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25 enero, 2013

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Ofelia distraída y otros poemas

por LasMalasJuntas
Foto-de-Eduardo

Eduardo Valverde (Costa Rica)

Ofelia distraída

sin embargo fue ella
con un pecho de dos lunas saludables y saladas
Violetera            con pecho de animala rugidora
que levanta el polvo tras los trenes
para inventar distancias y canciones de viajeros
Violetera me fundó ciudades
en las cavernas del músculo arenoso
y en cada una puso un viejo criador de perros
que lamen sus ruinas monumentales
y olisquean sus ancestros imaginarios

Ofelia o Violetera
o muchacha de tetas como grutas de confianza
donde imaginar el fuego y tallarlo con palabras
me fundó ciudades y les acercó el viento
con un gesto del vestido
ciudades donde había solo ecos en reposo
y les puso parques que hospedan la niebla
para que los niños asesinos duerman y sueñen
sus venganzas
les acercó el viento Violetera
con un tañer de falda lleno de ánimos de pájaro
o de todo lo que vuela


Ofelia o Violetera o
como se llaman las mujeres
porque es buena
se distrajo
para entrarme en sus espasmos
y fundarme ciudades
en la máquina que pulsa
en el músculo arenoso
en la arena del molusco
se distrajo Violofelia.

Los hijos de Sitting Bull

Con sangre de cebolla se amamantaba

Miguel Hernández

I

Los hijos de Sitting Bull no son jóvenes, pero lo fueron. Algunos merecieron la pluma en su cabeza. Su padre tuvo oficios diversos. Contempló los llanos hasta las montañas y llevó la nieve a los ríos con el cuero de sus pies. Fue un dios sangriento y digno en la gresca de Little Big Horn, donde, demasiado tarde, aprendió a temerle el general Custer. A sueldo de Buffalo Bill rodó de pueblo en pueblo, escupiendo yerba amarga sobre las vías del ferrocarril y fotografiándose con niños y señoritas blancas a cambio de monedas que luego despilfarraría en efímeros festines.

Los hijos de Sitting Bull no se enlistaron con los Ghost Dancers, pero presintieron el chirrido de metales en sus dientes el día que vieron a los sioux con llaves en la mano. Una mañana vieron a su padre despertar con el espíritu arrugado y envuelto en fuego. Tal vez uno miró un caballo blanco alejarse a galope mientras la cabeza de su padre entraba en el vacío. Los hijos de Sitting Bull recuerdan a los búfalos heridos acercarse, antes de morir, a lamer las manos de su padre.

II

Los niños sicarios de Ciudad Juárez se llaman Fabián o Johnny o Manuel, pero usan poco sus nombres y prefieren “el Chamaco”, “el Samba” o “el Sardina”. Bajo sus pisadas se aplasta el desierto peinado por ventiscas, donde una legión de muertos escondidos tiene su colonia. A los niños sicarios de Ciudad Juárez  les ha costado grandes fiebres nocturnas aprender el ciclo de los alacranes: masticando ponzoñas con mezcal y coca han logrado desplazar el ritmo de sus corazones y pasan largas jornadas aletargados, rebanando el calor en habitaciones de moteles blancos. A veces sueña “el Samba” o “el Chamaco” o “el Sardina”, con un campo de frijoles o ciruelas cosechado por columnas saludables de cadáveres. Los niños sicarios de Ciudad Juárez piensan en su madre o en su hermana cuando matan, piensan en el río Bravo y en su padre y en sus primos. Saben que aunque nadie los encuentre,  los ciempiés y las hormigas sabrán alimentarse. Los niños sicarios de Ciudad Juárez no hablan del trabajo con sus novias; las llevan a las ferias y a las discotecas y les dicen que el amor pesa menos que una bala.

III

Sólo belleza en el mundo, hijo mío. Belleza en los deditos mutilados de los que aspiran con sus ojos toda la luz del cielo, y  dolor. Ni siquiera intento un signo para darte; la felicidad es un chiste de sacerdotes y borrachos, el placer una pastilla para chupar entre comidas. Jugá a los disparates con balas de juguete, un día carapálida, otro Nube Roja, un día silencio de hortelano en el desierto, otro barahúnda de perros en manada. Traficá con el rocío que te hidrata porque sólo hay belleza en el mundo hijo mío, belleza en el pulcro escarabajo que remueve la tierra nutrida, y dolor. Nada te debo, niño: una oración. Regá con el humo de mi boca los bosques de pinos ambulantes que te guardan.

Invocación a Billy the Kid

I

Yo quería hacerme el loco
pero el Quijote acababa en desamparo.
Quise ser hijo de padre y madre
pero Comala era un gran desierto
visitado en las noches por el fuego
y Hamlet moría envenenado y huérfano
pidiéndoles testigos a las piedras.

-lo demás es silencio-

Sigo pensando que el corazón es arenoso y fuerte
y en él hay algo que galopa
como un bólido de los suburbios
o un tren que cruje
por los extensos condados de lo blanco;
como una banda de vaqueros
bajo el cielo de la luna nueva
o un niño enloquecido que aprende a leer.

II

Vas a cerrar los ojos ahora, Billy the Kid,
de mí viene la arritmia
que te llama
que pulsa letras
y quiere ser el aguacero de esta tarde.

Vas a cerrar los ojos y a dejar que las nubes
crucen Nuevo México mientras tanto.

Vas a cerrar los ojos y a pensar cuánto tardará
la bala en alcanzarte una vez Pat Garrett
se atreva a jalar el gatillo
−y necesite todo el cuerpo para hacerlo−

−come on everybody, and see the squeezing of Pat Garrett!−

y te acurrucarás en ese instante  y vas a querer sentirte triste
triste como los espejos en los que se ve Bob Dylan,
triste como el silbido de las balas perdidas
que jamás dieron con tu chaleco, William Henry Booney,
triste como los hijos y la tierra y las esposas
de los hombres que dicen que mataste y ya no sabés si es cierto.

¿Quién te espera niño?
¿La multitud de cabezas de ganado que brama
cuando huele a miedo en los pastizales?
−Hay algo en el corazón−.
¿Quién te espera niño?

There is some breeze in Fort Sumner
it rides on a nameless horse.

Estímulos

Imaginate el silencio. Una habitación con hilos de humo de los que cuelgan la boca o las manos, y una cortina que se infla desde fuera (un humo sin plegarias, una cortina con ventana). Especulás entonces que no has muerto. Imaginate un acecho ubicuo de felinos que relamen el sigilo.

Tal vez para figurarte el silencio pensés en un avión lejano. Un vuelo transoceánico en el que las aeromozas son pálidas y hablan sin mover el mentón, sin memorizar los rostros de los que duermen y sueñan sus sueños pírricos y anónimos. Quizá los que sueñan suponen el cielo errante o su reflejo mutilado, conducido por los ríos hacia un abrazo de sal…

El Amazonas con su cielo turbio de rastros de pies.
El Congo con su cielo turbio de piezas dentales y brazos.
El Misisipi con su cielo turbio de lamentos y lenguas.
El Bravo con su cielo turbio de vulvas y escrotos.
El Ganges con su cielo turbio de saliva y estómagos.

… quizá, por el intersticio del párpado, alguno de los que sueña confunda la aeromoza con una enfermera y le dicte un número telefónico, o las primeras sílabas de una palabra que creía haber olvidado.

Quizá pensés que el dibujo del silencio sea un cetáceo prehistórico, que aprende a morir de viejo y de tristeza en lo profundo de un gran ojo, o más bien las aguas que lo mecen y lo enfrían. Tal vez podás imaginarte todas las moscas del milenio, o del siglo, o de la hora, fingiendo dormir agavilladas sobre una pared o una columna de piedra ennegrecidas, y tal vez querrás adivinar cuál desatará el vuelo multitudinario que te confirme que el silencio es indecible, o que ese era el ruido que te molestaba, cuando leías un libro que hablaba de una mujer sabia y vieja y pastora, que llevaba sus rebaños a morir de sed y de locura a un desierto.

Quizás para escenificarte el silencio recordés un avanzar de neblina entre los faros, o algo visto oblicuamente en un espejo, o una lluvia fina como un mantra sobre el zinc, y bajo el zinc una habitación con hilos de humo, y el silencio sea un llover cernido por los siglos, que se empoza para que bestias y hombres abreven.

Canción de enero III

(Cal en los ojos)

Cualquiera de estas noches resumimos.

Una mujer hermosa escarba en su bolso,
busca una llave o un espejo,
tal vez monedas o un apunte;
desde otra mesa acordamos que esa imagen
podría perfectamente ser la eternidad.

Ahora nunca lloramos sobrios, costumbres que llegan con los años.

Otra imagen, otra mujer, en un cuento de Tabucchi,
se encuentra detenida sobre un paisaje árido,
una manada de caballos salvajes corren alrededor de ella
que cree estar desnuda y no entiende qué hace ahí,
mordiendo el polvo que levanta su visión:
Los emblemas de la nada, turn them into cash.

(Patas de cojos)

Este enero amaneció con la última copa servida anoche
olvidada sobre la mesa, como única prueba de algún éxodo modesto,
como disipando el espíritu de la resaca
donde se cortan las luces de un sol joven.

Ah, pero desabastecimos el alma,
por dos o tres minutos cuajamos en hielo la sangre
y bailamos sobre el miedo antiguo donde los hijos prosperan
y se inventan la leyenda de los valientes
y el currículum de los indemnes recolectores de esquirlas;
por sentirnos bien, por alardear falsos cantos de cisne
que eran arcadas, turn them into cash.

(Números rojos)

El tráfico aéreo sobre los desiertos
donde haya una columna y sobre ella un estilita,
las recetas de cocina y de farmacia,
el deja vu en las ventanillas de los autobuses,
el encono de las loras mutiladas,
las sombras ominosas que se alargan
hasta alearse con la totalidad,
la deshonra de los atropellados,
aquel verso de “le dice burlona -carita gitana
¿cómo hacer buen vino de una cepa enana?”,
la whirpool de la esposa del mecánico,
los retratos de familia, las tumbas desatendidas,
los predios municipales, el ángel bueno de Alberti,
la electrificación de las guitarras,
y el vino y cerveza, el trillito de migajas a la ebriedad,
las ganas de perder cuando se gana.

Hicimos varias listas:
el lánguido suceso de la amistad.

Los emblemas de la nada,
turn them into cash.

Bone Chain  (Canción de cuna)

Clac-clac claquean
mis hijos enfermos
hacen la ronda y cantan
donde hallan un muro
le lamen el musgo
hasta que brote la piedra
mis niños febriles
de muertes  pequeñas
clac-clac claquean
y danzan heridos
pequeñitos y en fila
como un tren de niebla
o una colonia
de hormigas albinas
mis niños roídos
bone-chain claquean
como chupándole el calcio
a los buenos desiertos
a los bichitos del lodo
a las plumas del viento
clac-clac claquean
en una grieta del sueño
bone-chain claquean
y hacen la ronda y cantan
tras el silbido blanco
que los alegra
mis hijos enfermos
mi osario de niños
con los dientes violentos
y vacías las cuencas
como exigiéndole al cielo
que llueva y que llueva.

Animal huraño

Acostado. De pie. Sentado. Dentro de estas paredes que guardan algo que palpita resido escaso. Sin palabras para recibir tu muerte o la de los amigos o cualquier muerte.  Con un vendedor ambulante en el pecho, que llora cuando llega a los acantilados, o cuando se duermen las ciudades, o son abandonadas por las mujeres y los niños y los hombres, porque algo terrible irrumpió, como un animal huraño en sus sueños.

Digo que me duele algún hueso y tiemblo de hambre, y cuando pienso en Dios, solo veo su garra que agrieta el aire para inventar los recintos de su nada.

Desnudo, con la verga blanda o ineficaz o triste. Y el torrente de la sangre lleno de poros. Y en los poros la baba de los relojes y otras máquinas. La baba de los besos y del brillo de las pantallas. La baba de 1987 o cualquiera de esos años. La baba del amor, y de los que aman, y de los que tienen mi número en su agenda telefónica y en cada dígito un cable, una paloma de humo con mis señas, y un búnker contra la intemperie y los perros salvajes que cría el corazón.

Coloqué un pie sobre el otro, llené poco a poco con mis manos los bolsillos y crecí luces negras en lo oscuro, solo para verte o para verlos en secreto. Solo para desgajarle a las voces la amapola adictiva del silencio, y azotar todas las puertas sin testigos.

Digo que equivoqué adrede el retrato hablado que les di a los taxistas de mi casa. Los puntos de encuentro donde me esperaste o me esperaron con el fuego y la palabra. Ahí donde mutan los paisajes abigarrados que quiero templar sobre el papel: Un hombre joven, que pone signos impronunciables a las criaturas para olvidar cómo llamarlas, para inventar la distancia propicia a la cacofonía de los trenes y de las muchedumbres en los apeaderos. Podría armar aquí tu nombre o sus nombres, pero están más cerca si los callo.

Y es que sabés y saben que quedé con un dedo en el aire, la tarde que una mujer se hizo loca por no agraviar a los que vuelven esquilmados de la lluvia; la noche que un hombre pedía que dijeran a sus hijos que no le perdonaran nada, estrujándose los güevos y el corazón para engañar al llanto.

Digo que mi fervor es hondo y anida en lo que no perdura. Desde esas breves estaciones saludan los pañuelos del olvido, blancos como el reflujo del mar en las orillas.

Eduardo Valverde (San José, 1980). Fumador de tiempo completo. Cursa la maestría en el posgrado Centroamericano de Historia de la Universidad de Costa Rica (UCR). Su esposa todavía le habla, el gato aún no. Sitio web: Muchacha Recostada.

Fotografía del autor: Rebeca Hernández Hasbun

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2 comentarios Escribe un comentario
  1. ene 26 2013

    Muy buen blog. Excelentes letras. Saludos

    Responder
  2. feb 23 2013

    Qué bien la Muchacha, al fin tiene nombre aunque sea lo de menos.

    Responder

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