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19 julio, 2012

Flor de buganvilia

por LasMalasJuntas
Silda-Foto

Silda Cordoliani (Venezuela)

Una vida resguardada puede ser también una vida atrevida.
Porque todo atrevimiento serio procede del interior.

Eudora Welty

los que sólo viven para poner la vida en palabras
los que escriben para poner la palabra en la vida

Guillermo Sucre

Me preguntan si la llegué a conocer, pues sí, por lo menos dos veces coincidí con ella en algún evento cultural hace ya muchísimos años. Para ese entonces llevaba una nutrida vida social, por llamarlo de alguna forma, algo que me gustaba, y que además me habían recomendado muy especialmente si deseaba darme a conocer, impulsar mi incipiente carrera. (“Siempre, tenlo presente −recuerdo las palabras de mi jefe en la agencia de publicidad−, vale mucho más que reconozcan tu rostro, con tu nombre anexo, por supuesto, a que hayan leído algo tuyo”; cosa que por cierto él cumplía al pie de la letra, pues de mis cuentos que al descuido dejaba sobre su mesa, nunca pasó del título). Pero ella, se sabe, detestaba los actos públicos, y no falta quien afirme que se trataba de una suerte de fobia al saludo y la consecuente forzada sonrisa, ¿una fobia controlada?, solamente así, porque de otro modo jamás nadie la habría conocido. Por eso me voy más bien por la idea del cansancio, por esa suerte de hastío que terminan por producirle a ciertas sensibilidades tanto convite y exposición, y nadie mejor que yo podría hoy dar fe de ello.

Es cierto que la historia del arte del siglo xx cuenta con varios nombres célebres que apenas se dejaron ver para conceder unas escasas entrevistas y menos fotografías. Eran otros tiempos. Ahora esa necesidad de aislamiento ni siquiera se nota. Es mi caso. Vivo en las afueras de una pequeña ciudad desde hace casi una década, y cuando no estoy rodeado de libros o ante alguna pantalla, me dedico a mis trinitarias, buganvilias de todos los tipos y colores. Claro que “dedicar” es un verbo demasiado ampuloso tratándose de esta planta: busco ese ejemplar que aún no poseo, lo siembro siguiendo mi instinto de empírico jardinero y nada más; el resto es podar anualmente, contemplar su crecimiento y más tarde el esplendor. El sol, en lugar de marchitarlas, pareciera fortalecerlas, aunque un poco de lluvia siempre es necesaria.

Dos o tres salidas al año son suficientes. Llego siempre tarde (mi ingenuo truco para saludar al menor número de personas posibles), me siento o me paro ante un micrófono, improviso unas cuantas frases o leo un largo discurso, respondo algunas preguntas si es preciso, y enseguida abandono el lugar, excusándome, claro está. El resto de la “promoción” sale sola (es decir: se multiplica en la red), la hago en pantalones cortos y descalzo, añadiendo información en mi site por lo menos semanalmente y respondiendo una muy bien seleccionada correspondencia virtual. A veces, solo por exigencia de mis editores y sin abandonar mis shorts, me toca ponerme una elegante camisa o incluso algún saco. Muy bien arreglado de cintura para arriba, me ubico frente a la cámara y me enfrasco en disertaciones o discusiones que casi siempre me aburren y que pocas veces llegan a aportarme algo realmente nuevo e interesante. Lo hago con más frecuencia de lo que deseara, todo para evitar esos insoportables viajes llenos de insólitas agendas. Eso no quiere decir que tenga aversión a los viajes, al contrario, los cambios de paisaje son para mí una verdadera necesidad, pero me gustan en la más absoluta libertad, fuera de cualquier compromiso. A veces lo hago con mis hijos y sus familias, entregado por completo al disfrute de esas pequeñas cosas que constituyen lo que creo es la verdadera vida, la ajena. Pero esto no se trata de mí; lo que quiero decir es que ella nunca atendió a estas muy nuevas posibilidades en el tiempo que le correspondió, y quizás hasta le disgustaban.

Otros rumores desmienten por completo el supuesto encierro, rumores que me obligarían a concluir que a lo mejor en aquella época me la tropecé unas cuantas veces más. Dicen, por ejemplo, y de esto puedo dar fe, que no faltaba a ningún velorio de los escritores que había conocido, tal vez porque en tales ocasiones no se veía obligada a sonreír o, simplemente, porque estas despedidas van aliviando de alguna forma la idea de la nuestra definitiva. También he llegado a escuchar que cultivaba varias personalidades, o más bien cambios de apariencia, que un día podía aparecer con un serio taller algo ajado propio de funcionaria en declive, otros con un simple vaquero y franela, y al siguiente con una holgada batola hippy. Esta hipótesis de los disfraces llega más lejos aún: hay quien afirma que solía variar el color de su cabello y por supuesto el peinado, aunque podría haber sido una coleccionista de pelucas. Esto último no me consta y, en todo caso, me costaría mucho creerlo: demasiada ingenuidad (tratándose de ella) y demasiado esfuerzo para alguien que desea pasar inadvertido, pues seguro que muchos no habrían dejado de reconocerla. Sin embargo, la suposición resulta atractiva y se justifica, al fin y al cabo el disfraz siempre protege, y si de algo estoy seguro es de que esa mujer pasó la vida intentando protegerse.

Pero si por aquel entonces fueron más nuestras coincidencias, eso carece de importancia. Para el caso, ni siquiera son muy útiles esas dos veces que recuerdo con precisión, donde no hubo más que un ligero apretón de manos el día que me la presentaron y un gesto de cabeza a cierta distancia en la segunda ocasión, el que presumo fue respondido de igual manera. De ambas guardo los grandes ojos tristes y la boca voluptuosamente cándida que le daban cierto aire de adolescente perdida, a pesar de los muchos años que ya cargaba a cuestas. Me resultaba tan atrayente, y la verdad era yo tan atrevido, que en algún momento llegué a lamentar haber perdido tales oportunidades, no haber tratado de entablar al menos una breve conversación con ella, yo, especialista en darme a conocer, envidiado incluso por mi afortunada capacidad de autopromoción. Me acuerdo que comenté esta falta o descuido después de varias cervezas en algún lugar de moda. Y por supuesto no faltó quien respondiera con sorna poco disimulada que de nada me hubiera servido, que nadie la había oído jamás pronunciar más de dos frases seguidas. Proverbial parquedad que otro atribuyó a una temprana operación de las cuerdas vocales con graves secuelas: ¿dolor al intentar articular palabra?, ¿una voz ronca y desagradable que se esmeraba en ocultar? Más bien se trata de una suerte de “diente roto” o Mr. Chance, fue el socarrón comentario de alguien que logró finalizar el tema en medio de carcajadas. De ser así, más generoso yo, preferí suponer entonces una timidez enfermiza que no podía ni quería superar.

Kristian Schuller – Circus

Porque si de timidez hablábamos, también en eso me consideraba ducho. No precisamente por mi carácter, sino por aquel trabajo que me tocó luego de mis pininos en la prestigiosa agencia de publicidad, y el cual trataba de mantener oculto con mediano éxito. Fueron sin duda años duros: empeñado en convertirme en lo que hoy soy y coach de mí mismo desde que tengo uso de razón, encontré la manera de sobrevivir prestando mi sabiduría a los demás. “Servicios de coach para retraídos e indecisos” fue el título del aviso que puse a circular en todas las redes sociales conocidas y demás sitios posibles de internet. A pesar del atractivo gráfico del anuncio y aún más de la propuesta, a lo largo de casi tres años no encontré demasiados indecisos que quisieran dejar de serlo, los suficientes sin embargo para responder a mis escasos gastos y para llegar a conocer los enrevesados intríngulis del alma y el razonamiento de esos seres que bien pueden ser percibidos como grandes soberbios o, sino, como un tanto lunáticos. Aburrido ya de tanto discapacitado de espíritu y supuestamente agotados los quinientos ejemplares de mi primer relato de largo aliento (es decir, la requerida novela después de un breve libro de cuentos), propuse a la editorial su inmediata reimpresión con una nueva y más llamativa portada, atravesada por una faja que mencionara la “Segunda edición del gran éxito del año”. Fueron varias las reuniones y muchas más las llamadas telefónicas, hasta que terminé por convencerlos. De algo habría de servirme mi experiencia de publicista. Y por lo mismo, el día que Llamada de sos volvió a salir de imprenta, me deshice del anuncio de coach para siempre, es decir, quemé naves.

Otra vez estoy hablando de mí. Uno lo hace sin darse cuenta. A todos nos pasa en mayor o menor medida, así que no pediré disculpas y vuelvo a ella. Ya había pasado mucho tiempo de los famosos dos encuentros mencionados, cuando una mañana de domingo la vi a través de los cristales de la librería donde me encontraba firmando ejemplares de la tan cacareada nueva edición. Entraba en una de esas tiendas de ramo impreciso en que igual compras un cepillo de dientes que un costoso regalo. Seguramente estaba al borde de una grave depresión: a pesar de haberme dedicado durante las últimas semanas a saturar todos los medios con la noticia de mi reedición, llevaba más de dos horas sentado en un improvisado escritorio soportando la cáustica mirada de una empleada de la editorial que iba de mi rostro a la ruma de libros con mi nombre, de la ruma de libros con mi nombre a mi recién comprado bolígrafo de tinta dorada, de mi recién comprado bolígrafo de tinta dorada al muchacho de la librería, quien me observaba con idéntica desconsideración. Y es que podía contar con los dedos de una mano las veces que había llegado a estampar mi firma durante ese tiempo infinito. Así que más que un impulso fue una necesidad. Me levanté con un ejemplar en la mano, dije que ya volvía y crucé la galería del centro comercial.

Al poco tiempo abandoné el oscuro anexo de una casa, mi nido de joven escritor, para establecerme en un amplio apartamento desde donde se divisaba, allá, en el valle, el mundanal ruido que nunca más iba a corresponderme. Obligatoriamente mi personalidad cambió: opté por convertirme en un hombre… digamos más profundo, de menos palabras y ninguna verdadera amistad. Comencé a alimentar cierta fama de huraño que ha proporcionado numerosas y extravagantes especulaciones por parte de críticos y biógrafos. De huraño, no de ermitaño, porque si bien negaba a todo el mundo los datos de mi residencia y jamás, por supuesto, llegué a invitar a nadie a mi casa, continué dejándome ver en cuanta celebración importante se diera en la ciudad. Porque aún me hacían falta la mirada vigilante (y, ¿por qué no?, suspicaz) de mis colegas y la sonrisa obsecuente de las jovencitas que sueñan con el novio prestigioso. Porque era demasiado pronto para darme el lujo de un premeditado retiro.

Ella nada preguntaba, ni siquiera reclamaba mis eventuales desapariciones nocturnas (a veces es necesario responder a las “sonrisas obsecuentes”, por múltiples razones ¿no?). Dirán que estaba yo viviendo la relación soñada por cualquier hombre, pero se equivocan, tal grado de ¿condescendencia? puede terminar por desorientarlo a uno y, lo peor, por reprimirnos. Era tan infinitamente compresiva y tierna hacia mí, que de no ser por aquellos arrebatos de fiereza sexual hubiera terminado por asumir el papel de un hijo en lugar de un marido. Arrebatos cada vez menos frecuentes, eso sí, y demasiado vestida para mi gusto casi siempre; cosa que también llegó a perturbarme hasta que lo asumí como una particular manera de manejar su erotismo. Pero luego, cuando comenzó a preferir las noches o los lugares oscuros de la casa, comprendí que se trataba de ese temor, ¿o frustración?, tan común en las mujeres mayores cuya juventud fue un resplandor de belleza, belleza que poco a poco van viendo languidecer frente a los espejos. No me atrevo a asegurarlo, pero creo que jamás la llegué a ver completamente desnuda.

Sí, su tolerancia no tenía límites, excepto para lo que más nos importaba a ambos: convertirme en un buen escritor.

Para decir la verdad, nuestros inicios no resultaron nada fáciles, pero yo soy un hombre consistente. Con el mismo estoicismo que soporté su nada disimulada e irónica sonrisa cuando leyó el título de mi novela al entregársela obsequioso en la tienda del centro comercial, resistí el resto de sus burlas y comentarios mordaces no solo con respecto a todo lo que había escrito antes de conocerla, sino incluso durante aquellos primeros tiempos de vida en común, cuando pasaba horas, días, revisando cada párrafo con la única esperanza de obtener su visto bueno. Nunca lo conseguí. A cambio, un día en que tal vez había perdido toda esperanza conmigo, me propuso un extraño pacto. Puso entre mis manos un manuscrito y me pidió que lo leyera.

Recuerdo como si fuera hoy la impresión que me causó. Ubicada unos treinta años antes, en una ciudad nocturna que yo apenas podía reconocer, la historia de un grupo de muchachos empeñados en convertir la literatura en vida o, más bien, en vivir como personajes literarios, me atrapó de inmediato. Una suerte de novela coral cuya estructura pasaba con destreza de la más convencional linealidad a osadas alteraciones de tiempo y espacio llenas de lógica y sentido. Su lenguaje no era menos admirable: las varias voces poseían características absolutamente distinguibles y aun opuestas, como si el relato hubiera sido obra de una múltiple autoría.

Al terminarla me moría de la envidia (¿dónde leí o escuché que el verdadero alimento del escritor es la envidia?); no obstante, temía expresar mi opinión. Podía tratarse de un ejemplo de lo que no se debía hacer. Ciertamente me faltaba mucho por conocer de la literatura nacional, pero por qué no me la había entregado ya publicada en lugar de obligarme a leer aquellas páginas sueltas tamaño oficio y ya un tanto amarillentas. Lo más lógico entonces era pensar en uno de esos tantos manuscritos que llegan a nuestras manos por muy variadas razones y los cuales, de no deshacernos de ellos, a lo largo de los años pueden tomar buena parte de una casa. En fin, que si esa novela no estaba aún convertida en libro, seguramente había sufrido el rechazo de los supuestos avezados lectores de quién sabe cuántas editoriales; y al confesarle lo mucho que me había gustado, no solo resultaría a sus ojos un mal escritor, sino un pésimo lector. Como ven, aquella mujer me cohibía en muchos sentidos, a lo mejor por eso, en un arrebato de orgullo, decidí correr el riesgo y ser sincero:

–Me gusta.

–¿Y?

–Me gusta mucho.

–Mejor… Si quieres, te la regalo.

(¿Arrebato de orgullo, dije?)

Salí dando un portazo y regresé a los tres días. Como si nada, me serví un whisky y me senté frente a ella.

–Tendré que hacerle algunos arreglos para que parezca mía, ya sabes…

De allí en adelante, y hasta que años más tarde me fui con Julia, en eso consistió mi tarea: adaptador de un “negro”.

Nunca supe si eran narraciones antiguas o recientes, hechas especialmente pensando en mí, pues algunos cuentos ni siquiera llegué a retocarlos. Lo cierto es que día a día más sentía mío su estilo, y al pasar del tiempo las transcripciones (porque nunca dejé de transcribir: una manera de obligarme a interiorizar forma y fondo, digo yo) fueron resultando más fáciles, menos arduas, como si pudiera adivinar lo que venía en la próxima línea. Ella era feliz, su escritura y su vida toda estaba siendo recogida en mis libros y mis libros, además de venderse cada vez más (lo más importante para mí), contaban con la mejor opinión por parte de los críticos (lo más importante para ella, creo).

Por supuesto que dudé cuando me descubrí enamorado de mi correctora, joven y culta, alegre y sagaz. La noche que volví a casa después del programa de televisión en vivo con Julia, en ese momento recién ascendida a editora, ya ella había decidido por mí. Lucía más cansada que nunca, y nunca yo había notado tanta arruga y piel marchita. Ahora sí no puedo, me dijo.

La vida con Julia tampoco fue fácil. Nada tenía ya que adaptar y volví a mi propio talento e inspiración para su decepción de impecable lectora: publicó aquel libro casi obligada por el director de la editorial. Y claro que se vendió, el gerente comercial no podía estar más satisfecho, pero apenas dos reseñas bastaron para catapultarlo al saco del olvido. Le dije que quería dedicarme a ella y a los morochos, que necesitaba un “reposo del guerrero”, una pausa en mi brillante carrera, la cual duró lo que duró nuestro matrimonio y algo más. Harta de mantener a un vago, eso me gritó, Julia se fue con otro escritor a Europa y se llevó a los niños, para entonces adolescentes. Con lo que me tocó en la separación de bienes, compré esta pequeña casa ahora rodeada de trinitarias.

Tiempo después, cuando todavía me preguntaba que haría con mi vida, un brevísimo obituario me enteró de su muerte: “… autora de un único libro, para algunos de culto, falleció en circunstancias poco precisas…”, y días más tarde recibí un gran paquete con remitente desconocido. De nuevo empecé a transcribir hasta el día de hoy, en que sí, definitivamente, he hecho pública mi decisión de retirarme.

Las buganvilias, les decía, no necesitan mayor atención; son fuertes, resistentes, con troncos y ramas espinosos. En los climas tropicales las vemos con mucha frecuencia; no obstante, la gente suele engañarse con sus flores. Blancas y diminutas, apenas percibidas, ellas se ocultan entre hojas modificadas que muestran gran variedad de colores. Por eso muchos creen que esas hojas son la flor.

Silda Cordoliani (Venezuela). Narradora y editora. Ha publicado los libros de relatos Babilonia, La mujer por la ventana (reeditado en España por Ediciones Escalera) y En lugar del corazón.
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