Los inocentes
Nuni Sarmiento (Argentina-Venezuela)
Cuando me enteré de que la ciudad era una cárcel (ya lo había oído varias veces, pero pensé que era una manera de hablar, muy justa, eso sí), el decreto oficial tenía ya varios meses de vigencia. Se fundaba en que los presos no cabían en los antiguos locales y en que la mayor parte de la población tenía como oficio el delito. Algunos inocentes (en mi caso) vivimos la transición sin darnos cuenta. Yo no era muy aficionada a la lectura del periódico ni a los noticieros de televisión, pues muchos crímenes me desagradan, otros me aburren, y pienso que es ocioso estar enterado de todos los que se cometen. Pero el hecho de que la población entera (incluyéndome a mí) estuviera presa, era algo ante lo que no me iba a quedar de brazos cruzados.
Fui inmediatamente a la oficina principal a expresar mi descontento. Allí me informaron que la ciudad había sido decretada cárcel como medida de emergencia, y que las medidas de emergencia no son compatibles con el papeleo de la justicia. La secretaria, con la que hablé largamente, me explicó que primero se había tomado la resolución de invertir el procedimiento legal mediante el cual hay que verificar la culpabilidad de los acusados antes de su condena, y como medida práctica de mayor sensatez y economía, se resolvió someter a prueba a los inocentes, debido, según sus palabras, a lo escaso del número. Aunque la secretaria tenía razón, me alarmó su pesimismo, y así se lo hice saber. Se escogieron, siguió diciendo sin reparar en mi comentario, tres inocentes, y se les sometió a juicio, descubriéndose con pesar que ninguno de ellos poseía las características primordiales de la inocencia. Se escogieron luego otros tres que también resultaron culpables de delitos más o menos graves, y así sucesivamente. En vista de que no se presentó ni una excepción en los diferentes sondeos, fue tomada estadísticamente la decisión de decretar culpable a la población entera, y cárcel al espacio físico que ésta habita.
No bien me puso al tanto de las últimas reformas judiciales, le comuniqué que yo no iba a condescender tan fácilmente con resoluciones tomadas a mi espalda, y solicité que se me juzgara
de manera individual. La secretaria dijo que comprendía mis sentimientos, pero que por desgracia el procedimiento que yo solicitaba era obsoleto, y añadió que la única manera de ser juzgado individualmente consistía en formar parte de un censo como los que ella acababa de describirme. Me mostré entusiasmada con la idea, ante lo que puso cara de haber perdido la paciencia y me anunció que por el momento no había ninguno previsto y que se me llamaría. En ese momento sonó el teléfono. Aproveché la pausa de veinte minutos para morderme los labios y poner en orden mis palabras. Cuando colgó, dijo: ¿qué desea? Desconcertada, emití ciertos ruiditos a los que ella respondió que no se podía hacer nada debido a la falta de material, es decir, planillas o algo por el estilo. Y en vista de que este argumento no admitía réplica, me fui, aunque tan indignada, que en los meses siguientes me dediqué a organizar a los inocentes y a exigir con ahínco que se nos juzgara.
Pasó el tiempo. Una tarde, hastiada de nuestras demandas, la secretaria nos hizo formar cola frente a su escritorio para entregarnos una especie de certificado de inocencia. En un material viejo, que habilitó para el caso, fue anotando nombre, edad, fecha, sexo, y en la casilla correspondiente a estado civil, escribió: mala conducta no comprobada. Firmó y selló. Este papel fue suficiente para que muchos continuaran su vida sin ocuparse más de asuntos políticos. Pero no para mí. Con un grupo de inconformes seguí pidiendo condiciones de vida más dignas, y no sólo nominales, porque de nada sirve tener un certificado de mala conducta no comprobada cuando uno vive en una cárcel, rodeado de la peor calaña.
Así que por nada del mundo dejamos de turnarnos en las sillas de metal de la oficina, haciendo acto continuo de protesta con nuestras pancartas. Ya desde los primeros días la secretaria nos obligó a reducirlas a tamaño carta, con la excusa de que estorbaban el paso y de que la única destinataria de nuestras quejas, ella, gozaba de excelente vista. Al cabo de un año de lucha la secretaria colgó el teléfono y se quedó mirándonos con su acostumbrado aire de ausencia. Su mirada se iluminó de súbito, como si se le ocurriera algo turbio, mientras del cajón de su escritorio extraía un documento ajado en el que introdujo toda clase de modificaciones. Allí se nos concedía, para que lo habitáramos, uno de los antiguos locales de la cárcel, ahora decretado territorio neutro.
Aquí vivimos ahora los inocentes en situación bastante estrecha, ya que el local está en ruinas y las condiciones sanitarias son espantosas, pero hemos recuperado nuestra categoría de ciudadanos libres, o casi. Digo «casi» porque la secretaria dejó sentando (son sus palabras) que nosotros más que libres lo que somos es no presos, lo cual, añadió, no es más que una sutileza de la ley, aunque necesaria para su ejercicio. Desde que estamos aquí, es verdad, hemos tenido algunas deserciones; quiero decir que algunos antiguos inocentes, desesperados por la falta de espacio o la inmunda calidad de la comida, han dado en matar, robar o violar, no tanto por inclinación natural como por el deseo de salir a la cárcel, donde la vida es más desahogada. Esto se conoce entre nosotros con la expresión «salir a respirar un poco de aire». Cuando alguien dice «me parece que fulano tiene ganas de salir a respirar un poco de aire», hay que ponerse en guardia de inmediato.
Últimamente también ha habido cierto movimiento en sentido contrario, ya que algunas madres alarmadas nos envían a sus hijos para que los eduquemos, lo cual resulta recíprocamente ventajoso, pues la posición social de la madre en la cárcel le permite el acceso a algunos bienes que a nosotros nos faltan, y sin los cuales la educación del niño sería paupérrima. Pero esta pequeña bonanza no parece que vaya a durar mucho. Ayer un preso vino a visitarnos y nos contó que la secretaria ha sido nuevamente acusada de corrupción administrativa, y que en esta ocasión se la culpa de haber recibido un soborno para que entregara la concesión de este edificio ruinoso a los inocentes. Esto no perjudica a la secretaria, ya que ella vive en la cárcel y le da lo mismo que se le acuse de esto o aquello, pero me perjudica a mí, que estoy encargada de la educación de los niños que nos envían las madres, las mismas que desde esta mañana golpean sin cesar las rejas de la calle con las llaves de sus automóviles de lujo y vociferan para que les devuelvan a sus niños. Madres, claro, que se han entregado al delito en sus más variadas formas y que ahora, de repente, se han vuelto mojigatas, fanáticas de una moralidad que nunca practicaron. A estas madres, que acaban de penetrar a la fuerza en el recinto y huyen a toda velocidad con sus retoños en sus automóviles de lujo, de nada sirve perseguirlas por el patio gritando que no existe un negociado de la inocencia, como afirman en primera plana los periódicos amarillistas. De nada sirve explicarles que es una infamia, una conjura de los organismos carcelarios, originada en la envidia y el terror que les inspira la prosperidad de la inocencia. Con lo cual, me temo, me he quedado sola, pues el resto de los inocentes escapó en la desbandada, aprovechando la confusión y el desorden creado por las madres para escabullirse en los sofisticados vehículos y hundirse a toda velocidad en el elegante mundo del crimen.
Nuni Sarmiento (Buenos Aires, 1956). Reside en Venezuela desde 1966. Estudió letras y artes (Universidad Central de Venezuela). Ha publicado La maldad del azar (1991), ¡Señoras! (1991) y Revés (2003). El cuento “Los inocentes” pertenece al libro Novela Rosa (Caracas: Fundarte, 2012). Sitio web: Nuni Sarmiento. |



Nuni Sarmiento (Buenos Aires, 1956). Reside en Venezuela desde 1966. Estudió letras y artes (Universidad Central de Venezuela). Ha publicado La maldad del azar (1991), ¡Señoras! (1991) y Revés (2003). El cuento “Los inocentes” pertenece al libro Novela Rosa (Caracas: Fundarte, 2012). Sitio web: 




Excelente. Mucho nivel.