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29 noviembre, 2012

Duelos desiguales

por LasMalasJuntas
Foto-Paúl-Benavides

Paúl Benavides (Costa Rica)

No muy lejos de aquí

No muy lejos de aquí arde una ciudad del sur,
se quema en silencio monocolor
y ninguna sirena aúlla por las avenidas.
Un motociclista púber sin casco y con corbata,
tan pálido como la cara secreta de la luna
se juega la vida sobre el asfalto a la hora express,
y el agua cae en la ciudad del sur
entre el olvido y la memoria.
Un digitador ya no distingue el índice del pulgar
y una muchacha muy muchacha descubre a Dios
en una máquina tragamonedas.
Al sur del sur o al norte de ninguna parte
el mundo gira como de costumbre
y alguien tira colas de langosta
entre cisnes de oro y peces de plata
mientras el agua se hierve en ondas subacuáticas,
pero una ciudad del sur tropical se cura
las heridas con el sueño y la risa
y ninguna alerta suena por sus calles.
Solo una brisa que cae sobre un silencio de cobre
bajo techos imaginarios y sin dejar rastro.
Una ciudad más al sur del sur
y al oeste de ninguna parte
se pierde en un país sin eco,
las cabezas de dos héroes se venden
como souvenirs y flotan en un mar de corchos.
En la Avenida Central un sol que no calienta
se va sin dejar sombra,
un vendedor alado de ocarinas y videos
pasa como un dios mulato sin mitología,
pero la gente no nota nada extraño,
solo una nube que atraviesa el cielo de noviembre
limpia, blanca y libre.

Parade (desfile)

Ana se despereza a las 4 p.m.,
enciende un cigarro con su mano izquierda
mientras la madrugada llega como todos los días.
Lo sabe por el café que sorbe con su otra mano.
Le preocupa el lavabo que gotea,
su labio seco, la noche extraviada en las ojeras.
En el parque alguien hace maromas con seis bolas.
Del bus salen muchachos vestidos de negro
mientras el malabarista suma otra bola a su proeza.
Ana termina de secarse el cuerpo frente al espejo,
unas palomas cruzan el aire, una brisa agita el pabellón que tira lentos coletazos.
Estamos cerca de setiembre y son las 4:30 p.m. en Costa Rica.
No recuerda el momento en que perdió su cepillo de puntas metálicas.
Se estira la piel y agranda los ojos.
San José es una colección de antenas y techos oxidados.
La próxima vez me opero ─dice mientras enciende el tercer cigarro y se mira
el ojo algo amarillo.
Más palomas, el viento que huele a lluvia.
Sus senos señalan hacia adelante, hacia las copas de los árboles.
Más muchachos se bajan del bus. ¿De dónde saldrán tantos?
Achinados, morenos, mulatos, blancos.
Somos otra cosa.
Son ya otra cosa sus senos,
de un cuerpo que se defiende todavía bien
según dice el cartel en el poste.
El concierto arrancará pronto en la Plaza de la Democracia.
Más muchachos atraviesan la calle.
Una mujer con tacón alto, escote y pantalón tallado para el tráfico.
Una brisa golpea los árboles que se mueven como garras.
Ana no apura el paso, se sabe reina en esta jungla.
La noche arranca con la lluvia
y son las 8 de la noche en San José de Costa Rica.

La casa paterna

El sol revienta,
y la casa paterna sale del silencio
como un barco iluminado.
Entra por las ventanas
un vaho caliente a eucalipto y estiércol
e invade la casa un olor verde y acre
que asciende por las escaleras,
atraviesa los corredores, la sala,
invade los cuartos,
impregna mis manos de un aroma antiguo,
secreto, donde está el enigma de la infancia
que retorna como la flor de la amapola.

La furia de los hermanos llegará pronto
y sujetará el día de los árboles y de las ramas
como las crines del verano,
para cabalgar por su imperio de locura
y por campos de batalla imaginarios
y travesías por el río.

El viento de enero crea fieras
que traen su magia del norte,
y recala sobre el tejado como un muelle
cobrizo y sonoro.
Al día siguiente el circo mexicano llegará
con sus enanos barbados,
los osos ciegos, los tigres flacos
y sus cazadores de perros.

El abuelo atraviesa las paredes
con las palabras de la tribu a cuestas,
balbucea siglos tras largas pausas,
y la vida en la memoria
llega detrás de una bruma de silencio y humo.
Mientras, la abuela vence el hambre;
con su mano sarmentosa
─y una fe ciega en la vida, incomprensible─
pone el pan sobre la mesa.

El ojo del niño mira absorto
la pasión crecer lenta
─a través de la ranura en la pared─,
en los muslos de Angélica para estallar
como un fuego primerizo,
y las risas de los primos arden y giran en el patio,
pero todo se vuelve silencio con la leyenda
del tío que hundió su cuchillo
en el torso de otro hombre
por el amor de una mujer.

La aldea se pierde en un sueño inquieto,
agitado por el rostro cambiante de la muerte
que desciende a la casa de la abuela,
y mi madre sostiene su dolor
en el arco de madera carcomida,
pero la muerte es solo un silencio fúnebre y corto,
un duelo breve e incomprensible,
que se rompe en la batalla
entre indios y vaqueros
o la llegada de los piratas en un barco fantasma.

La memoria suelta sus caballos blancos
por el bosque translúcido de la infancia,
solitario y yermo como una ciudad en ruinas,
estos recorren el mapa ficticio de los días
y desatan los nudos que el sol
fijara sobre el pelo de mis hermanas,
buscan en los rincones escombros de alguna alegría,
el vuelo de una carcajada
en la cola de algún verano,
el ruido remoto de un triciclo que se desliza
por la colina del tiempo,
o la luz de la luna
que penetra los resquicios de algún sueño
para descifrar el misterio
por donde la vida retorna del pasado.

Memorial

De mis tíos heredé la inclinación
de hacerme el cuerdo con los ojos abiertos,
de tener lo necesario para vivir lo suficiente.
Heredé el amor por el aire de la madrugada
y por el denso vaho del cigarro y del ron.
De mi abuelo la inclinación al silencio,
de mantenerse callado hasta la muerte.
De mi madre heredé la propensión al llanto,
de mi padre la inclinación por la risa,
de ambos a reírme todo el tiempo y a llorar con frecuencia.
De los abuelos que no conocí heredé la duda.
¿Qué parte de ellos soy ahora?
¿Si la es la costumbre de enojarme y levantar el dedo?
¿La forma de andar, de estirarme en la cama a la hora de dormir?
¿Si el gesto del asombro o de la ternura?
¿La forma de mover la boca o las manos?
¿De sentir rabia o la bravura que me dura poco?
A ellos les debo al que no conozco,
al desconocido que anda conmigo siempre
y se levanta en la madrugada para ir al baño
y no sabrá nunca quién lo ve desde el espejo.

La Habana

Nativo en una ciudad ajena,
la vida me trajo y la alegría me puso en sobreaviso.
Leo en el parque Lenin La isla en peso,
el verso frenético contra el malecón,
el mar herido, desterrado y apátrida.
En el hotel Colina en La Habana,
en la rompiente de la noche,
sé que se llamaba Aidé y era de risa atrabiliaria,
recitaba a Martí con falda corta,
oriunda de Sancti Spíritus y me escolarizaba con poesía.
En el tropel de los buses y de los camellos atestados
la revolución ardía allí dentro.
En plena resurrección de la carne,
sostenida en su debacle la ciudad reverbera
en el sol que no da tregua.
Sé que no pasaba nada y que pasaba de todo.
Oculto en un jardín barroco
Lezama lee a Fray Luis de León con voz de cíclope.
La literatura es una pared de mármol herida
y una columnata dórica sostenida por la hiedra.
Nada sobrevive a la charanga ni al son ni a la timba.
Nadie dicta nada, son inútiles las arengas.
Frente a un palacete me detengo,
oigo el agua prenatal de una fuente neoclásica.
Dulce María Loynaz repasa los endecasílabos
y cuenta versos con los dedos.

El ciudadano cero (Panfleto)

A Gerardo Trejos,
in memóriam

El ciudadano cero
que levanta con euforia
su farola blanca azul y roja
que vota cada cuatro años
a pesar del mal tiempo
cuya fe es tan grande
como un campo de fútbol
donde espera las promesas
bajo el sol de los días
que cumplió a cabalidad
los deberes de la patria
morirá un día anónimo
patriótico, invisible y en secreto
y nadie bajará la bandera
ni decretará un minuto de silencio
El ciudadano cero
para la ínclita, ubérrima y maldita patria

A Chet Baker

Pequeña muñeca de corazón roto my funny valentine.
¿Cómo decir que cambiaras por mí?
Si no tenías una onza de soledad para darme,
¿cómo pedir que cantaras por mí?,
si no tenías una onza de horror para darme
y respirar el cielo tachonado de hipodérmicas:
la luna es un espasmo en las venas para más tarde.
Una nota lírica bordea el abismo,
porque una escala en el infierno no le hace mal a nadie
─le dijo a Dizzy Guillespie con el fliscorno entre las piernas─;
la heroína me da el tono y yo pongo lo demás que es la guerra.
Chet Baker con el brazo picado de amor:
el asfalto le ganó todas las peleas y el dealer perdía la paciencia.
Chet Baker, una luz blanca en medio de dioses negros,
en un sillín giratorio daba el alma que le quedaba
para cantar como Sara Vaughan.
Todo el tiempo decimos adiós.

Paúl Benavides (Heredia, 1966). Sociólogo y escritor. Trabaja como asesor en el Departamento de Servicios Técnicos de la Asamblea Legislativa. Ha escrito artículos para la Revista Parlamentaria y colabora con la página de opinión tribunademocratica.com. Duelos desiguales es su primer libro. Fotografía del autor: Tito Benavides Vílchez.
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