Sonia y su cuento de hadas / Ilyá Kamínsky
Ilyá Kamínsky (Rusia-Estados Unidos) | Traducción: G.A. Chaves (Costa Rica)
Sonia y su cuento de hadas
Estos poemas pertenecen a un libro inédito titulado Deaf Republic (República Sorda). Se trata de la historia de una mujer embarazada y su esposo, quienes viven durante una epidemia de sordera y disturbios civiles. El manuscrito original fue hallado bajo las tablas del piso en una casa de Europa del Este. Existen varias versiones del manuscrito. (Nota del autor.)
Para su esposo
Alfonso, esposo mío hermoso, estas palabras
no las puedes oír.
Cuando despiertes, silente mío, todas ellas se harán realidad.
Escúchame contar este cuento
desde los confines imaginados de la tierra.
Entiende que te lo cuento para que sean nuestras
las horas:
1 . Mientras su esposo duerme, Sonia cuenta un cuento
…justo en frente del tren que se aproxima
una mujer y un hombre follan en la nieve.
Contempla, alma mía, esta textura de terquedad y sosiego:
mientras ella, encima de él, cae y sube en el aire,
él la desea y luego no la desea, la desea
con la promesa de esa plenitud.
Contempla este tren que se aproxima
el conductor que pita, que toca la campana y les grita
como rehusándose a creer que estén sordos.
Contempla, alma mía, la sordera
y el hombre, su vehículo terrenal.
El tren para, el conductor murmura
¡Ojalá les toque la lotería y se lo gasten en medicinas!
La mujer se arregla el abrigo, y se ríe:
«Alguien tenía que parar, señor. Y yo no iba a hacerlo.»
2. El sueño de él (continúa)
Uno sospecharía que el tren de Olavia Occidental cargaba su propio silencio.
Pero no teníamos ni idea de que también cargara el nuestro.
El conductor es requerido en la comisaría para reportar el incidente. Ningún civil que haya entrado al edificio ha sido visto de nuevo; eso lo sabemos. El conductor entra. Está ebrio.
Les dice a los soldados que no puede oírles. Ellos le dicen que se calle. Él no puede oírles. Le hacen preguntas. Él no puede oír. Ellos se enfurecen. Él no puede oír. Lo golpean. Él no puede oír. Bofetada. No puede oír. Bofetada. Lo dejan irse.
Luz tenue. El conductor de tren hace el amor con su esposa. Amanece. Ya no pueden oír. Luz plena. La mujer, en su pánico, visita a su amante, el vecino de abajo, quien también es casado. Luz tenue. Hacen el amor con un fervor que hasta entonces desconocían. A la mañana siguiente, ambos se despiertan para descubrir que han quedado sordos.
La enfermedad continúa propagándose por seis semanas.
3 . El nuestro es el país cuyos ciudadanos despertaron un día y se negaron a oír
…el jefe de la policía, el magistrado y su sobrina que toca
el muslo del jefe de la policía en la ópera, el público, las sopranos,
todos callan de golpe, callan: las camareras, los clientes, los taberneros,
la gente que pasa y los músicos callejeros,
bombarderos, fontaneros, ingenieros
(mientras dices las palabras: ellas nadan en el aire—)
han callado al instante, callan: directores, profesores, y guarda parques
(veo las palabras en el aire, te veo ver—)
y espías y doctores y los tipos en tractores
con un golpe de palmas dejan de oír, con un golpe de palmas
antes de la quietud hubo oídos, un cóncavo
aparato auditivo antes de que el orbe fuera, un órgano
acústico (oto-noche orbe-miedo) con un golpe de palmas.
4. Y en el cuento, manzanas
Escucha, Alfonso, lo que no sabes. Al conductor lo frecuentaba una actriz local. El padre de ella, un afamado profesor de ornitología, tenía habitaciones llenas con cientos de jaulas para loros, y pollos, tordos, canarios, petirrojos. Distintos pájaros en cada habitación. Mientras las tropas del magistrado allanaban la ciudad, nuestro héroe y la actriz se daban un festín de manzanas ácidas (juntos escribieron «El manifiesto sordo»). Él notó que ella no llevaba nada debajo de su vestido. Sus pechos eran blancos y pequeños.
5. El conductor nos cuenta lo que notó
Nuestro ingenuo gobierno escucha
a nuestros ingenuos poetas, que dicen:
«¡El lenguaje! ¡El lenguaje nos humaniza!»
Se equivocan, dulces bastardos,
no podemos llegar los unos a los otros
con meras palabras.
Veo música en los piececitos torpes
de una mujer que no sabe (¡pero cuánto sabe!)
qué ruido tan fino hacen sus pies al arrastrarse.
La miro y pienso: No estoy sordo,
simplemente le he dicho al mundo
que apague por un rato su música insensata.
6. El manifiesto sordo
En la Plaza Vasemblye nos hacen sentarnos en nuestras manos. Si nos atrapan haciendo señas, nos arrestan. Nos citamos en baños públicos para palpar las gargantas de los otros, cerramos puertas, encendemos linternas y hablamos en señas. La mano del sordo funciona como boca —el dedo pulgar como lengua, los dedos como labios.
Las cárceles de la Calle Tedna se llaman «Centros para estimular a los sordos a oír». Los oficiales dicen que arrestarnos previene la epidemia. Sospechan que no poseemos habla; el habla, la única barrera que los separa de los animales. El colonialismo mueve su boca: a los niños no se les permite el silencio antes de que el habla fuerce sus labios. Ellos abren los labios. Nosotros movemos las manos. Los seres humanos necesitan silencio pero no pueden tenerlo.
Estás vivo, me susurro a mí mismo, por tanto algo en ti escucha algo
corre calle abajo, cae, es incapaz de levantarse.
Yo corro, etcétera, con mis piernas y mis manos, etcétera, yo
corro por la Calle Vasenka, etcétera, bastan
apenas unos minutos para hacer a un hombre.
7. Tras las detenciones, una boda
Sobre este asunto sabes menos que yo,
por todos los julios del julio anterior: si ella prometió un sí pero luego dijo no
—toma lavanda, madera tierna, espárragos, champiñones, ¡crea música!
Porque aquel que nunca pudo con las chicas más bonitas,
se casará al amanecer, ¡predigo una boda temprana!
Cuando el padre del novio despose a la madre de la novia
que a medias consiente pero en silencio lo niega —ella
se escabullirá de puntillas mientras él duerme.
¡Oh, república sorda! Nosotros nos vamos, sólo queda la policía:
«—Sí, ya alimenté al gato, ella cree
que algo ladra en el radiador.»
«—Gracias, cariño, por pensar que soy un gladiador
en la cama, ¡pero qué voy a ser yo un gladiador!»
Nos ponemos mutuamente en la tierra removida
(mutuamente temerosos, entendemos algo de eso)
una chica joven, con pecho en quilla, un hombre que habla demasiado
(nos echamos mutuamente en la tierra removida).
8. In delírium, una cura
El conductor del tren (in delírium) sostiene que puede curar la sordera. Insiste: uno debe hablar en voz alta, y en público, sobre las propias aventuras sexuales. Insiste. No dejen detalle sin revelar. Insiste: yo los llevaré a donde nadie pueda oír lo que confiesen.
Si tomáramos en serio al conductor del tren, Alfonso, lo seguiríamos hasta la zona roja. Claramente, la epidemia golpeó a la población prostibularia más duro que a otras partes de nuestra ciudad. Porque cualquiera que haya pasado por las calles de la zona roja está tan sordo como una piedra. Llegados a este punto, el conductor se puso de pie, y gritó sus confesiones:
9. Sus confesiones sobre la relación entre hacer el amor y la sordera
«Yo amé a la hermana de un carnicero que a menudo
se despertaba maldiciendo en medio de la noche
y se postraba ante mis rodillas, abrazándolas.
Yo me arrodillaba y besaba sus codos quemados por el sol.»
*
«Amé a mi esposa con sus bellas blusas, sus pañuelos, sus zapatillas.
Me gustaría describir la felicidad
de mi esposa en delicadas zapatillas
mientras ellas se las quita —¡ella no se queda en zapatillas!»
*
«Amé a una contable que al despertar se reía con estruendo
(su hijo era la ternura en su risa)
una contadora, quien al ver el pene de un hombre
decía: cuando caigan las bombas, hagamos niños.»
*
«Amé a la hermana de mi esposa, a ella que hablaba
contra el silencio, y hablaba otra vez
contra el silencio, pues sabía
que el silencio es lo que nos mueve a hablar.»
10. Sus aventuras
El conductor del tren recitaba sus aventuras por la avenida donde las prostitutas se paraban confundidas, ¿qué es lo que dice?
Nadie sabía.
Pero al saltar sobre la acera, ¡puedo oír!, gritó. Conmoción de golpes en las puertas, crujidos de papeles, el sonido de las monedas al caer, el paso de los tranvías y los frenos gritones de los autos. La nieve gruñía en la delicada entrada del cartílago de su oreja. Su boca estaba seca. Puedo oír, dijo, mientras las mujeres empezaban a juntarse a su alrededor, mientras él le enseñaba qué hacer a la primera prostituta. A ella le tomó su buena hora relatar todas las aventuras que había conocido desde que la sordera se había apoderado de la ciudad.
También ella se curó, mientras hablaba,
11 . La canción de la prostituta
…y mientras su lengua acaricia mis pezones
en cabinas telefónicas y trenes mañaneros—
yo pido la fuerza de no pedir nada—
sus besitos en mis caderas, mis codos, abajo de mi espalda,
sus besos en mis pestañas, sobre mi labio superior, mi nuca—
yo caigo aprisionada bajo todo el peso
de sus besitos entre mis hombros.
¡Así son las victorias de mi profesión!
Yo oro por la fuerza de no orar por nada
en trenes vespertinos y en jardines públicos—
mi pestaña, mi codo, mis caderas, mi nuca —por la mañana
firmamos un pacto de no-agresión.
12. Antes de ser llevados
Incapaces al principio de hablar por señas, nuestros lugareños escribían sus conversaciones sobre la ciudad: en cualquier lugar al alcance de la mano (una señal de tránsito, un escaparate, una estatua de mármol) escribían sus nombres, sus cumpleaños, cómo conocieron a sus parejas, lo que dijeron sus vecinos antes de ser llevados.
En el juicio de Dios preguntaremos: ¿Por qué permitiste
todo esto?
Y la respuesta será un eco: ¿Por qué permitiste todo esto?
13. Escrito en las paredes
…que besó a Abraham, que besó a Majda, que besó a Karim, que besó a Talia
aunque ella era doce años mayor que él (y la bicicleta
de Karim dio vuelta en la fábrica donde dos mujeres que se besaban
jugaban de secretarias). ¡Brillante patrulla de besos! Supimos que lo de la epidemia
era cierto por la forma en que los periódicos lo negaron, y eso nos asustó. Toni dijo
que había visto a sus ex esposos haciendo fila, ordenados por el tamaño de sus penes.
Y en junio hicimos el amor al aire libre para gran felicidad de los mosquitos. Y vimos
marchar a los policías, y a nuestro loco Abraham correr tras ellos, disparándoles a sus caballos,
¡con una pistola de agua! Recuerdo la enfermedad: chapoteos de agua, ¡agua por todas partes!
Y bebimos y reímos como campesinos descalzos y también bebimos tranquilos, sólo
maldijimos a la tierra y tranquilamente hicimos vodka con cerezas, hicimos vodka con sillas de
madera, y William se puso a comparar la cara del gobernador con el trasero desnudo de su
abuela. Y
ahora entramos a la ciudad que antes era nuestra
por los teatros y los jardines, por escaleras y portones de hierro forjado
por donde saludábamos desde los umbrales, saludamos
cuando el Presidente pasó en una limusina blanca, seguido por una procesión que duró
dos
noches a lo cual le siguieron los juicios y las ejecuciones, mientras nosotros saludábamos desde
los umbrales, saludábamos.
Sé valiente, decíamos, pero nadie es valiente. Ahí donde mi alma espera por ti, concédeme,
Señor, esta ciudad de música inaudible.
14. Un sueño (el fin)
Una larga fila de nuestros compatriotas empezó a seguir este recital.
Pero su escucha duró sólo unos pocos instantes. Incapaces de escuchar de nuevo, ya la gente no estaba frustrada. La ciudad en nuestros oídos era nuestra.
15. Un brindis
Por tu voz, una misteriosa virtud,
por los cincuenta y tres huesos de un pie, las cuatro dimensiones de la respiración,
por el pino, la secuoya, el helecho de espada, la menta,
por el jacinto y el lirio de campana azul,
por el asno amarrado del conductor del tren,
por el olor de los limones, un niño que orina espléndidamente contra los árboles.
Bendice cada cosa hasta que enferme,
hasta que cada corazón ingobernable admita: «Me confundí a mí mismo
y aún así amé —y lo que amé ya
lo olvidé, lo que olvidé le dio gloria a mis viajes, hacia ti viajé,
Señor, y llegué tan cerca como tuve el valor».
“Sonia y su cuento de hadas” es una sección especial agregada a la edición castellana de Bailando en Odesa, de Ilyá Kamínsky, traducción y prólogo de G.A. Chaves, Sevilla: Editorial Libros del Aire, 2012.

Ilyá Kamínsky (Odesa, 1977). Poeta, crítico, traductor y profesor ruso-estadounidense. Es autor de Dancing in Odessa (2004), el cual le valió el Whiting Writer’s Award, el American Academy of Arts and Letters’ Metcalf Award, el Dorset Prize, la Ruth Lilly Fellowship y además fue nombrado Best Poetry Book of the Year por la revista ForeWord. En el 2008, Kaminsky fue premiado con la Lannan Foundation’s Literary Fellowship. En 2009, poemas de su nuevo manuscrito, Deaf Republic, merecieron el Poetry Magazine’s Levinson Prize. Coeditó la antología de poesía del siglo XX Ecco Anthology of International Poetry (2010).Página oficial del autor. |
G.A. Chaves (Costa Rica, 1979). Ha publicado el libro de relatos Cuentos etcétera (2004) y el poemario Vida ajena (2010). Ha traducido la antología Fin del continente del poeta californiano Robinson Jeffers y el poemario Bailando en Odesa del ruso-estadounidense Iliá Kamínsky. También ha editado En esta rara noche: Poesía selecta (1970-2008) de Carlos de la Ossa.Sitio web: Café Verlaine. |



Ilyá Kamínsky (Odesa, 1977). Poeta, crítico, traductor y profesor ruso-estadounidense. Es autor de Dancing in Odessa (2004), el cual le valió el Whiting Writer’s Award, el American Academy of Arts and Letters’ Metcalf Award, el Dorset Prize, la Ruth Lilly Fellowship y además fue nombrado Best Poetry Book of the Year por la revista ForeWord. En el 2008, Kaminsky fue premiado con la Lannan Foundation’s Literary Fellowship. En 2009, poemas de su nuevo manuscrito, Deaf Republic, merecieron el Poetry Magazine’s Levinson Prize. Coeditó la antología de poesía del siglo XX Ecco Anthology of International Poetry (2010).
G.A. Chaves (Costa Rica, 1979). Ha publicado el libro de relatos Cuentos etcétera (2004) y el poemario Vida ajena (2010). Ha traducido la antología Fin del continente del poeta californiano Robinson Jeffers y el poemario Bailando en Odesa del ruso-estadounidense Iliá Kamínsky. También ha editado En esta rara noche: Poesía selecta (1970-2008) de Carlos de la Ossa.




¡Excelente!