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6 julio, 2012

Los hombres que se pintan el pelo

por LasMalasJuntas
Cristina-Rojas

Cristina Rojas (Venezuela)

Yo creo que los hombres que se tiñen el cabello son personajes muy tristes. Piénsalo. Deben serlo para andar por la calle con el pelo de ese tono que no es ni ocre ni marrón. Pero además yo les distingo la tristeza en la mirada, en la ropa, en el andar. Será porque en todos veo un poco a papá, que ahora le ha dado por lo mismo.

Mi viejo, que siempre fue un tipo muy serio y muy callado, ya no luce las canas de antaño porque su lugar fue sepultado bajo ese tinte negro, más negro que el cabello de mamá. Yo recuerdo el cabello de mamá un poco; a veces las fotos me ayudan a dibujarla y otras, creo que esa mujer que evoco para mí y para los demás, los que quieran escuchar mi perorata, es en parte mamá y en parte una muñeca hecha de retazos de otras mujeres. Como la señora de un comercial que vi cuando tenía diez años y cuyos ojos parecían todos de luz, y yo me quedaba enganchado, absorto porque nunca había visto unos ojos tan bonitos.

Pero eso fue hace mucho. Ahora tengo trece años, evidentemente ya no soy un niño. Por eso puedo notar que papá está triste; más de lo normal, quiero decir. Porque yo sé que lo del tinte negro esconde otra cosa. Y por lo mismo fue que anteayer le comenté a Efraín todo este asunto de los hombres de pelo teñido, pero él apenas se rió sin ganas y dijo que yo siempre andaba notando pendejadas. Y entonces seguimos enumerando a cuáles chamas del salón nos gustaría besar algún día.

Zak Yeo

Hoy durante la cena papá casi no habló. Comimos algo que él llama comida de puta y que consiste en arroz blanco, huevo frito y mantequilla. Ignoro de dónde viene el nombre y tampoco me animo a preguntarle, porque papá, ya les dije, no es de andar hablando mucho. Lo raro es que siempre cuando comemos me pregunta por la escuela, o comenta algo del partido y habla con el lenguaje de las estadísticas: que si Luis Sojo lleva tantos hits conectados este año y así. Ya me he resignado a guardar todos esos datos como mercadería inútil en mi cerebro, porque con el pasar de los días siento que el béisbol —y en general, los deportes— me interesan menos. Pero no se lo digo pues no quiero que razone que no puede hablarme de lo que le interesa;  es un gusto oír a papá, aunque el tema de conversación sea el béisbol.

La cosa es que esta noche se quedó en silencio, en el mecánico acto de llevar el tenedor a la boca y de ahí de vuelta al plato. Yo le miraba la cabeza negra, negra como la noche cuando todo el mundo duerme y yo me quedo pensando qué sería de nosotros si mamá aún estuviera, o qué seré de grande, o cuándo podré besar como besan los adultos —ahora que casi soy uno—. Ni me doy cuenta de que ya estoy por terminar la famosa comida de puta porque siento algo inusual. El viejo con esa camisa de cuadros que le he visto año tras año; el ceño algo fruncido, las entradas que advierten sobre una cercana calvicie; los brazos fuertes, casi toscos. Siempre de la casa a la ferretería y de ahí a la inversa. ¿Qué pensará papá? ¿Qué querrá? ¿Por qué oye todos los domingos a media tarde los mismos discos dela Faniasentado en la mecedora, con el periódico en las piernas?

La luz entra con desgano en esta casa y a ciertas horas pequeños rayos marcan trayectorias un poco amarillas, un poco anaranjadas, y en ellos diminutas motas viajan casi inmóviles. Discos y montones de objetos viejos: cámaras fotográficas, botellas, copas, jarrones y fotos, muchas fotos: papá con una camisa tornasolada y pantalones de bota amplia junto a mamá, quien luce un colorido pañuelo en la cabeza. Papá y los abuelos en esta misma sala y quizá de mi edad. Todos ya difusos, todos en armonía con este ambiente raro, casi oscuro, casi añejo; más añejo los domingos, cuando del tocadiscos emerge esa canción de piano borracho que dice “la posesión del momento ya se olvidó del invierno, y a la ventana se asoma buscando sus brazos muertos”.

Hoy al despertarme me he visto en el espejo y no sin horror he descubierto que papá está afligido porque para él no hay presente. Al reparar en mi cabello he notado la marca: los mechones lisos que en el futuro —si logro escapar— peinaré hacia atrás como ahora; en cambio, si esa señal efímera persiste, los mechones —ya escasos— atravesarán mi cabeza de un lado a otro y sabré que fue imposible escapar al destino de ser un hombre triste. Como papá.

Este domingo me sentaré junto a él a oír a sus ídolos, casi todos muertos. No me dirá nada, lo sé. O tal vez ya él entienda que en este asunto estamos irremediablemente unidos desde el silencio.

Cristina Rojas (Porlamar, 1981). Licenciada en Artes por la Universidad Central de Venezuela. Actualmente cursa la maestría en Literaturas Española y Latinoamericana en la Universidad de Buenos Aires.
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