La salvaje autonomía del detalle
Ophir Alviárez (Venezuela)
I
La ventana la hala, la engulle sin compasión, la escupe. El silencio se crece entre las babas, no hay mutaciones ni adentro ni afuera.
II
Un pájaro se acerca y se arrepiente. A ella —inánime—, se le escurre por la punta de los dedos la blancura de la piel. Debería llamarse Snow White mas lleva en el pecho, en escarlata, los abrojos del tumor del tiempo.
III
Persiste el Sol en su lucha por entibiarla. Paternal extiende los brazos y le roza el pelo. Tiemblan los ángeles por la osadía. Él sueña reflejarse en las pupilas negras, ella se niega a dejarse acariciar.
(Ovillada en la concha del caracol que habita, sigue temblando el frío que la quema.)
IV
El aliento de la entraña se estaciona en su seno. Tiene nombre pero no hay en su caudal reservas que mitiguen el vómito. Muerde la lluvia de las mejillas y traga en seco el fluido de sus charcos.
Se escurre la noche por las comisuras del plexo lunar; pocas veces las sombras niegan cobijo al impío, hoy es una de ellas.
V
Huele el aire a la traición de siempre, marea la fetidez, se dan bajas no obstante la pipa de la paz insta volutas.
(Ungida en los aceites que nadie liba, chapotea ficciones tirada en el rincón.)
VI
Rebota los ojos contra las paredes. Sabe de memoria el serpenteo de las grietas, la cópula de los vértices, la ruta de las hormigas. Quiere irse por el agujero, allá, en la esquina, pero el punto es seguido cuando necesita uno que la aparte. Ella.
(Solapada en la fila india intenta la fuga, alguien la descubre, pierde la concha, es una chicharra.)
VII
En la bruma, elevando el grito entre suspiros y timbales, solfea. Disecciona el dolor, no hay audiencia; al menos no de esa que requiere.
Impertérrita permanece la ventana dándole la espalda. Ella sigue sin ser bocado que valga deglutir, devuelta.
VIII
Descose la cicatriz zurcida. Expuestos, murmullos y sigilos son placebos de donde seguir rumiando. Traquetea los dientes en un bruxismo que no tiene pero que tampoco logra controlar, vulnerable.
(Descarnada cierra los ojos como si olvidar pudiera. Y remienda)
IX
Rechaza el ritmo que frenético le impone el tic-tac del más común de sus lugares. Cerebro, cerebro, repite inconstante en el delirio que guisa en la calina gris.
Invoca a los hados sin conjuro. Famélica recrea circunvoluciones y cisuras que nutran las suyas y la eximan del mal.
X
El dos por dos de plumas entorchadas tiene un hueco. Ella ocupa el suyo pero a su lado, vacía, la silueta de un nombre la arrastra al precipicio una y otra vez.
Se corta las uñas para no escarbar. Le crecen brotes de ira en los dedos.
XI
Un gato celoso prodiga maldiciones que se columpian en sus sienes. No toma partido, transmuta. Se sueña minina con la cola untada de otro, de otros, de miles, de más, de más, de alguno.
(Afónica lanza maullidos y se sienta a aguardar.)
XII
Las palabras de la abuela reverberan: “Jehová es mi pastor, nada me faltará…” Salta el cerco, las mujeres cordero la examinan como si fuera del redil. Una, dos, tres, cinco, once. ¿Por qué no nos enseñan algún plan de contingencia?
(Obstinada camina a Sodoma en busca de él.)
XIII
Reincide el sol en su afán por seducirla. Delectable se hace agua en la boca y la invita a nadar. Brincan las burbujas incitándola, ella se abriga y sofoca la luz.
XIV
La examinan los libros abatidos. Que no le hable al espejo o le grite al peine es soportable. Que no sucumba ante ellos cabeza, tronco y extremidades es seña cierta de desahucio, (corrompida).
XV
Voces, cornetas, olor a tajadas. Al pasar el dintel de los ahogos, lejos, a un metro quizás, rotación y traslación no se hacen mella. Bien decía Monterroso, nada detiene el movimiento, perpetuo.
XVI
Las palabras se amontonan. La lengua no sabe qué destino darles. Hay de amarilla súplica, desechadas; de ira, congoja, blasfemia, pápula. De tristeza e impotencia, de estupor y hasta esperanza. De amor y odios, castigo. Provienen de los cinco puntos cardinales y convergen en la boca, ardua tarea clasificarlas y evitar el derramamiento de ellas, inútil.
(Domesticada recuerda: una vez proferido, el discurso no podrás recoger y bebe ponzoña.)
XVII
Cuando la noche es noche desde el día, los ojos no saben el destino por seguir. El detritus atrae mientras lo único sólido se escapa incontinente lavamanos abajo.
Dos dedos entran y dos dedos salen. Cambian los humores dependiendo del color de la penumbra.
XVIII
Lastima el peso de las sábanas. Cervicales, pelvis y talones en el eje de las Y. No hay orden ni cuadrantes cuando todo tiende al límite, finito.
XIX
De igual a igual, saldo en sostenido; frecuencias. La clave quizá sea la misma, la tesitura pocas veces asciende.
No hay pautas, sólo alteraciones. Y silencio.
XX
La traicionan los pensamientos, le muerden la punta de la lengua. El ojo hurga como el lente de la cámara que los congela y busca el reflejo, la imagen, la boca, el almizcle. Las sonrisas pesan. Sólo los dientes se balancean, lo demás es cárcel, pobreza y uno que otro flash, testigo.
XXI
Mirar al pasado es intentar recoger el disfraz que cuelga en el clóset de alguno de los cuartos donde la piel se hizo más sabia y la indiferencia no tiene el número 35.
XXII
Alguien dijo que para aplacar el ridículo hay que exteriorizar la congoja y evitar el miedo. No se agotan los temas porque se niegue el ayer que aún insiste en verla enjuagar los dientes, a pesar de la cesura.
XXIII
Con ojos abiertos huye a los escombros. Voltear la cabeza es hacerse de cal y perderse en un cuerpo inventado que apenas reverbera.
XXIV
Las pecas trazan la ruta por la que se escapa aguas abajo. Sólo era un prestidigitador quien habló de siglos la madrugada de ayer.
XXV
No oye el alegato de terceras personas para quienes la vida termina —lo sueña— donde empiezan sus caderas.
XXVI
Debe des-erotizarse de la noche para que se relaje la carne y vuelvan los cuervos.
XXVII
Un jarrón de Talavera guarda el cigoto que tuvo nombre de mujer.
XXVIII
La memoria clava los dientes en la nuca tatuada por la greda de otros labios que anidaron al centro y adentro. Y adentro y anís.
XXIX
Es la hora de la siega y de la burla. Es la hora.
XXX
Es imperioso hacerse a la idea de que no existe, de que era no más una apuesta en la que se recibía un conjuro, un bombillo de 60, un paraguas y su llovizna, el borde del acantilado en unos labios, otro nombre.
XXXI
Le urge dejar de esconderse, contar hasta cien, cabalgar un saltamontes, dormir en una cala, abrir la cola, jugar al amor, sin él.
XXXII
Busca la hoz, la ve por encima del hombre, en la cuarentena de la fractura, en el mensaje para nadie escrito, en la mano extendida, en la no respuesta. Ha de volver, la voz.
XXXIII
La quimera en la punta de los dedos le echa tierra a un rosto que aún duele. Ha empezado a asumir y —dicen— saliva y sexo pa’ la cura.
XXXIV
Como si pudiera entender mira los despojos. Fue una margarita el tallo que ahora insiste en mantenerse erguido mientras en el piso seis pétalos juegan a la rueda pero no hay fortuna.
XXXV
Confiscadas las pertenecias sigue el camino. Ni el más allá, ni el más acá, ni ningún nombre. Sólo ella y sus otras en el bautizo de la hoja del cuaderno.
XXXVI
Los besos nunca tienen la culpa —se repite—, la culpa es de los labios.
XXXVII
Crecido el niño en vientre de otra ya dice mamá y tras cada sílaba, agua-leche escurren las pestañas.
XXXVIII
La consciencia es al hombre lo que la pelusa al durazno. Ella lo sabe pero ha olvidado soplar.
Ophir Alviárez (Venezuela, 1970). Escritora. Ha publicado los poemarios Escaleno el triángulo (Mérida: Editorial La Escarcha Azul, 2004) y Ordalía o La pasión abreviada (Barcelona, Anzoátegui: Fondo Editorial del Caribe, 2009). Textos suyos aparecen en la II Antología de Poesía y Narrativa (Asociación Casildense de Escritores, ACDE; Santa Fe, Argentina, 2003), V Antología de Sensibilidades (Madrid: España, 2004) y en las antologías de poesía y narrativa de la Asociación de Escritores de Mérida (Mérida, Venezuela, 2005), de la que es miembro activo. Actualmente reside en Estados Unidos, donde colabora con la Escuela de Letras de la Universidad de Houston, Texas. |



Ophir Alviárez (Venezuela, 1970). Escritora. Ha publicado los poemarios Escaleno el triángulo (Mérida: Editorial La Escarcha Azul, 2004) y Ordalía o La pasión abreviada (Barcelona, Anzoátegui: Fondo Editorial del Caribe, 2009). Textos suyos aparecen en la II Antología de Poesía y Narrativa (Asociación Casildense de Escritores, ACDE; Santa Fe, Argentina, 2003), V Antología de Sensibilidades (Madrid: España, 2004) y en las antologías de poesía y narrativa de la Asociación de Escritores de Mérida (Mérida, Venezuela, 2005), de la que es miembro activo. Actualmente reside en Estados Unidos, donde colabora con la Escuela de Letras de la Universidad de Houston, Texas.




