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27 septiembre, 2012

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Toro y el Chavo

por LasMalasJuntas
Alejandra-Foto

Alejandra Zina (Argentina)

Me mudé de país para mudarme de océano. Espero no volver a verlo más. De verdad espero que se olvide de mí y yo de él.

Unos amigos argentinos me consiguieron la cabaña en donde vivo y el trabajo en la playa. Con eso me alcanza, no digo para ser feliz, pero sí para dormir de corrido y sin pesadillas.

Las noches de Mazunte son tremendas. El cielo es un espectáculo de astros y satélites, y el Pacífico se pone tan negro, tan negro, que parece la boca de un aljibe gigante.

Si quiero distraerme, voy a la feria en donde puedo comer unos tacos, jugar al bingo y tratar de ganar en los tiros un peluche para Fede, el nene de mis amigos.

Si quiero compañía, voy al bar de Torosito. Toro es de la capital, pero se vino hace años por un problema en los pulmones. Los médicos dijeron que el smog la estaba matando y que sólo la podía salvar el aire húmedo y salado de la costa.

Se llama Paloma Torosito Navarro, pero acá todos le dicen Toro o Torosito. Parece que son los nombres que mejor le cuadran a su carácter machón y revirado. Conmigo es cariñosa desde que la conocí. Rana o Ranita me dice, porque me la paso en la orilla o adentro del agua. Si estamos solas en el bar, saca las dos mecedoras que heredó de no sé qué finado, las pone mirando al mar y trae una cerveza para cada una. Hay noches en que hablamos hasta por los codos y otras en que sólo decimos salú! antes de chocar los porrones.

Ahora que entramos en temporada alta, la cosa se anima más. Llegan turistas a montones y en el bar de Toro, donde corren mojitos y tequilas sin parar, el baile dura hasta la mañana. O hasta que ella desenchufa el equipo de música, grita un órale! órale!, y echa a todo el mundo a la playa. Los que todavía se mantienen en pie, vuelven a sus albergues. A los demás me los encuentro cuando bajo a trabajar. En la caminata a la orilla voy esquivando bailarines desmayados, algunos en bolas, que duermen la mona bajo el sol.

Aunque quizás parezca lo contrario, tengo poco tiempo para pensar. Y eso ayuda. Me levanto a las seis y media de la mañana, desayuno liviano, barro la arena que se cuela en el único ambiente de la casa y salgo encremada hasta las pestañas. Tengo la piel dura como el cuero, pero no dejo de cuidarme. Ni de usar anteojos de sol y remera larga sobre la malla. Almuerzo y duermo la siesta en el parador, y sigo en la playa hasta que oscurece. A la vuelta, me visto por primera vez en el día, me cocino un plato abundante y, si todavía no quiero acostarme, doy un paseo o visito a mis amigos.

El trabajo es tranquilo. Hasta ahora sólo me tocaron chiquitos que se alejan de sus papás, bañistas acalambrados o tipos que para impresionar se meten mar adentro y la corriente los empuja hacia el acantilado.

Bueno, yo creí que las cosas seguirían así, pero no.

Ayer volvió a aparecer.

Como todas las tardes, caminamos hacia Cerro Sagrado. Los atardeceres desde Punta Cometa o Cerro Sagrado —como prefieren decirle los pobladores— son explosivos. El cielo se pone rojo sangre y uno puede ver perfectamente cómo las lenguas de fuego se hunden en el agua. Los turistas aplauden, chiflan y sacan veinte fotos por minuto. Después vuelven a la playa, donde juegan carreras a caballito, dan vueltas carnero en la arena o juntan ramas para hacer fogatas. Los turistas son así. Les gusta hacerse los locos y llamar la atención. Por suerte, ayer se levantó viento y el frío los corrió enseguida.

Yo había ido a juntar mi toalla, el salvavidas y los largavista, cuando sentí el grito detrás. Primero me sobresalté y las cosas se me cayeron de las manos. Me fui incorporando de a poco. El viento pudo haber traído el grito de alguien que empinó el codo temprano o de un ganador que completó el cartón de lotería y cantó su buena suerte. Acá la gente grita por cualquier cosa.

Pero el llamado de auxilio se repitió junto con el chapoteo histérico de unos bracitos aleteando contra el agua.

Era él. Y me había encontrado de nuevo.

Sin pensarlo, abandoné mis cosas y empecé a caminar en sentido contrario. Aunque me alejaba con un dedo enterrado en cada oído, podía escuchar su llamado retumbando en la playa desierta. Pensé en ir para la cabaña, o mejor a lo de Toro, y bajarme los tequilas que nunca pido. La idea me animó y cambié el andar nervioso por la corrida.

Pero, ¿qué si era otro el que estaba pidiendo rescate? ¿Qué si mientras yo corría alguien se estaba ahogando? Frené de golpe y giré sobre mis pies. Volví trotando hasta la orilla, entré unos pasos en el mar y reconocí una silueta blanca en el planchón negro y silencioso. Usé mis manos de megáfono para que me oyera: ¿HOLA? ¿SE ENCUENTRA BIEN? ¿HOLA?Un chico contestó moviendo los brazos a un lado y al otro, como si estuviera siguiendo un paso de baile.

Ahí estaba. Exactamente igual a la última vez, y a la anterior, y a la anterior. Haciendo lo único que le vi hacer desde que lo conocí: agarrarse del agua mientras lo chupaba el piso flojo de un pozo.

Tuve una crisis de nervios y le dije cosas horribles, también le pedí que me dejara en paz. Actuaba como una madre desbordada por los berrinches de su hijo.

Sólo que el chico no es caprichoso. Tampoco es mi hijo.

El chico quiere que lo salve y yo, no puedo hacer otra cosa que intentarlo.

Como tantas veces, en otras playas y otro océano, me saqué la remera a los tirones y salí corriendo hacia él. ¡Aguantá que ya voy! Sin frenar la carrera, piqué en la arena y entré en un clavado. Mientras pataleaba, sentí el cosquilleo en los pies. ¡Aguantá! La mandíbula me temblaba tanto que las palabras me salían mudas. Sacudí las piernas de forma exagerada para que no se acalambraran y seguí braceando en diagonal. Es la única forma de evitar la corriente que tira hacia el acantilado. Cabeza fuera del agua y estilo libre en diagonal. Cuando llegué, vi una mata de pelo castaño flotando como un alga marina. ¡Arriba, chiquito, arriba! Hundí las manos y saqué al chico de los sobacos. Debía pesar tanto como yo y su cuerpo estaba más helado que el agua. Colgué su brazo izquierdo de mi cuello y empecé a remolcarlo. Di unas pocas brazadas y tuve que parar. El peso hacía que se me resbalara hacia abajo. El chico abrió la boca y un vaho a pescado podrido me frunció la nariz. Tengo frío, tengo hambre, balbuceaba contra mi oreja. Falta poco, bebé, aguantá que ya llegamos. Lo alcé del bracito para acomodarlo y un sonido áspero me paralizó. Fue como la rajadura de una tela. No me animaba a mirar, ni a seguir. Pispié de reojo y vi la clavícula y el músculo expuestos. La carne del hombro se le había desgarrado. Se me escapó un grito que me hizo tragar un vaso entero de agua salada, y lo solté. No existe, él no existe. No existe. Nadé hacia la orilla conteniendo la respiración. Salí a los tropezones, caí en cuatro patas sobre la arena húmeda y en una arcada largué mocos, lágrimas y toda el agua que había tragado, seguí gateando hasta la zona seca y me desplomé.

El desmayo debió durar un buen rato porque cuando abrí los ojos la luz de la luna iluminaba la playa.

Con las piernas abiertas y los brazos flojos sobre las rodillas, escupí varias veces una saliva salada y rasposa. Tenía la malla mojada y el cuerpo milanesa. Podría haberme congelado, pensé, y fui por mis cosas caminando en eses como una borracha.

La cara desencajada de Toro duró unos segundos. Después dijo que cuando me vio parada en la puerta no me había reconocido. Que estaba muy compenetrada echando putas contra unos gringos. Estos pendejos me sacan todos los diablos, dijo y deslizó una sonrisa triste.

Por supuesto se había dado cuenta de la hora y de mi estado, pero no hizo preguntas, nomás me abrazó la cintura y casi en el aire me cargó hasta el fondo del boliche. En su pieza me envolvió con una frazada y se puso a revolver los cajones de una cómoda. Sobre la cama me dejó una montaña de ropa para que eligiera y se fue a atender el mostrador.

Cuando me vio entrar al salón, Toro cruzó los brazos sobre el pecho, frunció el ceño y se puso a negar con la cabeza.

—¿Qué? ¿Me queda muy mal?

—Absolutamente. Fíjate que te faltan unos cuantos kilos para lucir mis trapos. Vamos, vamos, ve pallá —me ordenó mientras apuntaba con dedo de sargento la mesa en donde me esperaba un tazón de café y unas presas de pollo frío.

Las cervezas las tomamos un rato más tarde, afuera, en las mecedoras. Toro empinaba su porrón y con cada trago chasqueaba los labios como si estuviese probando la primera cerveza de su vida. Tomaba y se hamacaba con las puntas de los pies. Cuando terminó, siguió acariciando el envase vacío. Con una timidez que nunca le había visto, me dijo que yo no estaba para ir a ningún lado, que me quedara a dormir en el bar.

Me quedé, pero no dormimos hasta la mañana. Toro siguió trayendo porrones de cerveza fría. Y yo le conté lo de playa. Hablamos del chico. Y hablamos del dolor.

—Había muchos bañistas y él era un puntito a ochenta metros de la costa. Un puntito que desapareció enseguida. Fui y vine a los pedos, pero cuando lo traje ya no le quedaba oxígeno. Estuvimos más de media hora intentando resucitarlo. Yo, mis compañeros, el tipo de la Cruz Roja. No pudimos… Tratamos pero no pudimos —le conté de un tirón.

Toro frenó un rayo de sol con la palma abierta y el dorso haciendo sombra sobre su cara. Cerró los ojos y se tomó su tiempo.

—Yo no sé en tu casa, pero acá, cuando La Fría se lleva a los ahogados…

—¿Qué fría?

—La Pelona. La Apestosa. La Flaca. Si me entiendes, Ranita. Cuando La Fría se lleva a los ahogados, el mar es su cuate. Su mano derecha. Su Sancho Panza. Eso. Así como lo ves de mansito, el muy cabronazo trabaja para ella. Y ni se te ocurra sacarle lo que se quiere llevar.

—Pero si yo no le saqué nada, Toro, él se lo llevó, yo, él… —quise seguir pero la voz se me quebró y no pude.

Toro estiró una mano de mecedora a mecedora y me palmeó el codo suavemente.

—Ya, ya… Pero ese chavito está atorado, Rana. Ese chavito tiene que seguir viaje. Y a poco que estará mejor.

—¿Seguir adónde?

—A Tlalocan. El paraíso de los ahogados.

—…

—Tlaloc, el dios de la lluvia, los elige para vivir en reposo y abundancia. Pero tienes que soltarlo, Rana. Tienes que soltarlo dentro de ti. Y para eso… ¿Rana? ¿Ranita? ¿Estás dormida?

—No, no, te estoy escuchando.

—Oye, esta noche iremos juntas a la playa.

—¿Para?

—Pa´ despedir al chavo, ¿no?

—¿Y verlo otra vez? Ni en pedo. Dos días seguidos no voy a poder, Toro.

—Pero, ¿si fuera la última?

—Y cómo sabés que va a ser la última.

—Eso no es cosa de saber, Rana… ¡Lo siento acá, lo siento acá! —dijo Toro apretándose las tetas y subiéndolas hasta el escote de la remera—. ¿Me oíste? Hoy mismo le decimos adiós.

No sé cuánto tiempo más estuvo contando historias. Yo recién volví a verla cuando me desperté con sus gritos. Para variar, andaba peleando con unos ingleses o alemanes o tanos.

Increíble, me había pasado todo el día durmiendo en la mecedora pero no sentía resaca ni dolores. Toro me miró desde el interior del salón, guiñó un ojo y dio el vía vía a los gringos.

Ahora, para bien o para mal, había llegado la noche.

Trejo-fotoAlejandra Zina (Buenos Aires, 1973) Ha publicado el volumen de cuentos Lo que se pierde y la novela Barajas. Sus cuentos han sido seleccionados en numerosas antologías y es colaboradora de medios impresos y digitales. Coordina talleres de escritura de forma particular y en la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica. Es una de las organizadoras del Ciclo Carne Argentina de lecturas en vivo.
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  1. Muy bueno el relato… ¡me gustó mucho!

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