Saltar al contenido

30 agosto, 2012

1

Solus ipse

por LasMalasJuntas
Ocando-Foto

María Ocando (Venezuela)

Dolía la muerte próxima aún sin ser videntes de nuestras sentencias. Habíamos madurado en nuestras manos. Anticiparse al pánico del vuelo. Dolía la fiebre y dolía el encierro. El himno recitado a media asta fue una evidencia rebatible y pasajera—hubo mayores y más crueles pruebas que a tiempos dieron testimonio a nuestro favor. Dolían la noche negra y las autopistas inundadas, el intento de rescatarse desde un vacío infranqueable, agotando la voz. El perdurable exilio de la realidad a manos del lenguaje imponía su ley: nacer en la mente, morir en la mente, vivir en puentes falibles.

Lo que ardía era un miedo hermoso; un insulto contra lo debido y lo hecho credo, seguir errando de más y exquisitamente, haber hecho hogar en el exceso.

Dolió sobre todo la súplica negada por la soberbia, resguardada en el alivio de un silencio que se nutrió de ruegos: un cero que aterraba.

Salvó, más allá de un sollozo lejano, saberse centinela de la enfermedad que habitaba el cuerpo.

De golpe las noticias de tempestades y una neurosis que podía más que la renuncia a cesar del trueno. Santa Bárbara bendita, líbranos de la muerte repentina. Ceder la realidad a alegorías engullidas. No llueve; es sólo algo que dices cuando estás triste. No entran las llamadas; es sólo algo que dices cuando quieres estar solo. Afuera, el crimen y el agua. Caracas no existe. Es mi invento. Ante cualquier cosa que nombren, la pienso.  Ante la hendija que la lluvia le rajó a la cueva, la pienso. En el teléfono que repica y nadie agarra, la pienso. En el granizo, en el miedo. Cuatro de diciembre. Santa Bárbara bendita, líbranos de la muerte repentina.

Han repetido tanta conversión. Es difícil creer que nada se agota excepto el tiempo. Signos atados; el discurrir de los días ha marcado sin reverso los virtuemas. Sólo queremos afectos que hayan marcado la juventud. Siendo que zarpé hace décadas y voy arribando, toca que parta. Nunca estuve. Pertenezco a la legión perdida de cosas que se te fueron cuanto tenías solo siete años, cuando la fiebre, cuando el colegio, cuando los truenos. Santa Bárbara bendita, defiéndenos de las tempestades. Acabada la lluvia, una plegaria a tiempo habría evitado el infarto. Ahora arrastro el diluvio palpitante.

Trejo-fotoMaría Ocando nació en Maracaibo, Venezuela (1987). Estudió idiomas modernos y periodismo. Es autora del libro Logramos salvar a todos (Ediluz, 2007) y ha publicado textos en revistas electrónicas e impresas (PaísPortátil, Tendencia).
About these ads
Leer más desde Poesía, Vol. 32

Deja un comentario aquí. Si quieres, puedes utilizar Facebook o Twitter.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Nota: HTML está permitido. Tu dirección de correo electrónico nunca se publicará.

Suscribirse a comentarios

%d bloggers like this: