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19 julio, 2012

La tarea del testigo (fragmento)

por LasMalasJuntas
Rubi-Foto

Rubi Guerra (Venezuela)

El sanatorio era un espacio célibe. Sabía que se producían juegos amorosos entre los residentes, pero estaban signados por la fugacidad y la precariedad de paseos por el jardín o de un beso robado en un pasillo. Así se lo había explicado su amigo Konrad Reisz. Para él, ni aun estos encuentros fugitivos y, en definitiva cándidos, eran posibles. Su estado de nervios no le hubiera permitido la tensión de un encuentro de esta naturaleza, aun si entre las mujeres hubiese habido alguna que le despertara un poco de pasión. Había vuelto a ser inocente.

Sólo que no podía recodar ninguna época de inocencia. Desde pequeño se había sentido atraído por las mujeres. Niñas de su edad, al principio, y luego muchachas y mujeres, cuando apenas comenzaba a asistir a la escuela. Si las amigas de su madre lo besaban se debatía en sus brazos para disimular el intenso gozo que sentía.
Su primer contacto verdadero con una mujer fue con una prostituta, a los diecinueve años. Una experiencia estremecedora.

En Caracas, estando en la universidad, a medida que su círculo de amigos y conocidos crecía, trató a más mujeres. Hermanas, primas, amigas de sus amigos. Mujeres de los bares a los que concurría acompañando a sus compañeros de clases. Mujeres en las tiendas y en las calles, a quienes que no se atrevía a mirar de frente. Se sentía contaminado por sus deseos.

Las imágenes de las mujeres que cruzaban sus días atormentaban sus noches. En su cuarto de pensión, se pensaba a sí mismo como un anacoreta en el desierto luchando contra la tentación. Las mujeres mostraban sus muslos, sus pechos que olían a perfume y talcos, apresaban su miembro con ardientes manos de hierro. Los eremitas tenían el consuelo de la religión. Él no; se había hecho agnóstico.

Tom Chambers

No amaba a ninguna mujer en particular. Amaba la idea de estar enamorado, y cuando pensaba en su amada ideal ésta nunca tenía rostro. Las mujeres que llenaban su habitación en la madrugada sí tenían: bocas rojas de labios abultados y ojos negros, penetrantes, muy abiertos. El deseo y el amor eran experiencias separadas. Le parecía extraño que se pudiera amar y desear a la misma mujer. El amor le parecía la experiencia más grande de las que conocía. Nada se le parecía ni nada le superaba. El deseo, en cambio, le generaba dudas sobre su propia condición humana. Era algo que los hombres compartían con los animales, algo necesario para perpetuar la especie y de lo que se avergonzaba como nos avergonzamos de una tara familiar. Que las mujeres también tuvieran deseos sexuales le parecía abominable y no del todo creíble.

En esa época publicó sus primeros poemas y cuentos. En ellos siempre aparecía una doncella; a veces huía por el bosque perseguida por un forajido o un noble depravado; a veces era una figura espectral que salía de una gruta y atraía a los hombres a un país lívido del que ya no salían.

Un día se enamoró de una mujer real. Era la hermana de un compañero de clases a quien había ido a visitar para buscar unos libros. La muchacha lo hizo pasar, le señaló una silla y le dijo que esperara. Su compañero vino al poco rato, seguido de la muchacha, que traía una bandeja con una jarra de café y varias tazas. Para su sorpresa, se quedó con ellos. Luego la volvió a ver cuando fue a devolver los libros. Hablaron. Después la encontró en la calle. Ella bromeó con él, preguntándole si acaso la estaba persiguiendo. Él no rió. La invitó al cine, que era un espectáculo novedoso en la ciudad y aún conservaba un aura científica. En la sala oscura, ella tomó su mano. Él no supo qué hacer y, más tarde, en su habitación, se lamentó de todas sus indecisiones y prometió ponerles fin.

El gobierno cerró la universidad por tiempo indefinido y, desoyendo las recomendaciones de su familia que lo instaban a regresar, buscó trabajo como profesor de latín y griego. Apenas era un poco mayor que sus alumnos.

No podía dejar de pensar en la hermana de su compañero. No siempre era fácil verla. No eran novios. No eran nada. Los estudios, su excusa para ir a la casa de su compañero, ya no existían con la universidad cerrada. De pronto descubrió que amaba a una mujer y la deseaba al mismo tiempo. Esa revelación lo desconcertó. ¿Podía ser verdadero amor? ¿Podía hacer con esta muchacha lo que había hecho con la de Cumaná, a quien sus amigos habían pagado para que él dejara de ser un niño? ¿Podía –y quería– acostarse desnudo sobre ella y derramar en ella sus fluidos?

Sabía que era eso lo que quería.

Se preguntaba por qué era diferente tocar la piel de una mujer que la suya. Las pieles no eran nada. Más o menos elásticas, más o menos sudadas. Tocar su propia cara, sus brazos, su pecho, no tenía significado alguno para él; la sola posibilidad de cumplir estos mismos gestos sobre el cuerpo de la hermana de su antiguo compañero de clases representaba un abismo, un vértigo en el que se sumía durante horas. Desgastaba sus horas de sueño tratando de analizar sus sentimientos.

Meses después se enteró de la boda de la muchacha. La había visto una semana antes y, en ese momento, a pesar de que se había propuesto hablarle de sus sentimientos, fue incapaz de encontrar las palabras adecuadas. Se despreció a sí mismo por su cobardía y a ella por no darse cuenta de lo que él sentía. Tenía ganas de gritar. Salió del paso recurriendo a la civilización, a los buenos modales, a la cortesía.

Pasaron los años. La universidad fue reabierta. Rindió todos los exámenes, uno tras otro, y aprobó con notas sobresalientes. Obtuvo el título de abogado. Continuó publicando cuentos y poemas en revistas de duración efímera.
Las mujeres se habían convertido en un problema sin solución. Iba a los prostíbulos contraído de vergüenza, cuando ya no podía sofocar más sus deseos. Detestaba el ambiente de lasciva camaradería entre los hombres que se reunían allí. Odiaba tener que escoger una mujer como un antiguo señor escogería una esclava. Cada vez más, sus deseos eran fuente de desdicha y aislamiento. Se enamoraba de beldades inalcanzables, mujeres que apenas si notaban su existencia. Sus amigos artistas tenían amantes que provenían de las barriadas populares, muchachas que hacían de dependientes en las tiendas, de costureras, de lavanderas, cuando no tenían oficios más dudosos. Él no tenía nada que decirles. No sabía cómo dirigirse a ellas. Era demasiado serio y se refugiaba en las burlas, en el sarcasmo.

Una de estas muchachas, querida de un pintor, lo llevó hasta su cama. Sucedió así: habían estado bebiendo. Un pequeño grupo que se fue dispersando en la noche. De pronto, sólo estaban el pintor, su querida y él. El pintor estaba muy borracho y tuvo que ayudarlo a llegar hasta su casa, soportando su peso y arrastrándolo por las calles vacías. El interior de la casa estaba oscuro y olía a pinturas y solventes. Arrojó al pintor sobre un sofá, en la sala. Estaba dormido. Antes de que se diera cuenta, la mujer estaba en sus brazos, besándolo. Conoció por primera vez la presencia de una lengua que hurgaba en su boca y la presión de un cuerpo que buscaba el suyo y no se entregaba dócilmente en espera de que él la sometiera. Mientras lo llevaba a la habitación, la mujer murmuraba que le gustaban sus ojos azules y su cuerpo pequeño y delgado. Él nunca había pensado que pudiera gustar a una mujer, no de verdad, como gustan los hombres de las mujeres.

Se marchó una hora más tarde, porque la muchacha temía que el pintor despertara.

Semanas más tarde, cuando volvió a verla, ella parecía haber olvidado todo. Se comportaba como siempre, riendo y charlando y estando a la mano para lo que su amante quisiera. Esperó que lo invitara otra vez a su cama, pero esto no sucedió.

Esta experiencia marcó un cambio profundo en su modo de ver las cosas. Sus amigos se referían a las mujeres como santas –sus madres y hermanas– o viciosas. Él mismo lo había pensado así, aunque tal vez con otras palabras. Ahora descubría una suerte de pureza insospechada en el sexo que lo reconciliaba con sus deseos y con los deseos femeninos. Si era un animal, pensaba, era un animal legítimo. ¿Quién o qué había hecho de él un hipócrita, un pusilánime? No tenía idea.

Pero esto que pensaba y sentía, esta nueva compresión de su vida, no cambiaba el hecho de que seguía siendo solitario y tímido, huraño la más de las veces, con repentinos arranques de cólera seguidos por devastadores arrepentimientos, dedicado más al estudio y a la escritura que a fraternizar con sus semejantes, hombres o mujeres. Creía estar imposibilitado para la existencia común y corriente; su destino era el del enfermo, el del anormal.

Extracto de la novela La tarea del testigo. Lugar Común, Caracas, 2012.

Rubi Guerra (Venezuela, 1958). Ha publicado los libros de cuentos El avatar (1986), El mar invisible (1990), Partir (1998), El fondo de mares silenciosos (2002), Un sueño comentado (2004) y La forma del amor y otros cuentos (2010). En el género novela ha publicado El discreto enemigo (2001) y La tarea del testigo (2007); esta última fue reeditada en 2012 por la editorial caraqueña Lugar Común.
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