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11 octubre, 2012

Elvira

por LasMalasJuntas
Muslip-Foto

Eduardo Muslip (Argentina)

A Elvira siempre le interesaron los ovnis. Desde que volví de mi viaje a Tucumán, la tengo mucho más presente, como al resto de los parientes que visité, aunque ella no lo sea del todo. Su amistad con Rosa, una hermana de mi papá, se mantuvo a lo largo de las décadas; ese vínculo fue siempre algo dado y no un tema de discusión, por lo que me costaría usarlo como punto de partida. Podría comenzar por las pinturas y esculturas que creó Elvira, pero sólo le conozco paisajes y seres que no parecen de este mundo, así que es natural que lo primero que señale sea su interés por los ovnis.

Elvira vivió unos años en Buenos Aires, en un departamento que alquiló en el barrio de Lugano I y II con mi tía Rosa, cuando vinieron juntas desde Tucumán. Elvira era “la amiga de Rosa”; cuando yo era chico esa descripción era suficiente para explicar la relación. Después Elvira volvió a su provincia; Rosa dejó ese departamento y se quedó en Buenos Aires. Sin embargo, las amigas siguieron compartiendo viajes juntas, se ayudaron en las mudanzas; Rosa, cuando va a Tucumán, no se queda en la casa de alguno de sus hermanos sino en la de su amiga. Nunca escuché frases como “la pareja de Rosa”, ni “ellas se separaron”, ni “volvieron juntas”. Lo de “la amiga de Rosa” en algún momento fue para mí un eufemismo que había que rechazar, pero lo cierto es que la frase terminó por sonarme acertada.

El primer recuerdo que tengo de Elvira y de mi tía se ambienta en el departamento de Lugano I y II. Ellas eran jóvenes, un poco menos que el barrio: un complejo de torres de veinte pisos construido en los años sesenta, en medio de una zona apenas edificada en el extremo sur de Buenos Aires, pantanosa, siempre oscura. Por las ventanas amplias veía un cielo tan turbio y pantanoso como los alrededores del complejo. Las distintas torres estaban conectadas por puentes a la altura del primer o segundo piso: era posible recorrer todo  sin pisar el nivel de la calle, como si, a pesar de la amplia plataforma de asfalto y cemento sobre la que se edificó el barrio, el suelo conservara algo de la cualidad inhóspita original, y los arquitectos hubieran querido evitarle a los vecinos el disgusto de poner los pies sobre esa tierra.

Lugano I y II parecía el lugar apropiado para esperar la visita de extraterrestres: las naves debían ver un terreno más familiar en los páramos fríos y ventosos de Lugano que en zonas soleadas del norte de la ciudad. Las altas torres eran, además, buenos miradores para los avistajes. La niebla nocturna hacía pensar que el suelo no sólo era pantanoso sino directamente gaseoso, como lo son algunos planetas alejados del sol,  Saturno o Urano. Mi tía se quejaba: esto parece la Siberia, decía, por el frío y el viento que pasaba sin impedimentos por la base abierta de las torres. Además, era cierto que había en esa urbanización algo ruso, o más bien soviético; lo soviético ya se asociaba en esos años a entornos con problemas ecológicos severos,  como en las imágenes del lecho reseco y contaminado de lo que queda del Mar de Aral.

Mi tía se quejaba, todo el tiempo, de Lugano I y II; Elvira no. Mi tía se quejaba del barrio, de la incomodidad de sus viajes en colectivo hasta el trabajo, y se quejaba también de las incomodidades de Elvira: las dificultades por las que pasaba en las escuelas, los problemas familiares, los llamados siempre irritantes de su madre, que era una peste, según agregaba cuando su amiga parecía no estar escuchando. Elvira siempre fue una mujer más esforzada que mi tía, pero se quejaba menos. Mis padres y el resto de los adultos hablaban en el comedor del departamento mientras yo me alejaba hacia un pasillo en el que había pinturas, libros y revistas. Recuerdo el rumor de la voz suave de Elvira, los breves momentos de pausa que dejaban las voces y risas fuertes de mis parientes. En una pequeña mesa, una gran pila de números de la revista Cuarta Dimensión, que reunía los registros sobre contactos de distinto tipo entre humanos y extraterrestres. En las tapas y en el interior, imágenes en blanco y negro, borrosas y oscuras como el cielo de Lugano I y II, con algún plato volador, vacilante y pequeño. En ese pasillo había también algunas esculturas hechas con pedazos de lata, alambres, tornillos, materiales ásperos que perdían la aspereza al convertirse en criaturas con las que a uno no le molestaría convivir.

Cuando hace un tiempo hablé con mi tía y le conté que viajaría a Tucumán, me sugirió que visitara a Elvira. Le vas a dar una gran alegría, me dijo. Me dio un número de teléfono, al que llamé en la tarde del día en que llegué. A Elvira le llevó unos largos segundos manifestar esa gran alegría, no recordaba bien quién era yo; estaba durmiendo la siesta, dijo más con tono de disculpa que de reproche. ¿Podría visitarte? Claro, hijo, me vas a dar una gran alegría. Tantos años después de verla y escucharla en el departamento de Lugano, yo noté que le hablaba con el volumen alto de mis parientes, y que ella conservaba el mismo tono suave.

El taxi me llevaba desde el centro de la ciudad de Tucumán hacia un barrio de casas bajas, arbolado, tan diferente del recuerdo de Lugano I y II. Tan parecido a mi recuerdo de las noches de Tucumán de treinta años atrás, cuando mis padres me enviaban a pasar los veranos con mis tíos. Era de noche, y los barrios que se alejaban del centro se hacían menos animados, pero en toda la ciudad se disfrutaba de un clima que guardaba cualidades del día: en Tucumán las noches de verano nunca parecen ser noches del todo, algo en el aire recuerda siempre la luz y la calidez del sol.

Iba a encontrar no sólo a Elvira sino a su madre. Nunca la había visto, aunque tenía datos de ella, frases repetidas con pocas variaciones a lo largo de las décadas. “la madre de Elvira es una peste”, “la madre le hace la vida imposible”;  “la madre de Elvira odia a Rosa”: esa madre habría querido sin duda que la vida sentimental de Elvira no se limitara, por más de cuarenta años, a la amistad con mi tía. El taxi me dejó a la puerta de una casa; se veía una cucha con un perro inmenso, un pequeño cartel de “papelería” en una puerta lateral, ventanas abiertas. En cuanto me bajo del taxi y me acerco a la puerta, todo en la casa se mueve con tranquilidad y decisión hacia mí: el perro se me acerca, sin urgencias ni ladridos, me mira atentamente y me olfatea; un gato o una gata, tan viejo que casi parecía de otra especie, también se me acerca y maúlla brevemente; Elvira sale y me abraza; su madre, de pie en la galería y levemente inclinada hacia mí, me mira con una expresión entre atenta y vacía de muñeca: mamá, es el sobrino de Rosa, dice Elvira, en la voz más alta que yo jamás le hubiera escuchado, pero seguramente el volumen mínimo que pudiera ser audible para la madre. La anciana no se inmuta: mi timidez me vuelve decidido y un poco brusco, me acerco hacia ella y le estampo un beso en la mejilla; no me devuelve el beso ni dice nada, ni siquiera modifica su expresión. Elvira me presenta al perro, que era claramente un perro pero se llamaba Oso; el gato, en realidad una gata, era la Osa.

Después de que todo converge sobre mí, todo se me aleja también simultáneamente: el Oso se retira hacia su cucha en la galería (después me enteraría de que tenía prohibido entrar a la casa), la Osa a un sofá, la anciana a un sillón, y Elvira hacia la cocina. Elvira está extrañamente joven: sé que tiene más de sesenta años, pero muestra una actitud más relajada, movimientos más seguros y firmes que en mi recuerdo de su juventud. Me pregunta por el viaje, por mis padres; yo digo cosas específicas sobre el viaje, digo cosas generales sobre mis padres; ella nunca nombra a Rosa, una presencia tan natural en esa casa y en relación con nosotros como lo es el aire o como lo son los extraterrestres, que ahora veo en las pinturas de la sala. Los cuadros ya no representan los turbios cielos de Lugano, sino montañas verdes y cielos celestes, con unas pocas nubes blancas, y vagas presencias entre el verde o entre las nubes: se sabe que los extraterrestres ya no eligen paisajes ecológicamente degradados, en estas épocas prefieren a las sierras de Córdoba, o las soleadas montañas del noroeste.

Mientras como el sándwich que me tenía preparado –se excusa por no compartir la comida; ellas cenan muy temprano- hablamos de viajes en ómnibus, del recuerdo de viajes en tren; hablar de trenes desaparecidos siempre da a las conversaciones un tono benevolente y melancólico. Hablamos de un ingenio azucarero para el que habían trabajado parientes lejanos, que ya tampoco existe.

Hablamos de la situación de mis tíos, de la escuela en la que daba clases de dibujo hasta que se jubiló. Hablamos de sus ocupaciones actuales: la papelería que está en un cuarto a la calle de la misma casa, el taller de pintura que tiene atrás, en el que recibe a sus estudiantes, chicas adolescentes del mismo barrio. Me habla de la madre, sin mirarla, bajando un poco la voz, el volumen máximo que no le fuera audible. Le cuesta cuidarla, hace locuras, tiene reacciones inesperadas y peligrosas: su última ocurrencia es cortar el pasto a las dos de la tarde, en los días de sol más ardiente. Elvira me comenta que fue asaltada; dos ladrones entraron a su casa dos meses atrás. En realidad entró uno; el otro se quedó vigilando en la galería, jugando con el Oso, mientras el ladrón principal recorría la casa, daba órdenes, pedía dinero y objetos diversos. Le hizo sacar unas valijas, en las que iba guardando todo. Se presentaron como clientes, me cuenta Elvira; tenían unos treinta y pico de años, y bastante buen aspecto, en particular el que entró a la casa. Durante todo el tiempo que estuvo el ladrón, la madre y la Osa se quedaron sentadas en el sofá. Cuando las valijas ya estaban repletas, la madre se puso de pie y se acercó al ladrón, le dio un beso y un abrazo. Caminar bajo el inhumano sol del mediodía de Tucumán, besar a ladrones: pruebas contundentes de la locura de la madre. Hasta la Osa se contagió en ese momento de la misma locura: bajó del sofá y se frotó contra las piernas del ladrón que al mismo tiempo recibía el abrazo y el beso de la anciana. Mientras Elvira me habla, noto que su madre me observa de una manera que no anticipa que me vaya a dar ningún beso ni abrazo. Recuerdo el odio de siempre de la madre hacia Rosa; se me ocurre que, en la agitada interacción entre el ladrón y Elvira, la anciana habrá visto lo más parecido a una relación entre su hija y un hombre que presenció en toda la vida, tal vez la intensidad de un vínculo matrimonial o postmatrimonial, con discusiones y valijas incluidas.

La conversación se me hace fácil, continua, y por momentos pienso en que es increíble que sea tan natural a pesar de que pasaron treinta años desde la última vez que hablamos. ¿Es ella la misma muchacha de Lugano I y II? ¿Soy yo el mismo de cuando tenía trece años, y leía sus revistas Cuartas Dimensión, y escuchaba de lejos las voces de los adultos? Tanto ella como yo parece que vemos en el otro más o menos lo mismo de siempre, y eso me tranquiliza, y también me angustia un poco. ¿Puedo ver tus cuadros?, le pregunto. Por supuesto, hijo, me dice, mientras limpia y guarda la escasa vajilla de mi cena. Los cuadros del resto de la casa son como los que están en el comedor: paisajes verdes y soleados, sugerencias de presencias detrás de las nubes o entre los árboles, más un par de desnudos de mujeres, seguramente ejercicios con modelos. En un pasillo, sobre un estante, una especie de mosca o de cigarra hecha de metal: una pequeña reminiscencia de las esculturas que poblaban el departamento de Lugano. La Osa me acompañó por el breve recorrido. Cuando volví, tuve más ganas de hablar de los animales que de los cuadros. Me entero del origen del nombre de la Osa: primero la llamaban la Sosa, porque la habían encontrado abandonada cuando murió su dueña, la madre de la cantante Mercedes Sosa, que vivía a pocas cuadras; Elvira nunca se enteró del nombre original de la gata. El Oso era originalmente Osorio, un anciano del mismo barrio, que también había muerto pocos años atrás.

Elvira me habla también de su hermana, que vive en otra provincia, y cada tanto la visita; de su única sobrina, que vive en Tucumán y que está separada. Hay sólo mujeres en esa casa y en ese grupo familiar. Las especies pueden no ser definidas; la gata es una entidad más viva, más anciana y casi más humana que la madre, que parece una antigua muñeca de porcelana; las mujeres de los cuadros, a pesar de su desnudez, tienen algo aéreo y delgado de garzas; la escultura puede ser una mosca o una cigarra; más allá de a qué especie pertenezca cada una, lo femenino está presente en todas ellas. No me animo a preguntarle si considera que los extraterrestres son hombres o mujeres.  En esa casa vivía su padre, muerto hacía poco tiempo, con casi cien años, y, aunque murió en uno de esos cuartos y a su cuidado, su vida se había prolongado tanto que dejó de ser tema de conversación en el instante mismo de su muerte. Sentado allí entre Elvira, la Osa y la madre, en esa escena a la que se podía agregar a su hermana, su sobrina y, por supuesto, Rosa, me parece natural que desaparezcan los hombres, del mismo modo que en Tucumán fueron desapareciendo muchas cosas en el último medio siglo, como los ingenios y los ferrocarriles. Tengo una especie de revelación: en general estoy entre mujeres, y eso tiene que seguir así, el contacto con los hombres me pone ansioso, me alejaré más de los pocos con los que tengo alguna relación, aunque también es cierto que, por más natural que me resulte estar entre mujeres, yo no dejo de ser un hombre. Tal vez pudiera tener una vida periférica alrededor de las mujeres, no intrusiva, como el Oso, que no parece lamentar tener su cucha y sus espacios siempre fuera de esa casa.

Miro el cielo, por el que no aparece ningún ovni. Ya debo irme, digo, una línea de los diálogos de la revista Cuarta Dimensión. Vaya, hijo, dice Elvira, en un tono similar. Sin que se lo pida, llama por teléfono a un taxi, que vendrá en instantes. Me doy cuenta que elegí un buen momento para irme: soy un extraterrestre que baja y contacta a una humana, luego sobreviene la despedida, sin énfasis, una sensación de bondad e inevitabilidad: soy de otras tierras, o de planetas o constelaciones lejanas, se produce un contacto fugaz, y después la despedida. La calle está oscura, el taxi que pasa a buscarme tiene algo de nave espacial, negro e iluminado por dentro, y faros potentes como para atravesar el espacio exterior. Un andar silencioso e inadvertido por la calle vacía, que me lleva a ser un punto y luego nada en la noche.

Eduardo Muslip (Buenos Aires, 1965) Narrador, crítico y docente. Ha publicado Phoenix (Malón, 2009) Plaza Irlanda (El Cuenco de Plata, 2005), Examen de residencia (Simurg, 2000), Fondo negro. Los Lugones: Leopoldo, Polo y Pirí (Solaris, 1997) y Hojas de la noche (Colihue, 1996).
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