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13 septiembre, 2012

El gato de los últimos días

por LasMalasJuntas
Diego-S--Lombardi-Foto

Diego S. Lombardi (Argentina)

La situación comienza a irse de las manos. El video se está propagando de forma viral y la intención de tales atentados sigue siendo un misterio. Según la última información divulgada en la red, su creación es atribuida a una, hasta hace un tiempo desconocida, secta denominada Tempest. De momento no hay más datos al respecto y lo único que está bien definido es su modus operandi. La técnica es bien sencilla; basándose en la premisa de que la observación del video en ciertos estados susceptibles puede activar nuevas conexiones neuronales, con la intención de encontrar al espectador en posición receptiva y vulnerable, abiertos sus focos de atención como poros, esta forma de terrorismo virtual ya se ha cobrado sus víctimas mediante la inclusión del video bomba, que no llega a los tres minutos de duración, dentro de otros videos de todo tipo de temática.

Como una especie de parásito, en cualquier momento de un video cualquiera puede aparecer el logo, complejo y en algún punto similar a un mandala tibetano, que los medios no tardaron en bautizar “Sello Tempest”; prosigue al mismo una secuencia de imágenes que, en conjunto con sonidos indescifrables, generan en el observador una perturbación tal que ya no es novedad la noticia de que varios alumnos de un colegio de Clorinda bebieron de la cisterna de la locura mientras se les proyectaba un documental de la revolución francesa descargado de Internet.

Chiche Gelblung constató en su programa dominical, mediante una tomografía a uno de los jóvenes afectados a la exposición del video, que ciertas zonas del cerebro mostraban una actividad inusual a la normal frente a estímulos corrientes y cotidianos. Según exponía el experto encargado de la investigación, una vez realizado un nuevo recorrido neuronal es más fácil volver a reactivar el mismo. Argumentó que en el cerebro humano, si bien existen ciertas conexiones o precableados innatos, básicos e instintivos, la personalidad, lo que constituye nuestra singularidad, se desarrolla gradualmente a lo largo de toda nuestra vida mediante la activación de nuevas subredes neuronales.

Tomó luego la palabra un mediático pastor evangelista quien advirtió sobre la proximidad del fin de los tiempos y comparó a este tipo de agrupaciones, basadas en la idea de concebir un organismo más grande engendrado por los diferentes adeptos, con una proliferación maligna de grupos celulares que forman órganos antagónicos a la sociedad cristiana, obstáculos para el advenimiento de la comunión definitiva. El programa siguió luego con la encuesta televisiva para definir el mejor culo de la Argentina. Al momento en que apagué la televisión iba ganando Belén Franchese con el treinta y dos por ciento de los votos.

No es conveniente observar el video entero. Y lo digo por experiencia, no es conveniente. La chica nueva está pegando fotos de su hijo en los paneles que dividen su escritorio del mío. Me mira y sonríe. Devuelvo la gentileza, aunque lo mío se acerca más a un bosquejo. Vuelvo a mirar la pantalla.

Click en el siguiente link. El gurú de las dietas junto a una delgada modelo. Cuando quedé embarazada subí 19 kilos y gracias a Jorge pude volver a desfilar. Se ven fotos de ella durante el embarazo; claramente había encarado el asunto como si de un tenedor libre se tratase. Aunque había vuelto a ser flaca, habría que verla sin ropa, seguramente llena de estrías como si hubiera sido atacada por fieras salvajes. No se enuncia la marca. Tampoco se hace referencia directa al producto. El video está limpio. Antes de pasar al próximo, la ventana de diálogo cambia de azul a naranja intermitente. Es gatitademontegrande que retoma la conversación. Ha cambiado su avatar anterior por una imagen de ella, en su habitación, con lentes de sol. Y sí, estoy con un kilombo terrible, tengo refacciones en casa y ya estoy agotada de verle la raja al albañil que, para colmo, se me hace el Alain Delon. Minimizo. Click en el siguiente video. Bastó con unos segundos. Video baneado. Denunciar IP. Tipifico razón: Pedofilia.

Próximo. Milagrosa Virgen de Lanús. Click en el link. El video muestra a los devotos en la plaza, donde aseguran que todos los seis de enero puede verse la imagen de la virgen en el sol. A la sugestión masiva agregale a la ensalada mirar al astro directamente, en verano y durante horas, y decime si no ves a dios con las pupilas quemadas. La cámara va y viene, del sol a la gente, de la gente al sol, y allí queda unos instantes. Calidad VGA. Sospecho que algo va a suceder porque, por su extensión, no puede pesar tantos kilobytes a menos que esté adherido a un video de mayor resolución. Adelanto un poco. Hay que ser meticulosos. Detengo la reproducción ni bien veo aparecer el Sello Tempest. Preventivamente tengo el volumen de los auriculares al mínimo. Video Milagrosa Virgen de Lanús baneado. Denunciar IP. Amén. Enter. Tipifico razón: Tempest.

Me estiro en la silla. La chica nueva aún no se acostumbra al trabajo. No faltará mucho. Aún sigue sorprendiéndose y no se cansa de contar a quien se encuentre más cerca los pormenores de cada video que ve. Nadie le presta demasiada atención. Con el tiempo se aprende que es suficiente con el material que diariamente se asigna a cada uno como para tener también que visualizar mentalmente lo que revisa un compañero. Marco break y comienza el conteo. Veinte minutos en cuenta regresiva. Voy a buscar un café. Así son todos los días.

Debo reconocer que entre la monotonía laboral he descubierto un pasatiempo agradable. Apareció una vez así como de casualidad. Su único defecto es que no siempre puedo disponer del mismo, se ajusta irreversiblemente a las condiciones climáticas y a otros factores del azar, o de la causalidad, según el enfoque que se le quiera dar. Entonces, cuando me encuentro agobiado por el trabajo, lo único que logra distraerme, realmente oxigenarme, es contemplar desde la ventana al gato que todos los días de sol se recuesta sobre el techo caliente de la casona de Riobamba. Todavía no termino de comprender los mecanismos involucrados, simplemente lo miro fijo, poniendo los ojos un poco bizcos, voy bajando el ritmo de la respiración hasta sentirme mareado, en esos momentos es de vital importancia no alterarse y mantenerse respirando lentamente, es lógico sentir cierta emoción en el traspaso pero hay que mantenerse calmo, calmo hasta que el gato me mira, o suena una bocina, y de golpe es como si despertarse de un sueño empalagoso, los sonidos se hacen más claros y los colores más intensos, más reales, y ahí nomás siento el calor de las tejas, y el placer de un cuerpo flexible que gusta del sol y quedo un rato, asoleándome, observando la procesión de instantes sucediéndose como el caer de las hojas en otoño, estirándome de vez en cuando hasta que las sombras se hacen largas, momento en el que me dirijo a la casa de antigüedades de Lautaro y Elena, donde me dejan restregarme entre sus piernas mientras hablan con sus clientes hasta que viene Héctor, excitadísimo, prácticamente arrastrando su enorme maletín, que dice No vas a creer lo que conseguí, y se va con Lautaro al fondo del local donde tienen más intimidad. Es innegable que yo también siento curiosidad, alguien dijo alguna vez que era la asesina de los gatos pero así y todo no puedo resistirme, y desde arriba de una poltrona veo que Héctor saca de su portafolio, protegida a su vez por una caja forrada, una tzantza.

En el instante en que Lautaro alza la pequeña cabeza para observarla más detenidamente dejo escapar un gruñido; al menos, yo en mi vida he visto algo así, pero una sensación indefinible me obliga a estar alerta, como reflejo arcaico ante una esencia sutil, cautiva detrás de aquellos párpados cerrados y cocidos con grueso hilo negro.

Héctor había dado con la misma por medio de un soldador de La Boca, quien la tuvo en su poder por casi treinta años. Éste, a su vez, la había adquirido durante una temporada en los astilleros de San Antonio, al derrotar en una partida de carioca a dos marineros borrachos llegados en un barco mercante que traía maderas de Ecuador. Aunque naturalmente algo renegrida por el tiempo y el proceso de reducción, no existen dudas de que la cabeza, ahora apenas más grande que un puño, destacándose grotescamente los bigotes, había pertenecido a un gringo.

Esto que traigo de mi último viaje por el noroeste merece un capítulo aparte, dice Héctor mostrando un colgante hecho de pequeñas piedras verdes, el hallazgo lo hizo un paisano de Aimogasta en la enorme extensión desértica que se encuentra entre La Rioja y Catamarca. Dejame ver. Me habló de las ruinas de una iglesia, también de una enorme roca pintada, mirá cómo son las cosas que dio por pura casualidad mientras buscaban unas ovejas extraviadas de la chacra de su compadre en Bañados del Pantano, un poblado de unas diez casas, el punto habitado más cercano; imaginate que no quise perder ni un minuto, pero me llevó un rato convencerlo, el tipo parecía tener miedo de volver. Lautaro se acomoda los lentes. Fuimos a lo de su compadre esa misma tarde, prosigue Héctor, al día siguiente partimos rumbo al desierto a lomo de mula, de allí no eran más de quince kilómetros y lo más dificultoso fue dar con el lugar, no se puede tener muchos puntos de referencia en esa zona donde no hay más que arena y algunos algarrobos secos; la iglesia, no vayas a creer otra cosa, no era más que unas paredes hechas con ladrillos de adobe casi totalmente destruidas; la motivación que llevo a un puñado de jesuitas a establecerse en aquel paraje es una incógnita, y lo más extraño de todo era la única roca que podía encontrarse a kilómetros a la redonda, unos tres por cinco metros, la misma tenía no pinturas, como había mal informado mi guía, sino una serie de petroglifos demenciales en los que podían reconocerse representaciones draconianas típicas de la cultura Aguada, aunque mucho más complejas y elaboradas, te juro, no se parecía en nada a algo que haya visto anteriormente; el centro de aquella roca lo ocupaba una enorme figura antropomorfa, alrededor de ésta había otras de iguales características sólo que más pequeñas y que alzaban con sus brazos diferentes ofrendas, entre ellas cabezas humanas; inmediatamente bajo el gigante estaba representado el chamán, el hombre jaguar, y todo aquel grabado parecía comprender un único mensaje desesperado y no, como creí en un primer momento, meros testimonios aislados. Héctor enciende un cigarrillo y dice, La sequía que azotó las fértiles tierras de los Aguada los sumió en una descabellada y frenética búsqueda de reconciliación con los dioses así que, mi querido Lautaro, podemos dar fe de sacrificios humanos preincaicos, El dato de color es el gigante, Definitivamente, es lo que me dejó perplejo, porque lo que sucedió a los sangrientos ritos y a la falta de respuesta fue lo que ya sabemos, la inevitable desmoralización y extinción de toda una próspera cultura.

Acicalo un rato mi pelaje y cuando quiero darme cuenta ya están debatiendo acerca de un posible sincretismo religioso entre Aguada y Tiahuanaco, de la teoría del hielo eterno, y ahí comienzo a dormitarme en la comodidad de la poltrona, la verdad es que a los gatos no nos interesa Horbiger, ni los supuestos movimientos elípticos de los astros, nos contentamos con una buena siesta al sol y soñamos con que la vida pueda lacerar el costado sensible de una doña para así quedar otro gato adoptado a la bandeja con leche en alguna esquina de Montserrat.

Voy cerrando y abriendo los ojos acompasadamente hasta que veo a Elena atravesar la cortina de cuentas que junto con una enorme biblioteca de guatambú separan el despacho de Lautaro del resto del local. Los hombres siguen hablando, consultan libros hasta que un largo silencio me sobresalta y veo a Elena como hipnotizada, con la vista perdida en el rincón. Tiene el colgante puesto, se le caen las lágrimas y ninguno de los dos, ni Lautaro ni Héctor, entienden por qué llora.

Comienzo a sentir un murmullo lejano que va creciendo cada vez más hasta que caigo en cuenta de que el café se me enfrió en la mano, y de nuevo los zapatos asfixiándome cuando me encuentro con trompadepato observándome desde su escritorio, con esa cara de pato que tanta desconfianza me genera. Vuelvo a mi posición y un rato más de nenas tocándose, publicidades no autorizadas, una panza abierta mostrando las entrañas de un accidentado. Baneado. Baneado. Baneado. Llego a casa y vuelvo a sentarme frente a la pantalla, como si irremediablemente necesitara de su luz para hacer fotosíntesis. Comida china a domicilio. Mientras espero en vano que se conecte gatitademontegrande no puedo evitar hacer clicks, una y otra vez, en cada aviso donde aparecen mujeres ligeras de ropa. Envío un mensaje de texto. Sin respuesta. Duermo. Despierto. Es de día. Llueve. Llueve y se me hace tarde, la marea matinal frunce el entrecejo y los colectivos rebalsados de gente se aprontan a dejarme varado en la parada ante la menor dubitación. Opto por no perder el presentismo y por no viajar apretado y que me froten como lámpara de Aladino, pero acepto la descompaginación dialéctica a costa de procesos mentales compulsivamente loopeados sobre el fa menor de un dos por cuatro en el radio que en cada semáforo obliga al taxista de esfínteres excitados alternar comentarios inoportunos, batir glotis y culi culi culi culi culi aran san san.

Las cosas en mi escritorio están en un orden diferente. El teléfono en el lado derecho, el teclado dado vuelta. Por unos instantes llego a creer que es por culpa de la chica de la limpieza pero claramente no pudo haber sido ella la que intercambió los capuchones de las biromes. Miro hacia todos lados. Trompadepato es el único que me observa, poniendo trompita de pato al teléfono y con esa sonrisa socarrona que dan ganas de escupirle la cara.

Al abrir mi correo veo que hay nuevas disposiciones en cuanto al procedimiento de revisión del material que los usuarios suben a la página. El asunto Tempest está tomando mayores dimensiones y es prioridad por sobre cualquier otro contenido la detección de todo video o comentario relacionado al mismo. El gobierno se encuentra trabajando en un plan de acción a raíz de los disturbios producidos por una inmanejable cantidad de personas que rayaron los límites de la cordura gracias a la ingesta de gaseosas, jugos y yogures inyectados con escopolamina en un Walmart de Acassuso.

La acusación contra la secta de ser los autores intelectuales del atentado se encuentra fundamentada en el descubrimiento de un mensaje oculto en el nuevo álbum de la popular banda de música pop Miranda, a quienes ya se los vinculaba por haber llevado el guitarrista en uno de sus shows una remera estampada con la imagen del sello. Al parecer, la secuencia de audio que se encuentra al final del disco, procesada por un Spectrum ZX, ofrece en detalle las directivas para el inicio de una red de atentados en las grandes cadenas de supermercados. De momento la banda se encuentra detenida y el caso ya está en manos del juez Oyarbide. Mientras me dispongo a comenzar con mi trabajo leo una nota en la página de Diario Popular; entre otras cosas, baraja la idea de que las cabezas principales de la organización podrían rondar entre los treinta y cuarenta años de edad, hipótesis débilmente sustentada por la estética ochentosa del video bomba y la afinidad a transmitir directivas en el lenguaje informático Pascal.

La mañana continúa como tantas otras y la novedad del día es la aparición en la red social de un instructivo para ser un Tempest Junior Soldier of the New Era. Video tras video sólo espero la hora de mi descanso para ver si hoy vuelvo a tener suerte, aunque, con esta lluvia, difícilmente. Desde hace unos días vengo sintiéndome raro y notando un leve zumbido en mi oído izquierdo.

Antes de marcar break reparo en un detalle que había pasado por alto. Trompadepato, ahora sí no tengo dudas de que fue él, también había cambiado de lugar el folleto de la rotisería que estratégicamente estaba clavado con chinches en mi panel divisorio, sobre la mancha de café que, por pareidolia, siempre creí una caricatura de mí mismo. Levanto nuevamente la vista y lo veo estornudar sin atinar a taparse con la mano, o con el brazo, como bien se encargaron de educarnos las nuevas publicidades preventivas a raíz de la gripe porcina, largando toda su peste en pequeñísimas gotas de moco como un aspersor de desodorante. Va a pagármelas, tengo tanto ácido en el estómago que si lo escupo le derrito la cara.

Me acerco a la ventana para comprobar que sigue lloviendo y naturalmente estoy por perder toda esperanza cuando de pronto lo veo, sobre el dintel que sobresale un poco hacia fuera de la entrada a la galería, resguardado de la lluvia por esa especie de marquesina que forma el cartel de la zapatería por sobre la vereda. No puedo explicar con palabras la alegría que me invade al ver nuevamente a mi gato pero una vez más caigo en la cuenta de que no basta el deseo para que el mundo dance acompasadamente y vuelva a sentir la brisa sacudiendo mis bigotes, para colmo cuesta concentrarse con semejante bochinche, más ahora que trasladaron el call center a nuestro piso, todos apilados como gallinas ponedoras en boxes diminutos. Definitivamente, la tercerización de servicios parece ser el negocio del momento y desde acá arriba, desde la ventana todo se ve gris y los paraguas que se abren parecen enormes gotones en el fango de un pantano.

Al llegar la hora de egreso me demoro intencionalmente simulando estar hablando por teléfono. La chica nueva está quitando las fotos de su hijo pegadas sobre los paneles del escritorio. Al irse saluda a todo el mundo con un beso, algo bastante antihigiénico de su parte, y en algún punto me recuerda a los perros que se mean de felicidad, cuando son pequeños y se los conduce a la lascivia de la caricia excesiva. En el momento en que queda menos gente y entiendo que las probabilidades de ser descubierto han bajado sustancialmente, me acerco al escritorio de trompadepato. Con el mayor disimulo, le meo los cajones.

En casa. Cena frugal. Conversación con gatitademontegrande. Hoy descubro que cada vez que chateamos mi mano se esconde dentro del pantalón como respuesta condicionada al estímulo de su avatar, en esta ocasión, una foto de ella en traje de baño en sus últimas vacaciones en la costa. Hablamos un rato. Dice que tiene algo especial para mí. Me envía un archivo. Un video de ella jugando con su tanga; es lo único de ropa que tiene puesto, aunque se tapa los senos con un brazo. Baila con movimientos de vientre y caderas que me recuerdan a las odaliscas. Creo que ya es tiempo de conocernos personalmente. Luego se pone de espaldas a la cámara, se apoya con las manos de la pared y agita la cola, a ritmo de reggaetón. Hay algo de descuido, de improvisación en el escenario; una bolsa de nylon en el suelo, un perro caniche que aparece de tanto en tanto y olisquea. Comienzo a sentirme excitado hasta que la abrupta aparición del Sello Tempest me obliga a arrancar de un tirón el cable de la computadora. Al despertar por la mañana recuerdo haber soñado con peces.

No llueve. Llego algunos minutos tarde a la oficina. Lo primero que hago es buscar a trompadepato con la mirada. Allí está, inmutable, como si nada hubiera sucedido. El olor a meo seco se disfraza con el aroma a café y el barullo que viene del call center.

Nada en mi escritorio parece haber sido alterado. Lo compruebo comparándolo con la foto que el día anterior saqué con mi teléfono celular, momentos antes de irme. Firmo una tarjeta de cumpleaños. Sólo escribo eso. Feliz cumpleaños. ¿Qué más podría decirle a una persona que conozco desde hace unas horas? La chica nueva revuelve su yogurt; además de los cereales, también le está agregando diminutos recortes de revista.

Suena el teléfono. Atiendo. Silencio. Siento un líquido viscoso inundando mi oído. Pienso en la chica de la limpieza que en su descuido seguramente ha dejado en el tubo restos de algún producto. Me seco lo mejor que puedo con un pañuelo. Siento el oído algo tapado y ahora es más notorio el zumbido.

Primer video, diecisiete minutos, baneado. Tipifico razón: Tempest. Decido ir a lavarme la cara, me siento algo adormilado y camino al baño no puedo evitar pasar por frente a la ventana. Esta vez el traspaso es inmediato.

Como tengo algo de hambre decido ir más temprano al local de Lautaro y Elena, por lo general al mediodía hay poca gente y seguro ligo algo de comer, como la vez que me dieron una porción casi entera de tarta de atún que Lautaro no había terminado de comer por sentirle sabor rancio; aquella tarde la recuerdo como una de las más agradables de mi vida, acostado sobre el regazo de Elena que me acariciaba la cabeza mientras mirábamos por televisión a Julián Weich tiñendo con pompas y morisquetas la plancha que Nilda de Villa Dominico había ganado por comunicarse. Grande es mi sorpresa y desilusión cuando veo el local de antigüedades cerrado. Pienso en volver a las tejas de la casona, pero es bueno cambiar la rutina de vez en cuando así que enfilo directamente hacia Plaza Congreso, donde me dispongo a dormir una siesta sobre las escalinatas del monumento a la República que, desde hace un tiempo enrejado, es casi un santuario para echarse sin riesgo de ser molestado.

La esquina de la Confitería del Molino presenta hoy nuevos mensajes toscamente fileteados, perpendiculares a toda genialidad artística, que reclaman aumento salarial para el gremio bancario. Desde la altura, tengo amplio espectro de visión. Una niña corre y alborota a las palomas; hacen un vuelo más parecido a un salto e inmediatamente vuelven a agolparse alrededor de la anciana que desde su silla de ruedas tira pedazos de pan, mientras una certeza inexplicable descubierta por asomo la obliga, paradójicamente, a menear la cabeza en una negativa constante, como si algo no quisiera ser aceptado como real, tal vez el hecho de semejarse a un flan agriado que pierde solidez en su recipiente, como postre inmundo ofrecido a un Ricardo Balbín que mira hacia otro lado. Comienza a verse más gente que sale de las oficinas y relaja su ensobrado, y el caminar de las ejecutivas en minifaldas en algo se parece a mí. Es raro que todavía siga siendo gato.

Me lleva un rato reconocerme pero allí estoy, como en una visión, levantándome del banco de la plaza y enfilando hacia Rivadavia. Arcada, escupitajo, arcada. Es raro verse a uno mismo desde afuera. Recuerdo que para ingresar a la empresa me hicieron diferentes tests psicológicos. Elegí un animal y describí sus cualidades; luego tuve que dibujar a un hombre bajo la lluvia. Claro que no soy idiota, al menos en ese momento necesitaba el trabajo; dibujé una línea como piso, sobre la misma me esmeré en hacer un hombre simpático, sonriente, con paraguas, como corresponde, en el centro de la hoja, con las proporciones correctas, mirando hacia la derecha, hacia el porvenir. Lo que no se dieron cuenta es que le dibujé la bragueta del pantalón sutilmente abierta. Ahora, ¿qué hay de malo si hubiera crecido entre cuadros de René Magritte y Frida Kahlo? ¿Es que no me habrían contratado si dibujaba una cabra dando a luz a un hombre de traje con cara de gato, bajo una lluvia de lágrimas derramadas por culos y ojos voladores? ¿Qué hay si hubiera crecido con un dedo en el orto y con una niñera que para calmarme me practicaba un fellatio cada vez que armaba un berrinche? El cielo está de color púrpura y escarlata, y veo al hombre que fui caminar desordenado; se para en la esquina, se frota el pecho con una mano. Antes de cruzar la avenida grita como nunca lo ha hecho y todo parece quedar paralizado, hasta que unos instantes después, como a lo lejos, oímos la respuesta al llamado primal.

Un joven hecho piltrafa por el paco descansa sobre los restos de un colchón, entre un banco y la reja del monumento. La chica que estaba pidiendo monedas en el semáforo se le acerca. Él se pone unos lentes de sol que le quedan enormes sobre su cara sucia y flaca; levanta la vista al cielo, hacia un costado, dejando escapar una sonrisa a lo Top Gun. Ella se sonroja y le dice algo. Él, con lentes de sol, hace que no escucha.

Trejo-fotoDiego S. Lombardi nació en Buenos Aires en 1981. Sus relatos han sido publicados en diversas antologías y revistas. En enero de 2011 publicó “Días de fiebre”.
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