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11 enero, 2013

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La isla

por LasMalasJuntas
Cristina-Rojas-Foto

Cristina Rojas (Venezuela)

Debí esperar ochenta y un años para volver a la isla. Vine a la isla a morir, finalmente.

Las noticias de la destrucción de la isla y del territorio continental no me tomaron por sorpresa. No fue cosa de un día; no hubo una descarga súbita. Fue, en todo caso, el resultado de un largo proceso de desgaste y desidia.

Yo postergué siempre el regreso, aun antes de la definitiva catástrofe. ¿Qué sentido tenía ir en busca de lo que ya no existía? No tuve el valor de enfrentar los viejos espantos, de ver las cicatrices en las caras o en los muros. Las marcas de la convulsión militar, de las cientos de asonadas; la dictadura que se perpetuó con el paso de mando de uno a otro rostro anónimo, al punto que ya nadie sabía quién les gobernaba. Los derrames negros que cubrieron aguas y tierras, la sequía, el espanto. Nada de eso quise ver. Fui cobarde y ahora vengo a morir, cuando no queda más que podredumbre y silencio.

La vida que llevé es ahora irrelevante. No puede ser de otra forma una existencia dilatada, aunque creo que la mayoría discrepa de esa opinión. El furor por la promesa de eternidad se extendió a todos los rincones, pero en aras de una mayor comprensión he de explicar —no sé qué alcance tengan mis palabras, qué vericuetos repare el futuro— que no existe tal eternidad: apenas la posibilidad de alargar en buena cantidad el tiempo de vida, deteniéndola justo allí, en el presente.

Yo detuve la mía a los cincuenta y dos años, mi edad actual. El procedimiento exige elegir un año de deceso y también para ello hay un coto: nadie puede superar la barrera de los ciento veinte años. Yo Franco-Fontana-Paessaggio-Baia-delle-Zagare no quise vivir de más: elegí la cifra de 101 años. Quise aplazar el tiempo hasta el día en que reuniese el impulso para esta ineludible hazaña.
Desde el barco he visto las siluetas de los antiguos edificios, que ahora lucen como ballenas encalladas; el hedor de la debacle se expande, inmisericorde; filas de humo ascienden sin pausa. Una vieja melodía isleña vino a mi memoria por fragmentos y si bien no pude —no quise— recordarla del todo, tuve la impresión de que hablaba del mar, de pasajeros, de algún cerro importante. Al descender sentí los ojos hinchados y perdí la noción del tiempo aunque, de cualquier forma, esto ya es normal entre nosotros, los hombres con vida nueva.
Niños y hombres se abalanzaron como moscas sobre mí ofreciéndome transporte. La escasa ropa exponía sin clemencia sus cuerpos enjutos. Aturdida, seguí a uno de ellos.

Vine a la isla a morir, pero nadie conoce el día. Yo he de morir este año y aquí estoy, a la espera. No me importa, pues ya el tiempo dejó de ser un lastre. Las arrugas podrán detenerse, como en mi caso, a los cincuenta y dos, pero vivir pesa igual. O más, si ya sabemos de antemano cuál será nuestra duración casi exacta. Eliges un año, no una fecha. Algún halo de sorpresa debe conservar aún la muerte.

Fue sencillo dar con una modesta, casi derruida casa, en la bahía que favorecí para mi defunción. Ya nadie osa visitar estas tierras antes tan concurridas; cualquiera juzgaría absurda la idea de poner pie en estas aguas pútridas, cuando el mundo no ha cesado en su marcha. La yerma existencia de estos parajes atestigua un fin que, absortos en invenciones y singulares comodidades, el resto del planeta prefiere eludir.

La excitación nerviosa de las primeras horas en la isla dio paso a una vigilia discontinua. A ratos me asaltaba el recuerdo de un olor, de algún evento acaecido en otros parajes de la isla, cuando nada parecía augurar el desenlace de toda una región. Pero las imágenes de mi infancia y juventud se confundían con algunos hechos del presente más cercano. Era tal el tiempo transcurrido entre un período y otro, tal el viraje del mundo observado en estas décadas, que el ejercicio de ordenar, clasificar y procurar dar cuerpo de manera exhaustiva a los acontecimientos, se tornaba inviable.

Al amanecer del tercer día, ya consciente del destino del paisaje, he llorado. Agotada al extremo y hambrienta, pude dormir. Soñé entonces que andaba por un camino de tierra y, al levantar la vista, rayos de luz se colaban entre la espesura de los árboles. Vi a un hombre sacar las escamas de un pez y luego reconocí a la que, hasta hacía pocos días, había sido mi ciudad: estaba allí, inmaculada y serena, en un mundo distante del horror que me rodea en la isla.

Una mujer y unos niños caminan por la orilla de la playa y reconozco en su andar el mismo ritmo fantasmal de todos los isleños. De los poblados, como de la capital del país, no he querido saber. La hambruna ha desatado una violencia insospechada incluso para una nación cuyo pasado feroz a nadie es ajeno. De cualquier forma a nadie reconocería y para todos yo no sería más que una extraña.

Luca no tuvo reparos para hacerme saber su disconformidad ante mi desquiciada empresa. Esgrimió que nadie que ostente la libertad de elegir su año de muerte aspiraría a semejante destino. Pero mi suerte estaba echada desde mucho antes porque la vuelta al origen es el mayor de los argumentos para quien no ha cesado de esperar. Hay regresos que nos hacen libres; hay regresos que de tan postergados y anhelados, son prodigios. Y ni siquiera el infatigable vuelo de las aves rapaces ha podido arrancarme esta certeza.

La sequía y el calor son intolerables; el olor a humo me irrita los ojos. Yo persevero en la paciencia y en el recuerdo de este mar antes cristalino. El tiempo es un conjunto informe. Y entre todo, el incesante bramido de las olas.

Al alba, todavía aturdida por los agitados sueños, he ido a sentarme en la arena y allí he notado que me he acostumbrado a la pestilencia. Unas horas más tarde el cielo se tornará gris, haciendo aún más denso el ambiente. El olor a lluvia se anticipará a las gotas y antes de que éstas caigan sobre la tierra estéril tendré la certeza de que ha llegado el día. Entonces miraré fijo al mar.

Cristina Rojas (Porlamar, 1981). Licenciada en Artes por la Universidad Central de Venezuela. Cursó la maestría en Literaturas Española y Latinoamericana en la Universidad de Buenos Aires.
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Leer más desde Cuento, Vol. 39
  1. ene 13 2013

    Cuando la fantasía de la isla de Morel de Bioy Casares choca de frente con la realidad de la isla de Morel Rodríguez.

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