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30 agosto, 2012

Almohada

por LasMalasJuntas
Jonathan-Pimentel

Jonathan Pimentel (Costa Rica)

Hacer un corte perpendicular en el torso, una incisión fina para que la sangre no arruine el plumaje o, más precisamente, un orificio para que sea posible drenar la sangre con una manguera diminuta. Todo se dificulta puesto que una mano debe apoyar la cabeza, que no deja de revolverse, y la otra realizar el procedimiento. El uso de guantes imposibilita, casi completamente, la ejecución correcta. Es necesario que la piel se acostumbre a los estertores inevitables de la grandeza. En general, la piel está educada para tanteos inocuos con abismos y cúspides; un cuerpo que se revuelve combina ambos y, sobretodo, temperaturas. El guante, con su oferta anti-microbiana, ofrece llanuras, nada más.

—Las dimensiones no deben resaltar lo diminuto de la silla. Una punta debe ser abultada y estar parcialmente recortada. Ese corte me permitirá ocultar pequeñas piedras y, apenas, acceder al interior. La punta opuesta debe ser imprecisa y corrugada. Las dos puntas restantes las arreglaré yo después. Muchas plumas, claro. Me gustaría golpearla y sentir que el golpe me toca a mí. Apenas un contacto, no quiero dolor, sólo la sensación de reciprocidad que  brinda  el retorno de algo que ha salido de mí. Lo que vuelve no es igual, yo sé, pero en la reciprocidad puede reconocerse algo propio, íntimo.

―Primero hundo mis manos en los costados, pero con la fuerza necesaria para que sepan que es la última vez. La rodilla derecha va, ya sin que medie ninguna orden, a la parte baja del pescuezo y la mano izquierda en la cabeza. Vine aquí sin ánimo de quedarme, pensaba que las rodillas iban a mejorar porque sí. Así podría demostrar que todavía podía dar emociones y tristezas. Qué raros son los saltos, duran apenas unos segundos e incluso con toda su potencia, sólo cubren metros, centímetros. Además, para los que miran llegan a ser significativos cuando han terminado. Para mí, tenían importancia cuando pensaba en ellos, cuando imaginaba que finalmente estaba en el medio, antes de su final.

—Al principio todos se resisten. Vienen aquí por un único momento que, usualmente, no quieren repetir. Los que están dispuestos a la repetición van a otros lugares. Aquí resurge el pudor que por instantes perdieron. Instantes que raras veces parecen recordar. Los llevan consigo pero anexos, son accesorios. Creo que es, para ellos, algo así como un apéndice. La granja les recuerda que ellos no son nada más que ese apéndice. No porque así lo queramos, sucede simplemente, aunque nadie lo diga. Yo regreso a mi casa y apenas los recuerdo; no podría decir que soy indiferente pero su pudor o inocencia rara vez me han interesado. Mi vida depende del número de productos que fabriquemos, cuento y recuento, me aseguro de cumplir con mi cuota. Me preguntan constantemente por detalles, quizá a la espera de encontrar conflictos irresueltos y, más aún, irresolubles.  Cada pregunta me produce algo que tal vez sea tristeza o rabia. Cuando se trata del procedimiento todo es distinto; hay otros modos de decir que puedo utilizar, que debo utilizar para expresarlo. Pero esta apertura no llega a ser un conflicto.

―La superficie no puede ser homogénea. Esto es lo que más me interesa. Quisiera poder describirla con precisión, debería ir allá y mostrarles, pero no puedo. Primero, en la parte superior quisiera la sensación de la tierra mojada: suavidad que es casi una invitación a hundir, primero, las puntas de las uñas anular y trazar en el mismo movimiento un mapa o dibujar un diagrama. Luego, las uñas de los pulgares, que pueden ser casitas o accidentes geológicos. Con la asíntota palma de la mano izquierda insinuar una caricia, crear la expectativa del viento. La palma derecha lo verá todo, desde la altura, será la lluvia. Con los antebrazos vendrá la turbulencia o la bruma o la caída de bichos que se esconden bajo la tierra.

—Se puede soportar mentir siempre y cuando uno comprenda que las mentiras son lentas verdades. Yo siempre he mentido, o creo que he mentido, sobre los saltos. Pero cuando ella decía soñé esto y aquello y me daba detalles y explicaciones minuciosas yo apenas  podía responder. Supe que tenía que dar una respuesta, de lo contrario no pararía de catalogar sus sueños y, creo que lo hubiese hecho, soñar frente a mí. Seguir mirándome, hablando y, simultáneamente, soñar. Por eso, yo respondía. Ella se enojaba porque mis sueños siempre eran variaciones de una misma imagen: un salto perfecto, polvo levantándose, gritos cercanos y mis muslos temblando. Sus sueños, por el contrario, siempre eran opacos y resistentes. Permitían prolongadas estancias, idas y venidas. Me proponía a cualquier hora que los resolviéramos y exigía, además, verosimilitud. Fue hasta que un día me contó su sueño conmigo que tomé la decisión.

―No me propuse elegir, pero creo que era necesario hacer una elección. Ellos tienen su silencio, guardan y sacan, se ocultan y hacen que se van. Hubo uno, quizá dos que ya no están, posiblemente ellos…pero ya no lo sabré. En cambio ellos, los otros, son distintos. Son pureza cubierta de tanta basura que hay que remover. Tenemos que darles el silencio, por eso es tan importante para mí la postura de las manos y el contacto de la piel. No es hasta que aprietan la cabeza que sobreviene ese momento que interrumpe el ruido que son los otros. Yo siempre se los he dicho, toquen con cuidado, como aquella vez inolvidable, y sentirán, probablemente por única ocasión, que existe lo enteramente sonoro. Es muy fácil confundir sonidos y ondas con movimiento, me he tomado muy en serio esta distinción para que puedan apreciar lo que implica darles el silencio, librarlos del ruido. Una mano apretada es un gesto tan torpe cuando no hay una de sus cabezas musicales que se sosiega con el aumento de la presión que ellos, sólo ellos, pueden controlar.

—Con el índice derecho, tan poderoso por inane, trazaré las calles de un lugar porvenir. Tendrán muchas curvas angostas y las esquinas estarán abarrotadas de ciegos con suerte escondida y ácido…los ciegos interrumpirán el tramado todopoderoso de caminantes que se dirigen hacia el este. Con las calles vendrán establecimientos y con ellos desviaciones, bloqueos e ilusiones que llegarán a tener centímetros de altura, serán coloridas y formarán parte de series. Los caminantes seguirán su camino hacia el este. Con el índice izquierdo alejaré el este, pero no lo haré inalcanzable.  En los márgenes de las calles un galgo discreto que devora arena será mirado por alguien atascado en escombros. Con los dedos medios crearé la entrada para el estremecimiento. Una entrada que no precise de aberturas; que baste con que la punta de los dedos medios se toque para que sobrevenga un chorro húmedo y que ese relente tampoco necesite de otros orificios que no sean los intersticios de mis uñas.

―Cada vez saltaba menos, me conformé con mi facilidad para acercarme victorias. Pienso que no tuve opciones, al menos no pude verlas. Cuando me contó el tercer sueño, ella sabía de mi decisión, pero pensaba que, como con los saltos, el polvazal sería mío y de nadie más. Me dio tres versiones y en cada una creí reconocerme, pero eso no la satisfizo. Ella insistía: si yo estaba en su sueño, y al mismo tiempo yo soñaba, ella debía estar en mi sueño. Reclamaba saber qué y cómo era ser soñada por otro, especialmente por mí. Yo repetí la sucesión del salto, la gloria y los muslos vibrando. Le expliqué, casi rogándole que finalmente entendiera, que yo mismo no podía entender la recurrencia de este sueño. Describió el tono de la última tarde que  había conocido, pero no reparó en ella. Contó más y más, acusándome de un imposible encubrimiento. Los fémures y tibias, que apenas podía sostener, se astillaron al contacto con una versión de sueño, que era mi salto y era ella.

—Desarrollan un gran respeto, puede ser porque así me quieren dar algo, dejarme al menos con la posibilidad de la cercanía. Al iniciar siempre repiten, con credibilidad, su desconfianza hacia los equipamientos técnicos que recibimos cada cierto tiempo. Casi cantan con las manos mientras se cubren con sangre del día anterior el cuerpo dañado que un día heredaron de sí mismos. Mientras la sangre gotea y crea formas en su contorno se deslizan hacia ellos. La sangre los impulsa, los hace girar y en el breve trayecto toman, mientras bailan, los instrumentos que pueden. Juntos logran  restaurar momentáneamente sus instantes: grandes hombres trágicos.

Trejo-fotoJonathan Pimentel (Costa Rica). Profesor en la Universidad Nacional de Costa Rica (Escuela Ecuménica de Ciencias de la Religión). Actualmente cursa estudios doctorales en Chicago, en el área de Filosofía de la Religión.
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