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11 octubre, 2012

1

La mosca

por LasMalasJuntas
Er-Luis

Luis Moreno Villamediana (Venezuela)

Imperiosamente recuerdo la primera vez que vi a Nicolás. Es una imagen que parece multiplicada unas mil veces, pero esa exacta reproducción no me impide concentrarme en los detalles. Yo estaba descansando a mediodía cerca de las vías del tren, entre unos matorrales. Me había llevado allí un olor a lechosas podridas. No me había equivocado: las ramas secas de un arbusto ocultaban unas conchas descompuestas, grumosas, que parecían una flor de muerto. Hacía calor y el aire estaba limpio, como si el sol y sus efectos hubieran disuelto, de a poco, el polvo que flota debajo del cielo, no amontonado en nubarrones sino disperso en colonias pequeñas y apenas visibles. Recuerdo que me zarandeaba y el cuerpo se me ponía de color tornasol. No era la primera vez que eso me ocurría; de hecho, ya tenía casi una semana por ahí, junto a los rieles. A esa hora prefería reposar, verme las tonalidades en el cuerpo de prisma quebradizo.

Yo era uno de esos fulanos que sólo necesitan cargarse a sí mismos para completar un plan. No tenía nada, salvo las migas que me resistía a abandonar, pensando que llevar algo pegado al cuerpo podría serme útil cuando no pudiera siquiera encontrar los desperdicios ajenos. Así somos las moscas. Lo puedo contar sin vergüenza: muchas veces me alimenté del olvido, o del horror, de otros, de algo de mal sabor, o sobrecocido, que nadie alcanzó a terminar y derrochó sin misericordia. Es una forma menguada del reciclaje. Hay que sobrevivir.

Venía de una ciudad sin puerto. No me gustaba: hay algo zafio y pavoroso en esos lugares que no tienen una salida de agua. Es cierto que había por allí suficiente basura, pero eso tiene que acompañarse de una ciénaga, al menos. Me pasaba la mayor parte del tiempo deprimido, pensando en las posibilidades de una vida distinta, como se hace cada vez que el sistema de la propia rutina nos falla, por fatiga o ambición. No me costó irme. Me largué a media mañana, cuando en el cielo ya la claridad se había despejado y unas nubes se agrupaban como miembros de una pandilla, muy hinchadas, no sé si amenazantes.

Desde el primer momento, La Concepción me pareció el sitio adecuado. Recuerdo que me impresionó mucho el bulevar costanero, con sus bancos de listones de madera encerada y esos postes de formas esbeltas que de noche, sobre todo cuando había calor, se llenaban de insectos. No era raro que algún paseante dejara caer algo que pudiera servirme. Yo esperaba reposando sobre una baranda, y cuando tenía oportunidad recogía ese despojo. Allí estuve un par de semanas, quizá: el movimiento de las embarcaciones, un poco lejos, en la orilla opuesta, también me distraía.

Las vías del tren, hacia el oeste, me atrajeron de inmediato como una posibilidad de fuga, en caso de que llegara a cansarme de aquel costado del río. No es que las hubiera olvidado, en realidad: cuando uno deja un lugar, asume por dentro la certeza de un mapa que puede seguir dibujándose y cambiando, como si todo futuro estuviera ligado a la movilidad. Pero a las afueras de La Concepción los rieles estaban rodeados de una extensión sembrada de trigo, y por ahí acostumbraba vagar, detallando las espigas. Poco después me dediqué a explorar el sector más próximo a la estación. Cada tanto había un montículo cubierto de grama. También encontré, junto a los arbustos, mínimos tesoros a veces clandestinos, naturales pero no fortuitos. Eran trozos de frutas regados en una disposición de estudiada apatía.

Fue por ahí mismo donde vi a Nicolás esa primera vez. Era ligeramente más flaco entonces y de cabeza como agrandada. Estaba sentado, bastante erguido, mirando alguna cosa invisible a unos pocos metros; tal vez fuera un recuerdo escapado de una vida distinta. No hacía ruido: recuerdo que escuché por encima de todo unas ramas que se agitaban sin violencia, con un temblor como apenado por hacerse notar. Me le acerqué en círculos, lentamente, tratando de respetar su concentración. Me di cuenta de que Nicolás tenía la boca algo abierta y un poquito mojada. Si yo no hubiera tenido esas antenas capaces de oler sin error habría pensado que el tipo estaba muerto. Parecía mantenerse en esa posición a causa de un anticipado rigor mortis que no requiriera de la muerte total, sino de una momentánea suspensión de los sentidos o de los deseos. Me dio lástima ese cuadro de soledad cretina.

Estuve observando a Nicolás desde cerca. Al principio me quedé quieto sobre uno de los rieles, camuflado en medio del acero oscuro, pero allí la temperatura subía más rápido que en la tierra o las hierbas, y eso me obligó a cambiar de lugar. Tenía un poco de recelo, lo admito: Nicolás me intimidaba con su severidad de loco. Sin embargo, no tardé en acostumbrarme a su figura. Me atreví incluso a revolotear alrededor de sus orejas para ver si reaccionaba; nada, no movía los párpados, ni siquiera la nariz. Cuando me paré sobre su frente, sentí bajo las patas la serenidad de una piel desertada por cualquier residuo de agitación espiritual, como si el cuerpo de Nicolás se hubiera convertido en una capa hueca. Extrañamente, eso me conmovió.

En una media hora comencé a percibir la convulsión remota del alma que regresa. Era como el eco de una sacudida que ya hubiera comenzado en un punto indistinguible, no necesariamente dentro del mismo Nicolás; a lo mejor era algo que había estallado en otro continente, o en mitad del océano, y a esa hora se repetía en contadas personas. Tuve que moverme para dejarlo recuperarse solo, sin un gramo adicional y sin el cosquilleo, ligerísimo, de tres pares de patas. Lo vi alzarse con las piernas flexionadas y la ayuda de las manos. En esa nueva postura, Nicolás daba la impresión de haber sido aplastado. Estuvo perplejo varios segundos, como si acabara de asomarse de un derrumbe y descubriera que en su ausencia el mundo hubiera sido arrasado; tal vez ese sector de la ciudad se le antojó un enorme vaciadero que ocupaba el cuadrante donde antes hubiera montones de edificios, de los que solamente quedaran los planos, o el dibujo perverso y descompuesto en la arena.

A la distancia acompañé a Nicolás hasta su apartamento en un área olvidada, compuesta de hangares y construcciones medianas, al parecer abandonadas. Nicolás era el único habitante de un inmueble que, según creí, había crecido al azar, con anexos superpuestos por la necesidad de ampliar una oficina. A una planta inicial le habían agregado otros módulos de fachada más o menos similar, de distinto tamaño; se adivinaba que cada adición había dependido de presupuestos variables, que obligaban a diseñar cada piso con altura igualmente inconstante. El conjunto daba la impresión de haber sido soñado. Al frente se acumulaban los papeles, rectángulos de cartón mal cortados, vasos desechables, trozos de anime; eso me llevó a imaginar que en ese espacio la alimentación era un asunto postergado o simplemente abstracto, la secuela de impulsos que no se podían satisfacer.

Lo primero que hizo Nicolás al entrar fue dirigirse a la cocina, abrir una despensa y elegir, entre bultos idénticos, un paquete de galletas de soda. Supe en ese instante que en ese apartamento no hallaría productos frescos. Nicolás terminó de comer y tiró el envoltorio por la ventana, creyendo a lo mejor en la degradación espontánea del plástico. Será que prefería ahorrarse los trabajos de la cocción y del reaprovechamiento. El calor de esa tarde inundaba las esquinas desgastadas, sucias, a pesar de que en el cielo se había reducido la dispersión de las nubes espesas y el sol era menos directo. Yo lo miraba todo alrededor, atontado: los muebles de tapizado seco por una cal pardusca, la mesa ocupada por revistas y fotos recortadas, una vitrina opaca, la alfombra raída apoyada detrás un escritorio. Había un fuerte olor químico que no identifiqué; no me dio la impresión de que sirviera para asear las habitaciones. Nicolás no parecía interesarse en esos simulacros, y además, pensé, difícilmente recibiera visitas. Cada cosa en ese espacio estaba reducida a la memoria de una antigua función.

En el baño, Nicolás se quitó la camisa. Advertí que tenía la espalda sudada y una cicatriz reciente en el pecho. Se miró al espejo por varios minutos. El hombre asistía a su derrumbe con una mueca equívoca en el costado derecho de la boca, quizá recordando íntimamente, pero sin proponérselo, la forma de un cigarro. Adentro había una agotada luz amarillenta, que se rompía en el lavamanos y el sanitario de cerámica gris, y así creaba sombras multiplicadas luego en el resto de la pieza, especialmente en la ducha. Nicolás se lavó los sobacos y el cuello, los brazos un poco tostados, se echó agua en la cabeza. Después entró a su cuarto y yo con él, y allí lo vi todo.

La mujer y el hombre estaban desangrados en un colchón matrimonial, sin sábanas, que parecía flotar sobre un acuario oscuro, sin peces, con migas de galletas más viejas. De cerca supe que ya estaban tiesos y fríos. Me gustó la composición de los cuerpos: estaban muy juntos, tocándose en la cara y el tórax, con el pelo alborotado pero en suspensión. No se les distinguía bien las facciones, porque Nicolás se las había aplastado con una laja que después descubrí debajo de la cama. Lo que quedó de ellas era un mazacote apetecible. Supuse que Nicolás los había sorprendido en el sueño. El asunto me resultó bastante literario, pues me hizo pensar que el hombre y la mujer tal vez se figuraron que el golpe inicial era el producto de una caída imaginaria, que se derrumbaban dormidos desde un rascacielos de estructura imprecisa, y que al tocar el piso sentían una contusión que cesaba de inmediato, ya que seguían cayendo sin fin por un pozo de aire que simultáneamente adquiría la forma de una acera, la cubierta de un barco, una mesa de fórmica, un tragaluz, un borracho acostado, una garganta abierta. Volé hasta el techo para contemplar mejor el cuadro: desde allí concluí que la pareja estaba en una fase transitoria, a punto de empezar a deslizarse hacia la completa unidad material. Me conmovió esa cosa algo mística que exhalaban los dos.

Nicolás se sentó en una silla a ver televisión. De vez en cuando miraba los cadáveres, pero desde una perspectiva diferente de la mía. Habrá notado en ellos un aura más banal, a lo mejor la vibración de la infidelidad y la consiguiente justicia. Se entusiasmaba con los vaivenes de un juego de fútbol, llegaba a dar saltos cuando el Barcelona movía el balón hasta la portería del Real Madrid. Yo lograba reconocer los uniformes, nada más; los apellidos de los jugadores me resultaban incomprensibles, como cifras de una lengua entre muerta y en hibernación. Al rato, Nicolás se quedó dormido: el cuello se le doblaba sobre el respaldo de la silla, dando la impresión de una gran flexibilidad; dejó la boca abierta, sin ronquidos, como recibiendo todo el aire del cuarto para no devolverlo. Qué inocente: la noción del crimen le era ajena, lo mismo que la gradual descomposición de sus víctimas—que en la madrugada empezaron a hincharse y a ponerse verdes.

Yo me pasé la noche velándolos. Fui prudente: me provocaba saltarles encima, hundirme en sus carnes pastosas, dulzonas, pero supe esperar. Tenía el pálpito de que con Nicolás lograría algo espectacular, más allá del empacho. He jamado decenas de cadáveres, tengo experiencia en eso de engullir lo que va quedando de una vida debajo de la ropa; con las bacterias me he peleado los despojos. Pero hay asuntos que van más allá de mis habilidades, aunque a lo mejor no de lo que Nicolás era capaz de hacer.

Nicolás se levantó antes de las seis, cuando todavía estaba oscuro; entraba bastante calor por las ventanas—casi todas cuarteadas. Prudentemente lo seguí hasta el baño. A esa hora, la luz del bombillo no servía más que para acentuar el gris de la cerámica y darle a ese espacio una cualidad forense y descuidada. Nicolás apretó duro el tubo de crema dental, pero no salió nada; por unos segundos lo sostuvo en la mano como un objeto planísimo que sin remedio hubiera cambiado de empleo—me imaginé que podría ser de ayuda para abrir una puerta. Por alguna razón, Nicolás se puso a llorar, más bien bajito. Yo sabía que su llanto no tenía que ver con la culpa, ni con el súbito recuerdo de la soledad, ni con la falta de artículos de higiene o de comida. Las aletas de la nariz se le movían de un modo apenas perceptible, y las lágrimas no le salían diferenciadas, una a una, sino como un hilo chupado. Su pena era modesta, como la de alguien que no puede imaginarse una tragedia real.

De regreso en el cuarto, Nicolás se sentó junto a la mujer. Le acarició la espalda, ahora reblandecida, con una mano tensa, agarrotada; en el gesto interpreté un proyecto de dominio que aún no terminaba. Con cierta brusquedad se le montó encima, sin importarle la presencia de aquel otro hombre pegado a ella por algo más duradero que un deseo subrepticio—habían comenzado a compartir en la muerte la desintegración, que los volvía de fisonomía intercambiable, con ojos que pasaban de un rostro a otro como si fueran piezas basculantes, con la nariz que formaba un único segmento. Nicolás se bajó los interiores y comenzó a frotarse a aquel cadáver. Yo observaba feliz. Me gustó lo que hacía, porque superaba mis necesidades habituales. Era un asunto teatral y con un toque de grandilocuencia: con el pene erecto, Nicolás creaba hendiduras en la piel viscosa, que se iba desprendiendo. Cada centímetro de ella ocultaba un cenagal de sangre o qué sé yo qué que a Nicolás le tocaba descubrir, y donde, de inmediato, sumergía el pene, como un expedicionario. El calor lo había hecho todo más pringoso. Después, variando la posición de su cuerpo, Nicolás empezó a penetrarla por el culo. No sintió resistencia, el esfínter era una membrana o muy dilatada o ya abstraída, como un mero nombre que alude a algo extinto. Yo veía por Nicolás con cientos de ojos: él prefería dejar los párpados cerrados, concentrarse en el roce de su cuerpo contra el de ella, como si buscara separarla con ese contacto de la masa del amante que la iba atrayendo como un pozo. Cada minuto el empuje de Nicolás era mayor: supongo que notaba que su mujer andaba en otra parte y él intentaba desesperadamente enviarle un mensaje. Yo aproveché esa violencia para asentarme en la cadera de la muerta y extender mi proboscis dentro de ella. La simetría resultó perfecta: Nicolás y yo la empalábamos simultáneamente, nos ligábamos a esa mujer con formas distintas de avidez, es cierto, pero calcando la actitud, creando un nexo entre diferentes formas de energía—la del cuerpo que se ha metamorfoseado y la del que persiste en su modelo de hombre o mosca. Mi trompilla era como un pene que sirviera también de cordón umbilical.

Al rato, Nicolás eyaculó en el culo del cadáver. Lo noté un poco más relajado, no necesariamente satisfecho. El sudor se le regaba por la frente, los sobacos, la espalda, formaba burbujas en su cuerpo; el pelo se le había vuelto un dibujo uniforme, algo que ya no contenía hebras separadas sino lenguas castañas, con destellos rojizos, sin tinte. Nicolás se acostó sobre la espalda y se puso a mirar el techo. Yo volé hasta la ventana y vi desde allí la sucesión de construcciones vacías, con su pinta de bunkers deshabitados por un alerta de arrase inminente, o expropiados por una plaga incorpórea que fuera la verdadera responsable de los crímenes que yo le había atribuido a Nicolás. Sobre las aceras, en montículos, se acumulaban los papeles y las bolsas de plástico. El asfalto de las calles alternaba con capas de arena—no se sabía, a simple vista, si uno substituía a la otra, o si la contigüidad era parte de un plan. La mañana era transparente.

Cuando volteé a mirar de nuevo a Nicolás, se había acostado sobre el otro muerto, le hablaba con burla al rostro deforme, como retándolo, le pasaba la lengua imitando burdamente un jugueteo amoroso, recordándole quizá lo que había vivido con esa esposa ajena hasta que él los descubrió, y terminó dándole cabezazos durísimos, que aplastaban aún más la mixtura de carne y desecho que quedaba en la cama como un reguero que en el futuro, con un poco de suerte, pudiera resurgir como figura humana. Por unos minutos se quedó como sumergido de cabeza en el pozo de esa antigua vida, con los ojos abiertos, sin acusar molestias: daba la impresión de un buzo que no considerara el picor del océano en las pupilas.

En esos escarceos se pasó la mañana. Llegué a pensar que no necesitaba el desayuno porque se había alimentado a partes iguales de rencor y de alivio. A mediodía se preparó unos huevos fritos; supe por el olor que estaban casi pasados, en el borde de lo comestible. Me pareció normal: para mí la pudrición es una modalidad del organismo, con su propia gradación de sabores, olores, tonalidades y texturas. Eso sí, les puso mucho aceite, los observé flotar en el sartén sin tocar fondo, ingrávidos, entre sobras de pescado o harina. Nicolás comió parado, directo del sartén. Se sirvió agua del grifo, que salió en un chorro esmirriado y como cataléptico, no enteramente cristalino. Eran más de las dos de la tarde cuando por fin Nicolás se vistió, tal como estaba, sin antes meterse en la ducha. En un bolso deportivo puso unas franelas, un par de camisas, unos pantalones de tela gruesa con bolsillos profundos a mitad del muslo; también agarró un teléfono viejo: pensé que era una reliquia familiar, aunque no era antiguo sino desportillado. Eso fue todo. Salió sin preocuparse por limpiar—o al menos embrollar—la escena del crimen. A lo mejor contaba con la complicidad del abandono, que en ese sector de la ciudad era total y hasta acentuado con rabia, como si el resto de la población quisiera demostrar que confiaba en otra geografía del progreso.

Yo lo seguí. Por los suburbios lo único que encontramos fue el emplazamiento de una carretera que jamás se concretó, una trinchera sinuosa que pasaba entre cultivos de melón y uva. En algún momento nos tropezamos con los rieles del tren. Amo, incluso hoy, en mi estado, las vías ferroviarias, por lo que tienen de utopía materializada: verlas supone comprobar la existencia de un destino ni oculto ni imposible, solamente pospuesto. Basta seguir las líneas paralelas de los carriles para comprobar que es posible acercarse y hasta alcanzar lo que fuera hasta ese instante la luz blanquecina de un sueño. Allá en el horizonte, algo pequeño como yo se revelaba en la unión de los rieles, como un doble: un espejismo que puede revertirse y conformar una morfología de sangre circulante. Al verlo entendí que Nicolás iba a sobrevivir sin mayores heridas. Estaba muerto desde antes, qué podía hacerle daño.

Trejo-fotoLuis Moreno Villamediana (1966). Ha publicado los libros Cantares digestos (1996), Manual para los días críticos (2001), En defensa del desgaste (2008) y Eme sin tilde (2009). Junto a Carolina Lozada administra el blog de reseñas y crítica literaria 500 Ejemplares.

Fotografía: Ednodio Quintero.

@humorvagabundo

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Leer más desde Cuento, Vol. 35
  1. m. a. campos
    oct 12 2012

    sorprende luis moreno con este relato duro, sin escrúpulos naturalistas, la narración de la mosca que acompaña a un asesino al lugar donde ha destazado a dos posee la novedad del punto de vista de la mosca, los olores nos afirman en un tono grisáceo de lo que aquella refiere. Entre el realismo y un horror zoológico, el asesino apenas tiene un perfil, es un hombre al que corresponde un nombre sólo porque abre una nevera, cuando ejecuta la violación del cadáver permanece en un dominio donde todavía no es posible ver un carácter, un sentimiento humano. Texto personalísimo de alguien ensimismado en la indagación de un mundo que sospecha vivo y brutal más allá de su evidente dimensión de cosas…

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