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11 enero, 2013

La realidad a través de un vidrio

por LasMalasJuntas
Brignardello-Foto

Hernán Brignardello (Argentina)

A veces me pasa que me obsesiono con algo. Se me mete en la cabeza y no puedo dejar de pensar en eso. Por ejemplo lo de José. Yo tenía una buena relación con él, hablábamos por teléfono por lo menos una vez por semana y nos veíamos cada tanto. Pero de pronto un día desapareció. Dejó de llamar y de responder mis mensajes, y ya ni siquiera me acuerdo de cuándo fue la última vez que supe algo de él. Mariana me dice que no me preocupe, que deje de pensar en eso, que José es un tipo raro y que seguramente se escapó con una mina o se fue a trabajar a otro país. Pero Mariana siempre encuentra explicaciones lógicas para todo, y a mí la verdad que hace bastante tiempo que no me pasa lo mismo.

Yo no sé si esto siempre fue así. Creo que las cosas cambiaron desde que empecé a trabajar en casa. Cuando en el ministerio anunciaron la apertura de un programa de teletrabajo, Mariana insistió para que me inscribiera. Total, me dijo ella, para hacer tu trabajo lo único que necesitás es una computadora y el mail, trabajás desde casa, mandás las cosas a la oficina por correo, y todo es más simple y más fácil. Así que las cosas ahora funcionan de esa manera: trabajo desde el living sin sacarme la bata y las pantuflas. Me ahorro el viaje, la interacción con la gente, y puedo escuchar tranquilo la radio sin que nadie se queje.

Pero el problema es que no estoy solo. Mariana arregló con Rosa, la vecina del octavo H, para que venga todos los días a casa. Ella se encarga de la limpieza y de otras tareas domésticas: plancha la ropa, lava los platos, incluso cocina y hasta va a hacer algunas compras. Yo no le veo el sentido a tenerla todo el tiempo conmigo adentro del departamento, pero Mariana insistió diciendo que yo era un desordenado y que estando en casa todo el día iba a generar más mugre que de costumbre. La verdad es que un poco de razón tiene, pero aun así me resulta raro que Rosa esté siempre acá, a veces sin hacer nada más que mirar las novelas de la tarde y los programas de chimentos.

También me inquieta un poco el tema de la comida. Me di cuenta hace un par de semanas, cuando decidí parar al mediodía para cocinarme algo. Generalmente cocina Rosa pero, como estaba con poco trabajo, pensé que era una buena oportunidad para relajarme y hacerme unos fideos con tuco. Apenas entré en la cocina y empecé a revolver la alacena para buscar una olla, Rosa salió disparada del cuarto en donde estaba encerrada mirando la tele, y me preguntó qué hacía.

—Voy a hacer unos fideos —respondí—. ¿Quiere?

—No, por favor, ¿cómo va a cocinar usted? Deje que yo me encargo, que para eso estoy acá, usted tiene que trabajar.

—Voy a cocinar yo, Rosa —insistí.

—De ninguna manera, usted tiene que trabajar.

—No se preocupe, Rosa, igual no tengo nada que hacer.

—No se lo puedo permitir. Si la señora se llega a enterar me mata —dijo, y prácticamente me empujó afuera de la cocina.

Esa misma noche me desperté sobresaltado, pensando que no recordaba cuándo había sido la última vez que había cocinado yo mismo lo que comía. Rosa se encargaba de mis almuerzos de lunes a viernes, y Mariana del resto de las comidas. Pero ¿por qué no me dejaban cocinar? ¿Acaso había algún problema? ¿Tenía que seguir alguna dieta? Me volví a dormir pensando que al día siguiente lo iba a averiguar.

Al otro día pasó algo más raro todavía. Mariana se quedó en casa, dijo que no tenía que ir a trabajar, que la empresa estaba cerrada porque era el día del asegurador o algo por el estilo. Yo no recordaba que eso hubiera sucedido los años anteriores. Además, temprano, mientras yo todavía estaba en la cama entredormido, me pareció escucharla hablar por teléfono. Creo que decía algo así como que era una situación excepcional, que no se iba a volver a repetir. De todos modos preferí seguirle la corriente y no decirle nada al respecto. Mariana puede ponerse muy nerviosa si uno la contradice. Cuando llegaron las doce me levanté del escritorio y fui hasta la cocina. Ella, que estaba sentada en el living leyendo, salió casi disparada detrás de mí.

—¿Tenés hambre? —preguntó—. Justo pensaba preparar unas milanesas.

—Vos tenés que aprovechar tu día y descansar, dejá que hoy me encargo yo de la comida. Ella me apoyó una mano sobre el hombro izquierdo y sonrió:

—Siempre tan atento, no hace falta. Vos estás ocupado y yo no tengo nada para hacer. Seguí con lo tuyo que cocino yo.

Me quedé parado, mirándola, sin decir nada.

—¿Pasa algo? —preguntó.

—Decímelo vos.

—No entiendo a qué te referís.

—¿Por qué no me dejan cocinar?

—¿De qué estás hablando?

—De la comida, Mariana, de qué voy a estar hablando.

—Me parece que estás un poco alterado. Mejor sentate y descansá que yo me encargo.

—Ayer también quise cocinar.

—¡Pero si a vos nunca te interesó la cocina! ¿Desde cuándo te preocupás por ese tema?

Volví a sentarme. A la media hora Mariana apareció con una fuente llena de milanesas y otra con ensalada de lechuga, tomate y zanahoria. Pensé en no comer, en decirle que no tenía hambre, en salir y comprarme algo en una rotisería, pero me pareció una postura demasiado extrema. Así que empecé a comer en silencio, masticando despacio, sin sacarle los ojos de encima a Mariana. Finalmente hablé:

—¿Por qué no fuiste a la oficina?

—Ya te dije, es el día del trabajador de seguros, la empresa está cerrada.

—¿Y eso qué es?

—¿Qué cosa?

—Eso, el día del trabajador de seguros.

—No sé, un feriado, todas las aseguradoras cierran.

—¿Y es nuevo?

—Sí, no sé, supongo.

—Mariana, acá pasa algo raro.

—¿Raro? ¿Qué?

Pensé en hablarle de las cosas que me preocupaban. De José, de Rosa, del tema de la comida y de esto de estar todo el día en casa. Porque eso también me tenía nervioso: prácticamente no salía, me la pasaba encerrado trabajando, leyendo o mirando la tele. Los fines de semana íbamos con Mariana a tomar algo a algún café de la zona, a veces almorzábamos en la casa de alguno de nuestros padres, muy esporádicamente salíamos a una reunión o al cumpleaños de un amigo. Durante la semana yo la acompañaba al supermercado, a la verdulería. Pero nunca salía de casa solo.

No me animé a decirle la verdad. Hice el ejercicio mental de imaginar la conversación en mi cabeza y todos mis argumentos me parecieron bastante descabellados.

—Lo de José —dije lo primero que se me ocurrió— es raro.

Mariana me miró entrecerrando los ojos:

—Ya hablamos de ese tema.

—Sí, ya sé. Pero el otro día me acordé de la última vez que me llamó por teléfono. Me estaba bañando, y salí corriendo de la ducha para tratar de atender. Me acordé justamente por eso, porque después vos me retaste porque se había mojado todo el piso del living.

—¿Y?

—Nada, no llegué a atenderlo. Tenía la llamada perdida y cuando traté de llamarlo ya no respondía.

—¿Entonces qué?

—¿Cómo “entonces qué”?

—Sí, ¿qué? No entiendo —Mariana me hablaba mientras se metía los últimos pedazos de milanesa con ensalada en la boca.

—Nada, ¿mirá si me llamaba porque necesitaba ayuda? Porque lo estaban secuestrando, le estaban robando, a lo mejor justo en ese momento alguien le apuntaba con un arma.

Ella me respondió con un gesto de fastidio, haciendo que no con la cabeza. Sin siquiera preguntarme si había terminado, levantó su plato y el mío y se encerró en la cocina.

No podía confiar en nadie, ni siquiera en Mariana. Tenía que averiguar yo solo qué era lo que estaba pasando, decidí comenzar a vigilar a Rosa.

Era imprescindible no llamar la atención. Si ella se daba cuenta de lo que estaba haciendo, seguramente iba a contárselo a Mariana. Pero ¿cómo podía hacer para estar pendiente de lo que ella hacía todo el tiempo? Yo tenía que trabajar y, si no estaba sentado como cada día delante de mi computadora, Rosa iba sospechar. Por un segundo pensé en cortar la luz. La llave estaba escondida en una cajita adentro del placard del cuarto, y a ella ni siquiera se le iba a ocurrir fijarse en eso. Si no había luz, yo tenía la excusa perfecta para no trabajar, y así podía dedicarme a vigilarla sin que desconfiara. Pero no era la mejor opción, seguramente ella iba a salir al palier a buscar al portero, se iba a dar cuenta de que el corte era solo en nuestro departamento y en seguida se iba a descubrir la trampa.

Tenía que buscar un método más eficaz. Después de todo, la vieja no hacía tantas cosas: le pegaba una repasada al baño y a la cocina, preparaba el almuerzo, lavaba los platos y después se tiraba en el cuarto a mirar la tele. Aun así, yo estaba convencido de que si la vigilaba iba a tener la posibilidad de descubrir algo, atar algunos cabos que me permitieran explicarme por qué estaba en una situación tan extraña.

Se me ocurrió que la mejor opción sería simular que me encargaba de algunos arreglos pendientes en el departamento. Después de todo era cierto: tenía que colgar una cortina y destrabar la persiana del cuarto, arreglar la llave de luz en el baño, cambiarle el cuerito a la canilla de la cocina; pequeñas tareas que siempre postergaba, y que ahora podían permitirme ir por la casa con relativa libertad y sin llamar la atención, siguiendo los pasos de Rosa.

Mientras ella cambiaba las sábanas de la cama, barría el piso del cuarto y levantaba las prendas desparramadas para ponerlas dentro del cesto de la ropa sucia, yo simulaba que luchaba con la ventana rota. En la cocina surgió el primer problema: no podía cambiar el cuerito mientras Rosa lavaba los platos. Apenas entré detrás de ella y me puse a desenganchar la canilla, me miró y me preguntó qué hacía.

—Tengo que arreglar la canilla —le dije.

—¿Justo ahora? ¿No puede esperar un rato?

Con la pinza pico de loro en la mano, contrariado, pensaba que en mi plan empezaban a aparecer algunas fallas. De todos modos, la cocina era el lugar más fácil de vigilar de la casa. Sentado en el living, delante de la computadora, podía mirar cómo Rosa limpiaba. Además, ante cualquier duda, siempre había alguna buena excusa para pararse: tomar un vaso de agua, servirse un café o agarrar una fruta de la heladera. El tema del baño resultó más complicado: para hacer el arreglo era necesario cortar la luz, y no tenía realmente una buena excusa para dejar a Rosa a oscuras mientras limpiaba. Hasta podía imaginarme su reproche y sus sospechas: “No entiendo. ¿Por qué tiene que venir a arreglar el baño mientras estoy limpiando el baño, y la cocina mientras estoy limpiando la cocina? ¿No puede arreglar el baño mientras estoy en la cocina, y la cocina mientras estoy en el baño?”

No puedo negar que mi vigilancia resultó bastante fallida. Tuve que limitarme a sacar la tapa de la llave de la luz, a mirarla dubitativo y simular que hacía cálculos y elucubraciones. Pero todo ese circo no podía sostenerse por mucho tiempo. A los cinco minutos me vi obligado a dejar a Rosa sola en el baño.

La rutina de espiar a Rosa se mantuvo por tres días, en los que inventé las tareas más extravagantes para no trabajar y poder vigilarla: desde poner una trampera para atrapar a una supuesta rata hasta reordenar todos los libros de la biblioteca. No logré descubrir nada lo suficientemente sospechoso. Pero al tercer día noté algo que me sorprendió: había un patrón de comportamiento que ella repetía. Alrededor de las doce del mediodía Rosa entraba en la cocina y comenzaba a cocinar el almuerzo. Unos diez o quince minutos después iba al baño. Permanecía allí por un lapso de cinco minutos. Desde el living yo vigilaba disimuladamente la puerta del baño, que en la parte superior tenía un vidrio opaco. Después de que tiraba la cadena, Rosa se paraba e iba hacia el lavatorio, en ese momento yo podía verla aparecer como una mancha que se traslucía. Se lavaba las manos –yo podía escuchar el sonido del lavatorio– pero después permanecía un rato más parada delante del espejo. ¿Qué hacía? No podía saberlo, todo lo que veía a través del vidrio era una mezcla de colores difusos que se movían en todas direcciones. Una vez que salía, Rosa volvía a la cocina y seguía preparando la comida. Todos los días repetía la operación aproximadamente a la misma hora. Todos los días dejaba la comida en el fuego, se encerraba en el baño y, después de lavarse las manos, se paraba delante del lavatorio durante uno o dos minutos durante los cuáles no podía saber qué estaba haciendo.

Esa misma noche, después de que descubrí el patrón en el comportamiento de Rosa, Mariana me dijo que se había cruzado con José. Yo la miré con desconfianza.

—¿Con José?

—José, sí, José. Tu amigo, el que hace como dos meses que no ves.

—¿Qué te dijo? ¿Está bien? ¿Por qué desapareció?

— Me dijo que no te preocupes, que un día de estos va a venir a verte.

—¿Pero por qué no me llamó? ¿Por qué no responde mis llamadas?

—Le robaron el teléfono o algo así, no sé, no me explicó mucho. Me lo crucé a la salida del subte y venía bastante apurado.

—No entiendo, ¿no se compró otro teléfono?

—No sé, te estoy diciendo que me lo crucé dos minutos nada más, lo importante es que está bien y que te va a venir a visitar. ¿Ves que no te tenías que preocupar?

Apenas terminó de hablarme, Mariana se dio media vuelta y se metió en el baño. A través del vidrio opaco puede ver que estaba parada delante del lavatorio. Después de un rato salió y fue hasta la cocina para comenzar a preparar la cena.

Al día siguiente decidí bañarme por la mañana. Siempre lo hacía por la noche, pero esa era la excusa perfecta para pasar un buen rato encerrado en el baño sin que nadie sospechara. Mariana no estaba y Rosa no se iba a inquietar porque tardara diez minutos más o diez minutos menos.

Comencé a revolver el botiquín que había detrás del espejo. En la puerta de la derecha encontré un bolsito negro, un poco más grande que un monedero, con bordados en dorado brillante. Era una de esas baratijas que se venden en el barrio chino, con motivos de flores y dragones. Adentro había una serie bastante previsible de medicamentos: analgésicos, antialérgicos, Sertal, Buscapina, un paquete de Curitas. Pero había una tableta que no pude identificar. Eran cápsulas pequeñas, diminutas, rosadas. El blíster debía tener, por lo menos, veinte pastillas. Sobre el plástico plateado podía verse la leyenda: “Ristroplax 0.25 mg. Venta bajo receta”. Por más que revolví en el bolsito negro, no logré encontrar ninguna caja ni prospecto que diera cuenta de los efectos del medicamento.

Google tampoco me dio demasiadas respuestas. La búsqueda “Ristroplax” no arrojaba absolutamente ningún resultado. Sin embargo, apenas ingresaba la sílaba “Ris” en el cuadrito del buscador, me aparecían algunos resultados automáticos: Risperidona, risas de la tierra, risotto, risa. En Wikipedia descubrí que la Risperidona es un antipsicótico que se utiliza en el tratamiento de la esquizofrenia: “Como otros antipsicóticos atípicos, ha sido usado ‘extraoficialmente’ para el tratamiento de ataques de ansiedad, así como para el trastorno obsesivo-compulsivo o TOC, al igual que para tratar depresiones resistentes a tratamientos convencionales”. Ese día me lo pasé buscando información en Internet sobre la droga y los distintos tipos de tratamientos psiquiátricos en los cuales se utilizaba. No encontré ninguna información específica respecto de un medicamento llamado Ristroplax, pero la aparición de la palabra “Risperidona” me parecía un dato, cuanto menos, inquietante. Decidí que no tenía que dejar ningún rastro de mis investigaciones, así que antes de apagar la computadora borré el historial del navegador, y también eliminé algunos documentos que había creado para organizar la información recabada. Si quería averiguar realmente qué era lo que estaba pasando, no podía confiar más que en mi memoria.

Por la noche no pude dormir. Daba vueltas en la cama mientras sentía la respiración acompasada de Mariana. Uno de los efectos adversos de la Risperidona, según lo que había leído en Internet, era el insomnio. Yo cerraba los ojos con fuerza, metía la cabeza debajo de la almohada para evitar que ingresara la menor partícula de luz, pero aun así no conseguía conciliar el sueño. Estuve a punto de despertar a Mariana y decirle todo. Preguntarle qué carajo era lo que me estaba metiendo en el cuerpo, que no me dejaba dormir y en lugar de curarme me volvía más loco. Pero Mariana tenía el sueño muy profundo y, por más que yo no dejaba de dar vueltas y resoplar de fastidio, ni siquiera se daba por enterada. A lo mejor era todo parte de una misma estrategia: simulaba dormir para que yo no pudiera reclamarle por mi insomnio. Pero no se iba a salir con la suya tan fácilmente. Ahora podía seguir durmiendo y hacerse la desentendida, pero por la mañana me iba a tener que escuchar. Me dormí bien entrada la madrugada, pensando que al día siguiente iba a aclarar todo apenas nos levantáramos.

El sábado amaneció medio nublado. Me despertó Mariana sacudiéndome el hombro, diciendo que me tenía que levantar:

—Levantate, que vamos a llegar tarde a almorzar a lo de tu mamá —me insistía mientras yo trataba de despegar los ojos.

—Dormí muy mal… —traté de justificarme.

—¿Y? ¿Yo tengo la culpa de eso? Dale, apurate que ya son casi las once.

Yo había planeado mentalmente casi todo lo que iba a decirle a Mariana. Incluso estaba dispuesto a revelar que había estado hurgando el bolso del baño en busca de medicamentos. Después de todo, algo raro estaba pasando: había pasado una noche entera casi sin dormir.

—No es sólo el tema de las pastillas, también me están vigilando.

—¿De qué estás hablando?

—Sabés bien de qué estoy hablando: de Rosa.

—¿Rosa?

—Rosa, sí, Rosa. La vieja esa que metiste en nuestra casa y no me deja solo ni un segundo.

—Realmente no entiendo lo que estás diciendo.

Pero esa conversación nunca iba a suceder. Era sábado –pequeño detalle que yo había pasado por alto– y tenía el tiempo justo para tomar un par de mates y salir corriendo con Mariana a almorzar en lo de mamá.

El almuerzo transcurrió sin mayores contratiempos. Una comida en la casa de mi madre no era el momento ideal para enfrentar a Mariana. En el camino de vuelta a casa se me ocurrió una idea loca. Me vino a la memoria una película que vi por el cable hace unos años. El protagonista es un profesor universitario que tiene problemas psiquiátricos. El tipo va a todos lados acompañado de dos amigos: un pibe y una chica. Pero los amigos no existen, son alucinaciones que solo él ve. Venía pensando en eso mientras volvíamos de San Martín en el tren, parados en medio de un vagón repleto. Mariana abrazaba la cartera contra la panza y miraba hacia afuera –creo– a través de los anteojos de sol.

—¿Rosa existe? —le pregunté. Justo en ese momento el tren pitó, estábamos llegando a la estación Drago.

—¿Eh? —me  respondió frunciendo la boca.

Entonces giré la cara para mirar mejor a Mariana y la vi. Era una nena que no debía tener más de cinco años. Estaba sentada sobre uno de los sillones de plástico gris del tren, vestida con un solero blanco con bordados en el pecho. El pelo rubio, inmaculado, parecía estático. Sus pies colgaban del asiento a unos cuantos centímetros del piso, tenía puestos unos zapatitos negros de cuero con hebilla. Me miraba fijo y, apenas se dio cuenta de que la había visto, puso el dedo índice frente a su boca, vertical. Y aunque el tren estaba repleto y nos separaban tres o cuatro filas de asientos, yo podría jurar que la escuché hacer “shhh”.

—No te escuché, ¿querías decirme algo? —insistió Mariana mientras el tren comenzaba a dejar la estación.

—Nada, no. Nada.

Mariana estiró la mano, me la pasó por la nuca, e hizo que sí con la cabeza. Yo volví a mirar hacia el fondo del vagón, pero todo lo que pude distinguir fue la silueta de un vendedor ambulante que se acercaba por el centro del pasillo.

Hernán Brignardello nació en Junín, Argentina en 1981. Es Licenciado en Cs. de la Comunicación y uno de los realizadores de Acá No Es, programa radial de temáticas culturales que se emite por FM La Tribu de la Ciudad de Buenos Aires. Su cuento Pampero fue incluido en la antología de relatos de box 12 Rounds.
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