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19 julio, 2012

La lírica está muerta

por LasMalasJuntas
Foto-Zaidenwerg

Ezequiel Zaidenwerg (Argentina)

I. La lírica está muerta:

se quedó
varada en un remanso hipnótico del sueño,
mientras que más allá del coágulo final de la conciencia,
en torno al lecho con dosel de plata,
junto a la cama pobre de madera y espina,
se reunían los deudos,
aguardando el instante de iniciar
la sucesión.
Con todos los sentidos humanos agotados,
la cápsula de viento que tenía su espíritu
se alzó rumbo a las auras, desleída en una racha
centrífuga de luz, igual que Elías en la tempestad, arrebatado
sobre un carro de fuego.
Y aunque murió la vida,
no dejó harto consuelo su memoria: nadie partió las aguas,
ni surgió un Eliseo como sucesor.
Ajenos al prodigio,
en contubernio, se llevaron el cadáver
y vino un impostor para dictar un testamento espurio,
que se arropó con sus cobijas, tibias
todavía.
La lírica
está muerta. “De muerte natural”,
según manifestaron a través de un portavoz,
“tras batallar durante largos años
contra una cruel enfermedad”.
(Fin del comunicado).
“Con profundo
pesar, sus hijos y sus hijas,
sus nietos y sus nietas y su abnegado esposo
participan de su fallecimiento
y ruegan una oración en su memoria”.
Está muerta,
la lírica. Hace ya siglo y medio,
y aunque sus herederos todavía parecen ser los mismos
–aún no peinan canas y caminan erectos, sin ayuda de nadie–,
recién ahora el expediente
(LÍRICA S/SUCESIÓN AB INTESTATO),
tras mil y una ofensivas judiciales,
tiene sentencia firme, y es posible dar curso
a la liquidación definitiva del acervo hereditario:
PROPIEDADES OFRECIDAS:
Gran oportunidad. Se vende torre. Únicamente en block.
Importantes detalles en marfil sobre fachada.
Destino: comercial o dependencias estatales.
A reciclar. Sin baños ni aberturas.
Gran profusión de espejos.

II. El matadero

La lírica está muerta. Vinieron a buscarla
después que se cargaron a judíos, católicos,
comunistas, etcétera; una vez que borraron
a todos, en resumen, los que seguían creyendo
en algo todavía. Yo no me preocupé
cuando se la llevaron. (Supongo que a esta altura
se imaginan el resto). Es mentira que todos
seamos necesarios, y además el poema,
muchachos, no es de Brecht.
(¿Que qué pasó? Perdonen que me vaya
por las ramas). Fue por semana santa,
a plena luz del día. Casualmente,
yo estaba por ahí, y pude verlo todo:
ella andaba en su auto (muy caro, hay que decirlo,
para ir por esos barrios); de repente se cruza
un camión frigorífico. Frenan los dos de golpe.
Un tipo desdentado, de melena grasienta,
con anteojos de culo de botella,
se baja del camión y se pone a increparla. (En realidad,
todo estaba orquestado
de antemano). Se baja ella del auto. “Por favor”,
le pide, “tranquilícese”. “Yo no
me tranquilizo nada”, dice el tipo de los dientes y de pronto saca un arma
que tenía escondida entre la ropa,
y espejeaba ahora al sol.
A partir de ese punto,
en el recuerdo, se acelera todo.
El tipo le gritó que fuera para adentro,
a la parte de atrás, a hacerles compañía
a las reses. Pero ella se negó. Y ante la negativa,
el tipo la golpeó con la culata del arma,
y la tiró sobre el capot del auto.
Forcejearon,
y el tipo de los dientes se le pegó de atrás,
y le subió el vestido. Ella gritó
algo que no recuerdo, y un torrente de sangre
le brotó por la boca, a borbollones. (Explotó de repente,
igual que una morcilla que se deja
demasiado en el fuego. Y yo pensé
–de eso sí me acuerdo– en la justicia
poética).
La última
imagen que me queda en la memoria
es la de un taco de ella, partido, en el asfalto,
y la luna, joyesca, que rielaba
sobre el charco de sangre.

IV. Las manos

Una vez dentro del sepulcro, nadie
quería hablar, y sólo se escuchaba,
en el hondo silencio de la bóveda,
el ruido de los grupos electrógenos.
Bajaron la escalera caracol
de mármol blanco, estrecha, que llevaba
a los subsuelos. Pronto apareció
un siniestro presagio: comprobaron
que había alrededor de veinte golpes
en el vidrio blindado y, en el medio,
un agujero. Luego notarían
que faltaba el poema manuscrito
depositado por la viuda (“…llega
tu mano de amor / como mariposas
blancas…”), que debería haber estado
sobre el cajón.
Acto seguido, el juez
ordenó abrir las cuatro cerraduras
del nicho, y cuando eran ya la nueve
y media de la noche, comenzaron
a abrir el ataúd. En un principio
parecía cerrado, pero pronto
hubo de comprobarse que también
estaba agujereado. Sin embargo,
era de la opinión de los peritos
que los profanadores habían hecho
el boquete en el vidrio con el fin
de distraer: probablemente habrían
accedido al cadáver con las llaves
y la complicidad de los serenos
del cementerio.
Tras abrir la tapa,
vieron al fin el cuerpo, que lucía
sus galas de teniente general,
con colores azul, rojo y dorado;
tenía sobre el pecho aún la banda
presidencial, unida al cinturón.
Los presentes notaron enseguida
que las muñecas del cadáver, donde
se le había inyectado tras su muerte
formol para evitar que se pudriera,
estaban descubiertas, y que había
polvillo de los huesos entre el cuerpo
y el cajón.
Cara y cuerpo se encontraban,
de manera increíble, casi intactos,
como momificados. Su piel era
de una tonalidad marrón verdosa,
y conservaba su cabello negro
pegado al cráneo. Dentro del sarcófago
se veía la gorra de oficial
superior, pero el sable estaba ausente.
La bandera, que antes envolvía
el féretro por fuera, apareció
dentro del ataúd. Sobre su pecho
se halló el rosario que llevaba antes
entre las manos. La muñeca izquierda
aparecía seccionada al borde
del límite inferior. En la otra, en cambio,
el corte se había hecho más arriba.

VII. Harún al-Rashid

La lírica está muerta.
Cuentan que,
exasperada por la complacencia
de sus visires, chambelanes, alcahuetes y edecanes,
de los chongos dotados del harén y los eunucos,
solía salir de noche, sin custodia, disfrazada
de mendiga (¿o era de comerciante?),
a recorrer los últimos barrios de la ciudad
para saber lo que en verdad pensaban
sus súbditos de ella.
Una noche en que hervían el calor
y el insomnio, y soplaban, abrasivas, unas ráfagas
de polvo del desierto, se vistió, como tantas otras veces,
con sus patillas falsas y sus greñas cosméticas,
y salió del palacio de la cúpula verde y la puerta de oro
sin ser notada.
Fueron
quedando atrás los altos minaretes
ahora silenciosos, el cuartel de la guardia, las plazas y los parques
y las tiendas a oscuras del mercado,
hasta que al fin traspuso las murallas circulares,
con la tácita anuencia de un sereno
dormido.
Una vez fuera de la ciudadela,
una brisa del río, pestilente,
la recibió golpeándola en la cara;
caminó por las anchas avenidas
donde rugía el tráfico nocturno,
y siguiendo una arteria lateral,
vino a parar a un callejón mugriento,
rodeada de borrachos que tosían
dormidos, entre pilas de cartón
mojado por la orina de los perros
y la lluvia grasosa.
De repente,
oyó un grito, seguido del estruendo
de un objeto golpeando contra el piso
y unos pasos cercanos.
Asustada,
corrió sin rumbo fijo, hasta que dio
con la presencia tranquilizadora
de las vías del tren, que ocultó, luego,
un vasto laberinto de containers
a la altura del puerto; y continuó
bordeando el paredón perimetral,
y retomó el camino tantas veces
recorrido.
Enseguida divisó
la autopista y los pocos edificios
que en ese asentamiento se atrevían
a alzarse sobre el suelo.
Al acercarse,
y ver la calle principal de tierra,
las casuchas precarias de ladrillo
y chapas de desguace, y el trazado
de pasillos oscuros, sintió miedo;
pero los dientes se le hacían agua,
y atravesó los pasadizos sórdidos
hasta la puerta conocida.
Adentro
volvió a darse la escena consabida:
tras cruzar la primera habitación
donde una chica amamantaba a un hijo
y los otros dormían en el suelo,
entró al cuarto de atrás. Los mismos hombres
de mirada perdida se aburrían
frente al televisor. Todo fue casi
igual que siempre; y ya estaba por irse
apretando en el puño las bolsitas,
pero uno de los hombres, esta vez,
al contar los billetes, extrañado
y divertido, reparó en la efigie
impresa en el papel, que repetía
las facciones de aquel cliente asiduo:
soltó una carcajada, y tras mostrársela
a los otros, que rieron, disparó.
La lírica está muerta. Ya no existe
el califato, hundido entre sus vicios;
pero, ¿cuántos añoran sin saberlo
sus oropeles, su esplendor barato,
la eterna adolescencia del espíritu?

VIII. Las ropas nuevas

La lírica está muerta. De vergüenza.
La historia la conoce todo el mundo:
a la ciudad llegaron unos hombres,
que eran, según dijeron, grandes sastres,
y, tras pedirle audiencia, le ofrecieron
coserle un traje con un paño, único
por su delicadeza y hermosura,
que sería invisible, sin embargo,
a todo aquel que en realidad no fuera
hijo del padre que creía ser.
Entusiasmada con la perspectiva
de desenmascarar a los bastardos
y asegurarse la pureza étnica
de sus dominios, se mostró de acuerdo.
Ordenó que les dieran un palacio
y la plata y el oro que pidiesen.
Los hombres instalaron sus telares,
y daban a entender que todo el día
tejían en el paño; y uno de ellos
luego de un tiempo fue a anunciar que el traje,
que ya estaba empezado, era la cosa
más hermosa del mundo. Para verlo
la soberana despachó a un acólito,
su camarero personal, que dijo
haberlo visto, y confirmó las señas
que habían dado de él sus fabricantes,
por miedo de que su linaje fuese
puesto en tela de juicio. Luego, otro
súbdito fue enviado ante los sastres
para fiscalizar su actividad,
y luego otro, y otro; y cada uno
corroboraba las versiones previas.
Hasta que vino una gran fiesta, y todos
le reclamaron a su soberana
que estrenase el vestido. En el palacio
se presentaron los expertos sastres
con los paños cortados y cosidos
para vestir a la monarca. Pronto
se hubo cumplimentado la labor
y partió a la ciudad la soberana
para el desfile. Al ser verano, el traje
le sentaba muy cómodo. Enseguida
hizo su aparición ante las masas
congregadas.
La lírica está muerta
de vergüenza: en la ingle oculta un tímido
badajo, un ramillete tembloroso
comido por las moscas, todo envuelto
en el ligero celofán del aire;
y nadie, mientras ríe, la señala.

De La lírica está muerta, Buenos Aires: Ediciones VOX, 2011, 60 pp.

Ezequiel Zaidenwerg (Argentina, 1981). Poeta y traductor. Ha publicado Doxa (2008) y La lírica está muerta (2011).
Sitio web: Zaidenwerg.

 

Fotografía del autor: Valentina Siniego

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