Poemas
Ana Claudia Díaz (Argentina)
Desde el Monte
La oscuridad del alba
un templo
un claro de luz.
Adiestro mi vista
para medir la distancia
desde acá
hasta la orilla blanca.
Con la tormenta florecieron
los ramos de mar que hice.
Como un paraíso sencillo y cándido
que insiste en girar.
Ahí yo, las águilas altas.
El oeste al final del camino
lo acapara todo
sin cesar.
***
Renace
Escuché tu voz de remolino
de revés de niño.
La mustia fina lluvia estalla
en las cerezas de aire
o en las gravas del camino.
Repleto de ciruelas caídas
estaba el suelo esperando…
amontonadas.
Delante tuyo. El incendio roza
el brillo de las olas.
Otra vez.
Hay ruido de pétalos sobre las ostras que indagan
las sendas del verano. Mi infancia.
***
El miedo azul
A la orilla
habían asomado las tortugas, inmensas
temiendo que explote el mar
trepaban por la arena, con la agilidad de un niño.
***
Niños vistiéndose
Color uva el paladar del mar
su playa teñida
la espuma de las olas dispersó nuestras esporas por todos lados.
La bruma. Brizna.
Rompimos los hábitos de los perros de la madrugada. Frágiles
esquirlas desprendidas de la arena construyeron mi alma esta vez.
Los tamariscos parecían mandrágoras esmaltadas o un pilar de agujas.
No sé. El velo. El roce previo.
Aprender a espiar desde dónde es que cuelga la lluvia en invierno.
Mojado el cielo, en mi garganta la arena raspa y raspa
para esconder todas esas idas y venidas y vueltas y ya no hablar más.
Fabricantes arrancaron del hueco las espigas y las varas que quedaban. Dejaron solo calma
casi que estaba por caérsele a los pies
de pronto todo era un almacabra. Una bóveda.
Éramos como niños. Habíamos estado vistiéndonos.
Antes de que el océano largara los cangrejos a las hierbas de las dunas. A la raíz
con la luz violeta podía verse el camino sembrado con migas de nueces
me eche a andar de espaldas gregaria de acá para allá
descubrí que en la aldea del tiempo el viento baraja
una población de diez mil huellas nuestras o más. Una manada.
Allá va lo que es lejos ¿Hay alguien perdido para confesar o prevenir la desventaja?
Aun no sé si se fue o si vino.
Hay que desfogar la ira y la demasía, cuando se teme llenarse de frutas
acomodar en la pared de arena el papel tapiz con la imagen del tren de fondo
cubrir el piso de flores
y ahí, somos solo como dos manchas que se van con el limón
o con el sol de la mañana por un cuenco de sal
que es solo para irse.
***
El detalle inmenso
Agridulce, hostil, se disgrega el pasado.
Dijiste, a bracear contra corriente.
Remos de bonsái llevaba yo.
Entre las escamas de mariposas que husmean o se pierden en los matices de las llamas, te encontré
silenciosos flamencos nos miraban a lo lejos, desde la orilla
con peinados raros, como adornos del viento, perplejos reflejos que se armaban en el agua
y dudé si el infinito no era más que una hilera de codornices de plata
o de incontables abedules azules que remojan sus pies, justo siempre donde estamos los dos.
Un umbral esmerilado que la lluvia después lava.
O un amino a lo lejos de caracoles estelares que se quitan la corteza
cuando llegan a vos.
***
Casas de adobe donde parar
El cangrejo que vela con su armadura mi destino
me deja ser una rosa montés que nace
intrépida en el trópico de la razón
se reviste en la luz sonrosada de la aurora austral
infunde sobre nosotros el encuentro.
Comunión que va delante en el tiempo
y precede un paralelo al suelo de mi imaginación
como amparo para guarecerse de las inclemencias sin abrigo
del riesgo que se vierte íntegro, a los puntos cardinales
para desatinar el desuso del corazón.
Tanto y tanto sonido superflúo solo provoca curiosidad
para después volver a la concordia de saber
que donde hay paz, todos cantamos a la vez e imitamos los acordes de un tero.
Ahí estamos, nosotros, como infantes
coros y ornamentas nos protegieron del recelo insuperable
del alarde áspero que trae consigo el carbón costero en las mañanas de invierno.
Hay un descubierto cubierto con manta de alpaca en mis hombros
una secuencia de adornos que hay que arreglar.
Las semillas de la planta de al lado
el crisolito de los arbustos de lino que lo embellece todo.
Y nuestros rostros se secan al aire.
***
Lo que impide ver la niebla o yo
Ese viento escarcha lo frágil de las cosas
los pedacitos de palabras que caen
en una escasa insistencia.
Hay flores de cinco pétalos
Azar para olvidar el agravio
el relieve acento de la necedad
bancos de niebla que la verdad trae cada mañana
como los sedentarios rincones de hortensias
que siempre florecen en el mismo portal.
Ana Claudia Díaz (Argentina, 1983). Publicó en la antología poética Pájaros en la frente (2011), la plaqueta de poesía plegable Vuelto Vudú (2009) y el libro Limbo (2010) por Pájarosló editora –editado también en 2012 por La One Hit Wonder Cartonera (Ecuador)-, y Al antojo de las anémonas por Color Pastel (2011). Participa de diferentes encuentros de poesía y colabora con la sección de reseñas de Plebella y No-retornable. Vive en Buenos Aires.Site: www.anaclaudiadiaz.blogspot.com |



Ana Claudia Díaz (Argentina, 1983). Publicó en la antología poética Pájaros en la frente (2011), la plaqueta de poesía plegable Vuelto Vudú (2009) y el libro Limbo (2010) por Pájarosló editora –editado también en 2012 por La One Hit Wonder Cartonera (Ecuador)-, y Al antojo de las anémonas por Color Pastel (2011). Participa de diferentes encuentros de poesía y colabora con la sección de reseñas de Plebella y No-retornable. Vive en Buenos Aires.




