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25 enero, 2013

La orientación del péndulo

por LasMalasJuntas
Chacon-Foto

Albino Chacón (Costa Rica)

El gigantismo de China asusta, sobre todo a aquellos que venimos de países pequeños y en donde, además, todo tarda una eternidad en hacerse. Si un turista quiere sacar una fotografía que exprese bien lo que está pasando en las ciudades chinas, solo tendrá que fotografiar un paisaje en donde lo que domina son las grúas, que cubrirán todo el ángulo de la cámara y más allá.

La ebullición constructora en Pekín satura la vista en ciertos barrios, sobre todo en aquellos hacia donde la ciudad comienza a extenderse, hacia las afueras del este, donde vivo y donde todavía (un todavía cada vez más precario) persiste la atmósfera de los mercadillos, de las bicicletas, de las ventas de comida y ropa en las calles y las peluquerías improvisadas en las aceras.

Hay un refrán chino que dice que si un pueblo quiere enriquecerse, lo primero que debe hacer es construir caminos. Y ahí está China construyendo carreteras por doquier; o la apuesta que ha hecho por el sistema de transporte ferroviario a través de toda la geografía del país, cruzando los desiertos, horadando las montañas una tras otra con sus múltiples túneles o tendiendo puentes de kilómetros y kilómetros de extensión sobre ríos y despeñaderos, para no hablar de las autopistas de varios niveles dentro de las ciudades, como serpientes enroscadas que se mordieran la cola en cada curva.

Más allá de los magníficos y milenarios templos y palacios, o de sus múltiples y bien cuidados jardines y parques donde los ciudadanos siguen practicando los rítmicos ejercicios del tai chi chuan y el wushu, o el tenis de mesa y el bádminton; o también los infaltables juegos de mesa (las cartas o el xiangqu o ajedrez chino, a los que parece que todo chino varón adulto nació adicto), pocos espacios van dejando las ciudades para el caminar reposado. Eso sí, aunque todo es movimiento constante, por las permanentes oleadas de gente en trenes, buses y el perennemente atestado metro, curiosamente pareciera no haber prisa ni carreras en ese trajinar agotador desde la casa, el trabajo y los centros comerciales, en lo que siempre parecen aplicar la proverbial paciencia china, y el estoicismo, agrego yo.

Ese ritmo cotidiano, al que uno no termina de acostumbrarse, nos impresiona como individuos, pero es una imagen viva del crecimiento del país como un todo, en progresión geométrica, que también asusta a los países grandes. De pronto estos sacan el tema de los derechos humanos (¿porque se preocupan sinceramente del bienestar y de las libertades de los chinos?), o que deben revaluar su moneda, el yuan, porque China está vendiéndoles demasiado y barato y hay que equilibrar la balanza de pagos. O las críticas a las condiciones de trabajo en las fábricas chinas, muchas de las cuales, por cierto, son de capital occidental, y que ya comenzaron a vivir inéditas huelgas por mejores salarios.

Para usar la consabida frase, el gigante despertó, y no se trata de una serpiente sino de un dragón, cuyos movimientos estremecen la tranquilidad de los países que hasta ahora han tenido en sus manos el orden económico mundial. ¿Nace un nuevo imperio? Los chinos juran y rejuran que no, que ellos sufrieron como ningún otro país en el mundo la voracidad de las potencias europeas y japonesa y su expansión colonialista, y que ellos jamás lo harán. El asunto es que su cola se mueve y a cada movimiento algo toca (o algo o alguien se siente tocado) y eso produce escozores en un mundo demasiado acostumbrado, incluidos nosotros mismos, al eurocentrismo y al “destino manifiesto”.

La rapidez y el tamaño con que los chinos ejecutan sus obras es algo inédito en el mundo. Todo se les facilita porque, al contrario de muchas otras, por razones políticas y culturales, la sociedad se mueve como un cardumen, como un acordeón con objetivos y metas institucionales y provinciales que se engarzan con los macro-objetivos de la administración central estatal y sus planes de desarrollo pensados a 20 o 30 años plazo.

Reforma y apertura, y en ello va la preparación de las nuevas generaciones, mediante una financiación privilegiada a las universidades, con fondos en cifras millonarias para convertirlas en centros de excelencia de nivel internacional. En su estrategia de desarrollo, las universidades públicas son las instituciones mimadas del Estado. De ellas salen sus científicos, sus ingenieros, sus expertos en temas internacionales, sus funcionarios, la masa gris sin la cual la locomotora china no funcionaría. Miles de estudiantes chinos son enviados a universidades del extranjero, en Europa y Norteamérica, y un número cada vez más creciente de científicos extranjeros son contratados para que vengan a trabajar a las universidades chinas en campos de investigación claves.

Complementariamente, le dan una importancia enorme al tema del aprendizaje del inglés, tanto en la primaria como en la secundaria y en la universidad. Hoy la mayoría de los jóvenes chinos estudiados saben hablar o aprenden inglés. La idea es construir una sociedad bilingüe, e incluso plurilingüe. No temo equivocarme si afirmo que China debe ser el país en que más se estudian y enseñan lenguas extranjeras, africanas, asiáticas y occidentales. Es la sociedad que se está preparando más y mejor, en términos educativos y lingüísticos, en este mundo global.

José Mujica, Presidente del Uruguay, decía en un discurso pronunciado en el 2009 en un encuentro con intelectuales, que el inglés debe enseñarse en su país desde la preescolar –y agregaba con ironía–, no por ser el idioma que hablan los yanquis, sino por ser el idioma con el que los chinos se entienden con el mundo. Otros países han entendido que también hay que hacerlo en sentido inverso (Corea del Sur lo entendió hace años y han enviado a miles de jóvenes a estudiar en China lengua, finanzas y comercio). Nuestros jóvenes también deben aprender mandarín, porque ya dejó de ser una lengua exótica, un ejercicio de antropología cultural o el lujo de una erudición esnobista.

La realidad en nuestros días es otra, por múltiples razones, pero sin duda una de ellas, y no la menor, es porque el mundo, durante siglos centrado en Occidente, de pronto se ha visto descentrado y se orienta (en el sentido etimológico de la palabra) hacia China, cuyo nombre en mandarín, País del Centro, parece venirle hoy muy al pelo.

Albino Chacón (San José). Doctor en literatura comparada por la Universidad de Montreal, Canadá, es actualmente el decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional (UNA) y profesor en la Escuela de Literatura y Ciencias del Lenguaje de dicha universidad. Coordinador del Diccionario de la literatura centroamericana (2007). Ha publicado variados estudios sobre la literatura costarricense y centroamericana, así como artículos periodísticos sobre literatura china. Vivió en Pekín, China, de 1976 a 1978, años finales de la revolución cultural, período crucial previo a las reformas impulsadas por el gobierno chino y que sentarían las bases de la China actual. Recientemente regresó, como profesor en la Universidad de Estudios Extranjeros de Pekín, del 2009 al 2010, año en que realizó múltiples viajes sobre la inmensa geografía china y que son la base de estas impresiones.
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