En el camino del cisne
Leila Guenther (Brasil)
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Yo podía haber hecho más. A lo mejor, podía haber hecho alguna cosa. Y es que era tanto. Había ganas y deseo. Y también algo que inútilmente intenté poner en palabras. Hubo un tiempo, el tiempo de la vida, en que todo a mi alrededor, o en mí misma, tenía tanta fuerza y era tan verdadero que podría haberme transformado en una artista o quizá hasta destruirme. No sucedió ni lo uno ni lo otro. Apenas quedaron los vestidos, de tejidos finos y leves, capaces de entrar en un pequeño bolso de mujer.
Mucho tiempo antes de eso, alimenté a un perro sin dueño mientras comía un sándwich en un café, muy lejos de aquí. Estaba en una mesa, al aire libre, cuando él se aproximó con ojos hambrientos. Agarré un pedazo de jamón del sándwich y lo acerqué a su boca. Él se lo tragó prácticamente sin masticar. Entonces partí un pedazo más grande, esta vez con pan y queso, y lo deposité en la palma de mi mano: él comió de ella, lamiendo mi línea de la vida. No fui madre, pero supongo haber experimentado algo muy parecido, como si hubiese ofrecido mi leche a una pequeña criatura. Yo alimenté a un ser con mi propia piel, después de eso, nadie puede ser el mismo. Pero, debió suceder más tarde, cuando ya estaba preparada. El rumbo de las cosas hubiese sido otro, sin esas peregrinaciones diarias por las calles de este barrio, en busca de un gesto de humanidad: la ventaja de un buen barrio es que siempre se es tratado bien en cualquier parte. Si vislumbra la dedicación verdadera de las vendedoras, solícitas y dispuestas, que me llaman por mi nombre. Así igualmente es con los médicos, a quienes con frecuencia consulto y entrego mi cuerpo sano, siempre con algún pretexto de dolencia o incomodidad; y así también con los peluqueros, donde me someto a tijeras y pinceles sin necesidad, apenas para recibir en mi cabello sus ágiles dedos.

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Por si acaso, comencé en las tiendas más apartadas del barrio. Aquellas a las que iba ocasionalmente y donde siempre compraba algo para compensar la distancia: una bufanda que nunca usaría, pues no soporto nada envuelto en mi cuello sin sentir una leve, pero constante impresión de estrangulamiento; un par de medias que me apretaban justo detrás de las rodillas, tornando las dos venas de dicha área más azules y salientes; zapatos que presionaban mi dedo gordo comprimiéndolo desproporcionalmente, ocasionando así, un dolor de cabeza tal, que me los quitaba al momento; un vestido que hacía imposible levantar los brazos. Fue así que, al probarme una bella e inútil túnica, encontré en el probador, un vestido de seda claro, que tenía bordado un paisaje oriental: un lago con un pájaro, que inicialmente pensé era un cisne y más tarde descubrí se trataba de una grulla. Descansaba sobre una de sus patas inmersa en el lago, como si la otra, doblada, evitase a toda costa el contacto con el agua tranquila donde crecían las flores de loto. La vendedora debió haber olvidado recogerlo, después de que alguna clienta se lo había probado y descartado. Como si obedeciese una orden, lo coloqué, arrugándolo, en mi bolso. Dejé la túnica en las manos de la vendedora, alegando que la talla era incorrecta, y que una cierta prisa impedía que me pruebe otra, y me fui.
Cuando llegué a casa, no osé ponerme el vestido. Lo colgué, con un gancho, en el arco de la araña de la sala, e imaginé que era una cosa autónoma, con vida propia, que no necesitaba de nada ni de nadie para estar completo. Si alguien lo vistiera, tal vez perdería mucho de ese encanto transformándose en una prenda cualquiera, en un personaje coadyuvante, que sirve apenas para iluminar a una persona o cubrir su desnudez.
De ahí en adelante le seguirían otros, cuyos modos de aprehensión fueron perfeccionados. El gesto pasivo del robo inicial dio lugar a estrategias que variaban de acuerdo a las circunstancias del momento: junto un vestido a la ropa que voy a probarme y, en vestidor, lo escurro dentro de la bolsa; incluso lo hago fuera de este, cuando la vendedora va, por mi pedido, a buscar algo en stock, o por un vaso de agua (pero es necesario decir que eso nunca sucede más de una vez por mes: la mayor parte del tiempo, soy una consumidora común). Siempre compro alguna cosa en la tienda. Así, bien podría también pagar por los vestidos, pero creo que la verdadera libertad no puede ser comprada. Debe ser adquirida, como un derecho que es. No actúo como un ladrón, lo que hago es transformar, a esas ropas aprisionadas, en dueñas de sí mismas.
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Los vestidos están guardados en el cuarto de las visitas que no vienen más. Los prendí en colgadores junto a las paredes. En medio del cuarto hay una silla en la cual me siento para contemplar mi obra, que, admito, es poco digna del arte. Nunca nadie los usó, tampoco saben de su existencia. Es un pequeño crimen, que tal vez merezca solo una nota curiosa en una esquina del diario, pero espero que lo descubran algún día. Llego incluso a imaginar la escena, cuando abren la puerta a la fuerza y se sienten como arqueólogos delante de pinturas rupestres nunca antes vistas.
Leila Guenther es brasileña. Publicó el libro de cuentos O voo noturno das galinhas (Ateliê Editorial, 2006), traducido al español como El vuelo nocturno de las gallinas, traducción de Armando Alzamora (Perú, Borrador Editores, 2010), y la edición cartonera de Este lado para cima (Sereia Ca(n)tadora, Babel, 2011). Guenther participó en las antologías Quartas histórias: contos baseados em narrativas de Guimarães Rosa (Garamond, 2006) y Capitu mandou flores: contos para Machado de Assis nos cem anos de sua morte (Geração Editorial, 2008). Sitio web: Na Linha da Vida. |



Leila Guenther es brasileña. Publicó el libro de cuentos O voo noturno das galinhas (Ateliê Editorial, 2006), traducido al español como El vuelo nocturno de las gallinas, traducción de Armando Alzamora (Perú, Borrador Editores, 2010), y la edición cartonera de Este lado para cima (Sereia Ca(n)tadora, Babel, 2011). Guenther participó en las antologías Quartas histórias: contos baseados em narrativas de Guimarães Rosa (Garamond, 2006) y Capitu mandou flores: contos para Machado de Assis nos cem anos de sua morte (Geração Editorial, 2008). Sitio web: 




