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11 enero, 2013

Flores en la madrugada

por LasMalasJuntas
Aquiles-Foto

Aquiles Zambrano (Venezuela)

Cuando sonó el intercomunicador aquella noche, yo estaba desnudo en mi cama, mirando un documental sobre hienas en la televisión. Cuando levanté el auricular, me dijo que le abriera, que traía marihuana, que si quería fumar un rato y escuchar música.

Bueno, le dije, sube.

Andaba sucio, como siempre, con aspecto de haber dormido toda la mañana y toda la tarde, cosa que no era extraña en él, pues Daniel tenía la habilidad (yo la llamaba habilidad) de dormirse en cualquier lugar y a cualquier hora, incluso en medio de un concierto, al lado del bajo más potente. ¿Cómo lo haces?, le pregunté. ¿Cómo hago qué?, dijo frente a mi puerta. Dormir tanto. No sé, dijo, y entró al apartamento y se sentó en el sofá junto a las cornetas.

Siempre aparecía así, sin avisar, no tenía celular, tampoco Facebook, ignoro por qué, pero siempre tenía buen cripi y armaba buenos porros, a diferencia de mí que nunca supe cómo hacerlo sin que pareciera una chancleta. Yo fumaba en pipa, o en vaporizador para no dañar los pulmones, pero Daniel decía que nada como un buen porro para sentir el buqué de la flor. Y tenía razón, con la pipa siempre se traga bencina y el vaporizador le resta todo el aroma. Igual yo siempre fui torpe con las manos y a estas alturas del partido no aprendería a confeccionar buenos tabacos.

Sacó su Ipod y lo conectó a las cornetas y me dijo escucha, me lo acabo de bajar. Daniel solía bajarse buena música y luego la compartía conmigo. Suena bien, ¿cómo se llama?, le dije. Las Migrañas, catalanes. Luego sacó el paquete y se puso a desmoñar. A pesar de su nombre, el sonido de Las Migrañas no era estridente, más bien tranquilo, con algunas explosiones psicodélicas, pero nada más. No suena como su nombre, le dije a Daniel, y este me explicó que Las Migrañas habían evolucionado mucho desde sus primeros discos, que si escuchaba el primero entendería por qué se llamaban así. Pero no te preocupes, dijo, este es el único disco que sirve.

Siguió desmoñando y yo fui a la cocina a prepararme un nestea, y  mientras lo hacía intenté imaginar cómo sería su vida en diez años. No pude imaginar nada, sólo podía verlo como ahora, encorvado sobre una moña de mango beach enrolando un porro, o dormido, o tocando Asilos magdalena en su guitarra, o mirando un video en Youtube, o escarbándose las uñas con su navaja. Luego pensé en mi propio futuro y sentí vértigo.

Fumamos en silencio, mientras escuchábamos a Las Migrañas. No sé por qué me había dado por pensar en el futuro, tal vez a causa de la constante desazón de mi vieja, que cada cierto tiempo me llamaba para informarme sobre la última atrocidad que había ocurrido en la ciudad donde nací, para decirme que me cuidara, que no corriera riesgos innecesarios en la calle, que comiera, que no tomara tanto nestea, ese tipo de cosas que suele decir una madre cuando te llama por teléfono. Yo le decía que no se preocupara, que todo estaba bien, que comía bien y no me faltaba nada, pero quizás ella intuyera algo.

El disco de las Migrañas se terminó y también el porro. Daniel armó otro y seguimos fumando. Soltamos la lengua, seguimos hablando de música y nos reímos de los gritos de Peñaloza, que esa noche habían comenzado más temprano de lo acostumbrado. Peñaloza era el loco de mi edificio, un abogado caído en desgracia que vivía en el cuarto piso y todas las noches vagaba por el jardín de la planta baja hablando solo, con orine en la entrepierna. Dicen que Peñaloza en algún momento fue un abogado brillante, con una carrera prometedora, pero que su vida se quebró después de que su hija quedara atrapada en un enfrentamiento entre la policía y el hampa. Peñaloza bregó en tribunales, apeló a influyentes amistades, incluso dicen que intentó sobornar jueces, pero no hubo culpables, sólo una bala sin dueño. Ahora Peñaloza se orina en los pantalones, ahora los vecinos lo miran con indulgencia, como a un perro, tal vez, y por eso le perdonan el escándalo.

Dejamos de reírnos cuando le conté a Daniel las razones por las que Peñaloza gritaba en las madrugadas. Daniel se quedó mirando las puntas de sus zapatos y yo me quedé mirando un plato con huesos de pollo sobre la mesa de la sala del que no me había percatado hasta entonces. Pensé en la mutación que sufre un pollo dorado y humeante hasta convertirse en esos lamentables restos. Me dio asco. Luego me dio hambre.

Fui a la cocina y me preparé un sándwich de jamón y queso. Cuando terminé todavía tenía hambre y me preparé dos más. Después abrí un paquete de galletas con chocolate y no dejé ninguna. Intenté fregar algunos platos y vasos pero tenía el estómago demasiado lleno. Volví a la sala y Daniel se había dormido en el sofá. Paré la música y lo seguí en el sueño. Soñé con la hija de Peñaloza, a la que no conocí, pero que en el sueño se parecía a una tipa de la universidad de la que creí estar enamorado en el primer semestre. Pero era la hija de Peñaloza, en el sueño era su hija, y yo me acercaba en el pasillo de la universidad y le hablaba y ella reía y al cabo de un rato me daba cuenta de que la tipa tenía un orificio en el cráneo, y luego aparecía Peñaloza gritando por los pasillos de la universidad, pidiendo justicia, con una mancha oscura en la entrepierna, y yo sentía vergüenza y me excusaba ante un grupo de estudiantes que se había detenido a mirar, les decía que él no solía ser así, que era un abogado brillante, con una carrera prometedora, luego alguien sacaba una bolsa con huesos de pollo y los apilaba en un rincón y Peñaloza y yo comenzábamos a devorarlos como hienas.

Nos despertó un frenazo.

Los cauchos de un carro chirriando contra el asfalto. Luego tres tiros, un impacto, cristales rotos. No sé por qué mi primera reacción fue arrastrarme hasta el interruptor y apagar las luces de la sala. Daniel preguntó qué pasa. No sé, le dije. Tres tiros más. Tírate al suelo, murmuré, pero Daniel se quedó quieto, tumbado en el sofá mirando en dirección al ventanal. Oímos unos gritos, aullidos, en realidad, el ruido metálico de una reja estrellándose contra algo. Pensé en ir a pasarle todos los cerrojos a la puerta pero me mantuve inmóvil en el suelo, en cuatro patas, como un animal al acecho o algo por el estilo, listo para saltar o escabullirme debajo de una mesa. Daniel se incorporó lentamente y fue hacia la ventana, comenzó a abrirla. Deja eso, le dije, pero no me escuchó o no le importó. Igual la abrió y se quedó mirando la calle de enfrente como quien mira el mar por la tarde, o eso me pareció. Los aullidos continuaban, pedían ayuda, un carro, una ambulancia, que alguien llamara una ambulancia, porque todavía estaba vivo, respiraba, por favor, un médico.

Cuando me asomé al ventanal vi a Peñaloza sentado en el suelo junto a un carro (la puerta de par en par y la trompa maltrecha contra la maleta de otro estacionado en la calle), con la cara bañada en lágrimas, sosteniendo en su regazo la cabeza de un hombre tendido a lo largo en el asfalto. Peñaloza miraba en dirección al edificio y pedía ayuda y luego maldecía y gritaba incoherencias. El carro, un Audi verde, tenía tres impactos de bala en el parabrisas. Una de las piernas del desconocido se movía lentamente, hacia arriba y hacia abajo, en su camisa azul comenzaba a aparecer una mancha oscura. Peñaloza le hablaba al herido, con una mano sostenía su cabeza y con la otra le secaba el sudor de la cara o eso parecía, luego volvía a gritar y a maldecir. La calle estaba completamente desierta.

Al cabo de un tiempo (no sabría precisar cuánto), Peñaloza se apartó del hombre, se quitó la camisa y con ella le cubrió el rostro. Luego se arrodilló y juntó las manos en posición de plegaria, así se mantuvo un rato. Cuando terminó se persignó y comenzó a dar vueltas alrededor del cadáver murmurando algo inentendible, agarrándose la cabeza cada cierto tiempo, mirando al suelo y escupiendo, con el torso desnudo. En algún momento se detuvo, y en silencio se puso a manipular el cuerpo. Le va a quitar la billetera, pensé, pero no. Peñaloza comenzó a abotonar la chaqueta que llevaba puesta el hombre, una chaqueta negra que se cerró sobre la mancha oscura que se expandía en la camisa azul. Tomándolo de un pie, arrastró el cuerpo un par de metros, lejos del medio de la calle, entonces le juntó las piernas de forma que estas quedaran muy rectas y luego le arregló las manos sobre el estómago. Se sentó en la acera, a unos cuatro metros, y se puso a mirar el cadáver, pero inmediatamente se dio cuenta de que la camisa que le tapaba el rostro había quedado atrás, en el medio de la vía, junto al carro. Entonces se apresuró a buscarla y volvió a taparle la cara. Se sentó de nuevo en la acera y allí se quedó, en silencio, mirando en dirección al cuerpo que así, tal como lo había dejado, parecía tomar una siesta.

Poco a poco aparecieron algunos vecinos de mi edificio y de los aledaños, en ropa de casa, en chores o batas de dormir, con las caras pálidas y los ojos muy abiertos. Una vecina lloraba y se tapaba la boca, otro exhibía el mango de un revólver apretado en la elástica de los chores y miraba en todas direcciones. Conversaban entre ellos, se oían palabras sueltas, gemidos, exclamaciones. Nadie hablaba con Peñaloza, que seguía sentado sobre la acera, muy quieto.

No tardaron en oírse las sirenas a lo lejos. Cuando ya se asomaban las luces de las cocteleras al final de la calle, Peñaloza dio un salto y comenzó de nuevo con las maldiciones y los gritos, dando manotazos en el aire, como espantando moscas. Entonces el tipo del revólver en los chores le gritó algo, y en algún momento pareció que se le iba encima, pero varios vecinos lo contuvieron y le ordenaron a Peñaloza que se callara, este ni siquiera los miró y de nuevo empezó a murmurar algo inentendible.

Después desapareció.

De tres patrullas se bajaron varios oficiales uniformados con los colores del municipio, unos cinco, quizás, y se pusieron a hablar con los vecinos. Un oficial tomaba nota en una libreta, otro hablaba por radio, otro fumaba y miraba hacia los edificios, otro hablaba con los vecinos mientras señalaba el cadáver, y los vecinos asentían y negaban al mismo tiempo, y luego otro oficial venía y le señalaba algo en el carro al policía que anotaba. Así hasta que llegó otra patrulla con dos policías más vestidos de civil pero con placas colgadas al pecho. Entonces fueron apartando a la gente del lugar para dejar que los funcionarios de civil se acercaran al cadáver. Uno de ellos se agachó junto al cuerpo, lo examinó unos segundos y luego levantó la vista y le preguntó algo al oficial uniformado que anotaba. Este negó con la cabeza mientras el tipo de la placa señalaba el cuerpo. El de la placa insistió, pero el que anotaba se rascó la parte trasera de una oreja y finalmente se encogió de hombros: no tenía idea.

Los oficiales de las placas reunieron a los otros de uniforme, incluyendo al de la libreta, y se pusieron a conversar entre ellos en círculo, a unos cinco metros del cadáver. Uno de los uniformados sacó una caja de cigarros y le ofreció a los policías de civil, los dos negaron con la cabeza. Luego el policía de los cigarros se desprendió del círculo y fue hasta el grupo de vecinos apostado unos metros más allá, junto a la reja que separa el jardín de la calle. Cruzaron unas cuantas palabras y algunos vecinos encogían los hombros y otros miraban en distintas direcciones o señalaban varios puntos a la vez. Entonces el vecino del revólver acompañó al policía de los cigarros en dirección al interior de mi edificio.

Nadie se percató cuando Peñaloza reapareció caminando desde el fondo de la calle, con el pecho aún descubierto y con algo entre las manos. Nadie se percató sino hasta que Peñaloza se agachó junto al cuerpo y con cuidado empezó a arreglar algo entre sus manos. Entonces uno de los oficiales de civil le ordenó que dejara eso y que se quedara donde estaba, pero Peñaloza ni siquiera levantó la vista, completamente absorto, irremediablemente loco, y el oficial volvió a ordenarle que dejara eso y por un momento pensé que iba a desenfundar el arma pero no, no lo hizo, y en cambio alcanzó a Peñaloza y lo levantó de un tirón y luego le asestó una cachetada. Peñaloza se tambaleó y una vecina gritó es él, e inmediatamente varios policías uniformados lo redujeron hasta llevárselo al interior de una patrulla.

La misma vecina que había gritado luego lloraba desconsoladamente mientras señalaba el cuerpo tendido en el asfalto. Un momento después pareció sufrir un ataque o un desvanecimiento y los vecinos intentaron socorrerla haciéndole espacio en un muro y soplándole aire con una gorra, pero ninguno podía prestarle verdadera atención, ninguno podía dejar de voltear a mirar lo que la vecina señalaba.

Flores. Lo que Peñaloza había arreglado entre las manos del muerto era un puñado de flores, de esas florecitas amarillas que a veces sobreviven entre el concreto de esta Caracas maldita, de esas flores amarillas que las niñas encuentran en la calle y después lucen en el pelo. Había desaparecido en la madrugada y había cortado las flores que crecían en una grieta del asfalto, o entre las rejas de un edificio, o en el jardín de un centro empresarial, no sé, pero a Peñaloza lo esposaron y lo lanzaron de cabeza en una patrulla que partió un minuto más tarde, y entonces a mí me asaltaron las imágenes de la pesadilla que había tenido hacía nada, donde la hija muerta de Peñaloza me hablaba y reía, dónde yo me abalanzaba y devoraba junto al loco de mi edificio unos restos lamentables.

El show se terminó cuando llegó la furgoneta y de ella se bajaron otros dos tipos vestidos de civil, que inmediatamente se dispusieron a examinar el cadáver. Conversaron con los funcionarios de placa en el pecho y uno de ellos se echó a reír. Después todos rieron. Uno de los tipos de la furgoneta anotó algo en una libreta. Luego procedieron al levantamiento del cuerpo. Los vecinos permanecieron en el perímetro (menos la vecina del ataque, que ya no estaba en el lugar), algunos con las manos en la cintura, otros con la cabeza ligeramente inclinada, todos mirando cómo introducían el cuerpo en uno de los compartimientos de la furgoneta. Al Audi verde lo levantó una grúa minutos más tarde. Las flores quedaron regadas a un costado de la acera.

Es raro, le dije a Daniel, cuando nos despertaron los tiros yo estaba soñando con Peñaloza, una pesadilla. Daniel se apartó del ventanal y volvió al sofá de antes. Se quedó mirando un punto indiscernible en la filtración que se tragaba el techo de la sala. ¿Qué crees que pasará con él?, me preguntó. No sé, supongo que se lo llevarán a tomar declaraciones. Hizo un gesto que no supe interpretar y después me preguntó la hora. Casi las cuatro de la mañana, le dije. Entonces sacó un rolling de su cartera y armó el resto de la moña que quedaba sobre la mesa. Pensé en poner algo de música pero no lo hice. Encendió el tabaco en silencio, le sacó tres bocanadas y me lo pasó. Yo ya no quería más, pero igual le saqué y lo apagué en el cenicero. Daniel se acostó boca arriba en el sofá y juntó las manos detrás de su cabeza. Yo me acosté en el otro sofá y también me puse a mirar la filtración del techo. Pensé en la lluvia que no tardaría en arrastrar las flores hasta una alcantarilla. Pensé en el forro negro donde guardaron el cadáver antes de subirlo a la furgoneta. Pensé en cadáveres perfectamente alineados y refrigerados dentro de la morgue. Pensé en el vecino del revólver. Pensé en la vecina que lloraba. Pensé en todas las viejas que lloran. Entonces me incorporé y miré a Daniel, su mochila mugrienta, sus zapatos viejos, la invisible nube de humo que parecía rodearlo siempre.

Hay algo que quiero preguntarte, le dije. Él no me miró pero dijo sí, dime. Entonces le pregunté a Daniel qué creía del futuro. Se mantuvo en la misma posición, mirando al techo con las manos detrás de su cabeza. Pareció meditar su respuesta pero no podría asegurarlo. Después de unos segundos respondió.

No sé, ¿tú?

Tampoco

Volví a acostarme en el sofá mirando en dirección al ventanal. Intenté dormir pero no pude. Así que me puse a mirar cómo el cielo cambiaba de color con los primeros rayos del sol, cómo Caracas recobraba los sonidos, el rugido del motor de un autobús, el crujir de una santamaría que se abre, el borboteo de una olla que hierve, el agua de una ducha cayendo sobre las baldosas, los sonidos de una ciudad que intenta comenzar de nuevo.

¿Te dormiste?, pregunté

No, contestó Daniel sin moverse del sofá.

Aquiles Zambrano nació en Valencia, Venezuela, el 31 de diciembre de 1986. Realizó estudios de  filosofía en la Universidad Central de Venezuela. En 2010 obtuvo una de las dos menciones  del Concurso de Cuentos Juan Rulfo otorgado por Radio Francia Internacional y el Instituto de México en París. Ese mismo año el cuento ganador, La continuidad de los borges, fue publicado en el portal venezolano prodavinci.com. Ha participado en Talleres literarios en Monte Ávila Editores y el Celarg. Ha trabajado en periódicos, bibliotecas, archivos y ministerios. Con el cuento Flores en la madrugada obtuvo una mención especial en el Concurso de Cuentos Guillermo Meneses 2012.
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