacos y aun la seducción. También son numerosas las del rechazo o consentimiento del personaje femenino, que puede resistir indoblegable, transigir inconsciente o disimuladamente, o ceder de manera progresiva a sus callados o recién descubiertos deseos y a la traición. Otro rasgo es el mayor o menor grado de conocimiento que el hombreDos cualidades contrastantes se le reprochan a Kyoden: la rusticidad de su trazo y la complejidad de sus tramas. tiene del extravío sexual de la mujer. Los seguidores del Netorare en la Internet intentan categorizar esas variantes mediante el flexible empleo de etiquetas; muchas historias llevan sin disculpas los rótulos de infidelidad (para indicar el consentimiento femenino), violación (no hay seducción), grupo (más de un hombre interviene en una escena sexual)… Las discrepencias sobre tales agrupaciones e incluso sobre los rasgos y matices aquí señalados son inevitables. Así, frecuentemente se objeta que el amor entre la pareja es requisito indispensable y que igualmente lo es el conocimiento inequívoco de la traición. Pero hay autores a quienes el mero interés romántico del hombre por una mujer les basta para sugerir el despojo. Los hay como Sanbun Kyoden, quien complica las ideas de comprensión y discernimiento. En una de sus últimas historias, un hombre sufre un accidente, regresa meses después aún convaleciente y confuso a su casa y descubre que su detestado primo continúa viviendo en ella; allí recuerda o se nos insinúa que recuerda la llamada desesperada de su esposa pidiendo auxilio ante la violencia de su huésped; allí observa desconcertado la ahora lasciva relación entre su esposa y su primo, pero poco después despierta en su cama, débil e inseguro de sus recuerdos y sus percepciones. Para Kyoden, en el Netorare de Kyoden, la inminencia o la incertidumbre de una revelación tiene tanto o mayor efecto dramático que la contemplación de la vileza.

Dos cualidades contrastantes se le reprochan a Kyoden: la rusticidad de su trazo y la complejidad de sus tramas. Con rusticidad no me refiero a la manida técnica de presentar figuras bosquejadas, sino a un premeditado desacierto en los rasgos, a un errátil y provocador estropicio en las viñetas. La exacerbación del deseo se adivina en la desorientada fuga de las rayas, ySayuki no Sato el descontrol del cuerpo en la desarticulación de las líneas. En alguna ocasión, sólo la yuxtaposición de los cuadros indica que tratamos con los mismos personajes. Esa tendencia a la abstracción se intensifica cuando Kyoden sigue las convenciones Hentai del orgasmo —los ojos desorbitados, la lengua desencajada, la copiosidad del esperma—, pero se atenúa cuando se permite secuencias cinematográficas. En esos momentos recuerda a los maestros del fumetti erótico. (Advierto, sin embargo, que la oposición del japonés entre una incontestada inocencia femenina y su interminable depravación no tiene equivalentes italianos ni en la Lucifera de Edoardo Morricone o Tito Frollo ni en la Sukia de Renzo Barbieri o Fulvio Bosttoli.) Para Kyoden las viñetas no son entonces ventanas, sino parte de un plano; las yuxtapone en un juego de intrusión que en algunas páginas consentiría que el lector arrancara de un punto y recorriera imparable las líneas que lo destinan al borde opuesto. La conciencia de esa restricción geométrica lo lleva alguna vez a desafiarla con malabares de perspectiva. En Sougetsuno Kisetsu, el Sr. Gofune instala una cámara para contemplar la doble infidelidad de la Sra. Masaichi (hacia él y hacia su esposo): en primer plano está la imagen del rival; al fondo aparece la figura del Sr. Gofune; al fondo de su figura, las distorsiones del lente; frente a ellos, el lector. Ese abismo voyeurista refleja lo que muchos estiman la fórmula del Netorare: el fetichismo de la infidelidad. Pero contra Freud, quien sostuvo que el fetichismo es un plano fijo, una imagen congelada, Kyoden explora la noción del fetichismo al ralentí, el morbo de atisbar la credulidad maltratada en cámara lenta.

La rusticidad del trazado, por otra parte, ayuda a crear la impresión de cuerpos viscosos, con bordes casi de cera y que rayan en lo impersonal. El biólogo evolucionista Robin Baker sostiene que la excitación que provoca el fetiche de la infidelidad proviene de la competición entre espermas, de la lucha de nuestros genes por sobrevivir;(2) no puedo asegurar que Kyoden crea que hay algo prehumano en el deseo que despierta la sospecha o certeza de infidelidad, pero sí que quiere sugerir algo pregráfico con sus imágenes de cuerpos más o menos próximos a la licuefacción. A sus cuerpos fundibles y maleables corresponden líneas curvas y abiertas, corresponde una geometría que se modela en la intensidad del calor y en el abandono a los apetitos y de los preceptos. La extensa aparición de pócimas y lociones afrodisíacas y de orine, saliva, sudor y semen satisface, por tanto, algo más que las imposiciones de la convención o el fetichismo: proliferan porque constituyen la fuerza primordial de los cuerpos. Las abundantes gotas abocetadas que obedecen la ley de la caída son figuras cansadas de remordimientos y que huyen de la redención. Que haya o no un intento de rescate —y que alguno sea una nueva oportunidad para la corrupción— es lo de menos, puesto que todas las líneas apuntan en la misma dirección que los garabatos del estremecimiento: apuntan a la repetición de los caracteres del ¡ah!, del ¡sí! y del ¡ya!

La otra admirada y reprochada cualidad de Sanbun Kyoden es la invención de complejas circunstancias infamantes. No son raros los lectores que denuncian sus envilecedoras tramas y que se avergüenzan de seguirlas irrefrenablemente. Aunque sus historias sean juzgadas pornográficas, Kyoden tiene, pues, la virtud de nunca pasar directamente a la «acción». En la ya mencionada Sougetsuno Kisetsu, casi veinte páginas preparan el encuentro carnal entre la Sra. Risa Masaichi y el Sr. Nishiwaki Gofune. Esta es la única salida que el influyente ejecutivo ha ofrecido paraSougetsuno Kisetsu salvar de la quiebra la pequeña pastelería familiar con el ominoso título de Les Fleurs. Una copa de alcohol sella el contrato por el que la Sra. Masaichi recibe la garantía de financiamiento y la pedagogía de la lujuria. El Sr. Gofune, como sensei, como guía o maestro, parece regirse por la definición académica española, ya que educa a la Sra. Masaichi «en el uso ilícito o en el apetito desordenado de los deleites carnales». Obsesionado con el frescor de la depravación femenina, sabe que no siempre se resisten los vicios de la misma manera, así que organiza sus sesiones alrededor del principio de no cultivar más de una impudicia a la vez. A Kyoden, afortunadamente, no lo ofusca aquí el entusiasmo descriptivo ni el afán didáctico de otros practicantes del Hentai y omite detalles sobre la antigua técnica de la pared anterior o de la enervante presión a la entrada del útero. Prefiere, más bien, revelarnos que la Sra. Masaichi desconoce estremecidamente el cunnilingus, que le sorprende su frenesí en la entrega a un grupo de hombres, que progresivamente gusta del alcohol y que no extraña el apelativo de señora, que inciertamente descubre que sí importan las dimensiones masculinas y que menos inciertamente la subyugan los atributos y destrezas del Sr. Gofune. Kyoden prefiere, en suma, revelarnos que de Risa Masaichi puede decirse lo que Deleuze dijo de Leopold von Sacher-Masoch: «jamás se llegó tan lejos con tanta decencia». Kyoden es sutil, un maestro de la disipación en ciernes, pero no por ello apacigua las verdades de sus personajes femeninos. Lo más notable es que tales hallazgos sean resultado de la complicación de un tema antiguo; el destino femenino en las historias de Kyoden no es más que un cuento de hadas erótico: la mujer despierta de un sueño recatado a una convivencia en que no acontece la fatiga del ardor sexual ni el lento apagamiento de un delirio. Sougetsuno Kisetsu es la versión lujuriosa del «y vivieron felices para siempre».

En la fractura de esa esperanza folclórica y su perturbada realización, Kyoden introduce —para desespero de algunos lectores— sus reflexiones sobre las hazañas perversas. En esto se revela seguidor de Sade y de Masoch. De Sade toma la inversión del cuento de hadas como escenario para una meditación sobre la genealogía y curso del envilecimiento. Al observar la inconstancia y la fragilidad de los parapetos morales de la Sra. Masaichi, el Sr. Gofune pondera el «modo en que nuestra determinación se desvanece» frente al deleite; y después de que ella obtiene los plazos para la aparente finalización de sus obligaciones, discurre en voz alta sobre la «manera en que —seres como la Sra. Masaichi— buscan cualquier método para escapar de cualquier dilema y con ese método se encuentran sin escape». Por otro lado, la fascinación del Sr. Gofune con la planeada degradación de un carácter virginal y casi infantil le permite a Kyoden realizar lo que fue imposible para Sade: la transformación del cuento de hadas erótico en un Bildunsgrosman de la iniquidad femenina, en la escalonada consciencia por parte de la mujer de una mutación de apetitos, temperamento e inclinaciones socialmente reprobables. De Masoch, Kyoden toma más que el nombre de la sintomatología que sirve a la Sra. Masaichi para admitir el placer en la humillación de su cuerpo y en el doblegamiento de su voluntad; toma las supeditadas armazones de sus tramas: la reiteración de la escena pedagógica y el énfasis en la naturaleza contractual de la relación entre la pequeña inversionista y el poderoso ejecutivo, la alianza a contratiempo entre el lobo y el cordero. (¿Debe extrañarnos que Kyoden, para escándalo y repudio de otros cultivadores del Netorare que ignoran la lógica de un desplazamiento, haya cultivado obras del género bestial?)

Como Sade y como Masoch, Kyoden explora irónicamente la idea rousseauniana de la vuelta a una sociedad de arquitectura más primitiva. También como ellos, no se contenta con tomar posición con respecto a la sociedad ni en emplear un aparato narrativo sin transformarlo: su Sayuki no Sato presenta variaciones de los argumentos de Rousseau que los vuelven para muchos detestables y es una de los pocas historias del Netorare en que se emplea finales alternativos. La heroína llega con su esposo e hijo a la pequeña y remota villa de Osutane;Sayuki no Sato los hombres del pueblo la violan y ella descubre en su casa y en las calles sus lascivas inclinaciones exhibicionistas. Pronto se da cuenta de que cada mujer de la villa es una mujer pública. La sola justificación de esa abierta promiscuidad de hombres y mujeres —o más precisamente, de la propiedad comunal de las mujeres— es un antiguo ritual que asegura la continuidad de la descendencia: mujeres y niños son compartidos y cuidados por todos porque aseguran la sobrevivencia de la comunidad. Casi al final, o antes de los finales alternativos, el esposo de la heroína la descubre con otros hombres mientras que a su vez disfruta de otras mujeres. El inevitable embarazo muestra que la perversión de las ideas rousseaunianas se opera mediante la reducción de lo primitivo a lo instintivo, que las incansables escenas carnales se fundan, al menos de manera parcial, en la visión psiquiátrica y zoológica de Barash y Lipton: «desde una perspectiva evolutiva, las cópulas en sí mismas no cuentan, sino las fertilizaciones».(3) A pesar de su ironía, Kyoden no concluye con la adhesión o el rechazo. En un final, el hijo escapa de la villa para llevar una feliz vida monógama en la gran ciudad. En otro, acepta compartir todas las mujeres de la villa —todas. Sería simplista juzgar estos finales alternativos como concesiones al mercado: son moralejas vacilantes porque no hay respuesta lógica al desengaño sino la ambivalencia. Para los hastiados de utopías y distopías, es refrescante observar que la bancarrota de la ingenuidad no pasa por un aburrido desacuerdo con Sir Tomás Moro.

Pero si Kyoden toma de Sade o Masoch la forma de una reflexión, la toma como pensador gráfico: la suya es una conceptualización articulada en croquis. Sus palabras no reproducen sino bosquejan en otro lugar del plano —en el de los globos de pensamiento— los perfiles del sadismo o masoquismo: el Sr. Gofune quiere dejar su «marca» en el cuerpo de la Sra. Misaichi, quiere que ella «lo deje grabarse en su corazón y cuerpo». Esto no es simplemente la representación verbal del vejamen: es otra de sus correspondencias gráficas. ¿Acaso no es ese maltrato de la página que he llamado el estropicio de las viñetas una forma de sadismo? El término «globo de pensamiento» es, pues, engañoso: en el plano no hay gravedad, el adentro y el afuera o lo alto y lo bajo son producto de líneas y perspectiva. El plano es, literalmente, plano. El pensamiento no ocupa un lugar separado o elevado sino como efecto de la composición. En algunas escenas de Kyoden, menos que una equivalencia puede decirse que hay una continuidad entre perversiones, palabras y dibujos. A quien le parezca extravagante esa afirmación debe recordar los juegos de trazado en sus páginas y el carácter mimético de la caligrafía japonesa, donde en la palabra «hogar» está el techo de la casa y en la palabra «fidelidad» están la lealtad y la verdad.(4)

La anterior escenificación de actos repugnantes y obscenos confirma el juicio de pornográfica que recibe la obra de Sanbun Kyoden. No intentaré una defensa, ya que es desvirtuarla, vulnerar su eficacia. Incluso el recatado expediente de emplear la palabra erotismo supone una fundamental incomprensión. Su único valor radica en acentuar la ironía de que esos reproches se formulen a pocos años de finalizar el siglo XX, siglo en el que según Bataille el erotismo había dejado «de ser considerado un tema del que un “hombre serio” no puede tratar sin venir él a menos». Hubo, en ese sentido, un siglo más admirable, el XVIII, en el que los libros sediciosos desafiaban los bordes entre filosofía y pornografía. En aquel tiempo, ambas eran proscritas en los índices y ambas eran agrupadas en el mercado ilegal bajo la categoría de livres philosophiques.(5) La subversión era entonces materia de la carne y del espíritu: tan especulativo y afrodisíaco era el ataque a una dama o caballero como a la Iglesia o a los gobernantes. Si algo se le puede reprochar a Kyoden no es el espíritu libertino sino que retenga del siglo XVIII el optimismo, el que después de Wilhelm Reich y del movimiento hippie haga todavía del orgasmo una panacea. Censurémosle que su desengaño no sea absoluto. Kyoden, que ha renovado a Sade y a Masoch, le debe al Netorare un mundo semejante al de Kafka, quien, no lo olvidemos, era asiduo lector de ilustradas revistas eróticas, o más exactamente, pornográficas.

(1) El Netorare (寝取られ) es también conocido entre los aficionados al Hentai Manga por las siglas NTR.

(2) Conviene que el lector se familiarice con una hipótesis que se invoca infaltablemente en los análisis de la atracción o repulsa del Netorare, incluso si ella austeramente le lleva a concluir que un cornudo sentado frente a una copa en un bar no es más que una aglomeración de genes despechados, una mujer infiel en un hotel es otro amontonamiento genético en busca de una recombinación ventajosa y un lector aficionado al Netorare es una concentración de genes nostálgicos de rivalidades. El interesado en la tesis puede leer el divulgativo Sperm Wars y el muy académico Human Sperm Competition.

(3) The Myth of Monogamy por lo no sé si fieles doctores David P. Barash y Judith Eve Lipton.

(4) No es necesario limitarse a la caligrafía japonesa. Robert Bringhurst afirma en su The Elements of Typographic Style: «The word form can be surgically revised, instead of rewritten, to become the word farm or firm or fort or fork or from, or with a little more trouble, to become the word pineapple». Hay, pues, una diferencia entre reescribir una palabra y realizar una cirugía de la palabra, un maltrato controlado con bisturí, ganchos y pinzas de la pierna, cola o pie de sus letras. (Lamento que Bringhurst no ilustre las deformaciones cosméticas necesarias para convertir la palabra form en pineapple.)

(5) También fueron conocidos como mauvais livres; todo esto lo apunta Robert Darnton en The Forbidden Bestsellers of Revolutionary France.

Víctor Azuaje (USA-Venezuela). Ha publicado La crítica de la obra ausente.
Sitio web: La Excepción de la Regla.
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5 comentarios Añadir un comentario
  1. Anónimo
    may 16 2012

    Gran texto sobre el Netorare, creo que el único serio en español. Estoy un poco confundido con tu idea de que hablar de erotismo es una incomprensión. Gracias.

    Responder
  2. Serpiente
    jun 24 2012

    Tremenda lectura, al igual que el anónimo de arriba opino que es el mejor texto que he leído sobre el NTR en español, además de un tributo a su más grande exponente. Estoy de acuerdo con mucho de lo que dices, pero opino que si hay algo que caracteriza el trazo de Kyouden es un estudio meticuloso de las proporciones corporales. Además creo que hubiese sido interesante abordar el tema del shotacon y el insesto importante en su obra. Saludos.

    Responder
  3. Anónimo
    ago 27 2012

    viva kyouden mi autor favorito XDDDDD

    Responder
  4. GDP1879
    sep 19 2012

    Lo mejor que se ha escrito sobre Sanbun Kyoden en español. Felicitaciones

    Responder
  5. Quijote
    ene 8 2013

    Hola felicito tu articulo muy bueno, yo he empezado a ver NTR y la verdad es chocante al principio, luego vi la misma pauta… y al final me termino aburriendo. Saludes

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