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25 enero, 2013

Samizdat y otros cuentos

por LasMalasJuntas
Foto-Coto

Fabián Coto (Costa Rica)

Los pájaros de Gerd von Rundstedt

La Wehrmacht lanzó su ofensiva  para delimitar un pedazo de Bélgica y convertirlo en el lugar más triste de la Tierra. Según relatan los cronistas, un 17 de diciembre cerca de Baugnez, algunos elementos del Batallón de Observación de Artillería de Campo estadounidense se enfrentaron con un Kampfgruppe destacado en la región. Tras una breve batalla, los estadounidenses cayeron rendidos ante los alemanes y fueron hechos prisioneros.  Minutos después una división SS se aprestó al lugar y abrió fuego contra los prisioneros desarmados desatando el pánico de unos  y el asombro de otros. Luego, los SS continuaron su marcha y se internaron en los bosques confundiéndose con la nieve y los árboles. Nunca se supo cuáles razones motivaron la ejecución de los prisioneros ni tampoco se supo qué suerte corrió dicho grupo de oficiales. Sin embargo, cierto médico y filántropo sueco escribió un libro, aún inédito, en el que recoge el testimonio de algunos habitantes de Valonia, los cuales, coinciden en que, durante toda la década de los 50 y principios de los 60, hubo avistamientos de soldados SS que vagaban por los bosques asesinando pájaros.

La banda sonora invisible de Las Malvinas

A Las Malvinas no llegaban las canciones de Los Rolling ni tampoco las de Roberto Carlos. Los comandos anfibios desembarcamos en Georgias Sur como quién llega tarde a su propio bautizo y luego todo fue silencio y frío y minas terrestres y ovejas volando en mil pedazos. Era como si en todo el mundo las canciones estuvieran en huelga y como si alguien se empeñara en inventar la tristeza. Puedo decir fríamente que en esa trama Galtieri fue apenas un accidente etílico. Él se miraba en el espejo con su vaso de escocés en la mano derecha y, en sí mismo, el general era tan inofensivo como pedestre. La Tatcher sí era siniestra o, al menos, eso pensaba yo. Naturalmente, desde el punto de vista etiológico ambos eran lo mismo: ninguno era susceptible de entenderse como causalidad. Pero Europa es como un lente amplificador. Y, así las cosas, el carácter siniestro de La Tatcher era, ante todo, contextual y, en un sentido hegeliano, espiritual. Por supuesto que nada de eso interesa cuando estás en una cueva gélida donde nadie tiene ánimo de cantar “qué será de ti” y donde es imposible ser rolinga. Tu única preocupación, más allá de lo elemental, es que no se te olviden tus canciones favoritas. Recuerdo que incluso hasta teníamos inflación. Al principio, un paquete de yerba equivalía a dos cajetillas de Camel. Y poco antes de que nos rindiéramos, yo conmutaba los mates de la mañana por media cajetilla de Camel y un fragmento silbado de “Satisfaction”.

Los restos de Florencio del Castillo

—Oficial, disculpe, ¿podría prestarme fuego, por favor?

El policía se detuvo y le ofreció la inconfundible llamita de un encendedor marca Bic, que quizás pudo ser de color verde, su color favorito, o que quizás era rojo con negro, como la bandera de la Liga. El oficial siguió su marcha y mientras éste se alejaba, Antonio no podía dejar de pensar que, en Costa Rica, a pesar de todo, “los pacos son buena nota”. Al cabo de unos minutos llegó Julio, su compañero de militancia.

—¡Qué Toñix! ¿Todo bien, mop?

El inequívoco saludo de Julio lo trajo de vuelta al escenario que ocupaba esa madrugada del sábado 28 de septiembre del 2011.
—En toas, en toas, ¿vos qué? −respondió.

Sorry por llegar tarde, mae, pero es que no encontraba la caja de herramientas de mi tata. ¿Puede creer que anoche la dejé lista en la cochera y cuando iba a salir ya no estaba?
—¿Al chile?

El laconismo de su respuesta dejaba entrever una severa dosis de incredulidad ante otra de las frecuentes excusas de Julio.
—Sí, mae, por dicha después de un rato apareció, inexplicablemente, guardada en la zapatera de mi mamá.

—Son los duendes, mop −agregó Antonio, y ambos rieron.

Enseguida Julio hizo un gesto breve y conciso que reclamaba la presencia de un encendedor y Antonio le dijo que no tenía fuego y que acaba de apagar el último cigarro y que, de cualquier manera, se hacía tarde. Luego caminaron en dirección al Mausoleo de Florencio del Castillo, no sin antes constatar que no quedaba el menor rastro de la ronda del policía y que ningún adultero o vecino madrugador rondaba por ahí.

Horas después, en la casa de Julio, la familia entera se preparaba para desayunar.

—¡Lore! ¿Viste lo que hicieron? ¡Que hijueputas más grandes! Robarse lo único más o menos bueno que ha tenido este cantón de mierda.

Doña Lorena, la madre de Julio,  dejó de lado la alquimia doméstica de la masa y se aproximó con cara de asombro ante los exabruptos del marido, alegando que no, que no sabía de qué le estaba hablando pero que en, adelante, dejara de maldecir y renegar tan temprano, porque bastante bendecidos eran ya y enseguida insistió con ese apotegma criollo según el cual todos en Costa Rica y, en especial en Cartago,  debían estar agradecidos por vivir en un lugar tranquilo y sin guerras.

—¡Pero Lorena! ¿No ves? Despedazaron el mausoleo del parque y se robaron a Florencio del Castillo. ¿Cómo querés que no me encabrone?

El padre hizo una pausa para leer más, tomó aire y agregó:

—No, si esto cada vez está peor. Es capaz que ahorita se roban a La Virgen otra vez.

Mientras escuchaba a su padre,  Julio se sentía como esos revolucionarios modestos que se conciben a sí mismos  merecedores, no digamos de una condecoración de la U.R.S.S. ni un trabajo en Greenpeace, pero sí, por lo menos,  de una foto en la  portada de Ambientico o Semanario Universidad. Trató de recordar el nombre de ese escritor que se había robado la Virgen de Los Ángeles y que había ido preso a San Lucas luego de confesar su robo y que posteriormente se retractó y se fue a México y regresó al país mucho después para envejecer y recibir la consideración de unos pocos estudiantes, algunos premios nacionales y el recuerdo de un viceministerio de Justicia.

—¿Calufa? ¿Fernando Contreras? Era uno de esos dos, ¿o no? −dijo en voz baja, pocos segundos antes de que su madre le preguntara si quería café o té.

Parábola del hijo prófugo

El bus iba repleto de niñas y muchachas que usaban unos vestidos con vuelos y encajes espantosos. Era una mañana de domingo y Gustavo regresaba al país luego de andar rebotando de un error a otro durante cinco años. No tenía dinero ni posibilidad de conseguirlo. Y sus padres accedieron a acogerlo de nuevo porque así funcionan los padres en esta parte del mundo, donde la piedad cristiana convierte las palabras hermosas en automatismos culturales. Ahora él mira hacia fuera y piensa que lleva muchas horas sin lavarse los dientes y mucho tiempo sin visitar un dentista. Podría ponerse metafísico y decir que, esencialmente, nada ha cambiado en el trayecto. Podría decir que las cosas nuevas son, apenas, accidentes de la forma y que, en el fondo, la totalidad del paisaje permanece inmóvil con sus potreros, sus nubes, sus tugurios, sus furgones, sus bodegas y sus familias felices que celebran el domingo viajando en auto con una devoción secular por los centros comerciales. El autobús pasa junto a las instalaciones de Radio Sinfonola. Piensa en su padre, que debe estar en el sofá de siempre sorprendiéndose de tal o cual grabación de Benny Moré y soñando con el músico que nunca fue. Casi a las 11 de la mañana el autobús de Lumaca pasa frente a una plaza de fútbol y toma hacia la izquierda en una intersección. Proyectando un sencillo cómputo del tiempo Gustavo se convence de que estará en casa de sus padres sobre las 11 y media. Mira nuevamente por la ventana. Las novedades en este último tramo del recorrido quedan reducidas a una nueva gasolinera, un mall, varias casas demolidas  y dos marisquerías. Se dice a sí mismo que tal vez debería volver a fumar derby suave. Cuando Gustavo baja del autobús el paisaje está lleno de estremecimientos. Y la persistencia de la vida y el país le provocan vértigo. Decide pasar al supermercado para comprar una botella de vino, quizás alguien en casa quiera beber un trago y brindar por su regreso. No estaría de más comprar algo para mi madre. ¿Un turrón? ¿Una tártara? ¿Una cajeta de coco?

Samizdat

“Cuando la nieve cubre el mar y el crujir del pino deja en el aire más honda huella que el trineo, ¿a qué azul pueden llegar los ojos?” Así se leía en la primera página del primer samizdat que ellos publicaron. Por ese entonces rentaban un piso en un edificio del centro de Tirana, desde el cual se veía algo que bien podría ser el cauce de un río o una música sueca en ruinas. El pasado, para ellos,  siempre había sido mejor que cualquier afirmación innecesaria. Eran los años 60 y Sali y Bárbara vivían juntos. Tenían un perro, bebían vino barato, escribían poemas con palabras soeces y escuchaban discos proscritos de rock ´n roll. No eran, en rigor parásitos sociales, pero despertaban sospechas en algunos de los militantes más viejos, que veían en ellos desviaciones burguesas y decadencia occidental. Por si fuera poco el papá de Bárbara había salido una mañana de los años cincuenta y nunca había regresado a casa. Muchos pensaban que era un desertor, sin embargo, Bárbara creía que su padre estaba enterrado en alguna fosa común luego de trabajar jornadas extenuantes en algún gulag del Ártico. La compulsiva necesidad de sublimar toda metafísica acabó generando que, al menos en Tirana,  las personas como Sali y Bárbara sustituyan con fabulaciones todo aquello que les resulta incomprensible. Sali y Bárbara nunca salieron de Tirana, nunca conocieron Nueva York y nunca fueron a un concierto de Bob Dylan. Y sus samizdat no se convirtieron en piezas pop art. Ahora enseñan en la Universidad Nacional de Albania y en su clase hablan de Pushkin y de Gorki. La vida, para ambos, ahora es un patio limpio de hojas, sin perros que mueven la cola.  En invierno Sali suele releer a Brodsky y bebe vino moldavo. A menudo se pregunta de qué color serán los ojos de Bárbara cuando el pasado deje de ser un sitio seguro para ambos.

Fabián Coto (Cartago, 1981). Desde el año de su nacimiento ha vivido en Cartago, salvo esporádicas interrupciones. Creció en una típica familia de clase media, conservadora, católica y de derechas. Cursó estudios de historia y de física en la Universidad de Costa Rica (UCR) y también algunas materias de edición literaria en la Universidad de Buenos Aires. En algún momento entre los seis y los 23 años decidió que quería ser escritor. Por lo pronto mantiene los blogs Infact-ac y Marioneta Desinflada.

Fotografía del autor: Rebeca Hernández Hasbun

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