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2 agosto, 2012

1

Hotel Holanda

por LasMalasJuntas
Morret-Foto

Olga Colmenares Morett (Venezuela)

Vanidad de creer que comprendemos las obras del tiempo: él entierra sus muertos y guarda las llaves. Sólo en sueños, en la poesía, en el juego —encender una vela, andar con ella por el corredor— nos asomamos a veces a lo que fuimos antes de ser esto que vaya a saber si somos.

Julio Cortázar

Podría haberme negado, pero no lo hice. Su proposición me resultaba repugnante. Me costaba incluso imaginarlo. Me repetí mil veces la imposibilidad de sus deseos, aunque admito que parte de mí insistía, justo la fracción que parecía dominar al resto: el miedo a perderlo por una cobardía infantil, que dejara de ver en mí a una mujer. Traté de convencerme de que no era algo malo, sólo posaría para él. Desnudarme, posar y marcharme; ese era mi plan. No tenía por qué involucrarme, era imposible que una simple fotografía cambiara algo en mí. Sin embargo, estaba a punto de descubrir que un giro, aparentemente, mínimo puede determinar la vida entera. Un par de años después de la noche en el Hotel Holanda seguía siendo la otra que dio vuelta en una esquina invisible en el mapa. Ingenua, pensaba que una fotografía no podría dejar marcas en mi piel, sólo debía respirar profundo y seguir la vida con un episodio más para ocultar o narrar. Me enfrentaría al pequeño ojo espía de su cámara, su cámara que era un ejército mercenario oculto entre sombras. Había sido ya modelo de sus fotografías, mi cuerpo desnudo se volvía liviano en él y el pudor desaparecía ante su ojo inquisidor, pero aquella vez no se trataba de lo mismo. La fotografía que me bosquejó me desbordaba, me trascendía, me importunaba, me asustaba; apenas era una niña insegura palpando a las otras que sería. Temía cruzar límites, abandonar los linderos conocidos y pisar, descalza, terrenos minados, sus terrenos. Decirle no era admitir el miedo. Inconcebible.

La temeridad de la juventud sólo deja agujeros en la vejez. La juventud está encantada con los ojos del otro, pesados jueces efímeros que el tiempo disuelve. Cada acto, cada movimiento, cada respiración moldea el futuro, mientras vamos quedando ocultos tras tiesas capas de barro que terminan por asfixiarnos hasta morir. La última fisura de mi terroso traje será el escape del pequeño demonio que me habita.

Después de tantos años, esa noche me persigue como una pequeña cucaracha que va detrás de mi sombra, un gigante imperceptible, un fantasma acusador se esconde detrás de mi retina.

Recibí su llamada un par de días después de nuestra conversación. Me dijo el lugar y la fecha. Me imaginé entrando al hotel, buscando la habitación entre pasillos húmedos de transpiraciones y fluidos, mientras él me hablaba otra vez de arte, de su intención transparente, de la intención de los ojos sin las manos. Hotel Holanda, jueves hacia las nueve de la noche, sólo debía preguntar por él en la recepción. La inexperiencia distorsiona los cálculos, aunque era evidente para cualquiera que ese hotel no era un sitio para mí. No importaba el peligro, importaba él, complacer su más recóndito capricho. Yo rondaba la veintena, él unos veinte años mayor, ella un misterio. Yo taciturna, él genial, ella, quizás, mi doppelgänger. Sólo había estado con él, pensé que quizás ella sería igual a mí. Sentí que mi otra podría destrozarme. No era ingenuidad, era abandonarme, magnificarlo, labrar en él a mi único dios. Fantaseé. Yo, en la habitación de horas. Ambas desnudas. Me pediría que la besara, que la tocara, que le lamiera los pechos y, probablemente, que le hiciera el amor. Él observaría camuflado entre sombras, tragando su cigarrillo a bocanadas, pariendo las fotografías dormidas con sus manos.

¿Cómo harían el amor dos mujeres? No debía ser imposible, aunque para mí sí lo era. Sentía repulsión cuando imaginaba el contacto blando de su cuerpo, el roce de sus labios limpios y su abrazo débil y delicado. Sin embargo, mis ideas comenzaban a empañarse con el vapor de la curiosidad, no por ella, en principio, sino por él, siempre mis pensamientos se empecinaban en llevarme a él. Mis pensamientos me siguen traicionando, sólo que, al pasar de los años, han cambiado su rumbo.

Llegó aquel jueves, los minutos del día pasaron, uno a uno, desgarrando mi estómago. Nervios. Vacilación. Arrepentimiento. Nadie tenía que saberlo, aunque podía pasar algo y descubrirse todo, por lo que nunca le conté a nadie. No podía tan siquiera decidir qué vestir, a pesar de que poco importaba, la foto no llevaría ropa. Tan poco importaba que, como cualquier sinrazón, me dediqué horas a preparar cada prenda: pantalón de pana oscuro, camisa clara y ligera que quería escapar de mi cuerpo, sostén blanco, sin medias, pantaletas blancas, sandalias. Papá, no regreso, me quedo en casa de Elizabeth. Taxi. Hotel Holanda, por favor,dirección precisa que recibe una mirada curiosa y una media sonrisa indulgente. Pagué, me bajé sin esperar el cambio. Lloviznaba, mis pies se mojaron de calle, supe que las sandalias no habían sido una buena elección. Corrí a la entrada. Apenas entrar, ya quería salir. La recepción. Mis ojos trataban de escapar de cualquier mirada. No vi bien la fachada del hotel, mas logré ver que se asomaba el anuncio típico de neón rojo (HOTEL). La recepción estaba desgastada y sucia, el encargado, también desgastado y un poco sucio parecía parte de la decoración. Mis sandalias se pegaban al piso mojado por el agua arrastrada desde la calle. Olía a humedad y limpiador de pisos de limón. Las paredes ajadas se reían a carcajadas mostrando sus cicatrices. Plantas de plástico adornaban las esquinas. Un espejo mugriento ocupaba una pared entera frente a la recepción, veías en él a la persona que eras cuando entrabas para que pudieras reconocerte a la salida. El estante de llaves, casi vacío, reinaba en el fondo, tras un gran escritorio de formica resquebrajado. El viento frío de la lluvia se colaba en el corredor. Una puerta daba a un pequeño bar, pensé en tomarme algo, pero detenerme en un trago implicaba dar media vuelta y marcharme.

Buenas noches. Pregunté por su habitación, mi voz temblaba y no podían distinguirse en ella palabras. El encargado movía la boca tras su pequeño bigote y la gran papada grasosa. ¿Buscas a quién? ¿Quieres una habitación o qué? Escupió en mi cara. No podía estar allí de pie ante la mugrienta recepción. Logré por fin que el encargado escuchara mi voz que se convirtió casi en un chirrido gatuno. Ya era tarde para los arrepentimientos, me desnudaría con ella y posaría para él. Tenía que complacerlo, no me iba a amar de otra forma. Me condenaría por sus deseos, encantada por su flauta. Ya había dicho su nombre al encargado, era tarde para correr. El encargado levantó el teléfono y le anunció mi llegada. Sentí sus pasos bajando por las escaleras, era él, una puerta se abría dejando escapar mil demonios. Beso impregnado de menta post-cigarrillo y, tal vez, post-cama. Fumaba por la tarde y cuando se preparaba para revelar sus fotografías y después del sexo. Cama. Ella. Me tomó de la mano y me guió por las escaleras. Siempre tuvo el poder de hipnotizarme sin muchas palabras, aunque para él era un placer tejerlas y preparar la red para mi caída. Cada escalón rechinaba bajo nuestros pies. Imaginaba que ella estaría ya en la habitación, ya se habrían acostado mientras me esperaban, yo llegaría tarde a oler el humo de los cuerpos. Temblaba, no sólo por miedo y el frío de la lluvia, temblaba de rabia porque él y ella habían estado en aquella habitación sin mí. La escena se me proyectaba mientras escuchaba su voz de fondo tejiendo: él penetrándola, ella gimiendo, él apoyando la planta de las manos mientras las sábanas corrían como el semen liberado en su abdomen. Comencé a mojarme. Quería ser yo, gimiendo bajo su cuerpo mojado de sudor.

Me invitó a pasar. Desperté de la fantasía reflejada en los ojos febriles de ella.

Entramos en la habitación. Tú ya estabas allí. Piernas cruzadas, codo apoyado en el brazo del sillón sosteniendo un cigarrillo, justo frente a la puerta, tus ojos fijos en la puerta, esperándome. Avancé midiendo cada paso, mientras tú medías mi cintura con tus manos de iris. Parecías tener experiencia en aquel tipo de escenario. Me tragabas con tus ojos de lengua, la ropa no me cubría suficiente. Lo miraste en señal de aprobación, aprobándome como a cualquier presa. Ella es Eva. Nunca le pregunté si ese era tu verdadero nombre. Eva, ella es Sofía. Me aferré a su brazo, pero él ya no podía protegerme. Me ofreciste un trago, acepté en respuesta a tu desafío. Me sentí torpe, una muñeca de recortes con hilos cortos lanzada a la palestra. No sabía cómo poner las manos, dónde dejar mis cosas, si entraba al baño y me quitaba la ropa y me sentaba en la cama a esperar la fotografía. No iba a ser así, yo era un experimento. Su plan era fragmentarme y dejarme rota para siempre. Lo lograron, sigo estando rota.

Imaginé, uno a uno, los dedos acusadores mientras campaneaba mi tinto. Yo no iba a hacer nada, él ya había visto mi cuerpo desnudo y a ti no te volvería a ver jamás. Mentiras. Engaños. Cada vez que me atrevo a mirar apareces para juzgarme.

No recuerdo la conversación. Arte, desnudos, nada sexual, todo sexual, dos mujeres, fantasías. Terminé el tercer tinto que dejó manchada mi lengua. Mientras él preparaba la cámara y la fotografía, yo trataba de descubrirte. Te recuerdo relajada, con una mirada cómplice e interés por el mejor ángulo. Ayúdame a escoger cómo vestiremos la cama, tú y yo vamos sin ropa. Otro tinto más. Por el arte… y ¡salud! Vestiste la cama siguiendo sus instrucciones. Comenzaste a quitarte la ropa, él no sentía curiosidad por ti. Mil veces habrías yacido desnuda junto a él. Yo estaba parada, espalda-pared, observando. No. Observándote. Piel muy blanca, formas definidas que no dejaban espacio a huesos o ángulos agudos, tus extremidades se alargaban en el espacio o así lo percibía desde mi posición. Pechos redondos ligeramente afectados por la gravedad con los pezones desafiantes a cualquier contacto. Tu miraba decía cosas que eran secretas para mí, dejaste de ser la otra que se acostaba con él. Tomé unas cuantas copas de tinto más en la habitación del Hotel Holanda. El tinto liberador me llevó a ti, demoliendo los muros de mi vergüenza avivó mi curiosidad por ti, por tu soltura y tu desenfado. ¿Qué podía ver él en una mujer como tú? ¿Por qué me había traído aquí y qué esperaba? ¿Sentiría celos si te tocaba o sólo se sumergiría en la más prosaica fantasía?  Me sentí embriagada por los olores de la habitación, el tinto, los celos y tu actitud de reto, duelo, desafío. Rebeldía, enfrentamiento. Quería ser otra, demostrarle a ambos que no era una mojigata inocente. El exceso reventaba mis sentidos: ojos ahumados, lengua reseca, orejas difusas, piel caliente, nariz jadeante. Deseaba con todas mi fuerzas escapar de mí.

Una fuerza desconocida me poseyó, imposible resistirme. Intenté huir de la habitación y sus aromas brujos, correr lejos de ti y lejos de él, olvidarme de la fotografía y el arte y salvar la poca cordura que me restaba. Fracasé desde el principio, mis pensamientos, mis vísceras, mis manos, mis ojos, mi lengua, todo, me tatuaba a tu piel. Me desdoblaba en tu cercanía y me dejaba atrás. Vaivén entre yo y la otra. Mis paredes se iban coartando, despegando, deshilachando. Mis dedos acariciaban tu cuerpo, me provocabas más que nada, más que él. Quería llenarme de tu libertad y romperme, darte vuelta y admirar cada una de las figuras que te componían. Quería sentir tu piel rozando la mía, comprobar tu fragilidad entre mis manos, fracturarte. Mi cuerpo era el tuyo, piscinas reflectantes. Deseaba explorarte y conquistarte.

Sin ropa te recostaste en la cama, esperándome, otra vez. Me mirabas. Esperabas que yo te siguiera, que me despojara de mi única protección. No pude, me quedé allí de pie, ambas manos en la copa; mirándote. Te levantaste de la cama, te arrodillaste frente a mí, bajaste las manos desde mis muslos hasta mis pies y quitaste mis sandalias. Te levantaste para tomar los bordes de mi camisa. Paralizada, sólo mis ojos se movían para seguirte. Mis brazos levantados, tomaste de nuevo los bordes y comenzaste a subir mi camisa. Sentí la tela y quise creer que eran tus manos. El primer escudo estaba vencido. Apoyaste las manos en mis caderas. Sin mirarme a los ojos. Quitaste el botón, deslizaste el cierre, te dejaste caer con la tela que cubría mis piernas. Tus manos tocando mis piernas, mis nalgas, mis caderas, mi espalda. Primer broche, aún no podía moverme. Segundo broche, mis pechos abiertos. Acariciaste mis hombros, mis brazos, rozaste mis pechos. Sólo quedaba una prenda que ibas a quitar despacio. Descendiste por mis piernas, llegaste a los tobillos, detuviste el movimiento. Levanté mis pies del suelo. Desnudez, completa desnudez. Tú, de pie frente a mí, más alta que yo. Podía ver cómo tu pecho se inflaba, desinflaba, se agitaba, se hundía, quería salirse de sí y descansaba. El impulso fue llenando las palmas de mis manos. Quería llegar a ti, sin embargo me movía sólo en la imaginación hasta tus caderas. Sonido de abrir-cerrar diafragma. Primera fotografía.

Me convertí en una espectadora, mi cuerpo no obedecía órdenes. Desnuda. Él había tomado ya mi fotografía, la imagen de mi cuerpo desnudo junto al tuyo. Mi visión borrosa. Mi cuerpo abandonado. Sucedía. Se agolpaban en mis pensamientos: pecados, preceptos, deseos, angustia, morbo, labios, ganas, sexo… No podía, no podía dejarme llevar. No era yo, otra me comía y bebía. Quería acostarme con él, no contigo; quería sentir al hombre dominando, embistiendo, succionando, penetrando. Dos mujeres no debían ser. Escuchaba el sonido de mis inhalaciones y exhalaciones. Estaba borracha, sentía que mis latinos me destrozarían los tímpanos, cada bombeo de la sangre tapaba mis oídos que ya no eran capaces de escuchar la presencia de él, sino tu respiración. Retumbaban en mí el silencio y las cacofonías desorientadas de mis sentidos.

No deseaba detenerte. Deseaba detenerlo. Danzaba perdida en círculos con mis pies pegados al suelo. No me mirabas, lo mirabas a él. Te estabas alejando de mí, quizá por miedo a mi parálisis absoluta. Te retiraste. Mis brazos se pusieron en movimiento impulsados por una fuerza ajena, mis manos se anclaron a tus caderas, atrayéndote a mí. Volvía la fuerza a mis miembros sin control. Mi cuerpo se estiraba, tocaba el suelo con la punta de mis pies, la cercanía de tus labios me hizo reaccionar. Tragué el exceso de saliva que se juntaba en mi garganta. Tomaste mi cara con tus manos y me pusiste de nuevo a unos milímetros de tus labios. Podía sentir cada pliegue con mi aliento, luego con mi lengua que se asomaba despacio. Tú la recibiste entreabriendo los labios. Tu nariz, mi nariz, tocándose. Mi lengua se anudó con la tuya en un beso, beso-caricia, manos-espalda. Sabor amargo, aliento pesado de humo y alcohol. El pecado era un caramelo delicioso disolviéndose en mi boca.

La textura de tus labios era tan diferente, un durazno de piel dura que iba mordiendo poco a poco para extraer su carne. Había perdido todas mis armas, incluso había perdido el miedo y me había anegado la curiosidad. Curiosidad por probar tu piel, por descubrir sus diferentes relieves. ¿Querías, como yo, abrirme y saber mis colores, olores y sabores? Tus labios chocaban contra mi piel, querías llegar a todos los lugares que quedaban vulnerables en mí. Me mordías. Me lamías. Me absorbías. Me tomaste de los hombros y me alejaste de ti un poco. Me miraste por fin. Lamiste los bordes de tu boca, clavaste los dientes en los labios, provocándome. Se multiplicaron las manos en mi espalda y mi cuello, enlazabas mi cabello con los dedos. Nuestros vientres, nuestros pechos se acariciaban en un continuo oleaje. Él estaría disfrutando, observando, midiendo la próxima fotografía.

Estaba extasiada, descubriendo tu piel, tu sabor, tu aire. Mis pies, mis piernas, mis brazos, mis manos necesitaban tu movimiento. Me descubrí queriendo hacer el amor contigo. Los cuerpos entrelazados danzaban en la cama. No sabía qué debía hacer. Necesitaba saber poco, pues tú eras la directora de la orquesta. Te toqué como él me había tocado. Te besé, buscando tragarme tu alma. Mordí tus labios, lamí tu cuello y tus pezones enhiestos, acaricié todas las partes de tu cuerpo que quedaron expuestas. Tomaste tú el control, sabías mejor que yo qué hacer. No era tu primera vez. Me senté al borde de la cama mientras tú te arrodillabas. Pasaste la lengua por mis piernas, te acercabas y te alejabas, jugando con mi deseo que mojaba cada vez más las sábanas. Acariciaste mi vientre. Separaste mis piernas. Acercaste tanto tu boca que creí que ya no podría respirar más, sólo ansiaba que me desgarraras con tu lengua. Y así lo hiciste, confundiste tu saliva en mi humedad. Yo me aferraba el borde de la cama, apretaba mis dedos hasta sentirlos sin sangre, trataba de ahogar los sonidos, pero no pude más. Sollocé. Se proyectó desde fuera un gemido. Te percibí recorriéndome, buscándome, partiendo en dos mi existencia, haciéndome otra y recordándome. Llegaste al punto en el que se concentra todo, en el que se va acumulando la energía antes de estallar. Vaivén preciso y constante. Parabas a ratos para tomar aliento. Tu aire también me palpaba. Me asías por las caderas en tu abrazo. Yo no oponía resistencia, mis piernas comenzaron a temblar. Las puntas de los dedos de mis pies seguían rozando el suelo, buscaban sostenerme, pero las fuerzas me habían abandonado. Se reunieron todas las energías que habitaban mi cuerpo, que sólo era capaz de responder a tus embistes. Tus dedos me atravesaban, me escindían. La acumulación y el desborde de todo cuanto me hacía respirar. Gemí más fuerte.

Duró un instante el abandono total del cuerpo. Mis miembros huían para retener la sublimación de los sentidos. Mi cuerpo se retorció, los músculos ya no me pertenecían, eran propiedad de esa fuerza, tu fuerza, tu aliento. Una corriente me transitaba desde la base de la espalda, disipándose en todas direcciones. Toda yo era vibración, pequeñas convulsiones aquí y allá.

Me tumbaste sin perder el contacto. Trepaste por mi abdomen y llegaste a mis pechos. Succionaste, mordiste despacio, recorriste sus alrededores con tu lengua. Primero uno, luego el otro. Apretaste cada uno con tus manos mientras jugabas con el otro en tu boca. Finalmente, caíste sobre mí, absorbiendo cada una de las palpitaciones que viajaban por los nervios, cuyo epicentro era mi mismo centro. Tus besos estaban llenos de mi humedad. Tu cuerpo comenzaba a llenarse de mí. Empujabas, te empujabas hacia mí, yo respondía con fuerza levantándome. Sólo se movían tus caderas, invitando a las mías a bailar, y así lo hicieron, acompasaron su movimiento para hacerlo uno. Cada compás iba rasgando las capas de tu piel, poco a poco se iba despejando tu humedad. Comenzó de nuevo la acumulación de energía, aunque esta vez era la energía de ambas. Chocábamos transfiriéndonos esa energía, la fuerza de un cuerpo al otro, te visitaba y luego te dejaba para volver a mí. Podía distinguir cada uno de los contactos, únicos, paralizados en el tiempo. Borré los restos y dibujé en tu lugar el mundo. Mis manos buscaban traerte más adentro, mis dedos clavados en ti, mis uñas enterradas en tu espalda guiándote. Tu respiración fuerte y cónsona a mis gemidos. Necesitaba más de ti, sentirme plena en tu danza. El cuerpo mismo salió por la boca y atravesó el aire. Poco a poco disminuyó el movimiento, pequeños espasmos que se sucedían en diversas partes de nuestros cuerpos que aún permanecían entrelazados y confundidos. Te dejaste caer por completo sobre mí, y dejó de existir todo cuanto podía abarcar la percepción. Sólo éramos eco de un latido ajeno al corazón, un latido animal, un lazo-latido. Estaba agotada. No podía deshacerme de tu cuerpo. Y caí también, dormida entre las sábanas y quién sabe cuántas fotografías. Caí en el sueño profundo de la saciedad.

Cuando desperté me encontré en medio de las sábanas húmedas, en medio del humo que salía de su cigarrillo. Él apostado en el sofá junto a su cámara. Tú aún dormías. No podía ver más tu rostro, no podía parar las imágenes de cuanto había sucedido hace unos minutos, hace unas horas. Me levanté de la cama, busqué cada prenda y tal como habías hecho tú antes repetí el proceso a la inversa. Lo miré fugaz. Tomé mis cosas. Borraría toda esta escena que seguro él tendría plasmada entera en sus fotografías. Cerré la puerta de aquella habitación para siempre. Bajé corriendo las escaleras del Hotel Holanda, ignorando su voz que me pedía volver.

*Relato ganador del Concurso Monte Ávila Editores para Autores Inéditos, género Narrativa, 2012.

Olga Colmenares Morett (Venezuela, 1980). Ingeniero en computación (USB-Venezuela) y magíster en filosofía (USB). Participante en los talleres de narrativa de CELARG (2004) y Monte Ávila Editores (2006). Ganadora del Concurso Monte Ávila Editores para Autores Inéditos (2012) con el libro de cuentos Las cabezas de Medusa.
Sitio web: Fragmentos Platonicos.
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Leer más desde Cuento, Vol. 30
  1. José Iskandar
    ago 3 2012

    excelente cuento, muy sexy y logra desarrollar de manera adictiva una situación muy erótica que lo obliga a uno a seguir cada linea sin parpadear. Felicito a la autora.

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