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2 agosto, 2012

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Filiberto Cuevas: el tiempo predador

por LasMalasJuntas
Campos-Foto

Miguel Ángel Campos (Venezuela)

Viaje al petróleo con cielo nublado

Ponemos rumbo al sur para ir al oeste; cuando las líneas rectas no son expeditas y el camino está minado, es preciso alejarse para alcanzar el objetivo. Tito, al volante, escruta el horizonte: cielo de manchas plomizas y ráfagas frías en la región más calurosa de Venezuela—sólo auguran un chaparrón. Se desprenden algunas gotas y el diluvio parece inminente. Los tarantines a la orilla de la carretera se estremecen, sus propietarios echan un ojo al horizonte y siguen hojeando su resto de periódico de hace dos semanas; después de todo aquí la indolencia es un buen antídoto contra la angustia. Yucas y auyamas tendrán sus compradores tarde o temprano; ya atrás, en el fondo del patio, el monte crece, segura inversión de estos buhoneros de carretera.

Ángel Viloria, quien ha llegado de San Antonio de los Altos para esta excursión, recuerda sus andanzas por la zona en sus días de estudiante de la Facultad de Ciencias. Reparamos en cómo se han poblado las márgenes: es la lejana periferia de la ciudad de Maracaibo, el avance de pequeñas manchas, casuchas y negocitos de toda especie. De fondo el espejismo de lo que alguna vez fue selva de galería, nada que invite a otra reflexión que no sea la de la indolencia y el abandono. La tierra baldía se gratifica con la lluvia, ella es un espectáculo en sí: colapsada en el tiempo y resguardada por ahora de la erosión, de la depredación de los sin casa. Pero los ranchos avanzan. Todo se reduce a despejar y luego sembrar de estacas y carpas de cartón, en un año habrá un barrio demencial. Por ningún lado vemos prospectos de siembra, agroindustria, promesa de trabajo humano a gran escala, nada. Abundan, sí, las fotos del presidente de la República retratado con el alcalde del municipio que corresponda; es la incitación al desmayo, a la inercia y la desesperanza.

De cuando en cuando, una alcabala de cualquier organismo asoma su impunidad, miran y remiran, buscan alguna excusa. Se saben dueños de vidas y cosas, algo tienen que sacar de aquellos conductores desprevenidos, desamparados de toda ciudadanía y derechos.  El paso minado de huecos que evitamos al desechar la línea recta está más adelante. Caminos maltrechos, sin señalización ni mantenimiento, sin cunetas ni sistemas de drenajes. Algún parche delata la reciente acción de una cuadrilla, pronto el agua obrando en el asfalto mal preparado descubre el hoyo hasta la tierra rojiza. Contra los pronósticos, el aguacero no llega: relámpagos y vientos violentos, como en el presagio de un cataclismo, pero es como si fuera el ejercicio de un guión—ni una gota. Inusitadamente llegamos a La Concepción, nuestro destino. Hace veinte años resultaba un viaje en el que se podía dormir unos minutos, ahora la continuidad de la presencia humana hace del trayecto una experiencia urbana.

 

Buhonería rural

Parece un día de fiesta, la multitud deambula a lo largo de la calle principal, casi la única. Las colas de carros apretujan el conjunto, estamos inmovilizados en medio de un escenario muy similar al del centro de Maracaibo y su llamado Mercado de la Pulgas.

Quincallería por doquier, pastelitos, empanadas y toda clase de frituras, ropa de baratillo colgando de cualquier percha improvisada, utilería doméstica de plástico en toda su variedad; la oferta se completa con los inefables quioscos de lotería. En un país donde el desempleo y la pobreza truenan, sus gentes confían sin más en un golpe de suerte. Asombra o indigna cómo aquellos escasos bolívares que debieran dedicarse a adquirir un poco más de proteína, van sin pausa al crimen de los juegos de azar: hoy no comerán pero mañana derrocharán. Qué espantoso sentido del futuro. Estacionamos en una paralela y, hambrientos, vamos en busca del “clásico” del poblacho: bollitos cuadrados, suerte de hallaquitas de cochino envueltos en hoja de bijao. El municipio se ha vuelto zona de aliviadero de  ladrones de carros, el sicariato y el contrabando de gasolina también constituyen una boyante rama de la economía. Todo esto nos llena de aprensión, pero no nos arredra para dar con el portal de una vendedora de los renombrados bocadillos.

 

Una casa en 1992

Ángel ha acordado para la 1:00pm una cita con el geólogo que nos atenderá en la Nucleoteca de PDVSA, en el campo O’Leary. Andamos tras las pista de un conjunto de libretas de campo de los primeros geólogos que relevaron la geografía del petróleo y signaron pozos. El afán final de lo anotado en ellas se encuentra aquí: son las muestras o perfiles extraídos por el barreno, lodos, como les dicen; es literalmente la identidad genética del suelo donde se asienta Venezuela. Posiblemente sean cientos de miles, acumuladas en un gigantesco galpón desde los días iniciales de la exploración. En el ínterín decidimos hacer una visita que resultará la plena justificación de aquel viaje. Nos proponemos dar con la casa del pintor Filiberto Cuevas (1950-73). En los primeros meses de 1992 yo había visitado aquella casa de su infancia, donde vivió hasta su muerte. Fue en la oportunidad de ilustrar la portada de un número de la revista Dominios con una obra suya. Hasta ese momento sólo sabía de él a través de Sergio Antillano y la conseja oral de la ciudad: la memoria infiel de sus compañeros artistas, algún catálogo de mano, datos de Enrique Romero.

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Recordaba el frente de aquella casa, en una calle flanqueada por un espacio abierto, y al fondo unos restos de lo que parecían carteles de publicidad y materiales de impresión y dibujo; hacía casi veinte años de su muerte y era seguramente el vestigio de su rutina en aquel lugar. Me dicen que empezó haciendo trabajos manuales de publicidad, vallas y carteles, lo que rápidamente abandonó. Algunas palabras crucé con una mujer joven que debía ser su hermana, le entregué un ejemplar de la revista y prontamente me marché. La pieza que usamos en aquella oportunidad no deja de ser una imagen impresionante (un gran formato, 1.23×83 cms.): emplazada en la sala de la casa de Sergio Antillano, muestra todo el potencial imaginativo y los recursos de un trazo seguro, pero sobre todo el mundo tenso, fluyendo sin barreras hacia la opresión psíquica que lo destruiría. Un personaje confinado contempla la opresión, y ya es decir demasiado, pero hay más: el horizonte es una cuadrícula cuyos límites niegan cualquier salida; una cabeza aplastada, bastante deformada pero identificable, pende de un tentáculo cibernético; el personaje fija la mirada en el cubo de cristal donde reposa el cuerpo del que ha sido arrancada. No es casual que la fotografía de esa reproducción haya sido hecha por el mismo Ángel Viloria, de manera incidental. Por supuesto, la expedición de ahora, en este 2012, era sólo un imposible azar en 1992.

 

El hermano recuerda

Sabía que la casa estaba en uno de los tres o cuatro campos petroleros. A la entrada del que teníamos a más la mano preguntamos por el apellido Cuevas y sugerimos la relación, pintor artista, todos vacilaban, pero alguien nos enfiló hacia un residente clave: Martín “Chicho” Cuevas—allí, nos dice, hacen pancartas y avisos. Efectivamente, nos recibe una persona razonablemente recelosa, indagábamos por alguien, su hermano, muerto hacía casi cuarenta años; aún hoy él mismo se dedica a elaborar avisos de publicidad.

Tras la pausa y la sobrevenida empatía, Martín resultó ser un caballero. El hermano de Filiberto nos hizo un cuadro filial del artista, con emoción describió, evocó y calificó. Recuerda los primeros pasos de su hermano en las artes plásticas. Desmintió algunas anécdotas echadas a andar por gente de Maracaibo; nos devolvió la imagen del solitario y sus exigencias; memoró la noche de su suicido: él solía dormir con su hermano en esos días de crisis declarada, para ampararlo y hacerle sentir que no todo en este mundo está perdido. Pero ya nada podía traerlo de regreso de aquel refugio, adonde había decidido irse, en abierto conflicto con la realidad (en la alta madrugada despierta, sigiloso, y se ahorca).

Para comprender al desesperado hay que verlo fuera de las urgencias, acercarse a él en la lejanía de la infancia, descubrir las fuerzas moldeadoras anticipando el dolor, el alma desamparada y luego acorralada desde su propio intento de redención a través de la suprema realización del arte. Pero siempre hay detrás, escondida u olvidada, una experiencia de horror; la tarea humana es enmendarla inyectando el amor en el corazón del mal, como espléndidamente nos recordaba Juan Liscano.

La nostalgia del Otro Mundo es un ansia subestimada. Cómo se llegue a él no cuenta, basta sólo la certidumbre de su existencia; su prestigio y esplendor sólo sirven para ensanchar más la fascinación de su misterio. La tristeza y la melancolía nos hablan de su ausencia, el dolor de cuánto nos oprime, el abandono que nos hace saber cuán solos estamos. Un padre indolente y violento puede hacer del hijo un hombre temeroso e inseguro, pero el niño herido desde la sensibilidad puede desangrarse, ahogarse en la exacerbación del contraste. Un padre así oprimió al adolescente Filiberto Cuevas. Son estos padres “los sembradores de cenizas” de Augusto Mijares: descalificadores y sólo tutores de la barbarie

Destituido de aquellas emociones que animan a quien necesita verificar el mundo para animarse, el niño se asume en el desamparo y no encuentra explicación para tanta desdicha. Aplastado por la tristeza, su aguzada sensibilidad no consigue drenaje, pues el dolor es sólo empozamiento y emponzoñamiento. La pesadumbre del padre cruel lo alcanzará más allá de alejamiento y la búsqueda de horizonte para sus obsesiones y su arte. La madre protectora lo deja pronto en la pubertad: ella muere pocas semanas después del nacimiento del siguiente hermano. La llegada de una madrastra que hace honor a su nombre agranda el abismo de su orfandad. El recuerdo de la madre confortadora lo convence de cuanto ha perdido y que ya no recuperará.

 

El encandilado que viene de la luz

Hacia los veinte años, Filiberto Cuevas es un artista en plenitud de su arte. Dónde se formó y en qué tiempo parece ser un misterio: vivió sin estudios académicos asentados (apenas una fugaz estancia en la Escuela “Julio Árraga”), sin viajar, sin ver museos. Debemos consignar, no obstante, el discreto amparo de Sergio Antillano desde su casa de la avenida El Milagro; también el de Hugo Figueroa—“fue mi hijo”, dice cuando lo llamo y hago la memoranza. Juan Calzadilla supo con quién trataba, y aparte de valorar la obra fue diligente en aportar asistencia médica.

Filtra influencias y escuelas desde la sola mirada y el escrutinio de las formas. Bacon, Botero, Rousseau marcan a los de su generación y hasta causan estragos: parecía estar muy consciente de esas cercanías y entusiasmos, y por eso centró sus ordenamientos en otras tensiones: más que educar la mano, ya suficientemente rotunda, optó por vaciarse, proyectar sus visiones, perfilar su inventario psíquico ante la inmediata contemporaneidad. Todo con la fluidez del trazo magistral de la certidumbre. Resulta al menos asombroso cómo pasa de la exploración del pop art a esas elaboraciones de figuras tensas, emplazadas en oscura disolución. Como si lo admonitorio comprimiera lo aprendido, y las intuiciones fueran dura revelación en un tiempo de ejecuciones y peso mortal. Desde la aparición de una primera pieza suya en alguna colectiva del año 1969, y luego la exposición individual de la librería Logos, hasta el premio del Salón Michelena en 1971, su andar resulta un aluvión—gestión ceñida en unos brevísimos años: estaríamos hablando de escasos cuatro de vida pública.

En ese tiempo deslumbra a los críticos, pone distancia con cierta pedagogía local del artista presumido que no termina de mostrar sus virtudes. Su imaginario, se sabe ya, es distinto de lo conocido y de cuanto vendría luego. En general, los observadores prevenidos supieron de qué se trataba—profesores e intelectuales, gente estudiosa y al día; sólo quedaba esperar por el desarrollo de una obra que parecía haber nacido con un mundo hecho, impregnada de una tradición de ejecución y función, un trazo culto en su modelación de una realidad que en el autor mismo ya se expresaba compleja.

Las tendencias destructivas son evidentes en Filiberto Cuevas, fluyen desde una desolación y se hacen arrogantes en la ausencia de salida del hombre que ha juzgado tal vez banal la tentativa de vivir por vivir. Su arte, superior a su optimismo, no encuentra vía de retorno para consolar al desdichado. Vida triste y genio no concilian, sólo le quedaba enfatizar la dureza, llevar su alejamiento hasta un punto en que aquella dureza lo hiriera definitivamente.

 

El niño músico

Un visitante imprevisto nos distrae: el nietecito de Martín acaba de llegar del colegio, nos mira a todos con expectación, de alguna manera descubre que no somos gente extraña. Callado y atento, este niño se queda en la conversación y no termina de entrar a la casa. Nos pregunta si queremos oír un solo de batería: en segundos tenemos un afinado acorde que viene desde el fondo, desde un corredor cercano a la cocina. Resulta un músico delicado, casi frágil, casi un querubín. Luego nos hace oír una descarga de tambor de gaita. Trae una guitarra que muestra jubiloso, pero certeramente la esgrime ante Ángel Viloria (de los tres, el hombre de oído y el ejecutante), quien se ofrece para afinarla; se la devuelve y desde su cuarto nos llegan los ejercicios de un ser ganado por la felicidad de la música. El abuelo lo deja hacer, seguro de sus modales, y gozoso de esa sangre; amoroso, lo descarga del morral y ampara las emociones del hijo de su hija, y más que su nieto: el cielo prometido, para el cual él es frondoso árbol. Preguntamos a Martín por trabajos de Filiberto que la familia haya conservado. Nos dice que su hermana, en aquella casa del campo petrolero que visité en 1992, guarda decenas de dibujos (acuarelas, creyones), bocetos, estudios que nadie ha visto. Pero se nos hace tarde, la hora de la cita en la Nucleoteca está encima, prometemos volver.  Y volvimos, a encontrarnos con un tesoro.

Reproducciones y fotografía: Mariana Hernández.

Miguel Ángel Campos (Venezuela, 1955). Ha publicado, entre otros títulos, La imaginación atrofiada (1992), Las novedades del petróleo (1994), La ciudad velada (2001), Desagravio del mal (2005), La fe de los traidores (2005) e Incredulidad (2009).
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Leer más desde Ensayo, Vol. 30
  1. Conmovedor, necesario y acertado texto de Miguel Angel Campos, uno de los mas densos y preclaros intelectuales del Zulia. Filiberto vivió en casa de mis padres, la de El Milagro, a donde papá le trajo. Allí habitó y monto Taller (en el garaje La Mandrágora) ese callado y enigmatico creador a quien uno admiraba por lo que papá decía de él y de su obra, y temía, desde la adolescencia recelosa de uno en ese entonces. Pero aunque Cuevas en casa siempre estaba callado, serio, distante, uno se sorprendía al verle hablar profusamente y hasta reir a carcajadas, en conversaciones con mamá (Lourdes Armas) en el jardín, allí con el Lago como background. Con papá también pasaba largos ratos, viendo libros, escuchando, dialogando…pero con mamá era una conversa cálida, hogareña, fresca, Fué un creador, de grandes potencialidades y dejó algunas obras de gran valor para el arte. Por cierto que algunas de esas que aqui muestran (y en la revista) no lo representan, y hasta dudo de su autoría. Hasta donde recuerdo la drogadicción tuvo mucho que ver con su injusto y prematuro final. Sergio Antillano A.

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