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13 septiembre, 2012

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Sin título, 2010

por LasMalasJuntas
Martha-Durán-Foto

Martha Durán (Venezuela)

Desde la parte alta de su litera, cerca, muy cerca del techo, podía ver cómo se iba engordando poco a poco esa esfera de agua que finalmente terminaba de caer sobre su hombro derecho. El de abajo, los de abajo, se habían acostumbrado a quedarse dormidos mirando las pequeñas palabras que estaban adheridas en la pared de toda la sala. Tenían apenas un par de días viviendo ahí, compartiendo con otros el mismo espacio que era ajeno para todos.

Germild no dormía casi nada durante la noche gracias a esa pequeña gotera que tenía justo arriba de su cama. Había cambiado varias veces de posición, había probado esquinarse, doblarse como una ese o templarse diagonalmente en su cama para evitarlas;pero las gotas, las diminutas gotas, molestaban más en sus pies que en su hombro o pecho. Tampoco podía arroparse entera, pues el calor era insoportable, era como una suerte de vapor – como el que salía de la olla cuando hacía un hervido – encerrado  en la pequeña sala. Casi todos los de arriba se reconocían insomnes gracias a ese techo que desprendía migajas de agua por todos lados. Tanto huirle a la lluvia para terminar durmiendo con el agua encima, con la necia sensación casi cronometrada de una gota tras otra, cayendo como si contaran el tiempo, demostrando su irritante debilidad de no poder sostenerse del techo como sí lo hacen las telarañas.

Algunos ya se conocían antes de llegar ahí, otros venían de lugares diferentes, pero todos tenían en sus rostros la tristeza del que ha dejado su casa, la angustia del quién sabe dónde quedó el reloj de papá, se perdieron completicos cuatro kilos de harina, no me dio tiempo de traer más ropa, y cientos de preocupaciones que iban recordando a medida que pasaban los días. Porque eso era lo único que hacía la mayoría de ellos, recordar, hablar desde un antes, comentar sus pequeñas tragedias y compartir la mayor de sus miserias: la lluvia que todo lo borra, que todo lo daña, que lo sumerge todo dejando a la vista sólo la mitad superior de todo lo que hay, techos de casas, edificios sin plantas bajas ni primeros pisos, árboles de troncos cortos, desproporcionados, y los pasos de todos ellos borrados del cemento ahora cubierto de agua.

Germild había escogido – como muchos de ellos – la parte de arriba de las literas para no sentirse encerrada, pero aquellas irritantes filtraciones y el llanto de uno que otro niño, hacía que sus noches fueran muy parecidas a lo que puede ser la eternidad. No sabía, no tenía la menor idea de cuánto podía extrañar ese pequeño rectángulo que era su cuarto, que había sido su cuarto, del que se quejaba siempre, pero que a fin de cuentas era sólo suyo.

Durante el día procuraban mantenerse ocupados mientras esperaban el cumplimiento de la promesa, la casa nueva, el apartamento, o simplemente la reubicación en otro lugar donde cada familia pudiera tener más privacidad. Se mantenían ocupados jugando dominó, cartas, haciendo comida de fácil preparación, pues no tenían un lugar ni los utensilios necesarios para cocinar mayor cosa.

Aunque compartieran el mismo espacio, al principio sólo mantenían contacto entre sí los grupos formados por familias enteras, parejas todavía sin hijos, y uno que otro solitario que siempre disfrutó de la soledad, como el señor Efraín, que ahora, renegaba por todos lados lanzando maldiciones y mandando a callar a todo el que hablara, aunque nadie le prestara la más mínima atención. Pareciera que una delgada pared los separara, como si esos pequeños territorios hubieran sido divididos por una suerte de plásticos transparentes que dejaba ver las sombras de los demás, dejando pasar también sus voces, sus conversaciones susurradas o una que otra pelea entre parejas o padres e hijos. Pero, poco a poco, cada grupo fue necesitando algo del otro, una almohada de más, una pastilla para el dolor de cabeza, una sábana para un bebé, y tantas otras cosas que sólo la carencia extrema es capaz de pedir a otra carencia.

Germild tenía sólo 15 años. Su hermana mayor, Yoelmi, había elegido la parte de abajo de la litera. Yoelmi salía temprano todos los días a trabajar en casa de los Sánchez, era de las pocas que tenía un trabajo, mientras que su hermana se quedaba por ahí sin hacer nada, pues había dejado la escuela hacía tiempo. Se había hecho amiga de los de las literas más cercanas, sobre todo de Santos, un muchacho de unos 20 años que trabajaba en un puesto de llamadas a una cuadra de donde estaban. Santos se escabullía en las tardes para ir a hablar con Germild o jugar cartas con ella y con la señora Zulay, hasta que llegaba el padre de Santos y lo sacaba casi a empujones de ahí para que volviera a su trabajo. El padre de Santos era de aquéllos que iban todos los días a entregar cartas al Ministerio, de los que protestaban por la casa que les habían prometido, por las goteras en el techo, por el calor, por la poca ayuda que recibían, y por tantas otras cosas que casi podían elegir un tema nuevo de protesta para cada día. Los demás se quedaban simplemente esperando que uno de esos días fuera diferente a los de los 2 meses que llevaban ahí, y que un día Raúl, el padre de Santos, llegara con los otros trayendo una buena noticia. Pero nada ocurría, ni siquiera podían estar seguros de que el Ministro leyera las cartas que ellos enviaban. Igual tenemos que seguir yendo todos los días, aunque sea por fastidio nos tendrán que parar alguna vez – Decía Raúl a todos mientras veía sus ojos incrédulos. Hay que tener fe, hay que seguir esperando a ver qué pasa – decía la señora Zulay para apoyar a Raúl y darle – darse – una esperanza por más lejana que fuera.

La convivencia, aunque transitoria, ya había tomado matices de rutina. Los muros ficticios que dividían los grupos de literas se iban desvaneciendo cada vez más, y también, poco a poco, las cosas dejaban de tener dueño para pertenecer a todos. Lo primero que hizo que esa pared invisible comenzara a disolverse, fue el escape de un pensamiento de Germild que salió de su boca en voz alta casi sin darse cuenta: ¡Dios mío! Prefiero un palo de agua a esta bendita gotera, ya me está haciendo un hueco en el hombro. Todos rieron un largo rato, sobre todo los de arriba. A mí me está haciendo un hueco en la rodilla – dijo otra voz entre esa semioscuridad en que estaban cuando se acostaban a dormir. ¿Y los de abajo? Bien, gracias –  salió otra voz. Todos seguían riendo. ¿Los de abajo? A nosotros nos toca dormir con estos papelitos pegados en la pared con palabras raras, quién sabe qué significan – soltó una voz en defensa de los de abajo. Sí, sí. A mí me tocó una que no sé ni cómo se pronuncia: Pi-si-cho-ro-mie – Dijo Santos uniéndose al juego. Todos rieron como hacía tiempo no lo hacían. ¿Y qué me dices de ésta?: Jer-trud Goldsss-chii- mit, ¿Ah? ¿Te gané no? – expresó una voz gruesa, áspera. Debe ser un nombre, por lo menos la primera. Yo me llamo Germild porque mi papá se llamaba Gerardo y mi mamá Mildred. Y Yoelmi se llama así porque su papá se llama Yoel, ¿verdad Yoelmi? – comentó Germild queriendo reincorporarse al juego. Las voces comenzaron a surgir una tras otra entre risas, burlas, incluso desde literas más lejanas, donde no se distinguían sino los tonos graves, chillones o roncos, entre la débil luz de la sala.

- ¡Dígame ésta! Y que “re-ti-cu-la-rea”.

- ¿Reti qué?

- Pues habrá que ir a decirle al Ministro que se meta la re-ti-cu-la-rea esa por donde le parezca a ver si así nos da las casas.

- ¿Y éste?: “muro óptico”, no joda, lo que necesitamos son muros de verdad señor Soto, como dice aquí.

- ¿Será que esa pared tuya es de ese señor Soto?

- Ya quisiera yo tener aunque sea una pared como ese señor.

- ¡En mi pared también dice “Jesús Soto”!, pero también dice: “ser-kles  ro-u-jes”.

- ¡Ahora sí pues! Vinimos entonces a aprender francés, o alemán, o ni sé qué idioma es ése.

Todos reían, burlándose también de sus propios nombres, de sus voces, del almuerzo del día, del guardia del Ministerio que ya los saludaba como si fuesen todos los días a trabajar ahí y no a exigir lo que les habían prometido. Habían decidido – como si una reunión de condominio  – que los que iban al Ministerio todos los días o los pocos que trabajaban temprano, dormirían en las camas de abajo para no despertar a los demás al intentar bajar de las literas. Así que Germild se quedó en la cama de arriba un poco triste, quizá por la gotera, quizá también porque en su pared no había uno de esos papelitos con palabras extrañas, sintiéndose un poco excluía del juego nocturno de intentar pronunciarlas, de inventar unas nuevas a partir de ellas, o de adjudicarles significados que se pareciesen a la palabra, haciendo conjeturas sólo por la manera en que éstas sonaban.

Santos era uno de los de abajo, así que de vez en cuando – cuando éste se escapaba del trabajo – se sentaban en su cama y trataban de pronunciar lo que decía su papelito en la pared. Ad-di-ti-on  cho-ro-ma-ti-ke – Decía ella mientras reía al mismo tiempo. ¿Qué crees que signifique? – preguntaba Santos para quedarse más tiempo con ella, y no tanto por verdadero interés en el significado de las palabras. No sé, no me suena a nada – respondía ella un poco ruborizada, advirtiendo en Santos una mirada diferente, como si quisiera acercársele, como si quisiera darle un beso. Ella, nerviosa, salía corriendo a otra cama para leer los demás papelitos y evitar la mirada cercana de Santos. Él la seguía de litera en litera. ¿Por qué llegas tan tarde en las noches? ¿Qué es lo que haces tan tarde? – Preguntó ella de manera abrupta con un tono serio y un poco inquietante. Nada, salgo con mis panas – respondió despreocupado. Ella se quedó un rato mirando el suelo, pensando en la tonta excusa de él, hasta que se atrevió a preguntar: ¿Y para qué tienes la pistola? Él sonrió como si una niña le hubiera preguntado cómo se hacen los bebés. Calló un rato, se levantó de un salto de la cama, y dijo haciendo un guiño: Para cuidarte a ti princesa, para cuidarte. Y se fue rápido antes de que llegara su padre a reclamarle su falta en el centro de llamadas.

La señora Zulay había conseguido que le prestaran una cocina a dos casas de ahí para poder hacer pastelitos y empanadas, entre todos ponían dinero para que las primeras que hiciera se las diera de desayuno a los que iban al Ministerio, las demás las vendía en una esquina a unas calles de la sala. Germild la ayudaba a venderlas en la mañana para no quedarse haciendo nada, y luego se veía en las tardes con Santos un rato en la sala o en la plaza que quedaba cerca de ahí. La sobrina de la señora Zulay estaba embarazada cuando se mudaron a ese sitio, y ahora todos la cuidaban como si formara parte de la familia. Cuando finalmente le tocó dar a luz todos se fueron con ella al hospital, todos menos los que tenían que estar en el Ministerio, pues no podían dejar de ir, no podían faltar, aunque en el fondo ya casi nadie recordara la razón que los hacía ir a allá todos los días. Simplemente se les había olvidado, pero tenían que ir, Ustedes váyanse tranquilos al Ministerio, que no pueden faltar, recuerden que todavía estamos esperando – Les dijo la señora Zulay cuando éstos quisieron acompañarla al hospital. Unos fueron al hospital, los otros al Ministerio, mientras que el señor Efraín dormía – por primera vez – plácidamente en la parte alta de su litera celebrando la ausencia, el silencio por fin. Germild se quedó cuidando al bebé de Nidia y a Mateo, un niño de 5 años que Zulay había asumido como suyo cuando su vecina lo dejó con ella cuando aún era un bebé.

Se estaban tardando mucho. No llegaban los del hospital ni los del Ministerio, y Santos tampoco había ido esa tarde. Las horas pasaban hasta que se hizo de noche y ella intentaba dormir al bebé, pero éste lloraba sin parar y Mateo no se quedaba quieto en ningún lugar. Decía que quería ir al hospital a ver a su mamá. Ella le explicaba que Zulay estaba muy ocupada allá y que ya era muy tarde para ir, que igual no lo iban a dejar entrar. Así que luego de un rato, Mateo ya se había dormido y la bebé ya estaba acostada en la litera de Zulay.

Germild esperaba en la cama de su hermana la llegada de alguien, suponía que – como otras noches – Yoelmi se quedaría a dormir en casa de los Sánchez, así que sabía que no tenía que preocuparse por ella. En esa tranquilidad, donde sólo se escuchaban los ronquidos del señor Efraín, se sentía como si de nuevo estuviera en su cuarto, recordando con nostalgia un par de zapatos casi nuevos que ahora debían estar enterrados en el barro, recordando sus afiches pegados en la pared, el olor a hervido de gallina que tanto le gustaba, las fotos de su madre por toda la casa, mientras – entre uno y otro recuerdo – entrecerraba los ojos a punto de quedarse dormida, luego los abría sobresaltada para mirar a la bebé y Mateo acostados en su camas. De nuevo despertó angustiada, pero esta vez era por el cuerpo que estaba encima de ella, por el olor a ron que le soplaba la cara. Santos le hizo un gesto con el dedo de que se callara poniéndose el dedo índice sobre sus labios, mientras ella advertía los ojos enrojecidos, inyectados de rojo, que la miraban de una manera diferente esta vez. Ella intentó quitárselo de encima, tumbarlo de la cama, soltarse de él y salir corriendo, pero ¿a dónde?, ¿a dónde podía ir? ¡Estás borracho! – Le dijo mientras forcejeaban. Él le tapó la boca, sacó su arma del bolsillo enseñándosela antes de ponerla en el suelo. Ahí se dio cuenta de que no había nada que pudiera hacer, y además, no quería despertar a los niños. Prefirió entonces no mirar el rostro de Santos, no verlo a los ojos, pues esos que veía no eran los de él, ahora eran otros, desconocidos, bruscos. Volteó su cara hacia la pared para intentar distraerse mirando el papelito de la pared, viendo cada una de las letras, leyendo en su mente in-cli-né  ble-u et no-ir, reconociendo únicamente la primera palabra, inclinar, inclinarse, inclinada – pensaba para olvidarse de lo que estaba pasando, y entonces se sintió inclinada, esquinada, torcida al antojo de Santos. Tampoco quería pensar en eso que la palabra la forzaba a sentir, y entonces volteó la mirada hacia su mano que apretaba con fuerza la barra de metal de la litera. No quiere escuchar sus jadeos, los de Santos. No quiere ver tampoco su sudor, ni sentirlo sobre su cuerpo, pero una gota de él – otra gota más, otra terrible gota – cae y rueda sobre su pecho. Él se mueve violentamente, de arriba abajo, como un columpio. La cama chilla, el óxido se escucha, habla, grita lo que ella no puede. Le agarra la cara y la obliga a mirarlo, se ríe torcido, con la boca inclinada, es más una mueca, un rostro contorsionado que está entre la risa, la maldad y el placer. Sin querer, ella se mueve con él, repite exactamente sus movimientos, como quien se deja llevar en un baile. Se odia por permitirlo, por no haberlo evitado, por ceder aunque sea por miedo, por resignación, o por no despertar a los niños. Se niega a sentir placer, pero lo siente. Se odia por sentir placer.

Se limpia las lágrimas con la otra mano que permanece libre, medianamente libre. Cuenta mentalmente los segundos para evadir el momento, en diez vuelve a empezar pues se ha perdido. No puede pasar de diez. Cuenta de nuevo, uno, dos, tres…deja de hacerlo pues parece que contara el ritmo de los movimientos de Santos. Ella no habla, no grita, pero sigue luchando, sigue intentando quitárselo de encima. Efraín escuchaba todo desde arriba, se asomaba un par de veces para verificar lo que pasaba, lo que sabía que pasaba. Escuchaba en silencio, sin moverse mucho para no hacer ruido, apretando los dientes para aguantar la rabia, la impotencia, la cobardía de no hacer nada. Estar arriba tiene sus beneficios, le otorga cierta invisibilidad, lo hace menos cómplice, menos culpable de indiferencia, pues perfectamente pudo haber estado dormido mientras lo de abajo ocurría sin advertir su presencia. Pero no lo estaba, y escuchaba todo con la ira del que nada puede hacer, del que sabe cómo se manejan las cosas en su barrio o en esa sala, que a fin de cuentas parecían ser la misma cosa. Desde arriba, Efraín rogaba que llegaran todos, o por lo menos alguien más para que todo terminara. De repente, un estruendo hizo que Efraín se sentara de golpe por el sobresalto, miró hacia abajo y vio a Mateo con una pistola en la mano.

Abajo, Santos se tapaba el hombro cubierto de sangre, el hombro donde había ido a parar la bala que Mateo había disparado, la bala de la pistola del mismo Santos, aquélla que había dejado en el suelo. Germild advirtió de inmediato la mirada nueva de Mateo, una mirada que nunca antes le había visto, una mirada fría, impávida, la mirada que suelen tener los hombres que usan pistola. Esa mirada la dejó inmóvil, aterrada, mucho más sacudida que lo que había pasado. Santos se levantó de la cama quejándose, con el hombro chorreado de rojo, miró fijamente a Mateo, extendió la mano para que le devolviera la pistola. Mateo lo miró con rabia, sin miedo, y le entregó la pistola. Empezaste muy joven carajito – dijo Santos con voz despreocupada – pero empezaste. Guardó su pistola entre el pantalón, y salió rápidamente de la sala.

Sabía que igual tendría que verlo todos los días, sabía que él iba a seguir ahí y que ella tendría que soportarlo sin contarle a nadie lo ocurrido. Sabía también que nadie preguntaría por el vendaje en el hombro de Santos, pues todos tenían la certeza de que en cualquier momento una bala tendría que ir a parar a su cuerpo, a algún lugar de su cuerpo. Además, la llegada de una nueva bebé a la sala los tenía a todos distraídos, desatentos a lo que ocurría a su alrededor. Nadie había notado el cambio, la distancia, entre Santos y Germild. Él no volvió a acercársele, y ella lo evitaba siempre. Pero ahí tenían que seguir, ahí tenían que estar mientras esperaban en la sala de un museo, de un museo que ya no era refugio, que ya había dejado de ser transitorio, temporal, un museo donde a todos se les había olvidado qué era lo que estaban esperando ¿Qué otra cosa esperaban ahora aparte de ese niño que crecía en la barriga de Germild?, ese niño cuyo padre era desconocido para todos, para todos menos para Efraín, ese niño que aceptaron sin preguntas, sin explicaciones. ¿Qué era lo que esperaban? No sé – decía la señora Zulay – pero igual desayunen rápido, pues van a llegar tarde al Ministerio. 

Trejo-fotoMartha Durán (Venezuela, 1976). Licenciada en Letras. Cursó la  Maestría de Estudios Literarios en la Universidad Central de Venezuela (UCV). Su libro Qué impertinente manera de volver  quedó como finalista en el Concurso de Autores Inéditos de la editorial Monte Ávila (2007). “Sin título, 2010” fue finalista en el VI Premio de Cuento Policlínica Metropolitana, Caracas 2012. Martha Durán actualmente se desempeña como profesora universitaria y es miembro del equipo editorial del portal País Portátil.
Sitio web: http://paisportatil.com/
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2 comentarios Añadir un comentario
  1. Olga Colmenares
    sep 14 2012

    Extrañaba tus cuentos, Martha. Me encantó sobre todo su ritmo como siempre esa música que vas tejiendo. La historia es dura, excelente como la dosificas y nos va cayendo como la gotera que cae aobre Germild. Me acordé de tanto de esos días de taller en Monte Ávila. Un abrazo.

    Responder
  2. Oriunda
    oct 10 2012

    Leerlo fue un viaje, una conmoción. La historia engloba, cerrada, tragedias que una dentro de otra van hilándose sin dejar nada de lado: se aguaron mis ojos, reí y también reflexioné. Qué buen relato.

    Responder

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